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Ancianos en apuros
José Becerra 26-05-2018 | 12:09 | 0

Ancianos en apuros

A los que ya se nos conoce como septuagenarios, o sea, que traspasamos la barrera inmisericorde de los 70 abriles, no digo los que traspasaron esa  edad con creces y militan en el grupo de los octogenarios, a los problemas inherentes a ese estado un tanto ya (o un mucho) calamitoso en lo que toca a la salud y al comportamiento personal en todos y cada uno de las acciones que se requiere para seguir el día a día ante innumerables trances por los que nos vemos obligados a transitar,se suman otros  deberían ser exceptuados.  Pero no hay tal, sino que por el contrario, se muestran cada vez más firmes y asentados y que atentan claramente y se ceban en quienes ya, por razones obvias, lo que debería primar era el hacerles la vida más soportable y llevadera.

Veo con frecuencia, la misma que me obliga a acudir a la entidad bancaria más próxima en la que mantengo mis ahorros, cómo hay mucha gente mayor que en estos días a la chita callando vienen protestando porque se les obliga a manejar para ellos el artilugio del cajero automático cuando tienen la urgente necesidad de retirar parte de su peculio para las necesidades surgidas en sus días a días, ¿Saben los mandamases de la sucursal bancaria en cuestión que hay vejetes que en su día han tenido que enfrentarse con un sistema electrónico que no pocas veces les atemoriza e irrita porque su manejo se les escapa y del que desconfían porque desconocen su efectividad?

¿Qué fue de los amables empleados a los que no pocas veces desgranaban  relato de sus cuitas diarias y ellos correspondían a sus deferencias con la misma amabilidad al cliente de turno del que conocían los entresijos de su vida y su situación familiar? Los nuevos tiempos, el avance de los sistemas electrónicos del que mucho de los que ya abundan en canas y arrugas en el rostro no tienen ni remota idea, viene acabando con esta familiaridad en aras de la imposición de máquinas impersonales y frías con las que debemos enfrentarnos sin el menor atisbo de gesto amistoso y cordial con el que se nos recibía que era consustancial con el empleado de turno que luego nos  atendía con presteza y amabilidad.

 

 

 

 

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Vejez y soledad, ¿dos males de nuestro tiempo?
José Becerra 12-12-2017 | 12:04 | 0

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José BECERRA

La sociedad en la que nos acomodamos hoy día no contempla con mucha  fruición que digamos  el estado de la vejez propia, no pocas veces relacionada con la soledad. Se sienten solos muchos de los que traspasamos la barrera de los 70 años, entre los que me cuento. Iba a decir para mi pesar, pero rectifico, no me siento ni muchos menos pesaroso por haber escalado esa edad, ni me siento  expulsado de la sociedad, un sentimiento éste connatural con quien traspasa luengas barreras de la vida;  un temor que vislumbramos cuando ya se acerca la edad de la jubilación, pero que luego, no digo que no sea haciendo de tripas corazón, llegamos al momento de dejar el trabajo que nos ocupó media vida con el contento de haber podido llegar sano y salvo del todo, que la edad provecta no viene caso nunca sin el acompañamiento de algún tipo de dolencia, pero sí con ánimos de mantenernos en esta vida pese a quien pese. Y  desde luego, eludiendo en lo posible ese espantajo de la soledad, que no pocas veces ronda a quienes desembocan en una holganza obligada que se muestra insoslayable.    

   También es cierto que la soledad con ser mala consejera hay quien,  por las más diversas circunstancias la abraza sin que se pueda decir que obre en detrimento de su vida diaria, al mismo tiempo que defiende como legítima la decisión de no vivir en compañía de otra persona y rechaza la vida marital en compañía de consorte. En otras palabras, que tan plausible puede ser el celibato como la vida en común con otra persona, eso sí, sin caer en la misoginia, algo que ya toca los linderos de lo netamente psicológico y temperamental.

   Aconsejan quienes de esta cuestión saben bastante que mantenerse activo es un remedio eficaz para sentir de cerca la compañía de alguien, aunque esta presunción sea mera entelequia. Un amigo que siempre tuvo fama de sentencioso (que los hay abundancia) en la comarca rondeña  de donde ambos somos oriundos, pero que por diversas razones nos trasladamos a Málaga, el cual ya presume de no tener que cumplir el septuagésimo cumpleaños porque lo rebasó con creces, me aseguraba que la soledad es asimismo un estado que puede ser buscado y que es  una opción tan legítima como vivir en compañía de alguien del sexo contrario. Comparto su criterio, aunque no lo describa de cabo a rabo.

   En nuestra sociedad de hoy, sin embargo, vivir solo no se mira con buenos ojos. No es raro que se contemple a quien optó por este estado como un bicho raro, un misántropo introvertido que rechaza el contacto de sus congéneres o semejantes, o bien se le tacha como alguien a quien su conciencia le acusa de algún hecho delictivo o deshonroso, de ahí su terquedad en refocilarse en su soledad. Empero,  pueden existir otras razones para que alguien se vea abocado a un  soledad no buscada: la ausencia de un ser querido  con quien se  compartía vida e ilusiones al desaparecer  por muerte fortuita puede provocar un aislamiento no deseado que arrastra tras de sí momentos de pesadumbre y angustia. No se trata entonces de una soledad anhelada, sino impuesta por una fatalidad  fortuita, pero que no hay más remedio que acatar.

   Sesudos investigadores concluyen en que la soledad menoscaba la seguridad emocional y acarrea quebrantos como las apneas del sueño o la depresión, amén de problemas cognitivos; puede ser, pero  discrepo de estas aseveraciones funcionales sean extensibles para toda la sociedad. Comparto la premisa de que no es raro que a los mayores no se les conceda la atención que merecen después 40 o 50 años arrimando el hombro  cooperando para   el progreso del país siquiera sea en el ínfimo aporte de cada uno para este menester, un problema social que importa atajar. Admito esa premisa, pero  tengo que decir renglón seguido que me encuentro a gusto en mi soledad. Tal vez porque, lejos de ambiciones personales ya finiquitadas, encuentro en mis años de retraimiento alivio recurriendo a hábitos que recomiendo, como el de mantenimiento de la amistad o lectura. “Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer”,     es una sentencia de Francis Bacon que, ya en las postrimerías de la vida, suscribo sin reservas y que animo a seguirla a mis congéneres; otra es de  Fray Luis de León: “Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la apartada senda por la que fueron los pocos sabios que en el mundo  han sido” , un canto al retiro y al estar con uno mismo abominando de  injerencias extrañas. Para terminar con otra igualmente sabia de las muchas que llegan a mis oídos con frecuencia provenientes de paisanos de mi tierra serrana y rondeña cuando el tema sale a colación: “El buey solo bien se relame”, dicen concisa pero certeramente, no sin un deje de socarronería.

  Pueden ser la soledad y la vejez dos males insoslayables, es cierto; pero también lo es que esta certidumbre no la compartimos todos.

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España y la senectud prodigiosa
José Becerra 20-11-2017 | 10:30 | 0

Mano, Manos, Viejo, Tercera Edad, Ipad

España y la senectud prodigiosa

José Becerra

Lo dicen expertos en demografía que estudiaron muy recientemente la esperanza de vida de los españoles: conquistamos, dando la mano a Japón por el mismo concepto, la mayor esperanza de permanecer en este mundo vivitos y coleando, distanciado del resto de los países del mundo. Desde 1960, la esperanza de vida en España ha aumentado más de 15 años. Puede que la calidad de vida de los mayores haya empeorado últimamente como signo evidente e ineludible en los últimos tiempos, lo que no es óbice para poder escalar ese primer puesto de longevidad en la escala mundial que refleja la continuidad en este hit parade de la supervivencia de los distintos pueblos del globo terráqueo.

En la otra punta inicial de nuestra condición vegetativa se atestigua por las mismas fuentes científicas que permanecemos en los primeros puestos de la menor mortalidad infantil. Estas halagüeñas certezas, entre otras que hablan de la supremacía del país, por ejemplo, en los trasplantes de órganos en centros hospitalarios públicos, no se reconocen por quienes se muestran detractores a ultranza de las mejoras de vida que hemos conquistados en las últimas décadas, por el prurito trasnochado, caso ahora de los separatistas catalanes, vienen esgrimiendo como una bandera desplegada al viento lo de “España nos roba”, y usurpa derechos. Se arrogan el derecho de contradecir lo que se muestra palpable en el sentir ciudadano y que no comulga con su ideario trasnochado e inasumible de secesión a ultranza caiga quien caiga.

La longevidad de los mayores, entre los que me cuento, que alcanza cotas inimaginables en comparación con épocas de penuria felizmente superadas, incita a que se haga caso omiso a las invectivas de quienes se afanan en pintarnos oprobiosos escenarios que no se corresponden con la realidad por muchos que estos detractores de la realidad, que ahora están en la mente de todos, lo esgriman y se empeñen en reafirmarlos. Senectud prodigiosa la nuestra que no tenemos por menos que agradecer a quienes, de una manera u otra, la hacen posible.

Alguien dijo, con toda la razón del mundo, que envejecer es como escalar una gran montaña; mientras ascendemos la fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. En esta certeza nos cobijamos quienes escalamos ya, no la tercera edad, sino la cuarta y última.

 

 

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Huertos urbanos en Ronda
José Becerra 12-02-2015 | 9:49 | 0

No se podía haber tomado mejor iniciativa por parte del Consistorio rondeño en beneficio de los mayores de edad, aquéllos que saben de amanecidas y escarchas y que Miguel Hernández, el llamado certeramente poeta del pueblo cantó en versos inolvidables.”Por el circo de enero/ de la majada mía/mi calzado cabrero/a la escarcha salía”. Los más viejos de los sempiternos pueblos blancos de la Serranía agradecen decisiones es como ésta que vienen a paliar las horas muertas de su deambular sin tener poco o nada entre manos para hacer. 
   Encontrarse otra vez con el terruño que en su día abandonaron por razón de la edad,pero hacerlo por pura complacencia y dedicarle no más de lo que se les pueda pedir a sus exiguas fuerzas es un favor que se les hace y que suponemos agradecerán sin tasa.
   En la zona donde Ronda pierde su fisonomía de ciudad populosa y los edificios ralean o no llegaron para nada a su entorno el Consistorio va a acondicionar más de una cuarentena de parcelas – alrededor de 100.000 euros saldrán de sus arcas para el ilusionante proyecto,que tendrá el apoyo de Silvema -, que vendrán a cumplir además una función social: los huertos pueden así mismo satisfacer parte de la demanda de algunas familias necesitadas, con lo que su realización puede tener un doble beneficio para la ciudadanía.
   Puede que ésta inversión tenga mucho que ver con el momento de plétora que vive la hacienda municipal. Se da por prácticamente saldada la deuda mantenida tiempo ha con los proveedores, según anunció días atrás, no sin satisfacción la alcaldesa, María Paz Fernández (PP), con lo que no es aventurado augurar nuevos tiempos para el Ayuntamiento. Es lo que tiene sanear las cuentas municipales: pueden permitir la financiación de planes que redunden en beneficio de los ciudadanos, que a final de cuenta es el que debe recibir el provecho de iun buen hacer. Que cunda el ejemplo.

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No es país para viejos
José Becerra 07-02-2015 | 11:17 | 0

 

No es país para viejos

Recurrimos para encabezar este escrito a un título de película norteamericana que le valió a nuestro Javier Bardem la obtención de un Oscar. Lo rescatamos para enjuiciar la situación en la que se debaten los que ocupamos un lugar preeminente en la pirámide de edad de la población española, la cual cada vez es más ancha,ya que se alarga la esperanza de vida, aunque haya quien nos la haga difícil y ponga en peligro el estado del bienestar del que nos creíamos merecedores.

A los vejetes, enfermos y achacosos, entre los que me cuento, nos han puesto a parir por este Gobierno empeñado en arrebañar los pobres ahorros de los que menos tienen. Si hablamos de lesionar derechos son los enfermos los que se llevan la peor parte por mor de una política sanitaria, cuyos resultados son por lo pronto funesto para ese sector de la población: Nos colaron por la escuadra el gol del copago sanitario, aumentan las listas de espera y, para más inri, nos obligan a pagar la ambulancia que nos ha de acercar al centro hospitalario más cercano, eso sí, si no estamos en peligro de muerte, que en este caso conseguiremos el transporte gratis. (No, si al final habrá que darles las gracias).

Las asociaciones de pacientes lo han dejado bien claro en una jornada celebrada semanas atrás en el Colegio de Médicos de Málaga. Incidieron en un dato preocupante: los pacientes notamos que a los facultativos les falta tiempo para atender nuestras dolencias, aunque no dejan de hacerlo pese a ello, eso les honra. Otro problema grave es la espera en las urgencias. Se alargan más de lo que cabía esperar por la, a veces, acuciante falta de camas, y a la preocupación por el deterioro de la salud hay que añadir el desasosiego que produce la tardanza en aplicarse el remedio para el que hemos sido ingresado.

No, no es país para viejos cuando a esta edad propicia al declive vital se nos siembra de escollos el corto camino que ya nos queda por recorrer.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.