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la Serranía de Ronda

La llamada de lo rural
José Becerra 25-07-2018 | 12:06 | 0

Resultado de imagen de fotos de benaojan Foto Diario SUR

La llamada de lo rural

Asistimos de un tiempo a esta parte a la consolidación de un fenómeno de índole económico y social que podría resultar sorprendente si no tuviésemos en cuenta los movimientos cíclicos que, a lo largo de la historia, convulsionaron, con mayor o menor intensidad, relaciones humanas y asentados comportamientos. Es un hecho que no tiene vuelta de hoja. El medio rural tan denostado en las décadas anteriores a las que iniciaron a partir de los 90 o poco antes, está adquiriendo indudable protagonismo en nuestros días. Se hace evidente en cualquier parte, pero adquiere particular relieve en el interior de la provincia malagueña. Y reduciendo esta circunscripción geográfica, es en la Serranía de Ronda y la subcomarca del Guadiaro a la que aquella abarca, en donde, quienes han visto transcurrir en ella más de medio siglo – tiempo de sobra para observar los cambios verificados -, pueden dar fe del inesperado suceso. Soplan nuevos vientos que a algunos les ha pillado por sorpresa y que reaccionan las más de las veces, administraciones públicas incluidas, de manera que podría no ser la idónea para propiciar su desarrollo y mantener el apogeo.

Hemos sido testigos, sobre todo los que como yo peinan canas, de cómo la agricultura y, por ende, el campo, durante incontables décadas, se erigía como eje fundamental para el sostenimiento de la mayor parte de las familias. De ella provenían, en forma de jornal o de minúscula renta según el acomodo de cada cual, los ingresos necesarios para subsistir. Las aportaciones de mano de un incipiente proceso industrial, luego consolidado en media docenas escasas de pueblos dentro del ámbito de la Serranía, vendrían después. Hoy día este proceso, alentador como ocurrió en el caso de Benaoján, primer centro productor de elaborados cárnicos de la provincia durante lustros, se ha ralentizado o se paralizó definitivamente. En esa época, todavía sin verificarse la sangría de la emigración en los 60, la ciudad atraía como un imán, tanto por lo que de placentero podía significar para los jóvenes, asfixiados en una situación poco esperanzadora, como para los que no lo eran tanto, anhelando mejoras económicas que el terruño les negaba sin paliativos. La emigración  centroeuropea sirvió de válvula de escape, y algo similar está ocurriendo ahora al compás de la fiebre constructora de las ciudades costeras que está vaciando a los municipios del interior de la clase trabajadora.

Pero en este trasvase social y económico un nuevo elemento acaba de entrar en juego. El interior tan denostado hasta ayer mismo se convierte en irresistible atracción para quienes pueden permitirse abandonar los agobios del asfalto siquiera sea por pocos días o incluso por un número escaso de horas. De cualquier forma se desanda el camino y los polos de atracción se invierten.

Del campo a la ciudad, y ahora de nuevo de la ciudad al campo. El homo urbanus, hastiado de la jungla de cristal, hierro y cemento en la que se desenvuelve cada día, vuelve los ojos a la Naturaleza como si acabara de descubrir las ventajas sin cuento que ella le reporta. De por medio, todo hay que decirlo, una repercusión económica a escala nacional evidente, pese a que persistan enquistadas bolsas de paro, en territorios tradicionalmente marginados como los que se extienden al noroeste de Málaga. Hasta ellos se abre paso la corriente nacida en la periferia que barrunta placenteras sensaciones allí donde antes sólo encontró motivos para desdeñar.

Prima ahora, ya digo, la vuelta a antiguos terruños. Para respirar a pleno pulmón, para otear horizontes que se imaginaban imposibles por perdidos. Para experimentar impresiones primarias. Lo rural se ha convertido casi en una necesidad fisiológica y satisfacerla se muestra perentoria para quienes sienten la avidez de lo primario y natural. Se inició así un  camino que ha muchos interesa sin retorno y que no es otro que el turismo rural, un fenómeno sociocultural que está trastocando sistemas anquilosados y desfasados comportamientos. En la Serranía de Ronda dio de lleno y por él se apuesta sin reservas a la vista de los primeros resultados altamente esperanzadores.

 

Pero para no morir de éxito o, lo que es lo mismo, para mantener de forma irreversible lo que se presentó con los visos de una revolución propiciada por lo peculiar del medio había que ir ya dando los pasos encaminados a potenciar valores intrínsicos y, a la vez, conservar en las mejores condiciones posibles todo por lo que se afanan en gozar del ambiente rural.

¿Qué es lo que hay que ofrecer a quienes muestran esa inclinación? Aparte, claro, de a lo que gratuitamente puede acceder como la contemplación de un paisaje, o de un río, a la feroz escarpadura de una sierra o el regodeo de un atardecer cárdeno de tintes entre aromas de hinojos y tomillo después de solazar el estómago con un delicioso plato de lomo frito o conejo al ajillo. Pues algo menos tangible pero igualmente evocador y apetecible. Me refiero a la vida social de que siempre hizo gala estas tierras más al sur del sur. Recuperar, por ejemplo, antiguos juegos y divertimentos, distintos en cada pueblo, pero que igualmente entusiasmaron a los mayores. Facilitar paseos y excursiones al aire libre rescatando del olvido viejos senderos y apartadas trochas. Remozar arroyos y fuentes que con tanta prodigalidad se muestran en la zona del Guadiaro, merced a las lluvias que los farallones de la sierra de Grazalema provocan cuando interrumpe el paso de las borrascas que entran por el Golfo de Cádiz.¿ Porqué no iniciar a los visitantes en la campestre práctica de recolectar espárragos silvestres, o palmitos, romero, matalahuga o tagarninas? ¿ Y si se promocionaran, aunque fuese de manera testimonial, fenecidos oficios, como el de canastero, talabartero, ceramista o alpargatero? Por muy de espaldas que estemos de ellos hay que admitir que pertenecen a nuestro acervo cultural y forman parte de nuestras raíces más profundas. Contribuyamos al desarrollo armónico de un mundo rural sin echar en saco roto lo que fue parte insustituible del entramado social de antaño.

Resulta lógico pensar que son las corporaciones municipales a quien compete poner en marcha el proceso. De hecho ya lo están haciendo, con mejor o peor resultado. Pero importa seguir en la brecha y apostar con denuedo por la creación y puesta al día de infraestructuras capaces de allanar el camino para soportar un esperanzador desarrollo sostenido.

En la llamada del medio rural no es posible, por el costo que conlleva, defraudar. Así lo entienden quien vislumbra una alternativa clara al turismo de sol y playa. Pero indefectiblemente defraudaremos a quienes escogen los parajes de la Serranía de Ronda para disfrutar de sus días de ocio si lo que encuentran no responde a las expectativas creadas.

 

 

 

 

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.