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Manuel Alcántara

Manuel Alcántara, 90 venturosas primaveras
José Becerra 14-01-2018 | 1:04 | 0

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Manuel Alcántara, 90 venturosas primaveras

Estimado Don Manuel: Acaba de cumplir usted una edad redonda que para sí quisiéramos muchos mortales. Llegar felizmente a nonagenario no es algo de lo que puedan enorgullecerse la mayor parte de lo que seguimos empeñados en no abandonar este mundo. Hay que felicitarle por esta longevidad suya que tantos momentos de complacencia nos ha proporcionado desde esa atalaya de SUR en la que plasma cada día su proverbial manera de entender la vida y la sagaz exegesis del acontecer diario. Trasladarlo al papel escrito con lo que nos regodeamos sin reservas sus seguidores, es algo que de veras les agradecemos. Usted, admirado Don Manuel, posee un don inefable, que no es otro sino aquel que puede proporcionar a cuantos buscan su artículo diario el distanciarse de la cotidianidad del acontecer tantas veces tedioso de la vida o que puede exacerbar nuestro sentir. Sus líneas diarias no soliviantan, sino que serenan; no entristecen, sino que alborozan; no enturbian, sino que iluminan las entendederas de cada cual para calibrar cuanto de interés nos asalta cada día y concita nuestra atención para bien o para mal. Iluminados por el prisma de su opinión diaria encaremos los acontecimientos diarios plasmados en las volanderas hojas del periódico de manera diferente: restamos acrimonia a las noticias sobre hechos aciagos y nos mostramos indulgentes sobre los desabridos pareceres de nuestros políticos. Razón por la que nos encaramos cada día con su columna antes de sumergirnos en la vorágine de noticias y escritos que el diario en cuestión nos ofrece. ¡Larga vida, don Manuel, para su gozo y nuestro deleite al leerle cada día! ¡Feliz cumpleaños!

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¡Chapó, Don Manuel!
José Becerra 17-05-2017 | 8:53 | 0

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¡Chapó,  Don Manuel!

 

En la tierra de los galos se diría “chapeau”, como saben,  pero por estos lares acostumbramos a desembarazarnos de letras que nos parece superfluas y nos sale el ¡chapó! sin que se cambie un ápice el significado del vocablo con el que acompañamos el gesto  de quitamos el sombrero en señal de respeto y admiración por una personalidad que, en este caso, brilla con luz propia en el firmamento de las letras españolas. Ahora el poeta y articulista Manuel Alcántara, ese cuyo rostro (y lo que sigue) buscamos cada día en la última página de SUR antes de adentrarnos en la barahúnda de noticias consiguientes, acaba de recibir una distinción más, ahora  de la mano de una institución extranjera – «First Amendment Awards»- que desde Nueva York esta vez, trata de hacer brillar en el universo mundo el periodismo “libre y riguroso”, bajo la premisa de la libertad de expresión y el buen hacer de quienes dedican buena parte de  su vida a verter en diarios de manera genuinamente ingeniosa las impresiones que los acontecimientos de toda índole que el día a día de la actualidad  ofrecen a su atención.

Queden para los analistas las referencias a su vida en Madrid y su paso por las redacciones de los diarios Arriba, Pueblo o Ya y la simultánea actividad periodística con maestros columnitas de la talla, por ejemplo, de Cesar Ruano, Camba y otros de parecida alcurnia, o su maestría como poeta siguiendo de cerca los pasos de alguien que muchos consideran como su mentor, a saber Antonio Machado, pese  que a sus versos siguieron distintos derroteros.

Confluyen en Alcántara las dotes del escritor nato en el que  la poesía y el artículo van cogidos de la mano. Para la composición encuentra siempre la palabra exacta y la expresión certera e incisiva revestidas de fina ironía, idóneas para transmitir su pensamiento mostrándonos un compendio  de sutilezas que el lector no tiene por menos que celebrar. La belleza de las palabras y el perfecto dominio de la morfosintaxis les son propios, como así mismo hace gala de perfecta armonía en la composición poética y en la creación y el justo empleo de imágenes literarias y la transmisión de su pensamiento y posición ante el acontecer cotidiano de la vida, a veces de la suya propia, como estos decidores versos suyos: “Manuel, junto a la mar, desentendido; hubo una vez un niño en la bahía…”

Retoma cada día la palabra el maestro del buen decir, de las ocurrencias felices, de los conceptos precisos y de la ironía y la crítica que abjuraron de la acritud y el encono. ”Bastante amargura hay en el mundo para que se incida sobre ella en los escritos”, me dijo un día, la primera vez que mantuve una conversación con él, en un paseo inesperado que me deparó y dispensó en un encuentro fortuito, camino de su casa. (Luego, en otra ocasión, me abrió las puertas de su hogar – un santuario para mí dado mi admiración por el maestro, que no vacilo en confesar -, había ido yo a llevarle tres o cuatro cintas para su Olivetti, resto de una antigua papelería de mi propiedad, sabedor de su necesidad imperiosa de ellas).

Ese es su estilo: lo más grave, lo que puede causar dolor, iracundia o incitar a un agrio ataque se diluye en su lenguaje, y el tono escogido en pirueta que la desposee de acritud. Sin merma en su entendimiento y en la consecución de su último objetivo hace que con sus palabras cambiemos el desabrimiento por una sonrisa. Milagro del buen hacer de un articulista “amanuense de sí mismo”, como alguien dijo de él con justicia.

Más de cincuenta años dando la esencia de su ser a golpe de Olivetti, tras la leve neblina de su sempiterno cigarrillo, y las más de las veces tras las cristaleras de su despacho que da al mar (“Bajamar de la desgana: las olas cerca de mí, yo lejos del agua clara”), y la presencia impávida de sus búhos, mudos, ojiabiertos, enigmáticos.

En mis paseos por las cercanías de los túneles de Rincón de la Victoria, cerca de los cuales tiene su morada el articulista y poeta, cuando veo iluminado su despacho me lo imagino así en su quehacer diario (“a las siete sale cada tarde mi artículo a su destino “, me confesó el día de mi feliz tropiezo con él); y, en ocasiones, me paro para contemplar la difusa luz de su lugar de trabajo. “¿Habrá puesto ya el maestro el punto final en su artículo de cada día? ¿De qué tratará? ¿Con qué ocurrencia nos sorprenderá mañana? ¿Con qué chispa o agudeza nos hará pensar?”, me pregunto.

Mi felicitación, don Manuel, y mi deseo que ver durante muchos años más la luz de su despacho iluminada. Hoy, esta tarde, mientras paseo, me vienen a la memoria otros versos suyos. Los voy musitando mientras me alejo: “NO pensar nunca en la muerte / y dejar irse las tardes / mirando como atardece. / Ver toda la mar enfrente / y no estar triste por nada / mientras el sol se arrepiente. / Y morirme de repente / el día menos pensado. / Ése en el que pienso siempre”.

¡Chapó, Don Manuel! Y que ese día menos pensado le llegue lo más tarde posible, para su bien y el contento de la infinidad de sus lectores.

–Foto_ Absotumálaga)———-

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.