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Arunda, fortis et fidelis…y fría
José Becerra 09-01-2018 | 10:18 | 0

Resultado de imagen de imagenes de la serrania de ronda con nieve

Arunda, fortis et fidelis…y fría

JOSÉ BECERRA

Llegaron las nevadas a Ronda con nocturnidad pero sin alevosía, ya que eran esperadas. Los copos de nieve se descolgaron por la Sierra de las Nieves y crestas adyacentes y con las sombras nocturnas dejaron un bello telón de fondo en la ciudad y en los pueblos de su entorno. El frío intenso se adueña de la comarca como ocurre en el resto de la provincia de Málaga. Se sucederán como es previsible los días gélidos que dejarán una estampa atrayente e insólita en la serranía rondeña y los picos de las sierras se revestirán (ya lo están) con ese manto de armiño (por emplear un eufemisno poético) característico que tanto aviva las imaginaciones.

   Tal vez no lo haga con  la saña de otras ocasiones, cuando las sierras se teñían de un espeso y níveo manto   y así permanecían incluso semanas. Ahora, puedo que lo haga con timidez avisando que las nieves pueden ir a más si se lo proponen, fruto del frío intenso que por estas fechas suele aposentarse en la comarca de cara a los iracundos vientos  que soplan desde el norte.

   Primero serán los picos de las sierras, macizos escarpados que anteceden a Ronda por la carretera que por San Pedro la une a la costa; luego revestirán con el blanquecino ropaje el resto del abrupto paisaje; no tardarán en hacerlo, que el invierno envió ya sus heraldos anunciadores bien provistos de adargas y afiladas lanzas que aguijonean la piel y entrecortan el aliento.

   El `Arunda fortis et fidelis` campea en el escudo de la ciudad de Ronda desde que, mediados el siglo XV, cayera en manos de los Reyes Católicos, que pusieron fin por entonces al reino nazarí. Fuerte y fiel, dice bien en letras de oro. Habría que añadir otro adjetivo menos señorial, pero igualmente certero: `Ronda, fuerte y fiel y fría´ que también describiría a la ciudad soñada de Rilke `por estos días. Ronda alta y meseteña, erigida sobre la planicie sin proximidad inmediata de sierras o montes que la cobijen o sirvan de valladar al frío norteño. Cuando se deja sentir, fino y lacerante, rasga la piel como fino bisturí y hiela el aliento.

Ponte la bufanda y abrígate bien que en Ronda hace mucho frío”, solía decirme mi madre, solícita  cuando pensaba dejarme caer por la ciudad, años atrás, ascendiendo hasta ella desde uno de los pueblos que ciñen  sus casas a la querencia del Guadiaro. El consejo era necesario y siempre bien recibido. Efectivamente, en días crudos de invierno, en Ronda hacía más frío que en cualquiera otro lugar de la provincia malagueña. Titiritaba uno en el Puente Nuevo, seguía la tiritera corriendo de arriba abajo la calle de La Bola y castañeaban los dientes en la estación de RENFE cuando se disponía el regreso. ¡Dios, qué frío hacía en la estación! Lejos todavía el despliegue de carreteras y la utilización de los automóviles, un destartalado andén y un no menos vetusto tren, prolongaban el frío hasta llegar y refocilarme con el amor del hogar.

   Me vienen estos recuerdos callejeando por la Ronda de hoy, sumida en el frío que abate a la Península por entero. Como era de esperar, aquí, cuando hace frío, lo sigue haciendo de verdad. Lo confirman los noticiarios que recurren a reporteros que se nos aparecen ateridos, sacudiéndose del gorro los copos de nieve, con un trasfondo blanco y el agobio de quienes tratan de conducir por carreteras cortadas. Belleza y atascos, imprecaciones y jolgorio. Cara y cruz de una situación que en Ronda no es rara pero que no deja por eso de impactar.

   El frío relente vaciará la siempre bien concurrida calle de La Bola, en la que hay que recalar cada día, casi por obligación, cuando el tiempo no hostiga. El flagelo del frío arrojará a los pocos que se aventuran a salir hacia el calorcillo de los bares. Nadie se para delante de los escaparates, el vendedor de cupones de la Once busca aterido la complicidad de los vanos de las puertas, y el  de menudencias vegetales, que ya forma parte, por su asiduidad al mismo sitio, de la imagen de la transitada calle, maldice el día y levanta el tenderete con prisas y corriendo. Nadie en el estanco de Marcos Morilla, el fiel referente de la vía desde más de un siglo a esta parte.

   Ronda desafía a la ventisca a pecho descubierto. No tiene muy cerca, ya digo, las sierras que abrigan a los pueblos próximos. Le cogen lejos las escarpaduras de las sierras de Grazalema; el escudo de Tavizna que protege a Montejaque; las de Juan Diego que acunan a Benaoján, o los Alcornocales que mitigan el acoso gélido en el Cortes de la Frontera señorial. Se alza Ronda soberbia en su meseta y paga cara su arrogancia cuando arrecia el temporal y campea el cierzo sin trabas ni componendas.

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Frío en Ronda
José Becerra 03-02-2012 | 7:42 | 0

 

                 

 

 

 ¿Llegará la nieve al Puente Nuevo? Foto: Andalucía Rústica
 

Todavía no se  muestra con todo su furor, que el frío y las nieves no han hecho sino amenazar pero continúan sin presentar batalla. Primero serán los picos de las sierras, macizos escarpados que anteceden a Ronda por la carretera que por San Pedro la une a la costa, los que se vestirán de armiño. No tardarán en hacerlo, que el invierno envió ya  sus heraldos anunciadores bien provistos de adargas y afiladas lanzas que aguijonean la piel y entrecortan el aliento.

    El `Arunda fortis et fidelis` campea en el escudo de la ciudad de Ronda desde que, mediados el siglo XV, cayera en manos de los Reyes Católicos, que pusieron fin por entonces al reino nazarí. Fuerte y fiel, dice bien en letras de oro. Habría que añadir otros adjetivos menos señoriales, pero igualmente certeros. `Ronda, alta y fría´ también describiría a la ciudad soñada de Rilke.

 Ronda meseteña, erigida sobre la planicie sin proximidad inmediata de sierras o montes que la cobijen o sirvan de valladar al frío norteño. Cuando se deja sentir, fino y lacerante,  rasga la piel como fino bisturí y hiela el aliento.

    “Ponte la bufanda y abrígate bien que en Ronda hace mucho frío”, solía decirme mi madre solícita. Cuando pensaba dejarme caer por la ciudad, años atrás, ascendiendo hasta ella desde uno de los pueblos que hacina sus casas a la querencia del Guadiaro, el consejo era necesario y bien recibido.

Efectivamente, en días crudos de invierno, en Ronda hacía más frío que en cualquiera otro lugar de la comarca. Titiritaba uno en el puente, seguía la tiritera corriendo de arriba abajo en  la calle de la Bola y castañeaban los dientes en la estación de RENFE cuando se disponía el regreso. ¡Dios, qué frío hacía en la estación! Lejos todavía el despliegue de carreteras y la utilización de los automóviles un destartalado andén y un no menos desabrido tren prolongaban el frío hasta llegar y refocilarse al amor del hogar.

    Me vienen estos recuerdos callejeando por la Ronda de hoy, sumida en el frío que abate a la Península por entero. Como era de esperar, aquí, cuando hace frío, lo sigue haciendo de verdad. Lo confirman los noticiarios que recurren a reporteros que se nos aparecen ateridos, sacudiéndose del gorro los copos de nieve, con un trasfondo blanco y el agobio de quienes tratan de conducir por carreteras cortadas. Belleza y atascos, imprecaciones y jolgorio. Cara y cruz de una situación que en Ronda no es rara pero que no deja por eso de impactar.

   El frío relente ha vaciado la siempre bien concurrida calle de la Bola, en la que hay que recalar cada día, casi por obligación, cuando el tiempo no hostiga. El flagelo del frío arroja a los pocos que se aventuran a salir hacia el calorcillo de los bares.

Nadie se para delante de los escaparates, el vendedor de cupones de la Once busca aterido la complicidad de los vanos de las puertas y el vendedor de menudencias vegetales, que ya forma parte, por su asiduidad al mismo sitio, de la imagen de la transitada calle maldice el día y levanta el tenderete con prisas y corriendo. Nadie en el estanco de Marcos Morilla, el fiel referente de la vía desde más de un siglo a esta parte.

    Ronda desafía el frío a pecho descubierto. No tiene cerca, ya digo, las sierras que abrigan a los pueblos próximos. Le cogen lejos las escarpaduras de las sierras de Grazalema, el escudo de Tavizna que protege a Montejaque; las de Juan Diego que acunan a Benaoján, o los Alcornocales que mitigan el acoso gélido en el Cortes señorial. Se alza Ronda soberbia en su meseta y paga cara su arrogancia cuando arrecia el temporal y campea el frío sin trabas ni contención.

 

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.