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España y la senectud prodigiosa
José Becerra 20-11-2017 | 10:30 | 0

Mano, Manos, Viejo, Tercera Edad, Ipad

España y la senectud prodigiosa

José Becerra

Lo dicen expertos en demografía que estudiaron muy recientemente la esperanza de vida de los españoles: conquistamos, dando la mano a Japón por el mismo concepto, la mayor esperanza de permanecer en este mundo vivitos y coleando, distanciado del resto de los países del mundo. Desde 1960, la esperanza de vida en España ha aumentado más de 15 años. Puede que la calidad de vida de los mayores haya empeorado últimamente como signo evidente e ineludible en los últimos tiempos, lo que no es óbice para poder escalar ese primer puesto de longevidad en la escala mundial que refleja la continuidad en este hit parade de la supervivencia de los distintos pueblos del globo terráqueo.

En la otra punta inicial de nuestra condición vegetativa se atestigua por las mismas fuentes científicas que permanecemos en los primeros puestos de la menor mortalidad infantil. Estas halagüeñas certezas, entre otras que hablan de la supremacía del país, por ejemplo, en los trasplantes de órganos en centros hospitalarios públicos, no se reconocen por quienes se muestran detractores a ultranza de las mejoras de vida que hemos conquistados en las últimas décadas, por el prurito trasnochado, caso ahora de los separatistas catalanes, vienen esgrimiendo como una bandera desplegada al viento lo de “España nos roba”, y usurpa derechos. Se arrogan el derecho de contradecir lo que se muestra palpable en el sentir ciudadano y que no comulga con su ideario trasnochado e inasumible de secesión a ultranza caiga quien caiga.

La longevidad de los mayores, entre los que me cuento, que alcanza cotas inimaginables en comparación con épocas de penuria felizmente superadas, incita a que se haga caso omiso a las invectivas de quienes se afanan en pintarnos oprobiosos escenarios que no se corresponden con la realidad por muchos que estos detractores de la realidad, que ahora están en la mente de todos, lo esgriman y se empeñen en reafirmarlos. Senectud prodigiosa la nuestra que no tenemos por menos que agradecer a quienes, de una manera u otra, la hacen posible.

Alguien dijo, con toda la razón del mundo, que envejecer es como escalar una gran montaña; mientras ascendemos la fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. En esta certeza nos cobijamos quienes escalamos ya, no la tercera edad, sino la cuarta y última.

 

 

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¿Qué hacemos con los abuelos?
José Becerra 02-03-2012 | 11:31 | 0

¿Qué hacemos con los abuelos?

Lo dieron todo, incluso la vida, que ahora se les escapa a borbotones. Buena parte de ellos obtuvieron bien poco a cambio, los más nada. Renquean de cuerpo y alma y el abandono – “la soledad es el signo más evidente de la vejez” – les pesa  como una losa de la que ya no pueden desasirse. Si se paran a considerar su situación lo que se les encoge es el corazón.

   Hace unos meses,  miles de estos ancianos ( muchos de la provincia de Málaga) que arrastran a duras penas su humanidad, las más de las veces deforme, recibieron una misiva procedente dela Consejeríade Asuntos Sociales en la que se les comunicaba que si se deseaban que su antigua solicitud de una plaza en las pocas residencias que moteanla Comunidadse siga tomando en cuanta tendrán que volver a reiniciar el proceso manifestando de nuevo sus intenciones y anhelos. O su renuncia.  Si mantienen o no sus propósitos, o sea.

   Y todo es porque hay muchos ancianos y muy pocas residencias. Esta si que es una asignatura pendiente dela Administraciónpor no decir una muestra fehaciente de su dejadez en asuntos que deberían gozar de absoluta prioridad y resolverse con máxima premura.

 

  Alrededor de dos años han de esperar nuestros mayores necesitados del calor del último de sus hogares en su paso por este mundo para que pueda conseguirlo. Para algunos, obviamente, el aviso de que pueden ingresar en una residencia auspiciada porla Juntallega demasiado tarde: ya partió para otra morada, la eterna y definitiva. Con lo que la lista de espera se aligera de la manera más natural. A lo peor es lo que se pretende y así no hay necesidad de ampliaciones. ¿Van a sonrojarse nuestros políticos por esta eventualidad? Seguro que no. Que los pétreos rostros ya se muestran incólumes a dimes y diretes.

 

  Anselmo no sabe ya cuantos años más de los80 hacumplido –“ya he perdido la cuenta, que más da” – pero tan provecta edad no es óbice para que una eterna sonrisa aflore siempre a sus facciones cuando uno le interpela por cualquier cuestión. Una sonrisa que muchas veces no pasa de triste mueca por mor de lo apergaminado de su faz y la boca desdentada. Habita en la planta baja del edificio y todos los residentes le muestran afecto, incluidos los niños.

 

Allí lo depositaron sus familiares más cercanos años atrás, “está muy bien, puede valerse por sí solo y  no quiere depender de nadie”, dijeron, sin que nadie les preguntara; tal vez tratando de auto exculparse y de apaciguar los cosquilleos de la conciencia, esa que siempre se erige como un tribunal que jamás perdona.

   Hoy, al salir, Anselmo me esperaba en la entrada veladamente compungido. Me ha tendido una carta pidiéndome que le aclarara el contenido, “no acabo de entenderla”,susurra. La misiva es la que aludía al principio y me apresuro a dejar claro el comunicado a mi amigo, lo que éste interpreta como algo farragoso e improcedente: “¿Que tengo que volver a solicitar plaza? ¿ Es que creen que ya me he muerto? ¿ Y ahora a contar otra vez los días de espera para que me admitan? No sé, no sé…” Dubitativo y apesadumbrado volvió a encerrarse en su vivienda sin dejar de mascullar interrogantes.

 

  Vergüenza ajena, entre otros sentimientos para expresar con  mayor acrimonia, es lo que uno experimenta contra esta decisión del ente autónomo. Hay miles de anselmos desperdigados enla Comunidadque barruntaron un mejor pasar los últimos días de una azarosa existencia (todas las existencias son azarosas, unas más y otras menos, no importa cómo y dónde estas transcurran, la “levedad del ser” que dijo Kundera, expuesto a todos los avatares) en donde, ya digo, encontrar la comida en la mesa, la cama hecha y los menos sinsabores posibles compartiendo con otros la misma situación o desgracia.

 

  Caminamos indefectiblemente hacia una sociedad envejecida, lo deja traducir las estadísticas que hablan de un progresivo aumento de las esperanzas de vida y por ende de una más avanzada edad para que nos dispongamos a atravesar la tenebrosa laguna Estigia. El gobierno central y los que mandan en otras áreas se encuentran con más ancianos de los que pueden atender con la dignidad requerida, que es ésta una mínima requisitoria a la que  no se puede, por justicia, renunciar. Pagas y residencias. Una trágala..

   Se pregunta uno porqué a ningún político se le habrá  ocurrido propiciar otro capaz de encarrilar los problemas de los mayores y solventar sus múltiples necesidades incluida la de una residencia cuando el círculo familiar les  resulte refractario. Pero el `colectivo,´como se dice  ahora, tiene poca voz, para qué engañarnos. Y a todo lo que más se llega es a engatusarle con falsas promesas a la hora de pedirles el voto que luego se diluyen como el agua entre los dedos. La historia de siempre. Lamentable.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.