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La sandía, ese rojo fruto que nos solaza cada verano
José Becerra 03-07-2018 | 11:51 | 0

Resultado de imagen de fotos de sandías

 

Sube con todos los honores en los veranos a mesas de potentados y menesterosos. No falta en las tiendas de viandas que se precie, seguros de la demanda. Nos solazamos con el fresco bocado que aplaca la sed y atenúa los rigores del verano. La sandía es objeto de deseo en estos días calurosos y no falta en las mesas de potentados o menesterosos.

Redonda, voluminosa, roja como sangre de toro, refrescante. La sandía es por antonomasia el postre del verano y el preferido de todo andaluz que se precie. Sería difícil encontrar un hogar de las ciudades, pueblos y villorrios del sur donde tras el almuerzo del mediodía no suba a la mesa este fruto que pone punto y final al ágape.

Rastreando en la etimología de su nombre veremos su origen árabe hispánico: sandiyya, la llamaban los que durante ocho siglos ocuparon el solar castellano hasta su expulsión. Esta cucurbitácea oriunda del África tropical viene refrescando las gargantas de los humanos desde los tiempos borrosos del antiguo Egipcio. Desde allí a las tierras ribereñas del Mediterráneo, un paso.

Mis abuelos, en contacto desde su niñez con los frutos del campo malagueño y de la Serranía de Ronda, me enseñaron que para saber si la sandía está madura – si no lo está es incomestible –  había que dar unos golpecitos con la palma de la mano y debe sonar a hueco. También me instruyeron sobre su cultivo, mostrándome en sus rugosas manos las simientes que irían a parar a la tierra recién labrada para hundirse en lo más profundo  de ellas hasta el tiempo de la floración: exigencias climáticas, de suelo, labores, plantación, acolchado, tunelillos, poda…Seguí con la curiosidad infantil sus explicaciones, pero jamás tuve la ocasión de ponerlas en práctica. Creo que no me lo perdonaré jamás.

Hoy los horticultores de la anarquía malagueña, con los que comparto ratos de atardeceres gloriosos en mis paseos vespertinos, me aclaran que pueden sembrar hasta cuatro tipos de sandía distintos. No ha de extrañarnos, pues, que en el super  de turno se disputen los muebles expositores las negras, y  las verdinegras; unas y otras con y sin las engorrosas pepitas en el interior.

De la sandía se ocuparon escritores célebres poniéndola en labios de los protagonistas de sus obras, o introduciéndolas en fragmentos de  descripciones bucólicas. De Pablo Neruda son estos versos: “… por este fragmento de frescura / dejo caer / la fruta / rebosante: / se abren sus hemisferios / mostrando una bandera / verde, blanca, escarlata / que se disuelve /  cascada, en azúcar / ¡en delicia!”. El rojo fruto exaltado a través del bello lenguaje poético del poeta chileno y universal.

Pero atengámonos a nuestra tierra, a Málaga sin ir más lejos, y parémonos en el candente decir de Salvados Rueda: “Cual si de pronto se entreabriera el día /despidiendo una intensa llamarada, / por el acero fúlgido rasgada / mostró su carne roja la sandía./

Carmín incandescente parecía / la larga y deslumbrante cuchillada,  /como boca

encendida y desatada / en frescos borbotones de alegría. /Tajada tras tajada, señalando/

las fue el hábil cuchillo separando, / vivas a la ilusión como ningunas. / Las separó la mano de repente, / y de improviso decoró la fuente /un círculo de rojas medias lunas”.

¿Y qué decir de sus propiedades terapéuticas? Tendríamos para largo. Además de saciar la sed, depura la sangre, limpia los intestinos arrastrando residuos tóxicos, combate la presión arterial y refuerza el sistema inmunológico. ¿Se puede pedir más?

La sandía precede en el tiempo a otra planta de la misma familia herbácea oferente de otro fruto refrescante y apetitoso: el melón. Ambos se dan la mano en la culminación del verano para proporcionarnos el final feliz de una buen a mesa. Pero de éste hablaremos en otra ocasión.

 

 

 

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La siesta andaluza le gana la partida al yoga
José Becerra 03-09-2014 | 12:14 | 0

 

Benaoján sumido en la calina del estío

JOSÉ BECERRA GÓMEZ

Una de las fotos que de mi familia guardo como oro en paño es la de mi padre dormitando pacíficamente en una mecedora en el patio de  mi casa de Benaoján. El periódico del día desmadejado en sus rodillas, la sombra de una airosa palmera que  mi madre cuidaba como se pudiera hacer a un animal doméstico, entre otras flores en las que los patios andaluces se prodigan- geranios, rosales, petunias  – brindándole una grata sombra y barrunto que un agradable aroma, si es que acababan de de recibir el agasajo del riego diario del atardecer. Recovecos de flores, cal blanca y macetas rebosantes.

    La calle sola y silenciosa, el ladrido lejano de un perro vagabundo, el chirriar de los goznes de una puerta que se cierra negándole al sol su paso desabrido al rincón apacible de un hogar… Presentía más que veía cansancio y sopor de cuerpos derrengados en un pueblecillo que hacía un alto en las faenas imposibles de la canícula del campo o de la fábrica.

 Recuerdo el momento en el que atiné con la instantánea: la conservo porque me retrotrae a un momento feliz de mi adolescencia en el seno de un hogar que luego habría de evocar sumergido en los sinsabores que el transcurso de los años nos deparan. No pocas veces me ha acompañado esta imagen de mi progenitor, tranquilamente reposando en el patio de mi hogar de siempre en esos momentos cruciales del mediodía,  he ido a buscar como él el letargo en el rincón y la butaca preferida después de la jornada laboral, no digamos ahora que disfruto del asueto que la senectud exige.

    Puestos a comparar la siesta andaluza nada tiene que envidiar al yoga que se nos importó desde tierras extrañas y que también busca la relajación del espíritu y el cuerpo. La ataraxia  que nos proporciona la siesta –basta con 20 minutos de dormivela – puede alcanzar el éxtasis, si me apuran con mayor aceleración y resultados benefactores para la salud, sin necesidad de adoptar extrañas posturas ajenas a nuestras maneras y costumbres inveteradas.

   El yoga posee connotaciones disciplinarias y mentales y procede de la India y se asocia con prácticas de meditación para alcanzar el nirvana o felicidad. La siesta andaluza no necesita en esa introspección personal  para alcanzar igual o mejor resultado. Basta cerrar los ojos, negar todo indicio de preocupación y dejarse llevar por la laxitud que normalmente invade el cuerpo después de la principal comida del día. En la Serranía de Ronda sabemos mucho sobre eso y la practicamos sin mayores componendas. Y nos va tan ricamente.

Foto: Serranía de Ronda

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Añoranza de un verano en la Serranía de Ronda
José Becerra 08-08-2014 | 1:18 | 0

 

 

Añoranza de  un verano en la Serranía de Ronda

 

JOSÉ BECERRA

 

Cuando el sol calienta inmisericorde las tierras de la Serranía de Ronda, sus pueblos, aletargados, ya en el hondo  valle, ya en las laderas de su más alto y arisco relieve no parecen que muestren el menor indicio de vida. Después de la comida del medio día se suceden soporíferas horas que resbalan sobre las casas – encaladas fachadas refulgentes, oscuras techumbres moriscas – como si lo hiciera el plomo sobre el vaciado de una figura geométrica.

Pocos son los que desafían el caliginoso momento y se atreven a pisar el asfalto de las calles o los resbaladizos cantos que las empiedran. Puertas y ventanas permanecen abiertas, en su hueco el balanceo de la leve cortinilla o la oscura celosía tras las que más que ver se adivinan cuerpos cansinos que inútilmente buscan fresco sosiego, porque no hay rincón que en estas pesadas horas caniculares lo proporcionen.

Se ansía la brisilla de la sierra, pero ésta se hace rogar y no hará acto de presencia sino bien entrada la noche, alta ya la madrugada, próximo el claroscuro del alba. Silencio, un silencio pesado que difumina pisadas y que nadie osa romper, como si el mismo conversar exigiera un esfuerzo que en las horas planas, pesan cual  martillo sobre un yunque.

He vivido muchos veranos en la Serranía, casi tantos como los años que soportan mi  ya un tanto deteriorada  energía física. Últimamente intento volver sólo  cuando septiembre imprime la suavidad de sus noches a las imposibles madrugadas de agosto. Sin embargo, añoro los días de calor extrema, quizá porque me retrotraen a los días lejanos de mi infancia.

Entonces, lejos las obligaciones de la escuela, solía madrugar, entre otras cosas agradables porque mi madre me mandaba a comprar churros al tenderete que muy cerca de la plaza de la Iglesia regentaba Josefa, la Tejeriguera, una mujer en puertas ya de la ancianidad que, en Benaoján,  se daba las  mejores artes para freír la masa en redonda y pomposas formas que para mí eran pura delicia. En verano, los tejeringos se hacían a pleno aire, y daba gusto solo inhalar el olorcillo que desde lejos, desde cualquier calle delataban su presencia haciendo atractiva una mañana que todavía, a poco de clarear el día, no hacía presagiar aún la calima del día en cuanto  el sol estuviese en su cenit.

Las tardes veraniegas, no importa sin el sol caía a raudales, la chiquillería bajábamos al Guadiaro para los chapuzones de rigor. Antes, el río descendía de las sierras limpio y con un caudal tan abundante que propiciaba la creación de charcos que permitían baños a ratos alborotados y a ratos placenteros. Hasta se podía pescar a solapa o con cañas, que la población de barbos y parcas siempre fue siempre abundante. Estas interminables tardes chapoteando en el agua o tendido entre juncos y mimbreras se me quedaron grabados en la memoria y me sirvieron de lenitivo cuando me  sentí  obligado a pasar los veranos en otros parajes y en mitad de otros paisajes.

Ahora sé que el río de mi niñez no es ni por asomo lo que era: languidece  a ojos vista ya  que sus aguas mermaron considerablemente y acabaron por desaparecer frescas corrientes y cristalinas charcas. Y que hay que remontarse hasta sus afluentes, como el  Campobuche, que emerge de las lóbregas salas subterráneas de la Cueva del Gato, para disfrutar de un baño frío y relajante y sin peligro de contaminarse con repugnantes efluvios.

Abandonado el Guadiaro,  a lo largo de su sinuoso cauce nadie se atreve a acercarse. Puede que sólo lo hagan los insectos insufribles para hacer verdad el dicho de los hortelanos con heredades en sus orillas, retratando una realidad que, bien mirado, también es propia de estas tierras cuando se muestran sedientas y ardientes: “Verano, sol y avispas”. Un testimonio que sigue intacto entre la gente del lugar.

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Verano, sol y avispas
José Becerra 04-09-2012 | 10:12 | 0

 

 

 

 
 Cuando el sol calienta inmisericorde las tierras dela Serraníade Ronda, sus pueblos,  aletargados, ya en el hondo  valle ya en las laderas de su más alto y arisco relieve no parecen que muestren el menor indicio de vida. Después de la comida del medio día se suceden soporíferas horas que caen sobre las casas – encaladas fachadas refulgentes, oscuras techumbres moriscas – como si lo hiciera el plomo sobre el vaciado de una figura geométrica.

   Pocos son los que desafían el caliginoso momento y se atreven a pisar el asfalto de las calles o los resbaladizos cantos que las empiedran. Puertas y ventanas permanecen abiertas, en su hueco el balanceo de la leve cortinilla o la oscura celosía tras las que más que ver se adivinan cuerpos cansinos que inútilmente buscan fresco sosiego, porque no hay rincón que en estas pesadas horas caniculares lo proporcionen.

Se ansía la brisilla de la sierra, pero ésta se hace rogar y no hará acto de presencia sino bien entrada la noche, alta ya la madrugada, próximo el claroscuro del alba. Silencio, un silencio pesado que difumina pisadas y que nadie osa romper, como si el mismo conversar exigiera un esfuerzo que en las horas planas, pesan cual  martillo sobre un yunque.

   He vivido muchos veranos en la Serranía, casi tantos como los años que soportan mi  ya un tanto deteriorada  energía física. Últimamente intento volver sólo  cuando septiembre imprime la suavidad de sus noches a las imposibles madrugadas de agosto.

Sin embargo, añoro los días de calor extrema, quizá porque me retrotraen a los días lejanos de mi infancia. Entonces, lejos las obligaciones de la escuela, solía madrugar, entre otras cosas agradables porque mi madre me mandaba a comprar churros que un tenderete de la plaza regía Josefa, la Tejeriguenra, una mujer en puertas ya de la ancianidad que, en Benaoján,  se daba las  mejores artes para freír la masa en redonda y pomposas formas que para mí eran pura delicia. En verano, los tejeringos se hacían a pleno aire, y daba gusto solo inhalar el olorcillo que desde lejos, desde cualquier calle delataban su presencia haciendo atractiva una mañana que todavía, a poco de clarear el día, no hacía presagiar aún la calima del día en cuanto  el sol estuviese en su cenit.

    Las tardes veraniegas, no importa sin el sol caía a raudales, la chiquillería bajábamos al Guadiaro para los chapuzones de rigor. Antes, el río descendía de las sierras limpio y con un caudal tan abundante que propiciaba la creación de charcos que permitían baños a ratos alborotados y a ratos placenteros. Hasta se podía pescar a solapa o con cañas, que la población de barbos y parcas siempre fue siempre abundante. Estas interminables tardes chapoteando en el agua o tendido entre juncos y mimbreras se me quedaron grabados en la memoria y me sirvieron de lenitivo cuando me  vi obligado a pasar los veranos en otros parajes y en mitad de otros paisajes.

    Ahora sé que el río de mi niñez está imposible, que languidece nauseabundo, que sus aguas mermaron considerablemente y acabaron por desaparecer frescas corrientes y cristalinas charcas. Y que hay que remontarse hasta sus afluentes, como el  Campobuche para disfrutar de un baño frío y relajante y sin peligro de contaminarse con repugnantes efluvios. 

Abandonado el Guadiaro,  a lo largo de su sinuoso cauce nadie se atreve a acercarse. Puede que sólo lo hagan los insectos insufribles para hacer verdad el dicho de los hortelanos con heredades en sus orillas, retratando una realidad que, bien mirado, también es propia de estas tierras cuando se muestran sedientas y ardientes: “Verano, sol y avispas”. Un testimonio que sigue intacto.

Foto/ Turismo de Ronda. El “Campobuche”, afluente limpio y refrescante del Guadiaro 

Categoría: Serranía.  superior

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Chapuzones bajo las fauces del Gato
José Becerra 07-08-2012 | 11:25 | 0

 

          

 

 Foto: Benaolla

 

 

 

 Existe un lugar paradisíaco en la provincia de Málaga  que cada vez se escoge con mayor frecuencia para gozar de un día de asueto sumergidos – nunca mejor empleada la palabra en un microclima donde se olvidan los agobios de los calores veraniegos que en la Serranía de Ronda suelen ser extremos.

 

No siempre nos entusiasma la playa. Ni siquiera ahora que aprieta el calor y andamos derrengados por larguísimos días que parecen no tener fin. Aparte de la siesta, recurrente y sagrada desde la comida hasta bien avanzada la tarde y por cuyo embeleso escapamos del agobio y sofoco diario – no sin razón se la ha dado en llamar, bien es verdad que con cierta sorna, el “yoga andaluz” -,echamos en falta otros alicientes y otros ambientes. Nos los reclaman los benditos días de asueto.

   Instalados los calores para no dejarnos hasta bien entrado septiembre, hay quien, ante tanto bullicio callejero en las ciudades de destino turístico y tanta playa atiborrada de gentío, sueña con lugares que sin ser idílicos, ofrezcan un cariz diferente. Aquellos son imposibles de encontrar, por lo menos en su estado primigenio, por más que se empeñen en reflejarlos postales y folletos publicitarios. Pero subsisten, ya digo, algunos que mantienen todavía vestigios de lo que fueron no mucho tiempo ha. El disfrute en ellos  de momentos de relajación impensables en otros sitios sí es posible aún. La cueva del Gato  es uno de ellos.

   A la cueva del Gato, un lujo natural en la Serranía de Ronda, a tiro de honda de la ciudad del Tajo y Benaoján, se cita más que nada como estación prehistórica y espeleóloga,  amén de como capricho de la naturaleza capaz de esculpir en roca granítica las furibundas fauces de un gran gato eternamente asomado a las tranquilas aguas de un limpio río. Surge éste como un exabrupto, a veces con la furia de las aguas desatadas,  de su vientre, sin solución de continuidad desde el inicio de los tiempos. Pero esta sorprendente cavidad no agota con estas facetas la totalidad de sus méritos como monumento natural. Ni  mucho menos.

    El río Guadalevín (o Campobuche, para los amigos) que escupe el felino después de recorrer sus entrañas – más de 6.000 metros de laberínticas galerías y enigmáticas salas, escasamente holladas por el hombre, precisamente por el peligro que entraña su recorrido –, crea a los pies de éste un gran  charco capaz de poner frescura y sensación de bienestar en un lugar, si otrora ubérrimas tierras de pan llevar, ahora tan secas y lánguidas cual páramo. Sin apenas transición, una vez traspasado el frágil puente que nos permite llegar tras bordear un trecho a pie el río Guadiaro, vía que sirve de límite natural al Parque de la Sierra de Grazalema, se tiene la sensación, sobre todo, si se ha soportado durante horas el rigor de altas temperaturas, de abandonar un mundo inhóspito por la sequedad, a otro con apariencia de oasis por el grato frescor que inmediatamente se percibe. El helor de las profundidades de la espelunca se deja sentir, si llegar en ningún momento a ser desagradable, mucho antes de que hollemos siquiera su entrada.

    Quede para otro momento la aventura de adentrarnos en sus recovecos. Si lo que buscamos son horas placenteras, desembarazados del calor de afuera bastará con permanecer en las inmediaciones del charco Azul y zambullirnos con frecuencia en sus limpias aguas. Frías y cristalinas, como si procedieran de un glaciar que hubiese iniciado la licuación peñas arriba, será difícil aguantar mucho tiempo sumergido, lo que no es óbice para que en horas tórridas la sensación sea en sumamente grata.

    Piedra desnuda, mimbreras y juncias en las riberas, el río Campobuche –  sus   aguas subterráneas afloran en el Gato, las cueles por un momento, sólo por un momento, rescatan el río Guadiaro de la ponzoña de la contaminación que arrastra aguas abajo –,  y su torrentera desplomada crea  un escenario singular.  Milagro de un microclima que se enseñorea del conjunto poniendo barreras al verano y a las temperaturas extremas.

    Dicen los antiguos cronicones que aquí acampó el ejército de Julio Cesar antes de enfrentarse con el de los hijos de Pompeyo en la muy célebre batalla de la bética Munda (la Monda de hoy). Escogieron bien el lugar los centuriones romanos para el descanso y a lo mejor no fue casual que infligieran, inmediatamente después, sonada derrota a sus contrincantes. Y desde la Roma Imperial, o poco menos, el charco Azul o del Gato, ha servido para que los asentamientos humanos que aprovecharon el corredor entre el actual Campo de Gibraltar y la cercana costa para sus transacciones comerciales y actividades bélicas hicieran en él parada forzosa. Igual que hacen desde tiempo inmemorial los habitantes de los pueblos limítrofes para celebrar aquí comilonas, acontecimientos familiares y reencuentros amistosos.

    Zambullirse  en las aguas del Gato tiene todo el sugestivo acicate de hacerlo en la misma historia, ya ven ustedes. Y, además, dicen que es sanísimo, sobre todo para estimular la circulación sanguínea. No se puede pedir más.

   

 

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.