Por qué asustan · Álvaro García

Desde que al parque central de Málaga le han cortado doscientos treinta y seis árboles, los vecinos de cada barrio ven temblar un naranjo junto a taladradora y agarran, razonablemente, una pancarta. Una amiga me escribe desde Fuente Olletas, barrio al pie de los montes y antigua puerta de la ciudad hacia el norte del país, para decirme que temen por sus naranjos: vestíbulo de luz de la ciudad antañona; naranjos que, a poco que se mire y se piense, llevan décadas guardando en su luz puntual y naranja la memoria de los arrieros y de los viajeros que iban para el frío. La sospecha de tala de árboles a pie de monte ha alarmado a los ecologistas y a mi amiga, que me explicaba el lunes cómo para ampliar el ancho de la carretera y de las aceras iban a cortar dos filas de naranjos que flanquean la carretera. “La acción”, me decía, “es inminente y hoy se ha organizado una concentración a las seis de la tarde para intentar acallar con gritos de protesta el ruido ensordecedor de las máquinas de destrucción masiva”. Del Ayuntamiento se apresuraron, entonces, a emitir un comunicado explicando que se trata de un proyecto de remodelación del vial y que en absoluto se van a quitar los árboles y que “hay una perfecta coordinación con la delegación de Parques y Jardines para ver la forma de que la actuación de remodelación del vial no afecte a ningún árbol”. Pero, claro, es que esa delegación de Parques y Jardines se ha empeñado en andar últimamente contra Parques y Jardines, y es la que acaba de cargarse doscientos y pico árboles centenarios de un paseo central de la ciudad con el pretexto de que estaban enfermos. En el Ayuntamiento de Málaga ni se plantean, por lo visto, ampliar los derechos humanos a los seres vivos en general. Y es como si hubiera que matar a todos los enfermos de este mundo por el hecho de que están enfermos, en lugar de intentar curarlos. Demos crédito a que los árboles de la antigua entrada y salida de Málaga no van a ser talados, aunque se haya publicado que los vecinos mienten y que jamás se iban a tocar los árboles. Mi amiga aclara: “Hemos hecho ruido y ha surtido efecto. Ahora bien, no hay quien se crea nada hasta el último momento”. Más allá o más acá del hecho concreto, que ojalá sea finalmente como explica el Ayuntamiento, está ese otro de que ciertos gobiernos se pasan la vida asustando con su inveterado odio español al árbol. Asustan porque tienen malas costumbres, malos precedentes de autoridad amparada en el silencio de la oposición. Sobre la masacre del parque central sólo dijo algo un grupo ecologista, el librero Paco Puche y dos técnicos, los biólogos arboricultores Joan Josep Martínez Sabaté y Gerard Passola Parcerisa, autores de un informe ya reprodujimos aquí y que desazona leer: el sesenta por ciento de los árboles matados en el parque eran salvables. Y en cuanto a los que estaban muy mal, un diecinueve por ciento podía haber esperado. En resumen, sólo había que haber eliminado treinta y dos árboles de los doscientos treinta y seis que la ciudad ha perdido entre un atronador silencio con hachazos. Silencio porque nos fiábamos de la autoridad. Si releemos aquí el informe es para hacer ver que el temor de los malagueños a un Ayuntamiento arboricida está bastante justificado. Ahora les toca el turno a los eucaliptos de los Baños del Carmen, y no sólo, por desgracia, a los eucaliptos: arrecia un acerado marítimo de pavimento duro igualitario y destructor de la isla de tiempo que es o ha sido el balneario. Asustan porque hay hábito.

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Diario SUR

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