Baños del Carmen: cultura contra cemento

ESTÁN hechos los paisajes de contornos y de formas, de colores y de espacios habitados de un modo particular. Así se graban en nuestra memoria, así permanecen en el recuerdo y es por eso que podemos evocarlos aunque nos separen miles de kilómetros, aunque hayan pasado años.Hay un paisaje en Málaga, una serie de contornos y de formas, un tanto extraño. Se trata de una arboleda de eucaliptos frente al mar, de ciertas plantas que no han crecido en ninguna otra parte de la ciudad; hay hasta una palmera asombrosa que resiste los embates de las mareas con una tranquilidad inexplicable. Es un paisaje que miles de malagueños y visitantes tienen en la memoria, un paisaje que cada uno de nosotros puede recordar, cualquiera que sea el punto geográfico en que se encuentre.Ahora, un proyecto conjunto del Ayuntamiento y Demarcación de Costas pretende cambiar ese paisaje. Cambiarlo para siempre, porque los paisajes, como tantas otras cosas, sólo se cambian una vez.La arboleda de eucaliptos se cambiará por un edificio de más de 10 metros de altura en primer línea de playa que albergase un gimnasio spa. Creando, a la vez que un equipamiento elitista, un enorme tapón al barrio Pedregalejo. La palmera impasible sería atropellada por un paseo marítimo de hormigón. Las plantas, domesticadas en jardineras. La playa de piedra y los ecosistemas marinos se transformarán en arena de cantera, con ese polvillo que ya nos es tan familiar. Los emocionantes atardeceres hacia la bahía de Málaga se verán truncados por un puerto deportivo en el Morlaco que disfrutarán, naturalmente, unos pocos.El muro que aísla del ruido sería derribado, para que tampoco allí podamos olvidarnos por un instante del tráfico que soporta la ciudad. La singularidad espacial y ecológica de los Baños del Carmen hace que un paseo entre los eucaliptos o una excursión litoral por el roquedo sean experiencias únicas que no se puedan disfrutar normalmente en una metrópolis, aún siendo ésta costera. Las singularidades sociales que habitan este paisaje hacen que podamos disfrutar de una jam session nocturna bajo las estrellas, de concursos de fotografía y pases de cortos. De talleres de pintura y escritura autogestionados, de moragas esporádicas, guitarras, improvisaciones. De una buena charla alrededor del fuego. De sacar al perro y jugar con los hijos los domingos por la mañana. Fotos de bodas, tés morunos al atardecer, mercadillos de artesanía, reuniones culinarias, leer un libro.Un verdadero lujo endémico, propio de nuestro entorno y de nuestras maneras de hacer mediterráneas. Ahora se habla de recuperar los Baños del Carmen. ¿Pero cuándo exactamente se perdieron? ¿Quién los perdió? ¿Acaso observan esos recuperadores cómo bulle el lugar cada fin de semana o cómo decenas de ciudadanos disfrutan el mar de un modo diferente al estandarizado en nuestras costas? ¿Acaso es absolutamente necesario para recuperar una concesión de un espacio público utilizar más de 9 millones de euros de hormigón? ¿Acaso hay algún tipo de plusvalía económica en toda esta operación?Nos preguntaba el alcalde, en una reunión mantenida en el Ayuntamiento, qué actividad no se podría hacer después de que se terminase el proyecto que tienen previsto. Y cuando le hablábamos de contemplar atardeceres, cuando le contábamos lo que significa leer un libro debajo de los eucaliptos o hacer una paella familiar aliñada con verdiales y otros ritmos, nuestro alcalde fruncía el ceño y nos respondía, impertérrito, que un gimnasio spa concesionado a una empresa privada era bueno para los ciudadanos porque haría bajar el precio de los demás gimnasios. Nos pedía nuestro alcalde que no sacralizáramos los eucaliptos. Nos venía a pedir nuestro alcalde que estandarizáramos nuestro ocio y nos sometiésemos a la vulgarización del espacio, es decir, cemento en la playa y árboles cortados.Nos preguntamos entonces con qué tipo de argumentos aspira el alcalde conseguir para Málaga la capitalidad cultural europea de 2016. Para un londinense, sería impensable talar siquiera un árbol de Hyde Park para hacer un gimnasio spa. Y tiene Londres millones de metros cuadrados de zona verde. Lo mismo ocurre en Edimburgo, París o Barcelona. Así que mientras se vende la Málaga cultural, se arrasa con el patrimonio, se cementa la playa y todo ello con la oposición  de asociaciones de vecinos y plataformas ciudadanas.Aún se puede detener el proyecto. Está a tiempo el alcalde de rectificar, Demarcación de Costas de impedir el atropello ecológico, también la ministra de Medio Ambiente de no suministrar los casi 10 millones de euros presupuestados para borrar de nuestra memoria lo que todavía es nuestro patrimonio.Estamos a tiempo los ciudadanos de Málaga de decidir qué espacios públicos queremos y cómo, de habitar espacios en los que iniciativas culturales y populares tengan cabida, de imaginar una costa verde y colectiva. Está a tiempo la cultura de ganar una pequeña batalla al cemento, y nosotros de ser partícipes de ello.
 

Carmen Astarte, J. David Vargas y María García

 

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Diario SUR

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