Crónicas desde un país vecino.- El hombre de los caramelos




Sucede en la mayor parte del país de los mil y un contrastes. Al paso de una caravana, más o menos numerosa, de motocicletas europeas por algún lugar, más o menos habitado, se nota que es un acontecimiento que rompe, por unos segundos, la tranquilidad y la rutina de la zona. Este efecto hipnotizador se produce en todos los grupos de edades, acrecentándose a medida que la mocedad del lugareño es más patente. Todos los niños, yendo o viniendo de la escuela, saludan al observar como cortan el viento los cascos y las melenas de los jinetes. Algunos de ellos excesivamente pequeños no sólo para caminar indefensos por los arcenes de la carretera, sino para incluso ir de forma independiente a su colegio.





Pero el acontecimiento más importante se produce en el momento en el que se paran las motos a un lado de la pista junto a un pequeño grupo de niños y estos, un poco reacios en un primer momento, finalmente se van acercando a contemplar las máquinas que les han llamado la atención al tiempo que aceptan con una gran y sincera sonrisa unas golosinas de parte de los viajeros. Automáticamente y en cuestión de segundos, el montón de críos se suele convertir en una marabunta que comienza a llegar al lugar desde todos los puntos cardinales sin ninguna conexión aparente.

Aún se desconocen los mecanismos biológicos, psicológicos o, incluso, parapsicológicos que se desencadenan en estas poblaciones de individuos ante la aparición de esta honorable versión del hombre de los caramelos. Lo que sí está comprobado es que la secuencia de acontecimientos siempre suele ser la misma.

Agadir, 23 de abril de 2009

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Diario SUR

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