Diario Sur
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Mociones de censura
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Héctor Barbotta | 15-02-2017 | 21:11

Lo que va a vivirse durante este año en que los gobiernos municipales atravesarán el ecuador de sus mandatos era predecible desde que en las elecciones de 2015 cambió el paisaje en los ayuntamientos. En Nerja se fragua una moción de censura, al igual que en Frigiliana. En Alhaurín el Grande, la disputa política se ha trasladado a los tribunales después de una sesión esperpéntica en la que no prosperó la moción para desbancar a los herederos de Martín Serón. En Marbella, uno de los socios de gobierno recuerda que su compromiso era por dos años, no por cuatro. Aunque nadie espera que vaya a haber cambios, el mero anuncio genera cualquier cosa menos estabilidad y certidumbre. Torremolinos tampoco escapa a ese runrún permanente. Estas situaciones se suman a las de Pizarra, donde Izquierda Unida apoyó primero a un alcalde del PSOE para después desbancarlo y aliarse con el PP, o la de Mijas, donde un candidato que perdió las primarias en el PSOE se presentó por Ciudadanos, quedó tercero, consiguió la alcaldía en alianza con el PP y después cerró el círculo al acabar gobernando coaligado con los socialistas.
Ninguna de estas maniobras es ilegítima y es consecuencia de lo que eligieron los ciudadanos, pero habría que preguntarse si es esto lo que realmente eligieron los ciudadanos. No se trata de dar por buena aquella maniobra absurda y felizmente fallida que intentó impulsar el Gobierno para cambiar las reglas del juego en mitad del partido, cuando las encuestas avisaban de que la época de las mayorías absolutas tocaba a su fin , y que Rajoy inmortalizó con esa frase tan autodefinitoria de los alcaldes y los vecinos. Tampoco de deslegitimar los acuerdos políticos que son la esencia de un sistema parlamentario y no presidencialista. Todo lo contrario.
Si la composición política de los ayuntamientos ha cambiado es porque la voluntad de los vecinos ha sido la de dejar atrás unas mayorías absolutas que posiblemente tarden en volver, si es que vuelven. Los paisajes multicolores que hoy hacen necesarios los acuerdos para gobernar y abren la puerta a posibles cambios en mitad de los mandatos son la traducción de esa demanda de cambio. Pero no es muy aventurado suponer que aquellas urnas multicromáticas estaban demandando algo más. No se trataba de sustituir la arrogancia de las mayorías absolutas por mercadeos, pactos con cláusulas opacas y giros inexplicados.
Es posible que los electores estuvieran pidiendo un cambio de cultura política. Un cambio que los partidos, que parecen obligados a elegir entre la obediencia incondicional, los golpes palaciegos o las guerras civiles internas sin ser capaces de afrontar debates maduros, parecen no estar en condiciones de asumir.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella