Diario Sur
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Espacios públicos
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Héctor Barbotta | 31-03-2017 | 10:16

 

Marbella está en las antípodas de la postura que ha adoptado Barcelona sobre la consideración del turismo como una plaga. En primer lugar, porque el turismo masivo que ha invadido la Ciudad Condal y ha convertido en invivibles algunos de sus espacios públicos está en las antípodas del perfil mayoritario de quienes eligen Marbella para sus vacaciones. Pero también porque Barcelona tiene alternativas que le permiten abordar debates que parecen inviables en zonas donde el turismo adquiere la condición de monocultivo productivo.

Sin embargo, hay debates que posiblemente deban afrontarse con tiempo suficiente para evitar que en algún momento se llegue a la situación en la que está Barcelona, con sus alternativas productivas de gran ciudad europea, pero también algunas zonas de las islas Baleares, con el drama de la falta de opciones y la realidad de haberse convertido en destino invadido.

Por eso resulta interesante y oportuna la discusión que se ha abierto en torno al reparto de espacios en la Plaza de Los Naranjos, y también por eso mismo estaría bien abordar esta discusión sin demagogia, sin oportunismos y sin chantajes. Los vecinos de Marbella con memoria tienen la ventaja de que aún recuerdan que todas las barbaridades urbanísticas que se cometieron durante años en la ciudad se perpetraron bajo el paraguas legitimador de la riqueza que creaban, con los puestos de trabajo como rehenes que servían para abortar cualquier cuestionamiento no ya moral sino meramente práctico.

Es posible que sólo los más antiguos del lugar recuerden una Plaza de Los Naranjos libre de mesas y abiertas al disfrute ciudadano. Todas las imágenes recientes y no tan recientes, salvo las invernales, remiten a un paisaje totalmente privatizado, invadido por mesas y sillas. Una gran terraza sin lugar no ya para pasar, sino siquiera para sentarse, con el mobiliario urbano convertido en mesas auxiliares donde depositar bandejas, cubiertos y mantelería.

Las obras realizadas por el Ayuntamiento para renovar el suelo de la plaza actuaron como revitalizador de la memoria, devolvieron un paisaje que remitía al blanco y negro y abrieron la posibilidad de cuestionarse si era aceptable que el 100 por cien del principal espacio abierto del casco antiguo volviera a convertirse en un espacio privatizado. Y no, no era aceptable.

Ahora, además de haber una plaza que antes estaba tapada, hay un debate abierto que la propuesta municipal de reparto de espacios presentada esta semana, con la que aparentemente están más de acuerdo los propietarios de establecimientos de hostelería que los miembros de la plataforma que han reunido un millar de firmas contra la ocupación, no parece que vaya a zanjar. Supone, eso sí, un punto de partida que se pondrá a prueba durante la Semana Santa que se avecina.

Estamos por eso, ante de un debate que se presenta largo y para el que estaría bien marcar tres límites si es que se pretende llegar a una fórmula sobre la que se pueda construir un consenso: Uno, no hay solución posible que vaya a contentar a todos al 100 por cien; dos, la Plaza de Los Naranjos no es homologable a la plaza de un pueblo por la sencilla razón de que hace décadas que Marbella ha dejado de ser un pueblo, y tres, no es aceptable que los puestos de trabajo que crean las mesas sean utilizadas como elemento de presión, porque por ese camino llegaríamos antes de que pudiésemos impedirlo a la encrucijada en la que hoy día se encuentra Barcelona. El turismo que no es compatible con la vida ciudadana no tiene nada que ver con el turismo de calidad y sustentable por el que debe apostar esta ciudad.

Este debate sobre quiénes somos y quiénes queremos ser ha tenido en esta semana otro punto para la reflexión al otro extremo del término municipal, junto a la basílica paleocristiana de Vega del Mar.

En la Tenencia de Alcaldía de San Pedro se ha decidido que ese emplazamiento, que cuenta con la protección arqueológica de la Junta de Andalucía, es un buen lugar para instalar un merendero y por eso se solicitó en el mes de octubre un permiso para limpiar y adecentar la zona por medios manuales y utilizando vehículos livianos. La Delegación de Cultura concedió el permiso a condición de que los trabajos se realizaran bajo la supervisión de un técnico del área municipal de Cultura y Patrimonio. Ahí nos encontramos ya con el primer problema, porque entre los 3.200 trabajadores del Ayuntamiento de Marbella no hay ni un solo arqueólogo, lo que explica al mismo tiempo cómo se han hecho las cosas en los últimos 25-30 años y cuál es el lugar que el patrimonio histórico ocupa entre las prioridades políticas.

Por eso no fue ninguna sorpresa que para acelerar los trabajos de limpieza en la Tenencia de Alcaldía se decidiera que era buena idea meter una excavadora, con los resultados conocidos.

Después de que primero dos vecinos y luego la asociación Cilniana denunciaran la situación llegaron unas explicaciones de esas que pueden incluirse entre las aclaraciones que oscurecen. Se aseguró que no era la primera vez que entraba una excavadora en el suelo protegido, que hay un problema de drenaje porque el gobierno del PP llevó en su día la tala de eucaliptos más allá de lo razonable, que no hay evidencia científica de que la zona afectada albergue restos arqueológicos de importancia, que los restos aparecidos ya estaban rotos previamente y no tienen valor porque no están contextualizados y que parte de estos restos sin valor y sin contextualizar han sido enviados al Museo de Málaga.

De todas estas explicaciones podrían surgir algunas preguntas, pero en realidad hay una que va mucho más allá de cómo podría haber evidencia científica del valor arqueológico del lugar si nunca han habido ni fondos ni voluntad para una excavación, de si se talaron más o menos eucaliptos, de por qué hay una pequeña nave pintada con los colores de Opción Sampedreña en el interior del espacio vallado, de si ésta era la primera vez que una excavadora entraba en suelo arqueológico protegido o de si los restos que aparecieron destrozados ya estaban rotos antes. La pregunta es si de verdad no había otro sitio donde montar un merendero. Y si realmente queremos ser una ciudad que trata de esa manera a su propia historia.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella