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Héctor Barbotta | 31-03-2017 | 10:21

 

Desde la isla artificial y el tren bala hasta llegar a la ampliación del puerto de La Bajadilla, por no hablar de la ampliación del Hospital Costa del Sol o las estaciones del AVE, la historia reciente de Marbella es una larga sucesión de proyectos anunciados y frustraciones consumadas. Mientras Málaga capital se plantaba en el siglo XXI con el paisaje de un puerto renovado al que llegan cruceristas a los que no les da tiempo a conocer toda la oferta cultural de la ciudad, la Marbella del futuro sólo se vislumbraba a través de presentaciones en ‘power-point’ y realidades virtuales recreadas por ordenador. Pero al despertarse de esos sueños los vecinos se encontraban con una universidad que no es, atascos insufribles, un jeque caradura y una ciudad regida por un plan urbanístico con tres décadas de antigüedad que seguramente desalienta proyectos de futuro.
Los últimos 25 años también han estado marcados por una sistemática destrucción del medio ambiente y la ocupación privada de espacios públicos. Por todo ello no debe llamar la atención que la presentación del proyecto del hotel de cadena W haya despertado tanta incredulidad como esperanza y optimismo.
Sin haber nada que reprochar a quienes han recibido con desconfianza el enésimo gran proyecto que tiene por escenario a la ciudad, seguramente es oportuno llamar la atención sobre algunos aspectos que permiten ver el anuncio de la llegada de W a Marbella como un prometedor revulsivo para su industria hotelera.
En primer lugar, no se trata de un mero anuncio sobre una inversión futura. El grupo Platinum Estates lleva años trabajando con discreción en la ciudad a través de su representante en España, Juan Luis Segalerva, una persona que antes de conocer Marbella como inversor la disfrutó como visitante. Esta sociedad, con sede central en Hong Kong y base europea en Londres, ya invirtió 50 millones de euros en la compra del suelo, una operación cerrada a finales de 2015.
Los terrenos eran prácticamente los últimos de esas dimensiones (151.000 metros) disponibles en primera línea de playa y un verdadero tesoro natural por la dunas que aún se conservan y que recuerdan cómo fue en algún tiempo gran parte de la franja litoral de Marbella. La lógica invita a pensar que no se invierte semejante cantidad de dinero en un proyecto sobre el que no existe una mínima garantía de que va a prosperar.
El segundo elemento que alienta el optimismo es la solvencia de la corporación hotelera que ha realizado el anuncio esta semana en Hong Kong. Cuando en noviembre el CEO de Platinum Estates, Harri Mohihani, se desplazó a Marbella para presentar el proyecto junto a los responsables municipales, adelantó que ya existía un acuerdo con una cadena hotelera líder en el turismo de lujo. Ahora se ha sabido que la cadena es W, perteneciente al grupo Starwood. Al mismo tiempo que Mohihani realizaba ese anuncio en el Ayuntamiento y acompañado por el alcalde, Starwood estaba cerrando su acuerdo de integración en el grupo Marriott, lo que dio lugar al nacimiento del mayor grupo hotelero del mundo, con más de 6.000 hoteles y presencia en 110 países. No se puede aspirar, posiblemente, a un respaldo más solvente en el mundo turístico.
Que ese grupo haya decidido poner pie en Marbella y lo haga con la marca del mayor segmento de precio y calidad demuestra cuál es el lugar en el que las grandes compañías turísticas del planeta sitúan a Marbella. Sólo falta que aquí también nos lo creamos.
Hay dos episodios que señalan la seriedad y la prudencia con la que se actúa en este nivel. En septiembre se adelantó que el anuncio del acuerdo entre la sociedad inversora y la cadena hotelera se haría en la pasada edición de la World Travel Market. Cómo no había certeza de los plazos en los que se obtendría la licencia después de que se incorporara al proyecto un club de playa, el anuncio se aplazó. El segundo es que el proyecto no parece acuciado por las urgencias, pese a que, como en toda inversión, tiempo perdido supone lucro cesante. El objetivo original era que el hotel abriera en 2019, y así se aseguró en la presentación de septiembre. Ahora se ha fijado un plazo seguramente mucho más realista que apunta a una apertura en 2021. Cuando los promotores de un proyecto se alejan de la venta de humo no hacen otra cosa que hacerse merecedores de confianza.
La otra inquietud que generó la presentación de este proyecto estuvo relacionada con las dunas de Real de Zaragoza, situadas junto al terreno donde se levantará el hotel. Primero por su preservación, pero también por que se garantizara el acceso público.
El proyecto que se ha presentado, el que avala el Ayuntamiento y para el que se están tramitando las licencias, supone un aumento de 100 metros de profundidad en el área de protección. Es una franja que no estaba garantizada antes de la llegada de este proyecto y que añadirá 33.000 metros cuadrados más a la reserva ecológica de las dunas, que cuenta actualmente con 15.000 metros cuadrados. Si el anterior propietario del suelo hubiese construido chalés, tal y como permitía la calificación urbanística, el ladrillo hubiese llegado prácticamente a pie de duna. La zona donde se levantará el hotel no estaba protegida, de modo que el proyecto no supone pérdida en ese sentido.
El proyecto prevé que antes de que dé comienzo la construcción del hotel, las villas y los apartamentos, la empresa deberá ejecutar una serie de obras de infraestructura que incluyen la regeneración de las dunas, el enlace con la A-7 y el acceso público a la playa, que discurrirá por una franja al oeste del complejo hotelero e incluirá un aparcamiento público con capacidad para 100 vehículos.
Con la historia de saqueo y frustraciones que arrastra la ciudad, no sorprende en absoluto que todo gran anuncio sea recibido con prevenciones. Pero creer en las posibilidades de Marbella implica entender que además de haber sido un imán para sinvergüenzas y oportunistas, esta ciudad también tiene todos los atributos para atraer inversiones serias, solventes, que apunten a un futuro a largo plazo y generen riqueza para el entorno y empleo estable. La obligación de la ciudad y de sus representantes públicos es poner a esa altura el listón de exigencia.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella