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Héctor Barbotta | 04-04-2017 | 11:22

 

Tuvo su carga de simbolismo que unos días después de que Málaga clausurara la vigésima edición de su estupendo festival de cine, Marbella se convirtiera por unos días en el centro de la atención del mundo gastronómico con el éxito de la convocatoria lanzada por Dani García. De un lado, una brillante iniciativa pública, una más de las muchas que han llevado a Málaga a un lugar de relevancia en el mapa del turismo cultural; del otro, una iniciativa privada, individual para ser más precisos, que coloca a Marbella en el mapa de la gastronomía de élite.
Este contraste va mucho más allá de una coincidencia en el tiempo de dos acontecimientos relevantes. Marca una línea de continuidad con una historia que sitúa a Marbella como una ciudad construida por el tesón y la iniciativa de emprendedores y por el esfuerzo de su gente ante la desidia, la indiferencia, y en ocasiones actitudes peores, de las instituciones.
Hay ocasiones en que los vecinos de Marbella pueden tener la tentación de sentirse como ese hijo inteligente y autónomo que ve cómo sus padres se desviven con los cuidados al hermano con más dificultades y que en ese afán de protección al más débil olvidan que el primero también tiene derecho a que le presten atención. Se trata de una manera de mirar a Marbella que se sintetiza en una frase que la presidenta de la Junta repitió en su dos últimas visitas a la ciudad, en lo que pretendió ser un elogio y que debería haber hecho saltar las alarmas: «Marbella se vende sola». El problema es que no hay marca que se venda sola ni ciudad que soporte la continua mezquindad inversora de las instituciones.
Ahí están las líneas de AVE que se sigue extendiendo por todos los rincones del país mientras la llegada del tren a Marbella desaparece del debate público, el hospital paralizado para el que no hay solución a la vista, el puerto de La Bajadilla rescatado del abandono pero sin noticias de la ampliación… Ahí está también el Ayuntamiento resignado a adelantar la financiación de las obras que ni el Gobierno ni la Junta acometen por iniciativa propia. Porque lo que un principio se presentó como una excepción –que el Ayuntamiento pagara por adelantado las obras del centro de salud de San Pedro, tal y como ha acordado también Estepona para su CHARE– amenaza con convertirse en una estrategia que retrata al abandono.
El Ayuntamiento ya ha ofrecido la misma fórmula para el instituto de San Pedro y para la nueva comisaría. Y en el pleno del viernes, Izquierda Unida presentó, y consiguió apoyo unánime, para una moción en la que proponía que el Ayuntamiento asumiera, también por adelantado, la construcción de los espigones que impidan que se siga perdiendo arena con cada temporal. Desde luego que tampoco con este sistema está garantizado que esas inversiones vayan a llegar; es más, es posible que ni siquiera se consiga ruborizar a quienes persisten en ignorar a una ciudad que ni se vende sola ni puede renunciar a las inversiones públicas. Marbella ya no se puede permitir semejante política –que a estas alturas podemos decir que no reconoce colores partidarios– aunque siga llamando la atención de las grandes cadenas hoteleras o de los más prestigiosos cocineros del mundo.
En estos días vemos al equipo de gobierno municipal celebrando justificadamente la millonaria inversión que supondrá la llegada de la cadena W con el hotel de lujo más grande de la ciudad, con una poco disimulada intención de asumir como propio ese éxito de la ciudad.
Sería mezquino ignorar que el proyecto ha obligado a un ingente trabajo político-administrativo para conseguir encajarlo sin que los intereses públicos se vieran afectados. Y además en un marco urbanístico asfixiante que está, seguramente, atenazando a la ciudad a la hora de conseguir nuevas inversiones. Aunque resulte difícil imaginar a un político, de cualquier partido, venciendo a la tentación de colgarse esa medalla, vender que la llegada del inversor es consecuencia de la buena gestión municipal suena exagerado
El gobierno municipal anuncia que en poco tiempo se conocerán desembarcos de similar calibre y este periódico informaba ayer mismo de otro proyecto que aspira a reflotar el mítico hotel Incosol. Pero en este paisaje de inversores privados que vuelven a mirar a Marbella, la ciudad no puede regresar al paisaje ya conocido en el que el crecimiento de la riqueza no iba acompañado de los necesarios equipamientos públicos. La ciudad ya ha aprendido que en esa ecuación quienes pierden son los más débiles.
Nunca debe dejar de celebrarse la llegada de turistas y de nuevos hoteles, pero sería mejor que lo hicieran a una ciudad con ejemplar asistencia sanitaria, sin zozobras a la hora de matricular a los hijos en los institutos y donde practicar un deporte no suponga una proeza.
Está muy bien que las administraciones no pongan obstáculos sino facilidades a quienes vienen con ánimo inversor. Pero su papel debería ir más allá que limitarse a no ser un estorbo.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella