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Ir por arriba o por abajo
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Héctor Barbotta | 26-05-2017 | 17:36

Si no fuese porque tamaña irresponsabilidad podría haber causado una tragedia de proporciones, la noticia sobre el conductor que circuló más de cuatro kilómetros por la autopista en dirección contraria para evitar pagar el peaje bien podría dar lugar a más de una reflexión en tono jocoso. Seguramente el suceso tenga más relación con la salud mental del protagonista que con el precio del peaje de la AP-7 entre Fuengirola y Manilva, pero un incidente de esta envergadura estaba tardando en suceder en una autopista que en algunos tramos, y sobre todo en los meses de verano, se convierte en la más cara de España si se toma en cuenta el parámetro de precio por distancia.

Los gestores de la AP-7 tienen una política tarifaria singular, autorizada, no hay que olvidarlo, por el mismo Ministerio de Fomento que considera que cuando una infraestructura de este tipo pierde rentabilidad toda la sociedad debe sufragar con sus impuestos el rescate de los concesionarios.

La autopista que recorre el litoral occidental no ha sido rescatada de momento por el Estado porque son los conductores quienes la rescatan cada verano y cada Semana Santa. En esos periodos, el Ministerio autoriza aumentos que explican con claridad matemática cuánto hay de ley de mercado y cuánto de criterio de servicio público en la gestión de esta infraestructura. En esos momentos de máxima densidad de tráfico, cuando más se colapsa la carretera antigua y por lo tanto, más peligrosa se vuelve, en lugar de incentivar el uso de la autopista se implantan tarifas disuasorias. Los autobuses pagan un 34 por ciento más y los conductores de turismos y microbuses, un 65 por ciento más. La seguridad en la carretera, para el que se la pueda permitir.

Resulta llamativo que cuando mayor afluencia de vehículos podría haber, y por lo tanto mayores ingresos para los concesionarios, la política que se adopta es la de reducir el uso a los pocos que pueden pagar esas tarifas. Así se da lugar al colapso de la ya colapsada autovía, donde la velocidad de circulación está reducida a 80 kilómetros por hora y a la que las entradas y salidas de las urbanizaciones convierten en una generadora permanente de atascos, cuando no en un peligro latente para los conductores.

Mientras tanto, la autopista sólo aumenta mínimamente su densidad del tráfico aunque los ingresos de la concesionaria se disparan. Así también se dispara la brecha entre quienes se pueden permitir circular por arriba y quienes se ven obligados a ir por abajo. Un desastre desde el punto de vista de la seguridad del tráfico, pero una metáfora inmejorable sobre el horizonte social hacia el que nos dirigimos.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella