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Ricos indeseables
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Héctor Barbotta | 14-06-2017 | 18:31

 

En los días que antecedieron al suceso del pasado domingo que tuvo como protagonistas a dos peligrosos energúmenos a bordo de un todoterreno, las redes sociales y las páginas críticas con el equipo de gobierno municipal se habían llenado de fotos y vídeos de jóvenes de ambos sexos exhibiendo su mala educación borrachos y semidesnudos en el entorno de Puerto Banús. Las imágenes suponían en sí mismas una crítica al incremento del turismo de bajo coste en la ciudad, que algunos llaman &lsquoturismo de alpargata&rsquo, lo que se atribuía en algunos casos a la política turística del equipo de gobierno y en otros, al fracaso de esa política, como si ambas críticas fuesen compatibles entre sí. También el presidente de la Diputación y del Patronato de Turismo, Elías Bendodo, reclamó al Ayuntamiento que coja las riendas en materia de seguridad ciudadana, como si esa competencia fuese de la institución municipal y no responsabilidad exclusiva del gobierno central, con el que comparte partido.

Pero más allá del habitual oportunismo que campa a sus anchas a un lado y otro del espectro político ante la sana indiferencia ciudadana, resulta evidente que algo está fallando y que permanecer pasivo o argumentar que no se puede hacer más supone un grave acto de irresponsabilidad.

En la semana que precedió al incidente del domingo la presencia de jóvenes británicos en la ciudad experimentó un incremento, posiblemente por la coincidencia en el Reino Unido de la semana festiva académica conocida como &lsquoHalf Term&rsquo (la última semana del trimestre) y con el &lsquoSpring Bank Holiday&rsquo, el festivo de origen religioso que se celebra el último lunes de mayo. Ello explica en parte la invasión de turismo juvenil y barato de esos días. Las imágenes que se vieron fueron ciertamente preocupantes, sobre todo porque en nada coinciden ni con lo que la ciudad necesita ni con la estrategia que se ha propuesto desde el Ayuntamiento para consolidar a Marbella como destino de gran categoría en el Mediterráneo.

Es verdad que poco se puede hacer ante empresarios, de aquí o del Reino Unido, que crean unos productos turísticos de bajo coste, y mucho menos ante lo que entiende una buena parte de la juventud británica por diversión o ante la bajísima carga fiscal que tiene en España la venta de alcohol. Pero el Ayuntamiento sí puede hacer mucho más de lo que hace por obligar a que se cumplan las ordenanzas -y si no existen hay que dictarlas- referidas al consumo de alcohol en la calle, a qué lugares de la ciudad son los apropiados para circular a pecho descubierto o a cuánto ascienden las sanciones por evacuar las necesidades en la vía pública. Considerar que cuanto menos se moleste al turista es mejor, cualquiera sea su comportamiento, constituye el camino más corto para espantar a los turistas buenos y quedarnos con los indeseables.

Sin embargo, relacionar el fenómeno del turismo juvenil de botellón y de despedidas de solteros con el suceso del domingo pasado supone errar de lleno el análisis, porque ni los protagonistas de ese suceso ni otros personajes como ellos que infectan la ciudad tienen nada que ver con el bajo coste, aunque algunas semejanzas estéticas nos pudieran inducir a engaño. Hay empresarios que consideran que todo se soluciona subiendo los precios y que gentuza es quien no tiene cartera suficiente para dormir en un cinco estrellas. Es la confusión a la que se puede llegar cuando se utiliza el dinero como medida de todas las cosas.

Los dos matones que el domingo protagonizaron una pelea en la puerta del Ocean Club, que se subieron a un todoterreno y atropellaron a sus contendientes y que después huyeron a toda velocidad embistiendo cuanto se encontraron por delante no llegaron a Marbella en un vuelo de bajo coste ni aprovechando la oferta de Renfe de 25 euros el billete. Viajaban en un vehículo de más de 100.000 euros y acababan de pasar la tarde en un local de precios astronómicos donde el personal compra champán no para beberlo, sino para bañar a señoritas en bikini. Tal es el nivel. Cuando el juez los mandó a la cárcel, uno de ellos reunió en menos de 24 horas los 25.000 euros que necesitaba para pagar la fianza. No es una cuestión de turismo barato, estamos ante un problema diferente.

Marbella tiene el privilegio de ser una ciudad deseada por gente de grandes posibilidades económicas en todo el mundo y la desgracia de no poder escoger quiénes vienen. No se trata de un problema nuevo. Ya tuvo expresiones mucho más dramáticas que la del pasado domingo en aquellos años en los que se sucedían ajustes de cuentas entre mafiosos, algunos con el terrible resultado de inocentes muertos, que contribuyeron a que se criminalizara durante algún tiempo la imagen de Marbella y de la Costa del Sol.

Entre quienes viven y descansan aquí hay un perfil significativo, aunque minoritario, que se ajusta al de los dos energúmenos que provocaron el suceso del domingo. Van en coches de alta gama, hacen ostentación en discotecas y clubes de playa, se comportan como matones, se les encuentran drogas cada vez que se los registra y no se les conoce oficio ni actividad alguna. La tesis de que es mejor hacer la vista gorda porque gastan dinero y no crean problemas se ha revelado fallida. ¿Se puede hacer algo contra estos personajes? Pruebe el lector a comprarse un vehículo como el que causó el accidente múltiple sin tener ingresos que lo justifiquen y verá cuánto tarda Hacienda en interesarse por su habilidad en los negocios. Hay impunidades que sorprenden.

Existen cuestiones relacionadas con el turismo indeseable que llevan años dando problemas sin que las administraciones se hayan puesto las pilas. Casi todas están concentradas en Puerto Banús, pero no solamente ahí. La más evidente es la conocida como &lsquocalle del infierno&rsquo, la trasera en el interior del recinto, en la que campan a sus anchas la prostitución callejera y la venta de sustancias prohibidas. Todo ello a menos de 50 metros de los locales comerciales que pagan los alquileres más caros de España. Meses atrás, este periódico reveló un informe de la Policía Local que radiografiaba la actividad de los clanes que utilizan prostitutas para robar a turistas borrachos. Que se sepa, ese informe no se tradujo en iniciativa concreta alguna. Resulta difícil de entender por qué las administraciones -el Ayuntamiento y su obligación de hacer cumplir las ordenanzas; la Junta, que cobra el canon a la concesionaria, y el Gobierno central, que tiene la competencia exclusiva en seguridad- han dejado enquistar este problema en lugar de concertar una acción coordinada para erradicarlo. Del mismo modo, tampoco se entiende por qué se permite que haya chiringuitos que se convierten impunemente en discotecas a pie de playa o que no se monten controles permanentes a quienes salen de establecimientos como en el que se produjo la pelea del domingo y que pudo acabar en tragedia.

Es verdad que no se puede seleccionar quién viene a Marbella. Pero si estos personajes, por más dinero que gasten, no se empiezan a sentir incómodos en la ciudad, acabarán echando al verdadero turismo de calidad. No basta con indignarse. Tampoco con estremecerse con la imagen de un padre sacando de uno de los coches embestidos a su bebé de diez días. Hay que actuar.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella