Diario Sur
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No hay mano invisible
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Héctor Barbotta | 15-07-2017 | 15:44

Se ven juergas nocturnas a costa del descanso de los vecinos en Barcelona y actos sexuales a plena luz del día en la vía pública y uno adivina que no falta mucho para que el turismo sea declarado industria insalubre o para que se organicen patrullas ciudadanas a la caza del visitante incívico. Se ve cómo las peleas entre borrachos en algunos destinos de las islas Baleares han degenerado en terribles episodios de violencia y empieza a caber la pregunta de si habrá que comenzar a calificar a los destinos por el riesgo de reyertas y a establecer un baremo de un policía por cada cierto número de visitantes.
Las noticias que está generando el turismo en los últimos tiempos en algunos destinos se presentan como una tentación que invita a vanagloriarse de lo que tenemos aquí y de cuán lejos estamos de esas situaciones. Sin embargo, es recomendable no ceder y estar alerta. Hay síntomas que están comenzando a aparecer también por esta geografía sobre un cierto tipo de turismo al que hay que ser capaz de cerrarle la puerta, aunque ello pueda suponer en algún momento perder puestos en esa absurda competencia que nos invita año tras año a señalar como una gran victoria que se haya superado el número de visitantes del año anterior.
La falta de armas con las que enfrentarse a este auge de lo que algunos llaman turismo ‘low cost’ pero que en realidad debería denominarse turismo incívico porque no tiene tanto que ver con los precios como con las expectativas del viaje y los comportamientos que ellas generan, se deriva de dos falacias. La primera es la que asegura que con la organización individual de los viajes que permite internet han perdido peso quienes negocian con la carta marcada de controlar grandes grupos de clientes. La segunda es que los balances que sólo toman en cuenta el parámetro cuantitativo son exclusivos de políticos oportunistas que desconocen el sector.
Ni una cosa ni la otra. Hay empresas turísticas en destino que, incapaces de ofrecer calidad, apuestan descaradamante por la cantidad. Y hay también páginas web que han ocupado el lugar de los grandes touroperadores de antaño que montan paquetes –alojamiento, transfer desde el aeropuerto y pulserita para borrachera– a las que las da igual degradar el destino porque mientras controlen un gran número de clientes siempre tendrán dónde enviarlos.
Frente a esta situación, que deja en evidencia el mito de la sabia mano invisible del libre mercado, sólo cabe una reacción. Las instituciones, pero también las empresas cuyo negocio depende de que Marbella siga siendo referente de calidad, tienen que actuar con coordinación y compromiso. En esta ciudad no debe haber lugar para todos.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella