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Con consenso, difícil; sin consenso, imposible
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Héctor Barbotta | 16-02-2018 | 10:24

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Hay situaciones que ya no sorprenden porque forman parte del guión. Algo muy distinto es que el guión nos parezca aceptable. La costumbre y la normalidad, lo habitual y lo deseable, no son lo mismo.
El grupo municipal socialista ha informado de la presentación de un recurso contra el decreto municipal en el que se ampara el próximo nombramiento de los directores generales del Ayuntamiento. Se trata de un proceso en el que, si no se producen sorpresas, que no se producirán, y con alguna excepción, que la habrá, consistirá básicamente en el cambio de estatus de los cargos de confianza nombrados por el actual equipo de gobierno municipal, que podrán pasar a formar parte de la estructura de mando del Ayuntamiento.
El proceso, al que formalmente puede acudir quien lo desee pero en el que el Ayuntamiento se reserva el derecho a nombrar a quien le plazca, ha sido impugnado por el grupo municipal socialista, que entiende que no da garantías para evitar el enchufismo.
La actitud del PSOE sería irreprochable, ya que la oposición está para estas cosas, si el decreto impugnado no fuera prácticamente idéntico al aprobado en su día por el tripartito y que fue impugnado, precisamente, por el grupo municipal del Partido Popular, que ahora presenta el suyo como si fuese algo totalmente distinto. Como se ve, los roles se han invertido, pero no la voluntad de poner palos en la rueda a la gestión del adversario.
No se trata de una cuestión de principios, ni entonces ni ahora, porque lo que era malo entonces también lo debería ser ahora, del mismo modo que lo que era legítimo hace dos años no debería haber perdido legitimidad al haber cambiado de manos el bastón de mando. De lo que se trata es de un malentendido papel de lo que supone ejercer el papel de oposición. Incluso de lo que significa hacer política.
Quienes ejercen la dirección política del Ayuntamiento porque han conseguido la mayoría para ello deberían tener manos libres para el nombramiento de los cargos directivos que los acompañan en la gestión de la que deben dar cuenta. No tendrían que verse obligados a recurrir a procesos supuestamente abiertos para designar a sus cargos de confianza. Que la ley obligue a hacer un simulacro de proceso selectivo es absurdo. Tan absurdo como que los partidos avalen o abjuren de esos sucedáneos de transparencia y apertura, que no tienen más efecto que el de un placebo, que no siempre funciona, según si les toca interpretar el papel de responsable gobierno o de indignada oposición.
Los roles no se eligen por convicciones, sino según el lugar que el guión de la coyuntura política asigna en cada momento. Los políticos asumen ese guión y esos roles sin rechistar, lo que los lleva a proponer algo muy parecido a aquello de lo que dos años atrás renegaron y a renegar de lo mismo que hace dos años propusieron. Lo que no deberían esperar, ni unos ni otros, es que el público, los ciudadanos, asista con un mínimo de interés a esta comedia en la que los papeles se intercambian según cómo toque en cada momento.
Por esa misma lógica de intereses partidarios en la que las convicciones o el estudio en profundidad de los problemas y sus soluciones son colocados en un lugar subalterno, hay poca esperanza en que los partidos aporten algo relevante en el debate abierto sobre la necesidad de una solución ferroviaria para los problemas de movilidad de Marbella y la Costa del Sol. Ahí cabe esperar mucho más de los técnicos, de los especialistas y, sobre todo, de la sociedad civil, que de los partidos políticos y sus portavoces, siempre dispuestos a repetir lo que el guión ordene.
Así como pocas semanas atrás, cuando salió a la luz el olvido de la conexión ferroviaria en el POT de la Costa del Sol por parte de la Junta de Andalucía, el Partido Popular interpretó el papel de la indignación, ha bastado que el Ministerio de Fomento haya propuesto un Cercanías para que el PSOE se posicionara por la alta velocidad. Más aún, los socialistas de toda la provincia eligieron Marbella para escenificar su reclamo de un tren que conecte a toda la Costa del Sol.
Que el PSOE enarbole ahora la bandera de la conexión ferroviaria de la Costa del Sol como emblema de su próxima campaña electoral de las elecciones municipales sin ensayar una mínima autocrítica sobre las promesas incumplidas desde el año 2000 supone todo un desafío, por no decir una burla, para quienes durante todo ese tiempo creyeron en los anuncios, estudios y hasta licitaciones realizados tanto por la Junta de Andalucía como por el gobierno de Rodríguez Zapatero.
Que el PP dé por bueno el Cercanías, sin más, cuando hasta antes de ayer exigía un AVE para Marbella, no parece ser algo muy distinto. Estas posiciones, donde la manipulación política juega el papel más relevante frente a cualquier otro factor, hacen que el debate sobre la conexión ferroviaria a Marbella y Estepona corra el riesgo de instalarse en el lugar que menos le conviene a estas dos ciudades y a la provincia en su conjunto, la de un partido que propone una solución y la de otro partido que impulsa la contraria. Así, quien se decante por el AVE puede ser señalado como socialista, y quien considere que lo prioritario es el Cercanías, de partidario del Gobierno. Así se ha visto en la consulta realizada recientemente por este periódico a alcaldes de la zona y publicada ayer.
Bien harían unos y otros en pedir perdón por estas casi dos décadas de promesas incumplidas y de anuncios vacíos y en ponerse a trabajar en conjunto en aquello que es lo único que puede algún día ayudar a que la Costa del Sol quede conectada a una línea férrea: un amplio consenso de todas las instituciones sin distinción de partidos y con un solo objetivo común.
Lo que menos se necesita en estos momentos es un debate de fundamentalismos, de etiquetas y de sambenitos. Lo que es imprescindible es una discusión serena y lo más técnica posible sobre las necesidades y las prioridades de la Costa del Sol.
Y ese debate tiene que partir, necesariamente, de dos realidades que deberían alarmarnos. La primera es que somos una de las zonas del mundo en las que menos se utiliza el transporte público, una situación que no solamente perjudica a quienes viven aquí, sino también a quienes eligen esta zona del sur de Europa como lugar de vacaciones. Vivimos en una época en la que usar el coche ha dejado de ser símbolo de estatus, y mucho menos un lujo, porque el lujo, especialmente en época de vacaciones, es olvidarse del coche. Y ese es uno de los pocos lujos que esta ciudad no puede ofrecer a sus visitantes.
El segundo motivo de preocupación es que Marbella y la Costa del Sol van camino de quedar aislados de la red ferroviaria de alta velocidad que en no muchos años conectará a todas las principales ciudades de España.
Sólo una vez que se llegue a una síntesis acerca de lo que realmente se necesita, por orden de prioridades, se aísle este asunto del oportunismo electoral y se lo sitúe en el plano de una reivindicación de toda la provincia por la que las diferentes instituciones trabajen de manera conjunta, se podrá decir que se han comenzado a dar pasos para la llegada del tren. De otra manera se seguirán ofreciendo excusas más o menos iguales a las que llevamos 20 años escuchando. Con el resultado conocido.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella