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Héctor Barbotta

Marbella blog

Hambre para mañana

El Ayuntamiento de Palma de Mallorca ha sido el primero en dar un paso adelante en la prohibición de alquilar pisos a turistas. Así leída la noticia suena drástica y seguramente sólo podrá ser valorada desde la situación concreta que vive esa ciudad en relación con el turismo y de las reacciones de alergia a los visitantes que ha generado, con escenas lamentables como las que vimos el verano pasado.

No debe olvidarse que fue en Baleares donde hace ya casi dos décadas comenzó a implantarse una tasa turística a la que los agoreros se apresuraron a atribuir consecuencias nefastas para la economía de las islas y que hoy posiblemente sólo algún especialista podría confirmar de memoria si se sigue o no cobrando.

La realidad de Baleares, afortunadamente, en casi nada se parece a la del turismo en la Costa del Sol y por eso sería prematuro comenzar a plantear en estas geografías la posible aplicación de una medida similar. Sin embargo, es necesario dar un toque de atención porque el turismo masivo está cambiando de tal manera los cascos antiguos de las ciudades que en algunos sitios comienza a instalarse una preocupante anomalía: quienes viajan motivados por el turismo cultural, que no consiste solamente en visitar museos sino en conocer cómo viven las personas en otras geografías, regresan a sus lugares de origen sin enterarse realmente de dónde han estado.

Hay síntomas que no deberíamos pasar por alto. En Málaga es imposible caminar un fin de semana por el centro sin tropezar con legiones de turistas que seguramente no ven otra cosa… que turistas. En el casco antiguo de Marbella las tiendas han ido dejando paso a locales de restauración que amenazan con saturar el espacio mientras que la población autóctona se está yendo ante la tentación de destinar sus inmuebles al dinero rápido del alquiler turístico y por la dificultad para conciliar el descanso en verano.

Hace ya tiempo que la globalización lleva camino de convertir al turismo urbano en una actividad aburrida porque casi todas las grandes ciudades del mundo son lugares donde se puede comer lo mismo, comprar lo mismo y donde la gente va vestida igual. Se toma en todos lados el mismo café y hasta el olor que sale de los locales de comida rápida apesta igual en Barcelona que en Nueva York.

El principal atractivo de los destinos turísticos es su singularidad. Y parte de ella es conocer a su gente. Las ciudades no deberían convertirse en parques temáticos uniformados. Si la Costa del Sol, que no es otra cosa que una gran aglomeración urbana, cediera a esta tendencia empobrecería su oferta. Quedaría igualada a destinos competidores con mucho menos que ofrecer. Sería una tragedia cultural y, a la larga, también económica.

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Sobre el autor

Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella

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