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Nuevo escenario tras el tsunami
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Héctor Barbotta | 12-06-2018 | 10:47

barco

Serán necesarias todavía varias semanas para que las consecuencias del vértigo político que se ha vivido en los últimos días se dejen ver y puedan apreciarse en toda su dimensión. Si los relevos en el poder tienen un efecto dominó que acaban afectando desde los primeros hasta los últimos escalones, los cambios de ciclo son como una ola gigante que arrasa con todo lo que hay y obliga a modificar estrategias, discursos y, lo que es más difícil, la percepción del lugar que ocupa cada actor. Quienes son capaces de advertirlo desde el comienzo cuentan con más posibilidades de acomodarse en la nueva realidad; quienes tienen dificultades para hacerlo acaban siendo percibidos como parte de la etapa que ha concluido y arrasados en consecuencia por la fuerza de ese tsunami que abre un nuevo ciclo.

No es fácil encontrar a políticos que sean capaces de salir por sí mismos de ese espacio al que los gurús de la posmodernidad llaman ‘zona de confort’ y se atreven a arriesgarse a explorar las nuevas condiciones ambientes que ha dejado, tras su paso, la tormenta. Su zona suele ser tan confortable que algún lugar del cerebro les envía el mensaje equívoco de que no ha pasado nada y que se puede seguir como antes de que descargara el temporal.

 

Tras el nombramiento del nuevo gobierno irán cayendo en cascada los relevos institucionales desde los primeros niveles de responsabilidad institucional hasta el último de los cargos subalternos. Será doloroso para muchos, pero también lo más fácil de advertir. Pero los otros cambios, los intangibles, los que obligarán a rediseñar estrategias políticas, necesitarán de una dosis de talento a la hora de la lectura del que no todo el mundo está dotado.

A estas alturas no resulta en absoluto irrelevante recordar cuál fue la estrategia política puesta en marcha por el Partido Popular desde que recuperó la Alcaldía gracias a la moción de censura del pasado verano con el apoyo de Opción Sampedreña. Ni siquiera lo es analizar cuáles fueron los motivos que impulsaron a OSP a dar ese paso. No es irrelevante, precisamente, porque todo eso ha saltado por los aires.

Cuando OSP decidió cambiar de socio en el gobierno municipal lo hizo principalmente porque sus concejales entendían que con el tripartito no estaba garantizada la aprobación de los presupuestos, pero al momento de negociar puso sobre la mesa el impulso a las obras de estabilización de las playas de San Pedro, una actuación millonaria que debía ejecutar el Gobierno central y que Isabel García Tejerina confirmó el pasado martes en Marbella en uno de sus últimos actos como ministra.

Para Ángeles Muñoz, la moción de censura no solamente supuso la posibilidad de volver a ocupar el sillón de la Alcaldía, sino que le dio la posibilidad de contar con una atalaya desde la que preparar con dos años de antelación las elecciones municipales. Para ello puso en marcha una estrategia sencilla que se basaba en dos pilares. Por un lado, mostrar mejor capacidad de gestión que sus antecesores, con la aprobación de los presupuestos sin sobresaltos y una planificación ambiciosa de inversiones. Por el otro, exhibir sus excelentes relaciones y capacidad de influencia en el Gobierno y los beneficios que ello podría reportar a la ciudad. Frente a la incomprensible actitud impasible de la Junta con el Ayuntamiento durante el mandato de José Bernal, con el Hospital Costa del Sol y el puerto de La Bajadilla como mudos testigos de un ninguneo atávico que va más allá de la identidad política del alcalde, Muñoz intentó contraponer su capacidad de influencia en el Gobierno central.

En esa lógica debe explicarse que durante los cinco primeros meses del año, cuatro ministros visitaran Marbella, la mayoría con anuncios bajo el brazo. El de Fomento, Iñigo de la Serna, que llegó con el estudio del proyecto del tren litoral y los anuncios de obras en dos tramos diferentes de la A-7; el de Interior, Juan Ignacio Zoido, que se comprometió a impulsar en poco tiempo la construcción de una nueva comisaría de policía; la de Agricultura y Medio Ambiente, Isabel García Tejerina, que adelantó la salida a exposición pública del proyecto para la estabilización de las playas de San Pedro. El de Energía y Turismo, Álvaro Nadal, fue el único que no hizo anuncios de relevancia. A eso se sumó, el pasado marzo, la celebración en Marbella de la convención municipal del PP andaluz con la presencia del todavía presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. No había que ser un lince para adivinar la estrategia: relaciones estrechas con el Gobierno, y sus consecuentes beneficios para la ciudad.

Hasta la semana pasada podía ser materia de discusión si hacer desfilar por Marbella a los miembros de un gobierno cada vez más desgastado que se iba deslizando por una pendiente de falta de respaldo del que advertían una tras otra las encuestas era una estrategia acertada. Desde la izquierda se podía pensar que cuanto más se identificara Ángeles Muñoz con los miembros del Gobierno de Rajoy más se reducirían sus posibilidades de ser considerada por los vecinos de Marbella como alguien que todavía tenía algo que decir en el futuro de esta ciudad. Ese posible debate ha saltado por los aires. Ahora, esa discusión ya carece de sentido.

Acertada o no, la estrategia construida sobre la base de una alcaldesa que habla de tú a tú a los ministros ya es imposible y Ángeles Muñoz se ve obligada a diseñar otra. Debe hacerlo con las elecciones a la distancia temporal de un año y amparada por una marca electoral que atraviesa sus horas más bajas y a la que el calendario judicial le vaticina malas noticias en el año que resta hasta las elecciones. Para ello tendrá que reinventarse, refugiarse en lo municipal, mostrar resultados de gestión y tensionar a sus propias huestes, donde cada día se disimula menos la preocupación por ocupar sitios relevantes en las próximas listas electorales ante la certeza de que el desgaste de la marca no garantiza tantas actas como se han venido cosechando desde 2007.

No se puede decir que a un año de las elecciones las cartas ya estén echadas. Frente a esta necesidad de modificar planes, discursos y relatos a los que se enfrenta el PP, ante la oposición también se dibuja un escenario de incertidumbres. No se sabe cómo afectará al PSOE la llegada de uno de los suyos a la Moncloa, ni si en el tiempo que resta hasta las municipales la gestión de gobierno lo fortalecerá o le hará sufrir desgaste; se desconoce también si la confluencia que Podemos e Izquierda Unida impulsan con entusiasmo en Andalucía se traducirá en lista única en Marbella y que comportamiento electoral tendrá esa experiencia. Opción Sampedreña es la incógnita de siempre, indetectable en el radar de las encuestas, y además con la incertidumbre de qué repercusión electoral tendrán los cuatro años de gestión en la Tenencia de Alcaldía de San Pedro y el cambio de barco en mitad de la travesía.

La única certeza es que Ciudadanos va a irrumpir en el panorama municipal, aunque todavía se ignora quién será su candidato, cómo afectará el nuevo escenario político a la marca hasta ahora en alza y cuál será su política de alianzas. Hasta la semana pasada se daba por hecho que el partido naranja abría su abanico de pactos postelectorales tanto al PP como al PSOE, como ha demostrado en Andalucía, y que no habría negociaciones ayuntamiento por ayuntamiento, sino en un único escenario que llegaría también hasta la Diputación Provincial. Habrá que ver si lo que ha sucedido la semana pasada no aleja a Ciudadanos del PSOE y estrecha hacia la derecha el margen de su política de alianzas.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella