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Héctor Barbotta

Marbella blog

Urticaria

Está por estos días el sector turístico tradicional muy preocupado por el auge de los apartamentos turísticos. Se trata, en realidad, de un fenómeno que no debería preocupar solamente a quienes han formado parte históricamente del negocio. La invasión del turismo de bajo coste que están generando las plataformas de alquiler amenaza con cambiar, y no para mejor, no solamente el modelo turístico de las ciudades sino también el propio modelo de convivencia y de utilización del espacio urbano.
No hace falta más que pasearse por el centro de cualquier ciudad para ver cómo sus lugares históricos van camino de convertirse en parques temáticos homogéneos sin el más mínimo atisbo de singularidad. Ciudades cada una convertida en algo casi idéntico a la de al lado. La globalización cultural llevada al extremo.
Basta con resistirse al deslumbramiento inicial de ver a cualquier ciudad inusualmente repleta de turistas y dejar de pensar solamente en el corto plazo para adivinar lo que puede llegar de la mano de la desregulación salvaje del sector de los alojamientos: un turismo masivo, invasivo y de escaso valor agregado.
El disparatado precio de los alquileres, la expulsión de los vecinos hacia la periferia, la desaparición de los comercios que no están orientados al consumo del turismo más barato son todos fenómenos que más tarde o más temprano tendrán que abordarse. Mejor ahora, cuando los efectos todavía pueden ser contenidos y encauzados.
En Barcelona, por poner el ejemplo del paradigma de este fenómeno, han decidido no autorizar más pisos turísticos en el centro, pero cualquiera que se pasee por el Barrio Gótico y lo vea convertido en una sucesión infinita de tiendas de baratijas puede llegar a la conclusión de que la regulación ha llegado tarde.
En la provincia de Málaga todavía no se ha tomado la iniciativa, lo que pone en evidencia a los ayuntamientos que deberían haber estado a la vanguardia de la regulación, con Málaga y Marbella a la cabeza. Muchas veces los prejuicios ideológicos hacen que la palabra regulación levante urticaria y ello aún cuando es necesario ser ciego para no ver, o no querer ver, empíricamente, cuáles pueden ser las consecuencias de no actuar y de dejar librado a la lotería del mercado el porvenir de nuestras ciudades.
Ahora, con el verano a las puertas, el fenómeno está a punto de estallar en toda su dimensión. Es posible que a la vuelta de septiembre las administraciones se dispongan a asumir su responsabilidad y se dignen a comenzar a regular. Sin prejuicios ni urticaria.

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Sobre el autor

Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella

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