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Héctor Barbotta

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Las costas andaluzas recibieron el pasado fin de semana más de mil inmigrantes llegados en patera. Casi al mismo tiempo en que la flotilla encabezada por el ‘Aquarius’ atracaba en el puerto de Valencia con gran despliegue de informadores y también de medios humanos y materiales aportados por el Gobierno, las playas y puertos de Andalucía vivían, con sus medios habituales, una situación que forma parte de la rutina.
Que los primeros días de buen tiempo en el Estrecho después de muchas semanas, y la consiguiente llegada masiva de pateras, coincidiera con el arribo del ‘Aquarius’ no solamente dio la oportunidad de observar en toda su dimensión el contraste en la atención prestada tanto por la opinión pública como por el propio Gobierno a los inmigrantes en uno y otro sitio. También dio lugar a que se lanzaran advertencias signadas por el oportunismo acerca de las consecuencias que puede tener la decisión española de permitir que el barco cargado de personas rescatadas del naufragio en medio del Mediterráneo fuera acogido en el puerto de Valencia.
La que podría considerarse más hilarante, si no estuviésemos hablando del mayor drama que vive la humanidad en estos tiempos, es la que habla del posible ‘efecto llamada’, una expresión que se acuñó durante los años del Gobierno de Zapatero y que se rescata ahora del baúl de la estulticia como si en todo el periodo transcurrido en medio no hubiesen llegado a nuestras costas miles y miles de desesperados expulsados de sus países por la guerra, la persecusión o el hambre.
Es evidente que traer el ‘Aquarius’ a un puerto español no es una solución al complejísimo fenómeno migratorio, como lo demuestran las pateras que han llegado antes, que llegaron ese fin de semana y que seguirán llegando, pero señala cuál es la dirección en la que Europa debe resolver esta crisis, la opuesta a cerrar puertos, levantar alambradas y criminalizar a las víctimas.
Resulta sorprendente encontrar a personas que se horrorizan ante las últimas imágenes que llegan de la frontera entre México y Estados Unidos, con niños separados de sus padres y encerrados en jaulas, y sin embargo se muestran mezquinas ante cualquier iniciativa humanitaria frente al drama que se vive en nuestras costas. Como si se pudiera actuar simulando que esto no va con nosotros.
Separar a unos niños de sus padres constituye la mayor canallada que pueda imaginarse y es hija de la barbarie convertida en ideología, la misma que lleva ahora al gobierno italiano a plantear un posible censo de gitanos y que dio lugar a la mayor tragedia que vivió este continente. Pero no es peor que mantenerse indiferente mientras miles de personas, incluidos niños, se ahogan ante nosotros.

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Sobre el autor

Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella


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