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Héctor Barbotta

Marbella blog

No pedían pisos

El pasado fin de semana, un grupo numeroso de residentes africanos en la Costa del Sol se manifestó durante dos horas en Fuengirola. Las imágenes fueron grabadas desde un balcón y aparecieron en las redes con el mensaje de que era una manifestación de inmigrantes exigiendo a las administraciones pisos gratis. La idea de que los inmigrantes disfrutan en España de privilegios a la hora de acceder ayudas sociales es uno de los bulos más difundidos y uno de los principales argumentos en la insoportable ola de racismo que encuentra últimamente en las redes su caldo de cultivo más propicio. No hay ningún dato que pueda avalarla, pero una parte no despreciable de la población la ha asumido como si fuera una verdad contrastada. Vivimos en la época de la posverdad, y aunque sería simplista atribuir solamente a las noticias falsas que proliferan en las redes sociales el auge en la política mundial de personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro, ignorar o subestimar la influencia decisiva que esa realidad fabricada a partir de un desprecio absoluto por la verdad tiene sobre el nuevo esquema de poder que asoma sería no entender nada de lo que está pasando. Aunque su formación afín en España está disfrutando inexplicablemente de una cobertura mediática exagerada, los ultras homologables a Trump, Bolsonaro o Salvini son aún en este país irrelevantes en términos electorales. Sin embargo, España no está a salvo de la instalación de la posverdad en la conciencia colectiva. El racismo aflora todos los días en las redes sociales, donde no se ve preocupación por las miles de personas que se dejan la vida en el mar, sino por las supuestas ayudas que reciben quienes sobreviven a la travesía. Aún antes de Goebbels, o de Jesús Gil si queremos tomar un ejemplo más cercano, la mentira organizada ha sido un arma que no ha estado ausente en la construcción de ciertos liderazgos políticos, pero la nueva realidad comunicacional a la que Internet abrió las puertas ha multiplicado exponencialmente la posibilidad de difundir falsedades. El ‘miente, miente, que algo queda’ del ideólogo nazi está hoy más vigente que nunca. Por eso, combatir y desenmascarar los bulos no sólo debería ser tarea de periodistas, sino de cualquier ciudadano con un mínimo de conciencia democrática. Por cierto, la supuesta manifestación era en realidad la celebración del Magal de Touba, una festividad religiosa. Los participantes llevaban las banderas de su país de origen (Senegal) y de su país de adopción (España) y en el permiso que tramitaron para que se autorizara la procesión escribieron como objeto del desfile: «La alegría y el estar todos contentos». No pedían nada.

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Sobre el autor

Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella


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