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Héctor Barbotta

Marbella blog

Cuando el reloj atrasa 73 años

Los británicos que votaron por el ‘Brexit’ sin entender que el imperio se acabó en 1945 están a punto de caer, traumáticamente, en la realidad

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Es posible que en el futuro cuando se hable de la Ley de Murphy -aquella que dice que cuando algo puede salir mal sale mal- no se la mencione por su nombre actual, sino por uno nuevo, la ley del Brexit. Este proceso no solamente ha estado maldito desde su origen, sino que también cada vez que se enfrentó a una situación en la que el rumbo de los acontecimientos podía cambiar, lo ha hecho a peor. Donde no había nada se generó un pequeño problema y después el problema fue creciendo hasta convertirse en mayúsculo. Es posible que todavía no hayamos visto lo peor.

Seguramente, para algunas zonas de España éste sea considerado un asunto de política exterior, todo lo exterior que puede ser un problema que afectará de lleno y cambiará sustancialmente la conformación de la Unión Europea y la relación entre España y su principal mercado turístico. Pero por si ello no fuese ya suficientemente importante, para la Costa del Sol, y esencialmente para Marbella, se trata de un asunto radicalmente doméstico. Podríamos decir, apenas con una pizca de exageración, casi municipal. Cuando en junio de 2016 se convocó el referéndum del Brexit había registrados, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, 3.932 vecinos británicos en Marbella; 10.317 en Mijas; 5.554 en Estepona; 2.421 en Manilva; 2.040 en Benahavís. Al día de hoy, las cifras se han reducido drásticamente: hay 3.350 en Marbella; 7.151 en Mijas; 3.453 en Estepona; 2.057 en Manilva; 1.844 en Benahavís.

Posiblemente atribuir todo este descenso al Brexit sea un razonamiento parcial. La población británica que se instaló en la Costa del Sol cuando las pensiones que se cobraban en libras se convertían en un gran negocio al traducirlas a pesetas se ha reducido por simples razones vegetativas. Es una tendencia que inexorablemente seguirá. Sin embargo, no hay que descartar, ni mucho menos, que el Brexit sea el principal motivo de esta pendiente demográfica.

La incertidumbre es a veces peor que una mala noticia, y con el Brexit lo que ha habido es, sobre todo, incertidumbre. Los residentes británicos no saben qué va a pasar con sus pensiones, con la atención sanitaria, con los impuestos que pagan, con sus derechos políticos o con su derecho a trabajar en España. Cuando se celebró el referéndum, todas estas cuestiones se resolvían con una sola respuesta: «según lo que establezca el acuerdo de salida». Resulta bastante significativo que los británicos hayan sido convocados a las urnas con ese grado de incertidumbre sobre cuestiones tan sustanciales que afectaban a un buen número de compatriotas más allá de sus fronteras. Mucho más significativo es que casi tres años después ninguna de esas dudas se haya resuelto.

Aún hoy, los que viven regularmente en España, que no pudieron votar en la consulta, y los que lo hacen informalmente -hay una gran cantidad de población británica no registrada oficialmente que pasa seis meses en cada país aunque formalmente sigue siendo residente en el Reino Unido- no saben si podrán seguir haciéndolo. Cuando se les dice que posiblemente no, no terminan de creérselo. Los primeros lo tendrán probablemente algo más fácil, pero los que hasta ahora no han elegido entre España y el Reino Unido sencillamente porque no tenían por qué hacerlo, se verán obligados a tomar una decisión determinante para su futuro. Ya no será posible estar seis meses en un sitio y seis en otro. Quienes no obtengan el permiso de residencia en España pasarán a ser ilegales cuando su estancia supere los tres meses. Resulta asombroso comprobar que muchas de las personas en esta situación han votado por sacar a su país de Europa convencidas, inexplicablemente, de que nada malo puede pasarles con un pasaporte británico en la mano.

No son pocos los preconceptos que llevaron a muchos británicos a votar que sí en aquella convocatoria porque ya habían estado rondando la conciencia colectiva del Reino Unido durante mucho tiempo. Algunos de estos estereotipos, como esa idea absurda de que no es el Reino Unido el que necesita a Europa sino Europa al Reino Unido, son consecuencia de esa resistencia a asumir que el Imperio Británico forma parte de un mundo que hace mucho tiempo dejó de existir, concretamente con el orden nacido del fin de la Segunda Guerra Mundial. Que se siga conduciendo por la izquierda, que los enchufes necesiten adaptador y que se desprecie el sistema métrico no quiere decir que el resto del mundo no haya cambiado.

Pero no fue solamente ese desmesurado concepto de sí mismos el que llevó a una mayoría de británicos a hacerse el harakiri en aquel referéndum, sino las mentiras y las noticias falsas que basadas en esos prejuicios alimentaron el voto por la ruptura. Se dijo que la salida de Europa iba a permitir a los británicos frenar la inmigración. Se dijo que su economía no solamente no se resentiría sino que saldría favorecida, como si la prosperidad actual tuviese un origen diferente a la capacidad de atraer capitales y vender productos financieros basada precisamente en la pertenencia a Europa. Se dijo que el Reino Unido envía cada semana 350 millones de libras a sus socios europeos que podrían destinarse a mejorar la sanidad pública. Se dijo que la integridad territorial y las relaciones con Irlanda no sufrirían cambios ni saldrían perjudicadas, que no habría problemas en la siempre traumática frontera del Úlster.

Todas mentiras. Mentiras, es verdad, basadas en una idea preexistente y equivocada no acerca del peso del Reino Unido en el mundo, sino de las razones que le han permitido hasta ahora mantener ese peso pese a la pérdida del Imperio.

Hace tiempo que sabemos que lejos de estar mejor informados, la proliferación de mentiras en las redes hace que estemos entretenidos, muchas veces no buscando conocer la verdad sino aquellas noticias, falsas o verdaderas, que mejor encajan en nuestra visión del mundo. El buen periodismo está acorralado por la propaganda ideológica.

Por ello, la gran pregunta a la que deberíamos responder no es por qué los británicos votaron mayoritariamente en contra de sus intereses, sino cómo el país con uno de los sistemas democráticos más antiguos y asentados del mundo llegó por decisión propia a correr ese riesgo y a crearse a sí mismo ese gigantesco problema.

Hay palabras que deberían dejar de utilizarse porque su mal uso, muchas veces para describir al mismo tiempo un concepto y su contrario, les ha hurtado cualquier significado que pudieran tener. Populismo es una de ellas.

Por eso, y sólo por eso, tampoco es oportuno utilizarla para describir el origen de este desastre. Un proceso que se inició cuando un partido racista y antisistema como el UKIP empezó a agitar a la opinión pública con un discurso antieuropeo con el único objetivo de ganar un espacio en el difícil mapa político británico, y que continuó cuando el Partido Conservador se mimetizó con ese discurso por temor a perder a su electorado más escorado, lo que lo llevó hasta un callejón sin salida en el que no encontró más escapatoria que convocar un referéndum. Una vez que los partidos tradicionales permitieron que los ultras les impusieran su agenda, la catástrofe estaba servida.

Hoy, el líder del UKIP, Nigel Farage, ha abandonado el partido, al que considera demasiado ultra incluso para él, y el primer ministro que convocó la consulta, David Cameron, se ha ido de la política. Sus conciudadanos, sin embargo, siguen sumergidos en el lío en el que ellos, irresponsablemente, los metieron. Posiblemente algo se pueda aprender de todo esto.

 

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Sobre el autor

Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella


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