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Héctor Barbotta

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Marbella pierde

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El tradicional almuerzo mensual de socios del Centro de Iniciativas Turísticas (CIT) Marbella de este mes tuvo una connotación especial. Habitualmente se elige un establecimiento, que nunca se repite, y un ponente que ofrece un conferencia seguida de un turno de preguntas. Por allí han pasado empresarios, políticos y personalidades de los ámbitos más variados. El CIT suele sorprender cada mes con sus invitados y el almuerzo se convierte en una cita obligada para buena parte de lo que en términos antiguos podría llamarse fuerzas vivas de Marbella.

Para el primer encuentro de este año, los responsables del CIT optaron por un formato especial. Se decidió que se hiciera en Lobito de Mar, uno de los restaurantes de Dani García, y que el ponente fuese el propio cocinero, que en lugar de preparar una conferencia se sometió directamente a las preguntas de los asistentes.

La selección del invitado no pudo ser más oportuna. Buena parte de Marbella se encuentra todavía en estado de shock por la decisión del chef de dar un giro a su carrera que implica cerrar el restaurante gastronómico, el que ostenta las tres estrellas Michelin, y convertirlo en un asador de carnes. La decisión implicará la pérdida de las tres estrellas, por lo que Marbella se quedará de un día para otro con la mitad de los galardones que la habían convertido en la ciudad andaluza referencia de la alta gastronomía. Se puede preferir no asumirlo, mirar hacia otro lado o usar algún tipo de eufemismo, pero a las cosas es mejor llamarlas por su nombre. La decisión es gravemente perjudicial para Marbella.

El propio Dani García lo dijo el pasado martes en Madrid fusión, cuando respondió a una pregunta del director del evento, José Carlos Capel. «¿Tú, que eres un enamorado de tu tierra, no sientes que le haces una traición al dejarla sin un tres estrellas?». El cocinero respondió: «Sí, pero es una cuestión de vida, de mi vida. Para mí habría varias cosas por las que no tenía totalmente clara la decisión. Una era mi equipo, otra era mi familia y la tercera era mi ciudad. Darle tres estrellas a Marbella y quitárselas era algo que me dolía, pero al final eres tú, es tu vida, y no te vas a sacrificar por nada ni por nadie. No es una cuestión de egoísmo. Yo quería la felicidad, y me daba pena hacerlo por Marbella, pero también le he dado mucho».

Transcribir la respuesta completa es en este caso la única manera de que no se pierda ningún matiz. Pero si se lee con atención, la respuesta, sincera, del cocinero comienza por un sí. Las aclaraciones vienen después.

Es evidente que Dani García tiene todo el derecho del mundo, faltaría más, de hacer con su vida, y con su carrera profesional, lo que mejor le parezca. Hasta ahí podíamos llegar. Pero ello no debe ser obstáculo para que desde la propia ciudad, desde sus instituciones, desde su sector empresarial y desde todo aquel interesado por lo que aquí sucede, se asuma que estamos ante una gran pérdida cuyas consecuencias hay que comenzar a valorar. Pasar sin anestesia ni transición de seis a tres estrellas Michelin quita a la ciudad una de sus principales referencias en el sector gastronómico y permite que se pueda poner en duda su hasta ahora incuestionable liderazgo en un sector que es estratégico para combatir la estacionalidad, el más importante desafío a su economía. No es poca cosa.

El encuentro de Dani García con los empresarios del pasado jueves ofrecía la oportunidad de que los más preocupados por esta decisión plantearan no un cuestionamiento, ya que cada uno es dueño y responsable de sus actos, pero sí al menos una exposición de las consecuencias que el rumbo tomado por el cocinero puede tener y tendrá en un futuro inmediato. No para que lo revisara, pero sí para dejar constancia de lo que supone para Marbella. Si a Dani García se lo llenó de elogios y reconocimientos cuando su éxito profesional y su apuesta por su ciudad beneficiaron a Marbella, era lógico que ahora se le hiciera saber que hay quienes pueden tener una sensación de decepción e incluso de orfandad por el giro que ha dado a su carrera.

Sin embargo, Dani García es uno de esos personajes para quienes el prestigio ganado y su forma de ser actúan como una coraza frente a desaciertos y fracasos. Si lo hace bien y triunfa, se lo aplaude. Si no lo hace tan bien y tiene un traspié, se lo aplaude también. Si se equivoca y fracasa, como le pasa alguna vez a todo el que tiene inquietudes y emprende, se corre un velo tupido.

El jueves era la oportunidad para que quienes comentan en privado la preocupación que su decisión ha despertado en la ciudad se lo hicieran saber. Los empresarios, sin embargo, optaron por el elogio fácil. Después de todo, estaban en su casa. Tan fácil se lo pusieron que el propio cocinero, que seguramente había llegado con las respuestas preparadas ante intervenciones punzantes, se sorprendiera por la ausencia de preguntas. Posiblemente en un tiempo algunos de los asistentes entiendan que perdieron una oportunidad. Las cosas pueden decirse sin con ello renunciar a la cortesía.

Y no es que Dani García no haya sido claro. En su breve exposición ante el centenar de asistentes a la comida, el cocinero explicó el fundamento central de su decisión. Su restaurante gastronómico depende de su presencia física en Marbella. Pese a que genera sólo el 10 por ciento de los beneficios de su empresa, aseguró, le requiere el 90 por ciento del tiempo. Quiere hacer otras cosas y eso supone no estar aquí. «Lo más inteligente -dijo- es vivir en Marbella y tener negocios en todo el mundo». Es precisamente eso lo que va a hacer. Dani García es un tipo inteligente. Por eso sabrá entender que los aplausos que ganó por su apuesta diaria de vivir y también trabajar Marbella, en el futuro ya no suenen tan estruendosos.

La ciudad debe asumir que su gastronomía ya no podrá contar con este campeón del marketing y los fogones. Es una pérdida sensible, pero en ningún caso Marbella queda desamparada. La mejor prueba es que en la misma edición de Madrid Fusión a la que Dani García acudió ya sin su traje de cocinero, el premio al Cocinero Revelación, el más importante que otorga el evento, recayó en otro marbellero, Fernando Alcalá.

Si el suyo fuese un caso aislado, el galardón revestiría más la condición de anécdota que de categoría, pero Alcalá es seguramente un representante brillante de una generación que está abriendo paso en un mercado dificilísimo que, como él dijo, requiere de paciencia y dedicación. Ojalá que quienes han decidido dedicarse a ese mundo escuchen lo que declaró a este periódico tan solo un día después de recibir el premio. «El ego -dijo- hay que saberlo manejar, el personaje no se tiene que comer al cocinero».

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Sobre el autor

Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella


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