Diario Sur
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Autor: HectorBarbotta
Chicas
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Héctor Barbotta | 23-06-2017 | 1:30| 0

La salida de una discoteca de Marbella fue escenario hace unos días de una pelea salvaje entre dos bandas de energúmenos. Estas cosas han pasado toda la vida, pero ahora no hay manera de que sucedan sin que sean grabadas y subidas a la red, de modo que cualquiera que haya tenido interés ha podido ver el salvajismo con el que se emplearon los contendientes. Resulta imposible ver las imágenes sin sobrecogerse, tanto como entender qué puede pasar por el cerebro de una persona que sigue pateando la cabeza de otra que se encuentra inerme en el suelo.
El origen de la pelea, con toda seguridad regada con alcohol y aderezada con otras sustancias, también fue de las de toda la vida. Uno le tocó el culo a la novia de otro y allí fueron los machos a marcar territorio. Uno a defender no la dignidad de una igual, sino la propiedad mancillada; el otro, a presentar con exhibición de testosterona sus credenciales para hacerse acreedor de la pieza en disputa.
Es significativo que aún a estas alturas del siglo haya llamado la atención la inhumanidad de la que hicieron gala los contendientes durante la trifulca, pero que se haya tomado con normalidad el motivo de la pelea.
Ayer se conoció otro episodio de tocamientos en la vía pública, también en Marbella. Una muchacha que paseaba a su perro fue asaltada por un individuo que culminó su ataque con un palmetazo en sus partes íntimas tan virulento que al parecer se produjo una penetración. La víctima fue atendida por las lesiones sufridas y el atacante se enfrenta a una posible acusación de violación, por lo que podría ser condenado a una pena de 12 años de prisión.
El aumento de los asaltos sexuales se está convirtiendo en un serio motivo de preocupación para las fuerzas de seguridad, lo que demuestra que los avances que a veces vemos no son más que un espejismo. Las violaciones, los tocamientos, la consideración, en definitiva, de las mujeres como objetos o, en el mejor de los casos, como personas de segundo rango, no son más que la expresión más bestia de una situación que sigue ahí, en la conciencia más íntima de una mayoría o al menos de una minoría significativa.
Por eso no hay ni escándalo social, ni declaraciones públicas, ni compromiso político para solucionar el problema que enfrenta el equipo de balonmano femenino del Rincón Fertilidad, que se ha ganado el derecho a disputar una competición europea y está a punto de renunciar porque no aparecen patrocinadores que aporten los 100.000 euros necesarios para viajes y alojamientos. A nadie parece conmoverle esta injusticia. Al fin y al cabo no son más que chicas.

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Morir de éxito
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Héctor Barbotta | 19-06-2017 | 1:31| 0

 

El calor, pero no solamente el calor, anuncia que la temporada alta de verano llama a la puerta. Si se recurre al habitual termómetro que no suele fallar, el de la Semana Santa, se puede adelantar que será un verano esplenderoso, de lleno absoluto.
Hay otros indicadores que así lo señalan. Los últimos y desgraciados acontecimientos no han hecho otra cosa que aumentar la sensación de inseguridad global, una situación que favorece a los destinos consolidados, como la Costa del Sol, en desmedro de otros emplazamientos mediterráneos, competidores, que sólo podrían aspirar a volver a levantar cabeza en una situación más tranquila que de momento no se vislumbra en el horizonte.
Sin embargo, la mejor señal de que la temporada alta que se avecina supondrá una llegada masiva de visitantes son las calles y las terrazas ya llenas de turistas y las consecuencias colaterales que desde hace semanas se producen cada día con mayor frecuencia. La más habitual es el atasco permanente que sufren algunas vías de circulación durante gran parte del día.
Marbella va a vivir un verano mejor que el del año pasado, si se atiende al número de turistas que se esperan, y corre un serio riesgo de morir de éxito. Hace demasiados años que las infraestructuras de la ciudad no se renuevan y la última que se puso en marcha, el soterramiento, ha hecho más fluida la circulación en dirección a Estepona pero se ha mostrado insuficiente para resolver los atascos que se producen en los accesos a San Pedro. En realidad, todas las principales entradas y salidas de los núcleos urbanos -Marbella, San Pedro y Banús- son un calvario para los conductores en las horas punta y a poco que se produce un accidente o un simple alcance, las caravanas se eternizan. La autovía a la altura de Las Chapas, los accesos a Puerto Banús y el cruce de la autovía con la carretera de Ronda son los puntos más vulnerables de la red de comunicaciones de la ciudad. Ante el desembarco masivo del verano no aparece otra alternativa que cargarse de paciencia y prepararse para pasar horas atascado.
Poco a poco Marbella se va acercando a una situación en la que la ciudad deberá definir entre dos caminos: o aumentar las infraestructuras o comenzar a plantearse cómo limitar el número de visitantes. Esta dicotomía puede parecer prematura, pero si no se mejora sustancialmente la red de comunicaciones en poco tiempo estará sobre la mesa.
La insuficiencia de las autovías y de las entradas y salidas a los puntos clave, las escasas posibilidades de que prospere el tren litoral –no porque no sea posible ni necesario hacerlo, sino porque nunca se lo ha tomado en serio más allá de la retórica política– y la propia fisonomía de la ciudad, que creció y se desarrolló con urbanizaciones construidas junto a una carretera a lo largo de 27 kilómetros, no invitan a ser optimistas sobre la posibilidad de resolver a corto plazo el creciente problema de los atascos, que se presenta como la más seria amenaza al buen funcionamiento de la ciudad para los próximos años y también como una loza para la calidad de la oferta turística.
Hay otras cuestiones que resultarían más sencillas de resolver si hubiese voluntad política traducida en partidas presupuestarias. Una son las playas, la otra es la seguridad y la imagen asociada a la seguridad.
Cuando Marbella no se había recuperado todavía del impacto que supuso el incidente del atropello múltiple y posterior colisión, también múltiple de hace dos semanas, en estos días una pelea multitudinaria a la salida de una discoteca ha vuelto a poner a la ciudad en el escaparate que más daño le hace.
Esas imágenes escalofriantes de un salvajismo animado por la borrachera, pero no sólo por la borrachera, son bastante descriptivas acerca de dónde se encuentra una parte de la sociedad y podrían haber sido grabadas en cualquier lugar de España. No es verdad, como se ha escuchado, que la pelea saltó a los medios de comunicación porque todo lo que pasa en Marbella se magnifica. Las imágenes eran suficientemente sobrecogedoras como para que fueran recogidas independientemente de dónde se produjeron. Tampoco vale argumentar que los protagonistas no eran ni vecinos de Marbella ni turistas, sino jóvenes desplazados de otras localidades para una noche de juerga. La pelea tuvo lugar aquí, a las puertas de verano, y ese es un lujo que la ciudad no se puede permitir.
No es casualidad que esta misma semana desde el Ayuntamiento se haya reclamado al Gobierno mayor compromiso con la seguridad. Por población y por importancia, Marbella debería tener no una comisaría de Policía decente, sino dos, y lo que tiene son unas instalaciones vetustas en las que los agentes no tienen espacio ni para ducharse ni para trabajar, y donde la dotación de personal es insuficiente.
Ahora llega el verano, la población de la ciudad se multiplica, una buena parte de los policías se van de vacaciones, llegan personalidades de todo el mundo a las que hay que brindar protección las 24 horas y el Ministerio del Interior no considera necesario incrementar la plantilla. Los refuerzos que envía ni siquiera alcanzan para cubrir las bajas por vacaciones. El compromiso con el turismo se demuestra en estas cuestiones. Marbella no es una ciudad insegura, pero no se debería jugar con fuego.

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Se acabó la incertidumbre
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Héctor Barbotta | 17-06-2017 | 5:37| 0

El nuevo centro de salud de San Pedro era una de las actuaciones comprometidas en el pacto de investidura que inclinó hace dos años la balanza de Opción Sampedreña en favor de la candidatura del socialista José Bernal. El viernes, tras la firma en presencia de la flamante consejera de Salud, Marina Álvarez, del protocolo por el que la Junta se compromete a construirlo, el teniente de alcalde de San Pedro y vicepresidente de OSP, Rafael Piña, mostró su satisfacción por el grado de cumplimiento del acuerdo. El partido sampedreño tiene previsto revisar formalmente el pacto antes de fin de mes, aunque la posición ya expresada por Piña deja poco margen para la incertidumbre.
La situación no era la misma días atrás, cuando se conoció que un informe de la intervención general de la Junta ponía freno a la intención municipal de adelantar la financiación de las obras con sus propios fondos.
Este informe cayó como un cubo de agua fría en el tripartito, ya que coincidió en el tiempo con el periodo en que Opción Sampedreña abrió el debate ya anunciado en su día sobre su revisión del pacto de gobierno a mitad del mandato. Se temió que la no concreción de las inversiones de la Junta pusiera en peligro la continuidad del tripartito y ello obligó a una intensa labor de mediación entre el gobierno municipal de Marbella y la Junta de Andalucía para buscar una solución. Esta tarea la asumió el secretario de Política Institucional del PSOE andaluz, Francisco Conejo, quien durante la semana del 29 de mayo al 2 de junio acudió a Marbella en al menos tres ocasiones para informar de la marcha de las negociaciones y calmar los ánimos entre los miembros de OSP.
Cuando el viernes 2 de junio  tomaron estado público las reuniones que OSP había mantenido con dirigentes del PP y las opciones de posible cambios en el Ayuntamiento que allí se habían barajado, el asunto ya estaba solucionado. Ese mismo día, la Plataforma de Contratación de la Junta publicaba la licitación para la adaptación del proyecto, la prueba que OSP necesitaba como garantía de que el compromiso de la Junta iba en serio.

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Nostalgia de la decadencia
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Héctor Barbotta | 14-06-2017 | 8:34| 0

Ha muerto Adnan Khashoggi y hay quienes han recordado con indisimulada nostalgia aquella época en la que sus fiestas llenaban de glamur los veranos de Marbella. Su finca de 900 hectáreas La Baraka, en Benahavís, y el yate Nabila, fondeado en Puerto Banús, eran el escenario habitual de aquellos saraos que situaban a la ciudad en el epicentro del lujo en el Mediterráneo.
Las fiestas de Khashoggi, por supuesto, tenían muchos más aspirantes que invitados y por eso quienes pasaron en algún momento por ahí, o incluso quienes estuvieron cerca, las han recordado como aquellos privilegiados a quienes el destino los premia como testigos de un acontecimiento histórico.
El magnate, que en su día fue considerado como quien había cogido el testigo de Aristóteles Onassis como la persona más rica del mundo, tenía toda la estética de los villanos de las películas de James Bond de aquella época, que además de tramas de espías ofrecían al espectador todo un manual de estilo.
Pero Khashoggi no sólo se parecía a los malos de las películas de 007 en su aspecto físico, en la vestimenta, en el yate (que de hecho se utilizó en una de las entregas de la saga) y en las fiestas que organizaba. Porque Khashoggi era un malo de los de verdad. De los muy malos.
Por cuna y por educación –su familia estaba muy bien relacionada con la casa real saudí y la fortuna de su padre le permitió acceder a una educación de privilegio en una de las mejores universidades de Estados Unidos– tuvo la oportunidad de elegir a qué dedicar su vida. Y su decisión fue convertirse en traficante de armas. El mayor traficante de armas de unos años en los que la Guerra Fría convirtió a buena parte del planeta en escenario de conflictos de baja intensidad que dejaron un reguero insoportable de muertos. Un marco perfecto para quien vio en su facilidad para poner en contacto a los países fabricantes de armas con los dictadorzuelos de variado pelaje que las necesitaban –bien para imponerse en disputas regionales, bien para someter a sus pueblos– una inmejorable oportunidad de negocio.
Aquella facilidad para construir relaciones y utilizarlas en su beneficio convirtió a Khashoggi en el hombre más rico del mundo. A diferencia de lo que se suele creer, Marbella no era solamente el lugar donde venía a gastarse el dinero que ganaba sembrando muerte por todo el mundo, sino una pieza más del engranaje de sus negocios, el escenario perfecto para tejer su red de influencias.
Las crónicas de la época muestran cómo además de estrellas del espectáculo como Liz Taylor, Brooke Shields o Farrah Fawcett Majors, a quienes Khashoggi traía vaya uno a saber con qué incentivos, también acudían sanguinarios dictadores como el congoleño Mobutu Sese Seko, posiblemente atraídos con la posibilidad de departir con las celebridades de la época. No hay que ser muy perspicaz para concluir que aquellos saraos servían también para cerrar negocios.
La nostalgia con la que muchos vecinos de Marbella han recordado en estos días aquellos años, algunos porque ya no se cobran propinas como las de entonces, otros por lo que suponían de aparente brillo para la ciudad, permiten concluir que en aquel momento no se cuestionaba ni a la figura de Khashoggi ni a los medios que había utilizado para satisfacer su codicia. Tampoco se tenía en cuenta la estela de sufrimiento y dolor que sus negocios habían dejado por todo el mundo. Su cicerone en Marbella, Jaime de Mora y Aragón, tampoco es en absoluto cuestionado, sino que a falta de una, la ciudad alberga dos estatuas que lo recuerdan. Afortunadamente, de aquella época no quedó ningún bulevar Khashoggi que hoy nos avergonzaría.
Khashoggi bien podría funcionar como metafóra de un concepto que comenzó a arraigar por entonces y que llevaba a concluir algo asi como que da igual de dónde obtienen el dinero los millonarios que nos visitan siempre y cuando se lo gasten aquí y no den problemas.
Aquella idea, que Jesús Gil se atrevió a reconocer en voz alta como una confesión más de cuáles eran sus valores morales, sólo se empezó a cuestionar a partir de diciembre de 2004, cuando un ajuste de cuentas entre narcotraficantes se llevó por delante la vida de un niño de siete años, acribillado a balazos en la peluquería de un hotel en Puerto Banús.
Es verdad que Khashoghi no fue el único personaje de esta calaña que pasó por Marbella. Ahí tuvimos hasta no hace mucho a Monzer Al-Kassar, un emprendedor que se movía en la misma rama comercial y con la misma poca discreción que el saudí. Aunque la ciudad carece de barreras para impedir que estos personajes vengan y campen a sus anchas, porque sólo el Gobierno y sus ministerios de Exteriores, de Interior o de Hacienda cuentan con los instrumentos para hacerlo, sí corresponde a sus vecinos decidir a quién toman como referencia, a quién eligen admirar y, pasado el tiempo, a quién recuerdan con nostalgia.
Es posible que aquella Marbella del glamur de los setenta y los ochenta tenga algo del estilo que se ha ido perdiendo con los años a medida que la actividad turística fue mutando en un fenómeno de masas. Pero no sobra preguntarse si aquel relativismo moral que permitió que Khashoggi se sintiera cómodo y admirado y que puso como referencia esa idea de que el dinero siempre es bienvenido cualquiera sea su origen no fue el que acabó abriendo las puertas del poder político municipal a Jesús Gil, con los resultados conocidos.
Consuela pensar que hoy día sería imposible que un traficante de armas reconocido se convirtiera en la referencia de los saraos y las celebraciones veraniegas por más estrellas rutilantes de Hollywood que fuese capaz de traer.
El tiempo suele tender a endulzar los recuerdos, pero posiblemente aquella época no sea merecedora de la nostalgia que ha salido a la luz estos días.

 

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Ricos indeseables
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Héctor Barbotta | 14-06-2017 | 8:31| 0

 

En los días que antecedieron al suceso del pasado domingo que tuvo como protagonistas a dos peligrosos energúmenos a bordo de un todoterreno, las redes sociales y las páginas críticas con el equipo de gobierno municipal se habían llenado de fotos y vídeos de jóvenes de ambos sexos exhibiendo su mala educación borrachos y semidesnudos en el entorno de Puerto Banús. Las imágenes suponían en sí mismas una crítica al incremento del turismo de bajo coste en la ciudad, que algunos llaman &lsquoturismo de alpargata&rsquo, lo que se atribuía en algunos casos a la política turística del equipo de gobierno y en otros, al fracaso de esa política, como si ambas críticas fuesen compatibles entre sí. También el presidente de la Diputación y del Patronato de Turismo, Elías Bendodo, reclamó al Ayuntamiento que coja las riendas en materia de seguridad ciudadana, como si esa competencia fuese de la institución municipal y no responsabilidad exclusiva del gobierno central, con el que comparte partido.

Pero más allá del habitual oportunismo que campa a sus anchas a un lado y otro del espectro político ante la sana indiferencia ciudadana, resulta evidente que algo está fallando y que permanecer pasivo o argumentar que no se puede hacer más supone un grave acto de irresponsabilidad.

En la semana que precedió al incidente del domingo la presencia de jóvenes británicos en la ciudad experimentó un incremento, posiblemente por la coincidencia en el Reino Unido de la semana festiva académica conocida como &lsquoHalf Term&rsquo (la última semana del trimestre) y con el &lsquoSpring Bank Holiday&rsquo, el festivo de origen religioso que se celebra el último lunes de mayo. Ello explica en parte la invasión de turismo juvenil y barato de esos días. Las imágenes que se vieron fueron ciertamente preocupantes, sobre todo porque en nada coinciden ni con lo que la ciudad necesita ni con la estrategia que se ha propuesto desde el Ayuntamiento para consolidar a Marbella como destino de gran categoría en el Mediterráneo.

Es verdad que poco se puede hacer ante empresarios, de aquí o del Reino Unido, que crean unos productos turísticos de bajo coste, y mucho menos ante lo que entiende una buena parte de la juventud británica por diversión o ante la bajísima carga fiscal que tiene en España la venta de alcohol. Pero el Ayuntamiento sí puede hacer mucho más de lo que hace por obligar a que se cumplan las ordenanzas -y si no existen hay que dictarlas- referidas al consumo de alcohol en la calle, a qué lugares de la ciudad son los apropiados para circular a pecho descubierto o a cuánto ascienden las sanciones por evacuar las necesidades en la vía pública. Considerar que cuanto menos se moleste al turista es mejor, cualquiera sea su comportamiento, constituye el camino más corto para espantar a los turistas buenos y quedarnos con los indeseables.

Sin embargo, relacionar el fenómeno del turismo juvenil de botellón y de despedidas de solteros con el suceso del domingo pasado supone errar de lleno el análisis, porque ni los protagonistas de ese suceso ni otros personajes como ellos que infectan la ciudad tienen nada que ver con el bajo coste, aunque algunas semejanzas estéticas nos pudieran inducir a engaño. Hay empresarios que consideran que todo se soluciona subiendo los precios y que gentuza es quien no tiene cartera suficiente para dormir en un cinco estrellas. Es la confusión a la que se puede llegar cuando se utiliza el dinero como medida de todas las cosas.

Los dos matones que el domingo protagonizaron una pelea en la puerta del Ocean Club, que se subieron a un todoterreno y atropellaron a sus contendientes y que después huyeron a toda velocidad embistiendo cuanto se encontraron por delante no llegaron a Marbella en un vuelo de bajo coste ni aprovechando la oferta de Renfe de 25 euros el billete. Viajaban en un vehículo de más de 100.000 euros y acababan de pasar la tarde en un local de precios astronómicos donde el personal compra champán no para beberlo, sino para bañar a señoritas en bikini. Tal es el nivel. Cuando el juez los mandó a la cárcel, uno de ellos reunió en menos de 24 horas los 25.000 euros que necesitaba para pagar la fianza. No es una cuestión de turismo barato, estamos ante un problema diferente.

Marbella tiene el privilegio de ser una ciudad deseada por gente de grandes posibilidades económicas en todo el mundo y la desgracia de no poder escoger quiénes vienen. No se trata de un problema nuevo. Ya tuvo expresiones mucho más dramáticas que la del pasado domingo en aquellos años en los que se sucedían ajustes de cuentas entre mafiosos, algunos con el terrible resultado de inocentes muertos, que contribuyeron a que se criminalizara durante algún tiempo la imagen de Marbella y de la Costa del Sol.

Entre quienes viven y descansan aquí hay un perfil significativo, aunque minoritario, que se ajusta al de los dos energúmenos que provocaron el suceso del domingo. Van en coches de alta gama, hacen ostentación en discotecas y clubes de playa, se comportan como matones, se les encuentran drogas cada vez que se los registra y no se les conoce oficio ni actividad alguna. La tesis de que es mejor hacer la vista gorda porque gastan dinero y no crean problemas se ha revelado fallida. ¿Se puede hacer algo contra estos personajes? Pruebe el lector a comprarse un vehículo como el que causó el accidente múltiple sin tener ingresos que lo justifiquen y verá cuánto tarda Hacienda en interesarse por su habilidad en los negocios. Hay impunidades que sorprenden.

Existen cuestiones relacionadas con el turismo indeseable que llevan años dando problemas sin que las administraciones se hayan puesto las pilas. Casi todas están concentradas en Puerto Banús, pero no solamente ahí. La más evidente es la conocida como &lsquocalle del infierno&rsquo, la trasera en el interior del recinto, en la que campan a sus anchas la prostitución callejera y la venta de sustancias prohibidas. Todo ello a menos de 50 metros de los locales comerciales que pagan los alquileres más caros de España. Meses atrás, este periódico reveló un informe de la Policía Local que radiografiaba la actividad de los clanes que utilizan prostitutas para robar a turistas borrachos. Que se sepa, ese informe no se tradujo en iniciativa concreta alguna. Resulta difícil de entender por qué las administraciones -el Ayuntamiento y su obligación de hacer cumplir las ordenanzas; la Junta, que cobra el canon a la concesionaria, y el Gobierno central, que tiene la competencia exclusiva en seguridad- han dejado enquistar este problema en lugar de concertar una acción coordinada para erradicarlo. Del mismo modo, tampoco se entiende por qué se permite que haya chiringuitos que se convierten impunemente en discotecas a pie de playa o que no se monten controles permanentes a quienes salen de establecimientos como en el que se produjo la pelea del domingo y que pudo acabar en tragedia.

Es verdad que no se puede seleccionar quién viene a Marbella. Pero si estos personajes, por más dinero que gasten, no se empiezan a sentir incómodos en la ciudad, acabarán echando al verdadero turismo de calidad. No basta con indignarse. Tampoco con estremecerse con la imagen de un padre sacando de uno de los coches embestidos a su bebé de diez días. Hay que actuar.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella