Diario Sur

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Autor: HectorBarbotta
Nepotismo y endogamia
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Héctor Barbotta | 13-07-2016 | 7:10| 0

La semana pasada se consumó la contratación del jefe de campaña del PSOE en las últimas elecciones municipales, Adrián Sánchez Acevedo, como nuevo cargo de confianza del Ayuntamiento de Marbella. Sánchez pasó a ocupar la plaza dejada libre por Manuel Morales, que dejó de ser ‘asesor responsable de Innovación y Administración electrónica’ cuando se convirtió en concejal de lo mismo. La rapidez con la que se produjo el nombramiento invita a pensar que como concejal Morales no daba abasto y necesitaba un ‘asesor responsable’ que lo secundara.
El caso es que su sucesor es la pareja de la primer teniente de alcalde y su madre trabaja también como cargo de confianza en el Ayuntamiento. Posiblemente el nombramiento fuese necesario, pero no fue explicado. Como es lógico, no ha sido bien recibido ni por la oposición, como era de esperar, ni por los propios socios de gobierno del PSOE, que se enteraron del nombramiento por la prensa, reconocen en privado lo que les disgusta tener que cargar con el coste político de decisiones como ésta y se preguntan qué necesidad había de meterse en este jardín cuando aún no se ha terminado de salir del jardín de los caballos.
No se cuestiona que el nombrado reúna méritos –esa discusión se abrirá, o no, cuando el Ayuntamiento cuelgue su currículum en la web municipal– o que su nombramiento sea necesario pero su designación presenta toda la apariencia de ser un caso más de la endogamia y el nepotismo que campan por las instituciones y que tanto han enfadado a los ciudadanos hasta el punto de cambiar de manera definitiva el mapa político de este país. Perder de vista esa circunstancia y actuar como si el personal estuviese dispuesto a tragar con todo no dice nada bueno de la capacidad de los responsables municipales para leer la realidad. Considerar que el problema se reduce a que el nombramiento se haya convertido en noticia, tampoco.
Ningún político que lleve mucho tiempo en el poder está a salvo de perder el contacto con la calle y de acabar actuando como si la institución fuese una cápsula de cristal en la que se estaría de escándalo si los informadores no importunaran. El problema es si esos síntomas aparecen cuando se acaba de cumplir el primer año en el poder. Alguien debe advertirle al alcalde, como al emperador del cuento de Andersen, de que no lleva un traje invisible.

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Turismo o barbarie
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Héctor Barbotta | 13-07-2016 | 7:08| 0

Una de las cuestiones que no nos permite ser optimistas en la batalla que el mundo civilizado –el occidental y también el oriental, cuya ofrenda de muertos y sufrimiento es sensiblemente mayor– libra desde el inicio de este siglo contra el terrorismo globalizado es que los malos demuestran en todo momento tener unos claros objetivos a largo plazo y una estrategia para alcanzarlos, mientras que los gobiernos ponen en evidencia una y otra vez sus dificultades, cuando no su desinterés, en pensar más allá de cuatro años vista. El ‘Brexit’, última exhibición de la irresponsabilidad, la frivolidad y la cortedad de miras de buena parte de la clase dirigente de lo que podría llamarse ‘mundo civilizado’, es el más reciente ejemplo, que no el único, de ese peligroso contraste.
Es verdad que a favor de los terroristas cuenta que es mucho más sencillo destruir que construir y que la diversidad de pensamientos muchas veces divergentes que enriquece las sociedades civilizadas constituye una dificultad añadida a la hora de establecer una estrategia frente a la creencia dogmática, dicotómica, maniquea y simplificadora en la que se asienta el adoctrinamiento terrorista.
Sin embargo, ello no debería hacer perder de vista que esa diferencia entre la visión a largo plazo con la que actúan los terroristas y la cortedad de miras de la mayor parte de los gobiernos es lo que ha puesto a la civilización a la defensiva.
En ocasiones se ha podido considerar que cuando los yihadistas ametrallan a los bañistas de una playa de Túnez, emboscan un autobús con turistas en Egipto, siembran el pánico en un hotel de Nueva Dheli o más recientemente degüellan a un grupo de extranjeros en un bar de Bangla Desh lo hacen desde una concepción xenófoba de ‘muerte al extranjero’ , por la simple indefensión de las víctimas que las convertía en un objetivo sencillo o por atentar contra un sector económico estratégico.
Pero ayer, en el foro de SUR, el secretario general de la Organización Mundial del Turismo explicó algo que posiblemente sabíamos pero que ante esta realidad sirve para entender mejor el porqué de esos ataques. Viajar nos hace más cultos, nos ayuda a abrir los ojos y a entender al diferente, nos hace mejores personas. El turismo no sólo crea riqueza y es en muchas regiones del mundo la única posibilidad para salir de la pobreza. También es, aunque la mayor parte de los gobiernos lo minusvaloren y lo sigan tratando como una actividad subalterna, una de las mayores expresiones de la civilización moderna. Por eso lo atacan. Saben lo que hacen.

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Un morito
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Héctor Barbotta | 06-07-2016 | 10:02| 0

La de Zined no ha sido una vida fácil. Siendo aún muy joven decidió separarse de sus dos hijos y dejar Marruecos para buscar en España un futuro para los suyos y para ella misma. Encontró en Marbella algo parecido a un trabajo, suponiendo que en este siglo se le pueda llamar trabajo a un modo de explotación e indignidad más propio del XIX, y a quien creyó que podría ser un compañero, con quien tuvo otro hijo.
Abandonada, siguió adelante más explotada que antes y en régimen de interna en una casa de ricos en Guadalmina, la zona más cara de Marbella, en la que el bullicio de su hijo molestaba. Consiguió apuntarlo en una guardería, pero no podía tenerlo con ella cuando salía porque sus ¿jefes? ¿empleadores? ¿superiores? le requerían una dedicación absoluta. Tuvo que dejar al niño en la casa de unos compatriotas a quienes, para que al niño no le faltara nada, les proveía de pañales y de comida y de 300 euros al mes, más de la mitad de la remuneración que recibía de sus ¿patrones? ¿señores? ¿amos? por una dedicación de 24 horas al día cinco días a la semana. Sólo los fines de semana Zined sonría. Y el niño también.
Un domingo la muchacha se presentó en la casa donde vivía su hijo y no encontró a nadie. Llamó por telefóno a los cuidadores, que le dijeron que se habían llevado al niño a Fuengirola y que se habían retrasado. Zined creyó que debería esperar una semana más para reencontrarse con el pequeño. Pero ya no habría reencuentro.
Unos días después, el mundo de la muchacha se derrumbó. La detuvo la policía bajo la acusación de abandono del menor. En la celda se enteró de que su pequeño había muerto maltratado. Se lo comunicó un policía que creyó que la sensibilidad con el drama de una madre no le iba en el sueldo.
Para Zined nada de lo que vino después tuvo la menor importancia. Ni el despido en la casa donde trabajaba –a sus explotadores les asustaba la exposición mediática–, ni el encarcelamiento de los maltratadores, ni la retirada de los cargos que pesaban en su contra, ni su posterior expulsión de España.
Es posible que la mujer ni siquiera haya tenido noticia de que quienes mataron a su hijo fueron condenados. Posiblemente le hubiese resultado difícil de entender que ninguna institución se haya personado en el caso, que la expulsaran del país pese a que era una víctima que tenía derecho a ejercer la acusación por un delito grave, que el fiscal redujera su petición de condena a nueve años y que los perpetradores del crimen, pese a los terribles testimonios oídos en la sala, hayan sido condenados por homicidio y no por asesinato. Después de todo, ¿a quién le importa la muerte de un morito?

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Una cuenta inexorable
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Héctor Barbotta | 04-07-2016 | 6:37| 0

Hay cuestiones que pesan más cuando se trata de responder a las preguntas de los encuestadores que a la hora de depositar el voto. La corrupción parece encontrarse entre las primeras; el temor a los cambios de rumbo con destino incierto, entre las segundas.
En los últimos años, el concepto de que el dinero público no procede de una bolsa de fondo infinito sino del sufrido bolsillo de los ciudadanos parecía haber crecido en la conciencia social, pero seguramente aún queda un duro trecho por andar. Es verdad que la corrupción no tiene buena prensa, pero todavía indigna más que la tibieza a la hora de combatirla. Decimos que sabemos que el dinero público es de todos, pero a veces seguimos actuando como si no fuera de nadie.
Quizás el problema resida en que las consecuencias del robo de dinero público no se sufre en el momento en el que se conoce la noticia, y a que la cleptocracia suele campar a sus anchas en épocas de vacas gordas que dejan buen recuerdo en la memoria de las víctimas. La corrupción parece formar parte de los ciclos económicos. Sucede cuando la economía va bien o medio bien; nos enteramos cuando va mal o peor.
Pero que la noticia la tengamos con retraso y que los robos se perpetren en momentos que recordamos como de gran prosperidad no quiere decir que las consecuencias no se acaben sufriendo. En diferido y con retraso pero las facturas inapelablemente llegan. Y suelen hacerlo cuando más duele.
Marbella es, con poco espacio para la duda, el mejor ejemplo de ello. La ciudad inauguró prematuramente el mapa español de la corrupción, cuando el resto del panorama parecía inmaculado, y acaparó hace ya una década titulares, focos y la exclusividad de la atención.
Pasó el impacto original de las detenciones y la avalancha informativa que las sucedieron, la celebración de los juicios y hasta la ejecución de las condenas. Después los focos y la atención viajaron a otros lares y en esta década hubo tiempo suficiente para que el problema decantara. Consumida la atención inicial, depositada la atención en otros puntos de la geografía y en otras expresiones de la desvergüenza, el latrocinio todavía sigue pasando factura una década después de acabado. Y lo que queda.
Esta semana se inició en Madrid la subasta de los bienes incautados hace diez años a Juan Antonio Roca y un simple repaso a la composición del primer lote, en el que no aparece el Miró que supuestamente completaba la decoración del baño con jacuzzi, da una buena idea del volumen del saqueo. Es muy poco probable que un solo euro de lo que se recaude en la casa de subastas regrese algún día a los bolsillos que se vaciaron para que Roca acumulara ese patrimonio que seguramente no es lo que más echa de menos desde la celda que ocupa desde 2006. Aún así, estaría bien que desde el Ayuntamiento se mantuviese la tensión sobre este asunto. Es necesario que exista un control sobre lo que el Estado va cobrando y que la reivindicación de que el dinero regrese a Marbella siga viva. Hay cientos de casos con sentencia en los que la ciudad aparece como perjudicada y la presión para que esas cantidades se cobren antes que la sentencia de ‘Malaya’, donde el acreedor es el Estado, debería seguir. Los actuales responsables municipales enarbolaron cuando estaban en la oposición la bandera del regreso del dinero a Marbella, e hicieron bien. Ahora, desde el poder municipal, la tensión institucional sobre este asunto no debe decaer.
El saqueo sufrido por la ciudad no deja de mostrar nuevas caras. Esta semana los vecinos de Marbella se enteraron de que tendrán que seguir aplazando la satisfacción de algunas de sus necesidades más básicas porque el Ayuntamiento tendrá que destinar 308.000 euros a pagar las minutas de los abogados y procuradores que representaron a funcionarios acusados en su día y después absueltos. Estas personas fueron involucradas en casos de corrupción municipal de los que finalmente quedaron al margen. Y aunque uno de ellos está incurso en otros procesos, el Ayuntamiento se ve obligado a pagar una factura que tiene su respaldo legal pero que ética y hasta estéticamente resulta inasumible. Es un ejemplo, otro más, de que la cuenta de la corrupción tarda en llegar pero es inexorable y, con sus múltiples caras, se acaba pagando.

No es difícil, sino imposible, saber cuál sería la situación si el primer alcalde socialista en 24 años hubiese llegado en un momento en el que las arcas de las instituciones no estuviesen vacías. Pero la realidad es la que es y a José Bernal le toca lidiar con una Junta de Andalucía cuya situación financiera le impide realizar la más mínima inversión.
Esta semana, mientras el consejero Emilio de Llera admitía con una claridad digna de elogio que no habrá Ciudad de la Justicia porque no hay con qué pagarla, el teniente de alcalde de San Pedro, Rafael Piña, tuvo que comparecer ante una asamblea de Opción Sampedreña para explicar que un año después de firmado el pacto de investidura de José Bernal las obras comprometidas en San Pedro siguen siendo proyectos que en el mejor de los casos están en el papel. En el mejor de los casos. Ni siquiera el instituto, que la presidenta de la Junta aseguró en su visita a Marbella el pasado abril que estaba «para ya», ha visto licitado su proyecto. Ni hablar del centro de salud o de las otras obras comprometidas.
Hay miseria y se nota. Sólo así se explica que la Junta enviara una nota esta semana para anunciar que en la primera quincena de julio se celebraría una reunión para intentar desbloquear las obras del Hospital Costa del Sol. A más de uno se le habrá acelerado el corazón al ver en el correo una nota de la Junta anunciando noticias sobre el hospital. Pero el comunicado no anunciaba una solución, sino que se celebraría una reunión para la que ni tan siquiera hay fecha. La nota recordó a esos equipos que, incapaces de marcar un gol, acaban celebrando cuando consiguen un córner.

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Una campaña sin la promesa del tren
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Héctor Barbotta | 19-06-2016 | 9:09| 0

 

Una de las características más salientes de esta campaña electoral repetida tras la de diciembre es que los candidatos están siendo más comedidos a la hora de prometer inversiones. Como las elecciones del 20 de diciembre demostraron que la clave de la política española durante los próximos años será la capacidad de llegar a acuerdos y sellar pactos, todo el debate está girando en torno a ese eje y no a promesas sobre si se hará esta o aquella actuación. Lo bueno de ello es que el electorado se ahorra las promesas vacías; lo malo es que quien llegue al Gobierno, si es que no hay unas terceras elecciones que no sería prudente descartar, lo hará con las manos libres de compromisos.
Ello nos lleva a preguntarnos si esa situación nos aleja o nos acerca al tren litoral, un clásico de las promesas en las campañas electorales luego olvidadas. Y la respuesta no es fácil. Al menos esta vez nos estamos ahorrando oír la promesa.
Si algo hay que agradecer a las campañas electorales es que acercan a la periferia lo que habitualmente sólo se ve a través de la televisión. Y cuando finalmente se puede escrutar en directo el comportamiento de algún líder nacional se concluye que no es demasiado diferente a lo que se está acostumbrado con los líderes vernáculos. Con más parafernalia, sí, pero igual. O incluso peor.
Hay que agradecer a Pedro Sánchez que sea el único de los cuatro candidatos a presidente de Gobierno que ha pasado por Marbella –no hay perspectivas de que alguno de los otros tres vaya a seguirlo en lo que queda de campaña–, aunque la suya sólo haya sido una visita estética.
El paseo del aspirante socialista del pasado miércoles fue anunciado por el equipo de campaña como una reunión con el sector empresarial y con convocatoria sólo a los informadores gráficos, lo que en el código de la necesariamente tempestuosa pero imprescindible relación entre políticos y periodistas supone un aviso implícito de que el candidato no haría declaraciones.
Aunque existiera el legítimo interés por conocer de primera mano cuáles son los compromisos que el aspirante socialista a la Moncloa está dispuesto a asumir en relación con un posible Ministerio de Turismo, con la precaria situación de los chiringuitos, con la reforma de la Ley de Costas e incluso con la conexión ferroviaria de Marbella, existía ese aviso implícito de que no hablaría. También existía, por qué negarlo, la secreta esperanza de que Sánchez se decidiera a darle algún sentido al paseo, se saltara el programa y accediera a atender a los medios de comunicación locales. Tampoco ello habría supuesto un terrible trastorno para sus asesores de marketing. Por eso la visita estuvo rodeada de una nube de periodistas. Y Sánchez no habló. Se le podrá reprochar torpeza comunicativa, lo que no supone novedad, pero no que su equipo no haya avisado.
Para asegurarse de que los informadores no se acercaran al candidato, la organización dispuso un cordón sanitario en la que participaron con entusiasmo algunos cargos de confianza del Ayuntamiento que seguramente se habrían pedido el día en su puesto de trabajo y que compensarán con horas extras el tiempo hurtado a los vecinos de Marbella, que no les pagan 31.171 euros al año para que se dediquen a labores partidarias. Estaría bien que el gobierno municipal aclarara ese extremo aunque en realidad no se conozca bien a qué dedican el tiempo algunos de estos cargos cuando no están impidiendo que los periodistas intenten hacer su trabajo. Durante esta campaña se está viendo a algunos de ellos día sí y día también ataviados con camiseta roja y repartiendo propaganda electoral en horas de trabajo. Habrá que suponer que se han pedido vacaciones o algún tipo de dispensa sin derecho a salario.
El caso es que lo que al parecer se pretendía que no se viera es que la reunión de Sánchez con los empresarios no fue tal, si por reunión se entiende el candidato y sus interlocutores sentados frente a una mesa intercambiando opiniones sobre temas de alguna trascendencia. Porque lo que hubo fue una sesión de fotos. Primero en la playa, frente a unos espetos de sardinas, y después en la planta baja del hotel El Fuerte, donde el candidato no paró de hacerse fotografías con sus fans. En campaña, ya se sabe, los candidatos son como actores de cine. Si además son altos y guapos, más aún. Que no se caiga una idea resulta irrelevante.
Horas después el PSOE envió un comunicado en el que decía que Sánchez había mostrado su apoyo al Plan Qualifica y las medidas que contribuyan a mejorar las playas. Su forma de hacerlo, al parecer, fue dejarse fotografiar junto a los espetos.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella