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Autor: HectorBarbotta
Carlos Fernández, ese mito
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Héctor Barbotta | 29-09-2017 | 10:32| 0

No es difícil saber qué hubiese pasado con Carlos Fernández si en algún momento de aquel martes 27 de junio de 2006 hubiese optado por presentarse ante la policía y no escapar hacia el aeropuerto de Lisboa para poner distancia entre él y los agentes que lo buscaban. Tanto sus compañeros de partido como el resto de los concejales en una situación similar a la suya comenzaron en aquella jornada una penosa trayectoria que incluyó prisión provisional, comparecencias periódicas en los juzgados, una pena de banquillo de dos años, condena e ingreso en prisión, además de la pena agregada del ostracismo social. Algunos recién comienzan ahora a disfrutar de permisos carcelarios, pero todas esas vidas tuvieron en aquel martes del recién estrenado verano de 2006 un momento bisagra que las modificó a peor y para siempre.

Incluso los que optaron por escapar pudieron comprobar que es más fácil subirse a un avión para huir que construir una nueva vida escondiendo la condición de prófugo y encontrar un sustento mientras se le pregunta a la almohada, noche tras noche, si el siguiente será el último amanecer en libertad.
Ahora, 4.098 días después, Carlos Fernández ha aparecido–por propia voluntad, según su entorno; gracias a la eficacia policial, según la versión oficial que llega desde la Argentina– y reclama que sus cuentas están saldadas y contempladas sin excepciones en la figura de la prescripción.
Por eso se plantea el debate de si es justo o injusto que el simple paso del tiempo alcance para ajustar las cuentas con la justicia, y también de si el reproche moral debe sobrevivir y en algún caso llegar a donde lo impiden las limitaciones que un sistema garantista como el español ofrece a quienes presuntamente han delinquido.
No es objeto de este artículo entrar en un asunto para el que seguramente los especialistas en filosofía del derecho podrían aportar reflexiones interesantes y solventes, pero sí analizar por qué la figura de Carlos Fernández adquirió tal relevancia mediática en la última década que dio lugar durante todo este tiempo a las teorías más disparatadas. Y por qué su aparición, hace poco más de una semana, se convirtió en una de las noticias del año.
La respuesta solamente puede apuntar en una dirección: porque se escapó. Fernández era una pieza importante de la ‘operación Malaya’, pero no esencial, y de hecho ni siquiera era concejal cuando se desencadenó el caso. Había tenido que dejar el escañó tras ser condenado por la causa de la Unión Deportiva San Pedro, la única sentencia firme que pesa en su contra.
Que Fernández haya sido capaz de permanecer prófugo durante tanto tiempo describe en buena medida su capacidad de adaptación a las circunstancias y pone en evidencia un talento que lo distingue de los compañeros de correrías que intentaron, con desigual fortuna, emular su capacidad de evasión. Una persona que llega a un país desconocido tras escaparse subrepticia y precipitadamente, que se instala en una ciudad que, como San Juan, es posiblemente el lugar menos parecido a Marbella que pueda existir sobre la Tierra, que se construye un nuevo perfil profesional a partir de cursos impartidos por Internet, y que pasa a formar parte de cierta elite de la ciudad de acogida, todo ello mientras pende sobre él una orden de busca y captura, tiene un mérito que más allá de las consideraciones morales debería ser tomado en cuenta a la hora de caracterizar al personaje.
Desde que apareció en la vida política de Marbella, a muy temprana edad y a la sombra de Jesús Gil, Fernández dio muestras de la sangre fría y el sentido de la estrategia de la que ha hecho gala para planificar su huida y, al parecer, también su reaparición.
En 1991, con sólo 23 años, comenzó como el concejal más joven del primer equipo de Jesús Gil. Estuvo bajo las órdenes del todopoderoso alcalde de Marbella, con quier rompió de manera abrupta siete años más tarde, cuando Gil lo acusó de robar sin permiso. «Quiero tu cabeza en bandeja de plata, o voy a decirle a todo el mundo que eres un ladrón», le dijo. Había estallado el caso de la UD San Pedro, que acabó con una condena firme contra Fernández cuando éste ya no estaba para cumplirla. Sin embargo, desde su exilio clandestino hizo frente a la responsabilidad civil, la mejor prueba de que los movimientos que se han concretado en estos días estaban previstos desde muchos años atrás.
Gil quiso echarlo de la política, pero se ganó un enemigo de fuste que conservó su acta de concejal y comenzó a competir con Isabel García Marcos en la oposición más radical contra el alcalde. Con sus mismos métodos: a una acusación, una acusación más grave; a un insulto, un insulto más grueso. En esa época se escucharon sus frases más célebres: «Gil amenaza con que viene el lobo, pero el único lobo que se debe ir es el que ha venido a robar», o «Gil es el Barrabás de la democracia española». Buscó amparo en la estructura del Partido Andalucista para poder hacer frente a los medios ilimitados con los que contaba el alcalde. Consiguió dos ediles en 1999 y tres en 2003 y escaló en el organigrama de la formación regionalista hasta que su carrera se cortó abruptamente tras la condena por el caso de los jugadores del San Pedro. Ahí acabó su carrera política, pero no su capacidad para adaptarse a situaciones adversas.
Sin embargo, ni todo ese talento ni la falta de escrúpulos explicarían por sí mismas que haya conseguido permanecer oculto durante tanto tiempo si no se contara con el hecho incontestable de que no se puso la energía suficiente para buscarlo.
Su hermano reveló esta semana en una entrevista concedida a SUR que el pasaporte de Fernández siguió en la mesita de noche de la habitación del exedil después de que la policía registrara su vivienda. Con esa documentación y con dinero en efectivo pudo escapar y comenzar su nueva vida.
Los 11 años en los que desapareció al control de las autoridades crearon casi un mito y dieron lugar a teorías incontrastables e incontrastadas. Desde que era el garganta profunda que había dado datos claves para desmantelar la mafia del Ayuntamiento hasta que era otra mafia la que lo protegía. Pero lo único comprobable es que el interés mediático por la figura del prófugo fue muy superior al interés policial y judicial. En los archivos de la policía argentina figura un requerimiento de Interpol desde el año 2012 y una orden de busca y captura de la Audiencia Nacional desde 2014. Lejos de explicaciones fantásticas, la burocracia y la desidia institucional parecen haber sido sus principales aliadas en todo este tiempo. Y con toda probabilidad, si es que una sorpresa de última hora no rompe con los pronósticos, las que habrán impedido que se siente en el banquillo para rendir cuentas.

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Desidia
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Héctor Barbotta | 22-09-2017 | 4:09| 0

CARLITOS FERNÁNDEZ bis.cdr

 

La detención en Argentina del exedil de Marbella Carlos Fernández, prófugo desde hace más de once años, ha disparado las teorías conspirativas. Es lo que suele suceder cuando no se encuentran explicaciones convincentes a un hecho inusual, pero también cuando las explicaciones son tan simples que resultan inverosímiles.
En este caso, que ha mantenido abierto durante más de una década un paréntesis más de incógnita que de preocupación, las teorías apuntan a que Carlos Fernández pudo escapar porque era un confidente de la policía que aportó datos claves que permitieron sacar a la luz la telaraña de corrupción que tenía atrapado al Ayuntamiento de Marbella. No es la primera vez que se expanden estos rumores, pero a poco que se conoce cómo se desarrolló la investigación del ‘caso Malaya’ se llega a la conclusión de que no tienen más sustento que la mera sospecha.
La teoría de la colaboración no ayuda a explicar cómo se llegó a desenmarañar la trama y la lectura de la sentencia, un fallo que dejó escapar indemnes o con castigo mínimo a muchos de los protagonistas, permite concluir que los investigadores hicieron todo lo que pudieron, pero que no llegaron tan lejos como les hubiese permitido la colaboración de un arrepentido, figura que por otra parte no existe en la legislación española. Cualquier policía descubierto ofreciendo impunidad al exconcejal a cambio de colaboración hubiese acabado haciendo compañía tras los barrotes a los condenados.
La teoría que viste a Carlos Fernández con el traje de un topo se basa en lo inexplicable que resulta que un sospechoso de un caso con tanta atención mediática haya podido eludir la persecusión durante tanto tiempo.
Y ante este interrogante es posible que la respuesta más verosímil sea la más sencilla. ‘Malaya’ fue un caso que despertó más interés entre los medios de comunicación y el público que entre quienes tenían la obligación y los medios para buscar y poner al exedil a disposición de la justicia. La trama de corrupción en Marbella dejó de ser un foco prioritario de interés para el Estado en el momento en que Gil se vio obligado a expandir su poder a Ceuta y Melilla y la propia ‘operación Malaya’ fue más producto del interés y el tesón de un juez de 34 años y de dos policías también jóvenes que de quienes se situaban en las más altas cimas de la administración del Estado.
Fernández pudo gozar de su década de impunidad y podrá acceder a la más que probable prescripción de los presuntos delitos por los que se lo perseguía simplemente porque, al igual que sucedió con otros prófugos de la corrupción en Marbella, no se lo buscó.

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Un misterio
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Héctor Barbotta | 22-09-2017 | 4:02| 0

A dos semanas de la moción de censura que propició un cambio de timón en el Ayuntamiento de Marbella y tras un corto intervalo de transición, la ciudad ya parece instalada en su nuevo escenario. El nuevo gobierno municipal, volcado en un frenesí de anuncios que incluye planes de choque y anuncios para el futuro cercano que parecen transmitir el mensaje de una ciudad paralizada durante dos años y necesitada ahora de una gestión vertiginosa. La oposición ha regresado al primer plano tras una corta tregua más enfocada a reordenar las propias fuerzas que a conceder un periodo de gracia al nuevo equipo de gobierno. Lo ha hecho para denunciar que detrás de estas dos semanas no ha habido más que golpes de efecto vacíos de sustancia. Unos y otros parecen haber asumido ya su nueva situación, incluido el exalcalde, protagonista de una fotografía tan inusual como saludable: la de un político regresando a su trabajo anterior. A la hora de buscar explicaciones a los motivos por los que el tripartito se rompió para dar paso a una moción de censura, se han esparcido rumores y teorías de lo más exóticas y estrafalarias, y sin embargo llama la atención la falta de referencias a un misterio que tiene a media Marbella desconcertada. Cuando el PSOE consiguió en 2015 la Alcaldía de Marbella, contra pronóstico y de manera inesperada, muchos vaticinaron con razón que el Partido Socialista, sus principales dirigentes y las instituciones que gobiernan, especialmentela Junta de Andalucía, se volcarían de manera decidida. El de Marbella fue un ayuntamiento tradicionalmente gobernado por el PSOE y que los socialistas perdieron en 1991 con el aluvión de Gil. Cuando lo recuperaron hace dos años tras una travesía del desierto de casi cinco lustros, se convirtió en su mayor cuota de poder institucional en la provincia. Sin embargo, pasaron los años y el alcalde socialista de Marbella fue sistemá- ticamente ignorado por su partido. Solamente hubo dos visitas institucionales de la presidenta de la Junta de Andalucía –una de ellas obligada por las inundaciones de diciembre del año pasado–, los inexpertos concejales socialistas se vieron solos, sin respaldo técnico en la maraña administrativa del Ayuntamiento pese a la crisis provocada por la anulación del PGOU, y no hubo el más mínimo avance en la resolución de las cuentas del Gobierno andaluz pendientes con Marbella. Las obras del Hospital Costa del Sol, con siete años de paralización, o el proyecto de ampliación del puerto de la Bajadilla, olvidado en un cajón, son las dos pruebas más llamativas de esta actitud incomprensible, de esta oportunidad perdida. Un suicidio político que constituye un misterio imposible de resolver.

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Pasos decididos
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Héctor Barbotta | 12-09-2017 | 1:08| 0

GOBIERNO MUNICIPAL TRAS MOCIÓN.cdr

La tradición ordena en una de esas normas no escritas, que suelen ser las que más se respetan, que los nuevos gobiernos cuentan con cien días de gracia. Alguien podía suponer que la regla no rige en situaciones especiales y que después de haber sido desplazados por una moción de censura inesperada, los ahora grupos de la oposición se la iban a saltar para arremeter contra el nuevo equipo de gobierno a las primeras de cambio. Sin embargo, desde el relevo en el sillón de la Alcaldía los grupos de la oposición han mantenido un llamativo silencio. Es difícil todavía concluir cuáles son los motivos de esta desaparición del escenario público, que seguramente será momentánea y que no afecta a las redes sociales, donde los afines a los grupos desplazados no han parado de lanzar ataques a los nuevos gobernantes y acusaciones de esas que no resisten el paso del subsuelo de las redes a la superficie de los pronunciamientos formales. Se desconoce si el silencio mantenido desde el pleno de la moción de censura se debe a que aún hay poco que decir porque el nuevo gobierno no ha alcanzado todavía su velocidad de crucero, si es porque efectivamente Ángeles Muñoz y su equipo disfrutarán de sus cien días de gracia o si obedece a que como el golpe ha sido tan duro e inesperado, los concejales desplazados del poder también necesitan tiempo para asimilar las nuevas circunstancias y organizar sus vidas personales y profesionales según la situación sobrevenida. De momento los concejales no abren la boca y le dejan la labor de oposición a los memes de Tuiter y Facebook.
Éste ya no es el país que hace poco más de un lustro convirtió la indignación con la crisis y con el funcionamiento de las élites políticas en un estado de cabreo general que alumbró en primer lugar una ruptura generacional conocida como 11-M y posteriormente la aparición de nuevas fuerzas que llegaban para plantear una enmienda a la totalidad del sistema. Sólo de esa manera se entiende que el aumento en las remuneraciones de los concejales –que supone en suma dedicar más recursos públicos a los ediles del gobierno y también de la oposición, con aumentos para los primeros de hasta 10.000 euros al año– no haya pasado a ocupar, a fuerza de protestas, un lugar destacado en la agenda pública. Es posible que ello se deba a que tanto unos como otros han salido bien parados del nuevo reparto, sino también a que la mayor parte de los vecinos hayan comprendido, primero, que a los políticos no hay que exigirles que cobren poco sino que se ganen lo que cobran. Y segundo, que impedir que la oposición cuente con ediles a tiempo completo no es más que una manera sutil pero sucia de evitar que la acción de gobierno pueda ser controlada. Que se hayan evitado los debates demagógicos sobre esta cuestión bien podría ser interpretada como un signo doblemente positivo: de que la situación general ya no es tan desesperada como algunos años atrás, por un lado, y de que la Marbella política ha alcanzado un cierto grado de madurez y está dispuesta a debatir no cuestiones insustanciales y secundarias, sino los asuntos de fondo.
Posiblemente con la conciencia de que la mayor parte de la demanda vecinal se dirige a una mejora rotunda de la gestión del día a día, y también de que 20 meses dan para lo que dan –en el equipo de gobierno hablan de solamente 18 meses porque desde el momento en el que se convocan las elecciones municipales la acción política desde la institución se reduce sustancialmente– no se han escuchado en estos días, ni posiblemente se escucharán en los próximos, ningún gran anuncio estratégico sobre el futuro de la ciudad.
Por el contrario, el equipo de gobierno –que se está terminando de configurar con la contratación de los últimos colaboradores y asesores– ha preferido comenzar con un par de decisiones que pueden entenderse como golpes de efecto.
El más esperado y por lo tanto menos sorpresivo ha sido la puesta en marcha de un plan de choque de limpieza. Después de haber convertido la gestión de esa área en el núcleo de su argumentario desde las filas de la oposición, el llamado plan de choque no ha sorprendido a nadie. Lo que aún falta por comprobar es si más allá de los golpes de efecto habrá argumentos cuando hayan transcurrido algunos meses para asegurar que efectivamente la ciudad está más limpia como consecuencia de una mejor gestión de los recursos municipales.
La segunda actuación que ha causado más impacto no puede asegurarse que haya sido planificada como un golpe de efecto, pero no se puede dudar de que ha tenido ese resultado. A los dos días de llegar el equipo de gobierno ha ordenado el cese del permiso concedido al hotel Sisu para la emisión de música. Este establecimiento se había convertido, no solamente por el ruido y las molestias a los vecinos, en una referencia de todo lo indeseable que durante los meses de verano pareció inundar la ciudad. Además de emitir música a deshoras y de convertirse en punto de encuentro de descamisados, el hotel está siendo objeto de una investigación policial por un incendio provocado intencionalmente en una de sus zonas comunes durante el pasado abril. Ahora el Ayuntamiento ordena el cese de cualquier actividad en su interior que no sea la hotelera y el mensaje parece poder leerse como que este equipo ha resuelto en dos días un problema al que su antecesor asistió con impotencia durante dos años.
En una dinámica idéntica puede entenderse también el anuncio realizado sobre la apertura dentro de dos meses de la infraestructura deportiva en superficie del Francisco Norte, un problema heredado que se convirtió en una cicatriz inasumible en pleno centro de Marbella y que el gobierno del tripartito tampoco fue capaz de solucionar durante más de dos años.
La alcaldesa también se ha sumado a esta estrategia de golpear duro al principio y ha querido que se visualice su mano ante el gobierno central con una visita la Ministerio de Hacienda, donde su reclamo de que se permita incrementar el techo de gasto, una losa que pesó sobre la gestión del tripartito durante todo este tiempo, ha recibido ahora buena acogida. Es lo que podría llamarse política institucional-partidista.

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Burbuja
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Héctor Barbotta | 12-09-2017 | 9:58| 0

El fenómeno avanza imparable. Málaga y Marbella ya tienen más plazas de apartamentos turísticos que camas hoteleras. En una ciudad como Málaga, con sus dimensiones de gran urbe y su explosión turística tardía enfocada a un turismo urbano y cultural, las cifras pueden obedecer a cierta lógica. En Marbella, sin embargo, con su tradición hotelera de medio siglo y un modelo turístico que necesita cimentarse en un servicio de alto valor agregado, esas mismas cifras deberían llamar a la reflexión y posiblemente también activar algunas alarmas.
La profusión de apartamentos turísticos comercializados gracias a las herramientas que facilita Internet es un fenómeno relativamente nuevo, pero a poco que se rasca en el debate acerca de sus consecuencias es como si nos encontráramos en las discusiones de la década anterior, cuando la disyuntiva no era entre hoteles y apartamentos, sino entre turismo convencional y turismo residencial. En plena expansión de la burbuja inmobiliaria, aquel era un debate que solía acabar siempre con una pregunta: ¿Por qué lo llaman turismo cuando de lo que se trata es de vender casas?
Ahora, con los apartamentos turísticos, hay una realidad que en algún sentido recuerda a la anterior. Es verdad que en las sociedades avanzadas han aparecido nuevas formas de viajar y también nuevas formas de comercializar toda clase de productos, muchas veces bajo el amparo de la falta de regulación por la propia condición novedosa de esos productos. Pero también es verdad que muchos de los inmuebles que hoy encuentran salida comercial bajo el amplio paraguas del turismo son herencia de la burbuja inmobiliaria, que la presión turística está echando a los vecinos de algunas zonas urbanas –y por lo tanto modificando sustancialmente la configuración social de las ciudades– y que el modelo turístico que se sustenta en apartamentos alquilados por Internet difícilmente puede convivir con aquel que se basa en hoteles con alta calidad de servicios. No se puede aspirar simultáneamente a un objetivo y también al contrario.
Tampoco puede ignorarse que la actual demanda turística que parece no tener límite es producto de una situación conflictiva en el Mediterráneo que no durará toda la vida, y que un modelo basado más en la cantidad que en la calidad asegura el pan para hoy y augura el hambre de mañana.
Sólo los ilusos y los fanáticos impenitentes pueden confiar en que la mano invisible del mercado encontrará por sí sola la respuesta adecuada a una situación nueva y compleja que puede determinar el futuro de nuestro sector estratégico. No deberíamos olvidar que lo peor de las burbujas es que al final explotan, y que la onda expansiva nunca se sabe hasta dónde puede llegar.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella