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Autor: HectorBarbotta
Punto final a 24 años de escaramuzas
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Héctor Barbotta | 01-07-2015 | 11:37| 0

El delegado del Gobierno andaluz en Málaga, José Luis Ruiz Espejo, y el alcalde de Marbella, José Bernal, anunciaron el jueves pasado una nueva era en las relaciones entre el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía, y para no desmentir declaración tan solemne, al día siguiente el flamante consejero de Turismo, Francisco Javier Fernández, se desplazó hasta la ciudad para presidir el acto de entrega de banderas azules a playas y puertos andaluces.
Durante 24 años, con el único intervalo de los 14 meses de la gestora, las relaciones entre el Ayuntamiento de Marbella y la Junta de Andalucía fueron convulsas. En la larga noche en la que a la cabeza de su banda se dedicó a saquear Marbella, Jesús Gil agitó el fantasma de la discriminación para desacreditar cualquier atisbo de límite que desde la Administración autonómica se le quisiera poner a la depredación del territorio con la que engordaba el botín. En ese aislamiento institucional calculado encontró además la excusa para destinar a llenar sus bolsillos y los de sus secuaces el suelo que debería haber puesto a disposición de la Administración autonómica para que se levantaran colegios, institutos y centros de salud. Y la verdad es que por comodidad, por cobardía o por ineptitud de quienes hubiesen podido pararlo gozó de manos libres durante doce larguísimos años.
Durante su breve etapa al frente del Ayuntamiento, Julián Muñoz intentó un tímido acercamiento para intentar lavar cara, imagen y posiblemente también el destino carcelario que se le venía encima, pero todo estaba tan podrido y el propio alcalde tan sumergido en la mierda que cualquier entendimiento fue imposible.
Llegó el turno de la gestora y la Junta aparentó volcarse con la ciudad. Hubo visitas del entonces presidente y de consejeros, se devolvieron las competencias urbanísticas y hasta se eligió a Marbella para anunciar que el tren llegaría a San Pedro Alcántara en el otoño de 2013. De aquella breve luna de miel, interrumpida cuando el resultado de las elecciones municipales de 2007 alteró la hoja de ruta trazada desde San Telmo, quedan dos de los legados que llegan hasta hoy: el anticipo reintegrable de 100 millones de euros concedido para evitar la quiebra del Ayuntamiento y cuyo importe se calculó según las inversiones que la Junta había dejado de realizar y el comienzo de la tramitación del Plan General.
El préstamo y el PGOU se convirtieron con el tiempo en un pesado lastre para el desarrollo de la ciudad. El primero, porque su devolución se pactó en unas condiciones imposibles de cumplir en un periodo de grave crisis económica; el segundo, porque la fórmula que se pergeñó para evitar el derribo de miles de viviendas ilegales fue un sistema de compensaciones que en la práctica se reveló imposible de cumplir y convirtió a la delegación de Urbanismo en un embudo burocrático donde se atascaron cientos de proyectos y se puso a prueba la paciencia de los inversores.
Las relaciones de Ángeles Muñoz con la Junta posiblemente se puedan dividir en dos etapas. En la primera, Marbella se convirtió en uno de los principales altavoces del discurso del PP contra el gobierno andaluz. El relato oficial era el de una ciudad ignorada y maltratada por la Junta. Por aquel entonces, la apuesta de Ángeles Muñoz se llamaba Javier Arenas y en esa única dirección puso el timón de su estrategia. Después del grave trauma que supusieron para el PP los resultados autonómicos de 2012 se intentó un cambio de rumbo y de discurso, pero para entonces ya era tarde. La confrontación desde un lado era respondida por desprecio desde el otro. Que ninguno de los tres presidentes que ha tenido Andalucía en los últimos ocho años haya entrado por la puerta del Ayuntamiento ilustra cuál ha sido el lugar que ocupó la ciudad en los despachos de Sevilla.
Ahora se anuncia un nuevo tiempo. El signo político ha cambiado y en el PSOE son conscientes de que la oportunidad para consolidar el poder municipal recuperado tras un cuarto de siglo gracias a una alianza multicolor pasa en gran medida por cómo se retrate la Junta en Marbella durante los próximos cuatro años.

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Golpes de realidad
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Héctor Barbotta | 25-06-2015 | 9:52| 0

Si la alternancia democrática tiene varias virtudes, no es la menor la empatía que se adquiere. Quienes se van a la oposición entienden que no tiene ningún sentido ejercer el gobierno negándole a sus adversarios hasta el derecho a respirar dentro de las instituciones. Quienes se encuentran con el bastón de mando se ven obligados desde el primer día a hacer mucho de aquello de lo que criticaban antes de llegar.

En Marbella el nuevo equipo de gobierno lleva más de una semana dando pasos lentos para conformar el nuevo organigrama municipal, que después de años de críticas a la proliferación de cargos de confianza descansará sobre todo en cargos de confianza. Se asegura que serán menos de los que existían hasta ahora y que sus remuneraciones serán sensiblemente más austeras, pero no debe descartarse que se haya asimilado ya que por muy preparados que estén los funcionarios, una gestión política necesita también de cargos que operen con criterios políticos.

Durante demasiados años las instituciones han funcionado como agencias de colocación de los partidos, de devolución de favores y de pago de fidelidades, y lógicamente ha habido un hastío ciudadano contra tanto abuso y una reacción política que debe traducirse en límites y transparencia a la hora de designar colaboradores. Pero el golpe de realidad demuestra que bramar contra prácticas inevitables tiene una densa carga de demagogia.

En Cádiz, su nuevo alcalde también se ha tenido que dar de bruces con la realidad: el bastón de mando, de momento, no para desahucios. Hay quien ha querido ver demagogia en su actitud de acercarse a la vivienda donde se estaba ejecutando un lanzamiento , y otros la han interpretado, con mal disimulado regocijo, como una demostración de que con la buena voluntad no alcanza. Las críticas le han llovido al flamante regidor, y cabe preguntar si no le habrían caído también de haberse quedado en el despacho. La política no puede ser sólo gestos, pero sin gestos no hay política posible.

También están los que celebran estos días la manera en que la Comisión Europea, el Banco Central y el FMI le están haciendo entender al Gobierno griego que quiera o no quiera su gente la tendrá que pasar todavía un poco peor.

Las negociaciones entre la Troika y las autoridades helenas han venido a demostrar una doble realidad: la primera es que aquello que los griegos soñaron y por lo que votaron está lejos de poder cumplirse. La segunda es que los dueños del dinero no se pueden permitir que esos sueños y ese voto se conviertan en epidémicos. No quieren que Grecia sea un ejemplo; la prefieren como escarmiento.

 

 

 

 

 

 

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Política por otros medios
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Héctor Barbotta | 22-06-2015 | 5:19| 0

Hay quienes sostienen, invirtiendo la tesis de Clausewitz, que la política no es otra cosa que la continuación de la guerra por otros medios. Las trincheras irreconciliables que se siguen viendo aún en nuestros días no ayudan precisamente a desmentirlos.
Pero hay otros que van más allá, y en lugar de alterar la tesis del militar prusiano prefieren perpetuar a Torquemada. Para ellos, la política es la continuación por otros medios de la Inquisición, o al menos de su versión del siglo XX, el macarthismo. La ventaja de esta variante es que a la guerra los contendientes acuden en igualdad de condiciones, mientras que a los juicios inquisitoriales los enemigos son llevados inermes.
Llevamos tres días enfrascados en dos polémicas sin duda esenciales para el futuro de los españoles: los meñiques de la alcaldesa de Jerez y unos chistes sin gracia y de pésimo gusto que un tipo compartió en Tuiter hace cuatro años, cuando seguramente no se le pasaba por la cabeza no ya ocupar un cargo público, sino dedicarle un minuto de su vida a la política institucional. Alguien podría pensar que no tenemos problemas más importantes, que el vuelco político que arrojaron las urnas no se debe a un descontento más o menos generalizado con cómo está el país, y que no hay graves problemas sin resolver que merecerían más de nuestra atención. El motivo no es ése, sino uno bastante más triste: es así como se concibe el ejercicio de la política.
Debe reconocerse el mérito que atesora quien ha rastreado la vida del ahora concejal hasta encontrar los tuits de hace cuatro años. Su trabajo y esfuerzo han dado un triple resultado, que hubiese sido menos efectivo de haber revelado el resultado de su sin duda esforzado trabajo cuando el investigado fue incluido en la lista electoral. Primero, ha conseguido golpear a la nueva alcaldesa de Madrid apenas iniciado su mandato. Segundo, ha permitido explicar qué le espera de ahora en más a los recién llegados. Tercero, ha invitado a recelar de quienes cierran sus perfiles en las redes sociales; seguro que albergan aspiraciones políticas.
La política, más que cualquier otra actividad donde el personal se juega su supervivencia y su manutención, es la guerra. Ayer se cumplieron siete años de la ‘operación Astapa’, que puso patas arriba el Ayuntamiento de Estepona y alumbró la ficción de que nos encontrábamos ante una segunda versión del ‘caso Malaya’.
Transcurrido todo ese tiempo hay motivos para creer que detrás de tanto despliegue de policías armados y encapuchados y de autos judiciales había poco más que cáscara. Y nos permite albergar la sospecha de que en algunos casos también la justicia es la continuación de la política por otros medios.

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Una oportunidad
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Héctor Barbotta | 14-06-2015 | 6:01| 0

Peter Stringer es un personaje desconocido en España, pero una celebridad en su país, Irlanda, en cuya selección de rugby ha jugado 85 partidos internacionales, incluida la participación en dos mundiales y con la que ha ganado el mítico torneo de las Seis Naciones.
Stringer, una estrella del deporte que en muchas ciudades europeas no podría andar cien metros por la calle sin que alguien le pidiera un autógrafo o una foto, se casó el pasado martes. En Marbella.
Ese mediodía, mientras el mundo político de la ciudad permanecía en vilo a la espera de saber hacia dónde se decantaría la opción de gobierno municipal, los alrededores de la Iglesia de la Encarnación eran un hervidero de fotógrafos británicos e irlandeses intentando cazar con sus objetivos a la multitud de estrellas del rugby irlandés que habían acudido a Marbella a acompañar a su compañero. Siendo el rugby un deporte muy minoritario en España, los vecinos que pasaban por el lugar lo hacían sin percatarse de las causas de semejante revuelo. Peter Stringer podría haber elegido cualquier ciudad de Europa para casarse, pero eligió Marbella. Y es seguro que el director comercial de algún hotel de cinco estrellas de la ciudad con decenas de trabajadores en nómina habrá agradecido esa decisión. La foto de los novios saliendo de la Iglesia de la Encarnación estaba el miércoles en todos los periódicos irlandeses. Y el nombre de Marbella, también.
Muchas de las cosas extraordinarias que suceden en la ciudad pasan desapercibidas para la mayor parte de los vecinos, y aunque ese sea uno de sus mayores activos no estaría mal a veces tomar conciencia de hasta dónde llega la importancia que supone ser depositario de la riqueza intangible de una marca turística de renombre mundial. Y qué importante es que nadie, desde dentro de la ciudad, conspire voluntaria o involuntariamente contra su prestigio.
Durante estos días en los que se debatió si las alianzas políticas iban a empujar al Ayuntamiento hacia un gobierno de continuidad o hacia un cambio de destino incierto, uno de los argumentos que se utilizó por quienes apoyaban o eran parte de la primera opción era que una alianza multicolor crearía desconfianza en las empresas y conspiraría contra el entusiasmo inversor.
El argumento podía ser legítimo a la hora de intentar torcer la balanza, pero una vez resuelta la incertidumbre sobre quién se sentaría en el sillón de la Alcaldía debería pasar a formar parte de una discusión superada.
Marbella tiene ya nuevo alcalde a quien habrá que juzgar por los resultados de su gestión, y un equipo de gobierno cuyo mayor desafío es funcionar como tal y no como una amalgama de intereses diversos. El discurso de nosotros o el caos puede valer como argumento electoral, incluso como modo de presión para intentar salir victorioso de un proceso negociador, pero mantenerlo una vez que el partido ha finalizado y ha comenzado otro puede tener el efecto de la profecía autocumplida. Lo que menos necesita la ciudad en este nuevo tiempo es que se siga azuzando el miedo. A partir de este momento será cuando se vea qué lugar ocupan entre las prioridades de cada uno los intereses propios y los generales de todos los vecinos.
El nuevo gobierno se presenta con el compromiso de actuar con transparencia, de poner el foco en el sector más desfavorecido de una ciudad de abismos sociales y de mejorar la dotación de servicios públicos a través de un desembarco inversor que salde una deuda histórica de infraestructuras que se arrastra desde hace ya tres décadas. Esa es su prioridad y a lo que se ha comprometido.
La oportunidad de que se realicen ahora estas inversiones y de aliviar el peso de la deuda con la Junta –del mismo modo que lo hizo la alcaldesa saliente con la que se mantiene con el Estado–, además de demostrar una vez más que las instituciones se utilizan en este país como parte de las estrategias políticas es la principal baza del nuevo alcalde, pero también un compromiso sobre cuyo cumplimiento se le juzgará cuando llegue el momento de presentar las cuentas de su gestión. El resultado de las urnas y la capacidad de tejer una alianza de gobierno le han hecho merecedor de una oportunidad. Es hora de dejar que hablen los hechos.

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La coincidencia que selló el acuerdo
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Héctor Barbotta | 14-06-2015 | 5:59| 0

Fueron horas de negociación a cuatro bandas en las que los negociadores designados por los cuatro partidos debatieron en tres sesiones diferentes hasta llegar a la redacción de un documento que ha quedado como el marco común de acuerdos que refleja 15 compromisos de gobierno; algunos bastantes concretos y la otros lo suficientemente difusos como para que no sea posible pedir cuentas sobre su cumplimiento y mucho menos poder ser utilizado como argumento para romper un pacto. Pero las dos reuniones que resultaron definitivas para que Opción Sampedreña se decantara por inclinarse hacia el pacto de izquierdas y no por dar sustento a un nuevo gobierno del Partido Popular no tuvieron lugar en Marbella ni junto a una mesa capaz de acoger a más de una docena de participantes en representación de cuatro fuerzas políticas diversas. Los encuentros realmente determinantes tuvieron lugar en Málaga, discretamente, alrededor de una mesa más reducida y sólo con miembros de dos partidos: el PSOE y Opción Sampedreña.
Cuando el martes 26 de mayo, apenas dos días después de las elecciones municipales que le dieron la llave del nuevo gobierno municipal, el líder de OSP, Rafael Piña, compareció para anunciar cuáles eran sus condiciones para la negociación, adelantó que no sólo pediría un compromiso al PSOE de que garantizara los acuerdos a los que se llegara sobre inversiones de la Junta de Andalucía en el municipio; reclamó un compromiso de la Administración autonómica al más alto nivel posible.
La Junta como tal no participó en las conversaciones –algo que no hubiese sido ni ético, ni estético y ni siquiera legal–, pero Piña sí consiguió llevar sus exigencias hasta la dirección del PSOE andaluz. Concretamente hasta Francisco Conejo, secretario de Política Institucional del PSOE de Andalucía.
La primera de estas reuniones tuvo lugar el jueves 4 de mayo. Sobre la mesa estuvo un proyecto sobre el que OSP lleva meses reclamando derecho de autor: la refinanciación de la deuda municipal con la Junta de Andalucía y, sobre todo, la amortización de al menos parte de ella con la ejecución de la infinidad de obras pendientes de la Administración autonómica en Marbella. La segunda, y que según admiten en OSP fue definitiva a la hora de adoptar la decisión conocida, se celebró el pasado martes, horas antes de la reunión del Consejo Consultivo en la que la opción de investir alcalde al socialista José Bernal se impusiera por un lapidario resultado de 24 votos a 3.
En este encuentro participaron por el PSOE, además de Bernal y Conejo, el delegado del Gobierno andaluz en Málaga, José Luis Ruiz Espejo, aunque no lo hizo en condición de tal. En el PSOE son escrupulosos a la hora de asegurar que los compromisos fueron adquiridos por el partido, no por la institución. Sin embargo, a nadie escapaba que al mismo tiempo en que OSP se decantaba por la opción del cuatripartito, Susana Díaz conseguía en Sevilla el apoyo de Ciudadanos para sentarse durante cuatro años más en la presidencia de la Junta y que por lo tanto no habría nuevas elecciones autonómicas. Era lo que faltaba para decidirse a OSP, desde donde se asegura, sin que en el PSOE lo ratifiquen, que algunas de las obras que se harán a cuenta de la deuda son las que San Pedro lleva reclamando: la ampliación de su ambulatorio, la construcción del de Nueva Andalucía, la rehabilitación del colegio Miguel Hernández y el acceso directo desde Fuente Nueva a la carretera de Ronda. Para el partido sampedreño estas obras resultan esenciales y es seguro que las pondrán encima de la mesa cuando, según han anunciado, dentro de dos años evalúen cómo ha ido el desarrollo del pacto.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella