Diario Sur

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Autor: HectorBarbotta
La pinacoteca invisible
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Héctor Barbotta | 06-02-2017 | 10:15| 0

 

No ha pasado mucho tiempo, hablando en términos históricos, desde que en la ciudad de Málaga se decidió que había que hacer algo para entrar en los circuitos turísticos. La capital no era más que una ciudad retaguardia de la Costa del Sol que albergaba al aeropuerto al que llegaban los millones de turistas que mayoritariamente ponían rumbo al litoral occidental apenas posaban un pie en tierra. Los cruceristas que llegaban al puerto pasaban directamente del barco a los autobuses que los llevaban a Granada o a Gibraltar, de donde regresaban con el tiempo justo para volver a embarcar y poner proa a un nuevo puerto.
En Málaga entendieron con buen criterio que el primer paso no debía ser ir a buscar a los turistas a Londres o a Madrid, sino a donde ya estaban, a la Costa del Sol, con una oferta que fuera complementaria del litoral con su sol y playa y su erial cultural.
Cuando Málaga inició aquella apuesta estratégica, que tuvo miras más altas de las habituales que sólo toman en cuenta qué cintas pueden cortarse antes de la próxima cita electoral, Marbella no sólo ya contaba entre sus activos a los miles de turistas habituales y repetidores, sino también con un museo del grabado cuya oferta cultural es única en el país. La capital de la provincia, con una persistencia y una claridad de objetivos digna de admiración, ha conseguido en un tiempo corto si se habla en términos históricos pero larguísimo si se toman en cuenta los plazos que suelen imperar en la política, entrar en el circuito del turismo cultural y competir durante todo el año, gracias a su apuesta museística, con ciudades que la superan largamente en patrimonio monumental e histórico. La capital ya no apunta solamente a los turistas que están en la Costa del Sol, aspira a un mercado propio y lo consigue.
En ese tiempo en el que Málaga consiguió un lugar de relevancia en el turismo cultural, el logro de Marbella fue llevar al Museo del Grabado Español Contemporáneo a la más absoluta irrelevancia. Aquí ya estaban los turistas y ya estaba el museo, pero la ciudad fue incapaz de conectarlos.
Existe un episodio que habla a las claras de la falta de visión estratégica de una ciudad que parece estar conforme con lo que tiene sin aspirar a más y que no se ve impulsada a hacer nada salvo sentarse a esperar que la fortuna le siga sonriendo. Cuando el alcalde de Málaga llevó a Rusia la propuesta para montar un museo de pintura de ese país lo hizo valiéndose de los servicios del abogado marbellí Ricardo Sánchez Bocanegra. Aquí estaban los residentes rusos, que desembarcaron en masa en los primeros años de esta década, y estaba la persona capaz de tender los puentes para contar con semejante equipamiento cultural, pero el museo se lo acabó llevando Málaga.
Es posible que los promotores de esa iniciativa cultural que Marbella no llegó ni a oler pese a que reunía condiciones para al menos intentarlo, ni siquiera tuvieran noticia de que en esta ciudad ya había un museo con fondos únicos en España. De hecho, es algo que ignoran la gran mayoría de los turistas que visitan la ciudad y, no nos engañemos, una buena parte de sus vecinos y residentes permanentes.
Los últimos episodios, algunos chuscos, que han rodeado al Museo del Grabado demuestran cuál es el estado de una institución que debería constituir la vanguardia cultural de Marbella, no sólo como complementariedad de su oferta turística sino, sobre todo, como foco de actividades para los ciudadanos que viven aquí todo el año.
Uno de los más significativos fue el del cierre de la pinacoteca en julio de 2015 con el argumento de que debía comenzar los preparativos para su ampliación, unas obras que iban a ser financiadas por el Gobierno central y para las que por entonces ni se había fijado fecha de inicio. Después de aquello, y sin que las obras hubiesen comenzado, se produjo el desplome de parte del inmueble contiguo que había sido cedido para esa actuación.
Antes del inicio del pasado verano, y con la excusa de que había que tenerlo abierto ante la llegada de turistas, la pinacoteca volvió a abrir sin que hubiese noticia de las obras de ampliación. Nadie supo explicar por qué había estado un año cerrado.
La semana pasada se supo que el museo lleva descabezado desde octubre tras prescindir de la persona que estaba al frente. Esa decisión no sólo no se comunicó ni se explicó, sino que se intentó ocultar –y de hecho se logró– durante tres meses. Sólo una entidad que pese al extraordinario valor de sus fondos ha caído en la más absoluta irrelevancia puede permanecer sin dirección todo ese tiempo sin que nadie lo note, del mismo modo que había estado un año cerrada sin justificación y aparentemente sin que a nadie le preocupase.
El último episodio es aún más chusco y habla del descontrol de una entidad que debería ser modelo de gestión: el embargo de las cuentas del museo después de que no se pagaran unas obras ejecutadas por el Ayuntamiento precisamente para apuntalar el inmueble contiguo, cedido para la ampliación y cuya estructura cedió finalmente al abandono.
El caso es que las cuentas del museo fueron embargadas por el Patronato de Recaudación, un mero intermediario en esta historia, después de que desde el Ayuntamiento se dictara la providencia de apremio sobre la deuda. El museo es de titularidad municipal, con lo que se produjo la absurda situación de que el Ayuntamiento se ha embargado a sí mismo.
El Museo del Grabado funciona jurídicamente como una entidad sin ánimo de lucro y se financia tanto mediante aportaciones municipales como de otras instituciones públicas y privadas. Por ello, aunque no todos los recursos tienen que salir de las arcas municipales, sí debe ser el Ayuntamiento el que tome la iniciativa y decida qué va a hacer, a quién va a nombrar director y cuáles son los planes para la ampliación. Todo ello debería tener un reflejo en los próximos presupuestos. Y si no hay dinero, se debería reconocer con pelos y señales, explicar cuáles son los planes de futuro y trazar un plan para financiarlos. Porque vista toda la trayectoria reciente y asistiendo a esta agonía interminable bañada de silencio lo que parece es que no se trata de una cuestión presupuestaria, sino de liso y llano desinterés. O de no tener ni la más pajolera idea de qué hacer, lo que sería aún peor.

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Sigue el cachondeo
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Héctor Barbotta | 06-02-2017 | 10:11| 0

Isabel Pantoja ha regresado a la televisión convertida en trending topic y la primera conclusión que se puede sacar es que las cadenas de televisión siguen encontrando en Marbella un motivo para el cachondeo mientras hacen caja. No se trata de divertirse con Marbella, sino a costa de Marbella y de sus vecinos. De faltarles el respeto sin pudor, de atacar su dignidad con la misma indigencia moral con que en su día se emitía aquella infamia del alcalde ladrón tumbado en un jacuzzi y rodeado de mujeres voluptuosas a medio vestir. La sociedad ha cambiado desde entonces, a mejor, pero las televisiones siguen revolcándose en la misma basura.
Posiblemente la escena de Gil en la bañera, con cadenas de oro sobre su oronda figura y flanqueado por señoritas en biquini ya no podría ser posible. La sociedad no admite sin protestar que se cosifique a las mujeres sin disimulo y además los políticos millonarios se ven de momento obligados a esconder su prosperidad. Pero eso no quiere decir que moralmente las televisiones hayan avanzado gran cosa.
Este lunes Isabel Pantoja reapareció en un programa de televisión tras haber pasado por la cárcel, condenada por haber blanqueado parte de la fortuna que su entonces compañero sentimental robaba a los vecinos de Marbella. Pero no hubo ni una mención a ese episodio, ni una muestra de respeto a la ciudad. Las víctimas de ciertos delitos están siempre en la primera página de algunas agendas, y está muy bien que así sea, pero otras parecen condenadas al ostracismo.
Antena 3 y el programa de Pablo Motos pactaron con una delincuente preguntas, tratamiento y hasta qué público asistiría al plató a cambio de unos puntos de audiencia. La delincuente impuso y la televisión aceptó. Ganaron los dos y perdió Marbella.
Cada comunicador tiene el derecho de construir su carrera como mejor le parezca, pero va a resultar muy difícil volver a tomarse en serio a Motos . El programa consiguió récord histórico, lo que demuestra que o hay mucha gente que no le gusta criticar lo que no ha visto o que a la teleaudiencia le da igual que la consideren descerebrada.
Algunos vecinos de Marbella podían pensar que la ciudad había ganado enteros durante los últimos años en la consideración de los programadores de televisión, sobre todo después de que se agotara el filón que explotaron durante los años en que los personajes que ellos mismos se habían encargado de encumbrar en horario de máxima audiencia desfilaban por juzgados y comisarías. Nada de eso. Nos siguen tomando para el cachondeo.

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Placaje fiscal al deporte
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Héctor Barbotta | 06-02-2017 | 10:09| 0

La calidad de vida suele aparecer en cualquier encuesta que se hace sobre Marbella, tanto a vecinos como a visitantes, a la hora de valorar cuáles son las principales virtudes de la ciudad. No pueden caber dudas de que algo tiene que haber para que exista tal conciencia, pese a que Marbella no suele aparecer en los rankings que periódicamente se publican siguiendo los parámetros de la OCDE, invariablemente encabezados por Vitoria, Girona y Palma de Mallorca.

El problema es que el de la calidad de vida es un concepto tan amplio que resulta difícil encontrar parámetros más o menos objetivos que permitan comparar unos lugares con otros. No basta con el de la renta, porque las ciudades con mayores rentas presentan también mayor carestía a la hora de acceder a la vivienda o a los productos básicos, ni el del nivel de paro, los equipamientos públicos, el acceso a la cultura, la red de transportes o incluso el clima. Se trata, seguramente, de una combinación de todos ellos y también de la percepción de los propios vecinos, que muchas veces no guarda relación alguna con los datos mensurables.

Y está también el problema de cuando se calcula una media. En Marbella, como en toda ciudad con una importante cantidad de vecinos con ingresos muy altos, el promedio para algunas medidas no ofrece más información que la de confirmar grandes brechas de desigualdad. Si en Marbella, por ejemplo, se sacara una media de la cantidad de suelo destinado a la práctica deportiva por número de habitantes, obtendríamos seguramente una cifra altísima. Pero si quitáramos de la ecuación a los campos de golf nos acercaríamos a la realidad de una ciudad en la que el deporte no es una práctica que resulte accesible a todos.

Muchas de las personas que se trasladan a vivir a Marbella desde otros puntos de Andalucía suelen tener un impacto a veces inesperado en sus bolsillos. Aquí casi todo es más caro, aunque los sueldos muchas veces son iguales. Eso también afecta a la vivienda y por supuesto al suelo y es posible que ello explique en parte, sólo en parte, por qué parece más difícil contar en Marbella con grandes instalaciones deportivas accesibles a todo el mundo como sí cuentan otros municipios vecinos. La otra parte de la explicación hay que encontrarla, cómo no, en los 15 años oscuros en los que ningún equipamiento público constituyó prioridad, y en los 11 que le han seguido, en los que prácticamente ningún problema urbanístico heredado encontró solución. Seguramente no hay metáfora más oportuna y explicativa que recordar que al día de hoy seguimos regidos por un Plan General con 30 años de antigüedad.

Por todo ello no debe llamar la atención que el equipo de waterpolo juegue en Torremolinos, que la práctica del atletismo esté subordinada a la agenda del equipo de fútbol o que los clubes de natación vivan en un conflicto permanente con la empresa privada que gestiona las piscinas construidas con dinero público en suelo público.

El rugby es un deporte minoritario en España, pero el esfuerzo sostenido del grupo que lo viene fomentando en Marbella desde hace casi 30 lo ha convertido en una práctica de gran implantación en la ciudad. El Marbella Rugby Club era hasta ahora una excepción en el panorama de magras instalaciones deportivas, pero hace unas semanas sus responsables se han dado de bruces con la triste realidad. El suelo que ocupan desde 1992 por una concesión administrativa del Ayuntamiento fue recalificado con el Plan General de 2010 -el que ya no existe- y cuando ese documento entró en vigor, al año siguiente, el Ayuntamiento (todavía bajo el gobierno del PP) se lo comunicó a la oficina del Catastro (Ministerio de Hacienda), que a su vez entendió que tenía que dejar de valer 90.000 euros para ser valorizado en 4,6 millones. Pretender que una entidad sin ánimo de lucro que apenas tiene para las tareas de mantenimiento pueda afrontar las cargas devengadas de ese valor es un acto de ceguera administrativa, de cinismo político o de ambos. El terreno comenzó a devengar el IBI correspondiente y en el club nadie fue informado de nada hasta que el pasado 22 de diciembre se encontraron con las cuentas bloqueadas y una deuda de 140.000 euros.

Cabe preguntarse por qué el Ayuntamiento no tomó en cuenta en su día que en el lugar se desarrollaba una práctica amateur y de gran contenido social (con más de 350 fichas, la mayor parte de niños y jóvenes menores de edad); por qué cuando se renovó la concesión del suelo se estableció que el club debía cargar con las obligaciones tributarias (según aseguró el viernes en el pleno la concejala de Deportes) pese a que se trata de una asociación sin ánimo de lucro; por qué el Patronato de Recaudación siguió adelante con el procedimiento de embargo pese a que no había constancia de que los responsables del club hubieran sido debidamente notificados, o por qué esas notificaciones se enviaron a direcciones erróneas pese a que otras comunicaciones, como una multa por una tala de árboles, sí se remitió al club. Y cabe preguntarse también, con toda esta sucesión de despropósitos, y porque la historia de esta ciudad es la que es, si alguien no habrá pensado que ese suelo, frente al Hospital Costa del Sol y al sur de la autovía, no debería tener un uso menos interesante desde el punto de vista social pero más lucrativo desde el punto de vista económico.

El club se encuentra ahora en un momento crítico, con su futuro amenazado y en medio de una situación compleja que seguramente no tendrá una solución fácil. Hay una deuda contraída por una entidad incapaz de asumirla, hay tres instituciones implicadas -el Ayuntamiento, el Patronato de Recaudación (dependiente de la Diputación Provincial) y la oficina del Catastro (dependiente del Ministerio de Hacienda)- y está el impiadoso mecanismo de la administración puesto en marcha. Hay que solucionar la situación desde este punto hacia adelante pero también quitar al club la losa de la retroactividad que aplasta su viabilidad futura.

Todo eso requiere de imaginación y asesoramiento solvente, pero sobre todo de una altura de miras que sólo un optimista impenitente podría pretender en la situación política actual. Donde hay confrontación hay que encontrar colaboración, y donde existe la tentación de quedarse sólo en cobrarle la factura política a quienes estaban cuando este problema se originó hay que encontrar a quien establezca como prioridad absoluta hallar la solución.

Quien sepa hacerlo seguramente no sólo se ganará el reconocimiento de las 350 familias que han encontrado en el club de rugby un lugar donde sus hijos puedan practicar un deporte que tiene en el respeto a los compañeros, a los adversarios y al árbitro su principal seña de identidad. También habrá cumplido con su obligación.

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Un espejo
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Héctor Barbotta | 28-01-2017 | 5:15| 0

De todas las catástrofes políticas que se han abatido en los últimos meses sobre el planeta es posible que la que tendrá más repercusión en la Costa del Sol es el Brexit. No posiblemente sobre la industria turística, pero sí sobre los miles de conciudadanos y vecinos de origen británico con quienes convivimos a diario.
Si se mira desde la perspectiva global, el Brexit será una gota comparado con el río de consecuencias que podrá tener sobre el mundo la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, aunque quizás no haya que hacer análisis separados. Ambos fenómenos comparten orígenes comunes: el fracaso de la política tradicional que abre paso a la penetración del discurso demagógico, la criminalización de inmigrantes y minorías, la nostalgia por una prosperidad sustentada en condiciones irrepetibles. Asusta mirar el mapa de Europa y ver cuántos países recrean el mismo escenario.
Además del temido efecto contagio, también son previsibles consecuencias comunes, por lo que es posible que en el futuro haya dificultades a la hora de identificar qué repercusiones sufriremos como resultado del Brexit y cuáles, derivadas del mandato de Trump.
La situación se está afrontando de manera dispar: mientras Alemania advierte de que la ruptura de los acuerdos comerciales decidida por Trump le abre oportunidades en el Pacífico y en América Latina, España ha reaccionado con los complejos acostumbrados en lugar de tomar el liderazgo que cabría esperar a la hora de ponerse en la primera línea de defensa del español. Una actitud más audaz podría reportar grandes réditos en el futuro, y no sólo culturales, pero la asunción de riesgos no está ni remotamente en el adn de este gobierno.
La llegada de un presidente misógino, supremacista y xenófobo es un terrible golpe moral, pero deberíamos aprovechar esta situación para ponernos frente al espejo y no para situarnos en el pedestal de superioridad moral que adoptamos cuando miramos a Estados Unidos. Porque en estos días, mientras denostamos el muro en la frontera mexicana seguimos ignorando la valla con concertinas de Ceuta; mientras criticamos el conflicto de intereses que supone la entrada de magnates en el gobierno americano nos abstenemos de poner coto a que los magnates vernáculos incorporen a exministros y expresidentes a sus consejos de administración; mientras censuramos la ausencia de negros e hispanos en el gobierno de Trump ni siquiera somos capaces de imaginar a un gitano o a un musulmán en el consejo de ministros de España. No hay como mirar hacia afuera para evitar mirarnos hacia dentro.

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Formas y fondos
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Héctor Barbotta | 28-01-2017 | 5:13| 0

Hace ya algunos años un importante empresario hotelero andaluz confesaba en privado en pleno desarrollo de Fitur el verdadero motivo por el que no se perdía una sola edición de la feria. Consideraba que a efectos de promoción no conseguía gran cosa, pero era una oportunidad inmejorable para solucionar problemas en los distintos pueblos de Málaga y de otras provincias donde tenía intereses. Había tantos alcaldes desplazados a Madrid que conseguía resolver en una sola mañana y en un mismo lugar la misma cantidad de asuntos que en otras circunstancias le requerirían varias semanas de citas y decenas de desplazamientos.
El Ayuntamiento de Marbella recuperó el año pasado su expositor propio en Fitur como una seña de identidad de la política de promoción que quiere impulsar el actual equipo de gobierno y en contraste con la ausencia de los ocho años anteriores, en los que la política turística del equipo de gobierno del PP discurrió por otros derroteros. Este año, el stand ocupó el doble de espacio que el año anterior, con un área destinada exclusivamente a mesas de trabajo en las que las ocho empresas patrocinadoras han podido realizar su actividad.
Una de las frases que más se escuchan acerca de la feria turística de Madrid, la segunda del mundo por tamaño -sólo por detrás de la de Berlín aunque la WTM de Londres tenga mayor relevancia para la Costa del Sol por el peso del mercado británico en nuestro turismo- es aquella de ‘En Fitur hay que estar’. Sin embargo algunas veces parece que no se sabe bien para qué.
En Fitur confluyen el negocio y la política. Aunque en algunos pabellones -especialmente en aquellos donde presentan su oferta los destinos internacionales para los que el mercado español es decisivo- se respira y se palpa una intensa actividad de negocio, en el pabellón andaluz parece primar la política. Y no hay ninguna voluntad de disimularlo. Basta con recordar cómo fue la jornada inaugural, el pasado miércoles.
El pabellón fue inaugurado por la mañana por la presidenta de la Junta, Susana Díaz, que se tomó su tiempo para recorrer los ocho expositores andaluces. El interés que los alcaldes y dirigentes socialistas de cada una de las ocho provincias tomaron en fotografiarse con la líder de su partido fue tal que cuando habían pasado dos horas desde la inauguración del pabellón a la presidenta le faltaba todavía pasar por los dos últimos expositores, Málaga y Almería, y unos cuantos cientos de besos y sonrisas por repartir.
En un evento donde la prioridad fuese lo turístico, la agenda se hubiese desarrollado según lo previsto. Pero como en este caso la política estaba por encima, la delegación marbellí decidió postergar la inauguración de su stand hasta el saludo, los besos y la foto. Cuando ello finalmente se produjo, en medio de las aglomeraciones y los empujones de rigor, sólo entonces los representantes políticos de Marbella volvieron al stand municipal y se continuó con el programa. La inauguración del expositor estaba prevista a la una; se celebró a las tres y media.
Posiblemente haya quien interprete que este episodio no supera la categoría de anécdota. Es posible. Pero supone también toda una metáfora acerca de cuál es la prioridad de las delegaciones políticas en Fitur. No sólo la de Marbella, obviamente.
La presencia de la ciudad en la feria turística de Madrid ha sido de largo muy superior a la del año pasado. Tanto en el evento organizado en la noche previa a la inauguración, celebrado este año en un escenario de primera categoría como es el Teatro Real, como en el expositor de la feria, en el área municipal de Turismo han demostrado capacidad para sacar enseñanzas de la experiencia y traducirlas en un trabajo sensiblemente mejor.
Un evento previo claramente mejor que el del año anterior y un expositor en la feria más grande y vistoso que el de 2016 constituyeron un continente superior. Sin embargo, Fitur también ha demostrado que la estrategia turística de Marbella sigue quedándose corta en el contenido. Un discurso que insiste que Marbella no debe competir con los municipios vecinos –como si hiciera falta repetirlo muchas veces en respuesta a un planteamiento que nunca se ha escuchado de boca de nadie– y una serie de presentaciones que daban cuenta de una carrera solidaria para fomentar la adopción de mascotas, de una competición de gimnasia artística, de un folleto editado en colaboración con Ojén y de una nueva edición de Expobodas, suponen un bagaje ciertamente corto y mejorable. La animación que se vivió durante gran parte de las jornadas y las colas que se formaron en los momentos en el que el stand de Marbella repartía platos de jamón y raciones de lubina y servía mojitos podrían invitar a la lectura de que todo ha sido un gran éxito. Pero sería mejor preguntarse cuál es el contenido concreto de una estrategia que se presenta acertadamente sobre los pilares de la naturaleza, la gastronomía, el turismo deportivo, el ocio y la cultura y sin embargo no termina de desarrollarse. Posiblemente el balance pueda sintetizarse en que se ha cumplido con las formas, pero los contenidos se han revelado escasos.
No se trata de una responsabilidad que debe caer sólo sobre el Ayuntamiento. Aunque la mayor parte del peso corresponde a la institución, existe una responsabilidad compartida y el hecho de que solamente ocho empresas hayan respondido a la llamada de tomar parte activa en el stand expone por sí mismo cuánto camino queda todavía por recorrer.
La desestacionalización sigue siendo el gran desafío que Marbella tiene por delante. Es un empeño que no se puede afrontar con pequeños parches ni dándose por satisfecho con la animación del stand, el éxito de la gala en el Teatro Real o la puesta en marcha del foro de expertos.
Si en el terreno exclusivamente turístico el balance de la feria arroja un diagnóstico de cómo marcha la estrategia de la ciudad, en el político ha supuesto un paradigma de la buena salud y la fortaleza del sectarismo de los partidos. Independientemente de cuál sea la consideración que los grupos de la oposición tengan sobre la política turística del gobierno municipal, su ausencia de la gala con la que Marbella se presentó en Madrid es algo que va más allá del derecho a la discrepancia para entrar en la de una ausencia total de cortesía y de cualquier mínimo sentido del saber estar institucional.
Se trata de una ausencia que se puede entender en los ediles que no viajaron a Fitur, pero que constituye un desaire inaceptable por parte de quienes sí estaban en Madrid y optaron por boicotear el acto que convocaba su ciudad. En el PP había diferentes opiniones sobre si se debía asistir a la gala -y de hecho, la presidenta de la Mancomunidad, Margarita del Cid, hizo acto de presencia-, pero finalmente en el grupo municipal se impuso el criterio de Ángeles Muñoz: ni agua al enemigo.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella