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Autor: HectorBarbotta
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Héctor Barbotta | 22-02-2017 | 10:15| 0

El Ayuntamiento de Marbella ha abierto el plazo de presentación de documentación para apuntarse a la bolsa de trabajo municipal y la realidad se presentó de golpe y sin avisar en la Plaza de los Naranjos. Con toda su crudeza. A veces el debate político, y también la atención mediática, discurre por caminos equívocos pero de tanto en tanto lo realmente importante aparece, golpea y obliga a despertar y a ajustar el enfoque.
Por si a alguien se le había olvidado, Marbella tiene 13.282 parados y muchos de ellos llevan en esa situación mucho más tiempo del que resulta admisible. También hay muchos que no han tenido nunca la oportunidad de trabajar, lo que resulta menos admisible aún.
El alcalde anunció el martes que al día siguiente se abriría el plazo para optar a entrar en la bolsa de la que saldrán los trabajadores que ocuparán los puestos temporales que eventualmente puedan surgir en el Ayuntamiento y aunque hay tres semanas por delante para presentar los papeles y son muchas las dependencias municipales habilitadas para ello, las colas se concentraron desde el primer día en la Plaza de los Naranjos como punto neurálgico. También en la Tenencia de Alcaldía de San Pedro se formaron largas filas.
A la intemperie, porque las dependencias municipales no son suficientemente grandes para albergar toda la dimensión del drama, las colas valían como radiografía del problema: personas de más de 50 años a las que se le acaba el tiempo para cotizar años suficientes para llegar a una pensión digna de ese nombre; jóvenes sin experiencia que no pueden empezar a trabajar porque en todos lados les piden una experiencia que al mismo tiempo les niegan; padres y madres de familia más preocupados por los suyos que por sí mismos; gente sin estudios porque no tuvo oportunidad de estudiar y gente con estudios dispuesta a aceptar trabajos para los que su cualificación parece sobrar. Una dramática radiografía de la realidad a las puertas del Ayuntamiento.
La puesta en marcha de la bolsa de empleo no sólo ha sido oportuna porque posiblemente no exista un sistema más justo y transparente para cubrir los puestos de trabajo temporales que van haciendo falta crear en el Ayuntamiento, sino sobre todo porque ha dado la oportunidad de recordar cuáles son los dramas y los problemas reales de la ciudad. Que durante estos días los políticos se crucen con las caras del sufrimiento cada mañana al entrar y salir del Ayuntamiento no deja de ser un ejercicio saludable que debería tener alguna repercusión en formas y también en fondos.
Esperar, sin embargo, que todos los representantes públicos estuvieran a la altura podía ser un ejercicio de optimismo difícil de justificar. Hay situaciones en las que habría que desterrar el partidismo, al menos el partidismo más desvergonzado, pero no hubo caso.
El mismo miércoles, día en que se abrió el plazo y cuando ya se habían registrado largas colas, Opción Sampedreña colgó en su perfil de Facebook una oferta de asesoramiento para las personas que quisiesen optar a entrar en la bolsa y tuviesen dificultades para cumplimentar los impresos. El partido político invitaba a los interesados a acudir a su sede, donde los ayudarían con abnegación y desinterés. Resulta difícil encontrar un ejercicio más burdo de oportunismo político. Si los responsables de OSP, que son quienes están al frente de la Tenencia de Alcaldía de San Pedro, entienden que el servicio que se presta a los ciudadanos en las dependencias municipales que ellos mismos gestionan es insuficiente, deberían primero pedir disculpas y después esforzarse por mejorarla. Aprovechar su propia ineficacia para obtener rédito supone una actitud a la que no cabe buscarle adjetivos.
El viernes, la exalcaldesa Ángeles Muñoz ofreció una rueda de prensa con la cola de parados como telón de fondo. Con esa escenografía devolvió al PSOE los mismos calificativos que recibía de los socialistas cuando estaba al frente del Ayuntamiento y se encontraba con las limitaciones legales que impiden evitar que vecinos de otros municipios acudan en igualdad de condiciones a cualquier oferta de empleo público del Ayuntamiento de Marbella. Se supone que haber tenido responsabilidades de gobierno da un bagaje que permite ejercer la oposición con otra perspectiva. Demasiado suponer.

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Mociones de censura
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Héctor Barbotta | 15-02-2017 | 10:11| 0

Lo que va a vivirse durante este año en que los gobiernos municipales atravesarán el ecuador de sus mandatos era predecible desde que en las elecciones de 2015 cambió el paisaje en los ayuntamientos. En Nerja se fragua una moción de censura, al igual que en Frigiliana. En Alhaurín el Grande, la disputa política se ha trasladado a los tribunales después de una sesión esperpéntica en la que no prosperó la moción para desbancar a los herederos de Martín Serón. En Marbella, uno de los socios de gobierno recuerda que su compromiso era por dos años, no por cuatro. Aunque nadie espera que vaya a haber cambios, el mero anuncio genera cualquier cosa menos estabilidad y certidumbre. Torremolinos tampoco escapa a ese runrún permanente. Estas situaciones se suman a las de Pizarra, donde Izquierda Unida apoyó primero a un alcalde del PSOE para después desbancarlo y aliarse con el PP, o la de Mijas, donde un candidato que perdió las primarias en el PSOE se presentó por Ciudadanos, quedó tercero, consiguió la alcaldía en alianza con el PP y después cerró el círculo al acabar gobernando coaligado con los socialistas.
Ninguna de estas maniobras es ilegítima y es consecuencia de lo que eligieron los ciudadanos, pero habría que preguntarse si es esto lo que realmente eligieron los ciudadanos. No se trata de dar por buena aquella maniobra absurda y felizmente fallida que intentó impulsar el Gobierno para cambiar las reglas del juego en mitad del partido, cuando las encuestas avisaban de que la época de las mayorías absolutas tocaba a su fin , y que Rajoy inmortalizó con esa frase tan autodefinitoria de los alcaldes y los vecinos. Tampoco de deslegitimar los acuerdos políticos que son la esencia de un sistema parlamentario y no presidencialista. Todo lo contrario.
Si la composición política de los ayuntamientos ha cambiado es porque la voluntad de los vecinos ha sido la de dejar atrás unas mayorías absolutas que posiblemente tarden en volver, si es que vuelven. Los paisajes multicolores que hoy hacen necesarios los acuerdos para gobernar y abren la puerta a posibles cambios en mitad de los mandatos son la traducción de esa demanda de cambio. Pero no es muy aventurado suponer que aquellas urnas multicromáticas estaban demandando algo más. No se trataba de sustituir la arrogancia de las mayorías absolutas por mercadeos, pactos con cláusulas opacas y giros inexplicados.
Es posible que los electores estuvieran pidiendo un cambio de cultura política. Un cambio que los partidos, que parecen obligados a elegir entre la obediencia incondicional, los golpes palaciegos o las guerras civiles internas sin ser capaces de afrontar debates maduros, parecen no estar en condiciones de asumir.

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La pinacoteca invisible
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Héctor Barbotta | 06-02-2017 | 10:15| 0

 

No ha pasado mucho tiempo, hablando en términos históricos, desde que en la ciudad de Málaga se decidió que había que hacer algo para entrar en los circuitos turísticos. La capital no era más que una ciudad retaguardia de la Costa del Sol que albergaba al aeropuerto al que llegaban los millones de turistas que mayoritariamente ponían rumbo al litoral occidental apenas posaban un pie en tierra. Los cruceristas que llegaban al puerto pasaban directamente del barco a los autobuses que los llevaban a Granada o a Gibraltar, de donde regresaban con el tiempo justo para volver a embarcar y poner proa a un nuevo puerto.
En Málaga entendieron con buen criterio que el primer paso no debía ser ir a buscar a los turistas a Londres o a Madrid, sino a donde ya estaban, a la Costa del Sol, con una oferta que fuera complementaria del litoral con su sol y playa y su erial cultural.
Cuando Málaga inició aquella apuesta estratégica, que tuvo miras más altas de las habituales que sólo toman en cuenta qué cintas pueden cortarse antes de la próxima cita electoral, Marbella no sólo ya contaba entre sus activos a los miles de turistas habituales y repetidores, sino también con un museo del grabado cuya oferta cultural es única en el país. La capital de la provincia, con una persistencia y una claridad de objetivos digna de admiración, ha conseguido en un tiempo corto si se habla en términos históricos pero larguísimo si se toman en cuenta los plazos que suelen imperar en la política, entrar en el circuito del turismo cultural y competir durante todo el año, gracias a su apuesta museística, con ciudades que la superan largamente en patrimonio monumental e histórico. La capital ya no apunta solamente a los turistas que están en la Costa del Sol, aspira a un mercado propio y lo consigue.
En ese tiempo en el que Málaga consiguió un lugar de relevancia en el turismo cultural, el logro de Marbella fue llevar al Museo del Grabado Español Contemporáneo a la más absoluta irrelevancia. Aquí ya estaban los turistas y ya estaba el museo, pero la ciudad fue incapaz de conectarlos.
Existe un episodio que habla a las claras de la falta de visión estratégica de una ciudad que parece estar conforme con lo que tiene sin aspirar a más y que no se ve impulsada a hacer nada salvo sentarse a esperar que la fortuna le siga sonriendo. Cuando el alcalde de Málaga llevó a Rusia la propuesta para montar un museo de pintura de ese país lo hizo valiéndose de los servicios del abogado marbellí Ricardo Sánchez Bocanegra. Aquí estaban los residentes rusos, que desembarcaron en masa en los primeros años de esta década, y estaba la persona capaz de tender los puentes para contar con semejante equipamiento cultural, pero el museo se lo acabó llevando Málaga.
Es posible que los promotores de esa iniciativa cultural que Marbella no llegó ni a oler pese a que reunía condiciones para al menos intentarlo, ni siquiera tuvieran noticia de que en esta ciudad ya había un museo con fondos únicos en España. De hecho, es algo que ignoran la gran mayoría de los turistas que visitan la ciudad y, no nos engañemos, una buena parte de sus vecinos y residentes permanentes.
Los últimos episodios, algunos chuscos, que han rodeado al Museo del Grabado demuestran cuál es el estado de una institución que debería constituir la vanguardia cultural de Marbella, no sólo como complementariedad de su oferta turística sino, sobre todo, como foco de actividades para los ciudadanos que viven aquí todo el año.
Uno de los más significativos fue el del cierre de la pinacoteca en julio de 2015 con el argumento de que debía comenzar los preparativos para su ampliación, unas obras que iban a ser financiadas por el Gobierno central y para las que por entonces ni se había fijado fecha de inicio. Después de aquello, y sin que las obras hubiesen comenzado, se produjo el desplome de parte del inmueble contiguo que había sido cedido para esa actuación.
Antes del inicio del pasado verano, y con la excusa de que había que tenerlo abierto ante la llegada de turistas, la pinacoteca volvió a abrir sin que hubiese noticia de las obras de ampliación. Nadie supo explicar por qué había estado un año cerrado.
La semana pasada se supo que el museo lleva descabezado desde octubre tras prescindir de la persona que estaba al frente. Esa decisión no sólo no se comunicó ni se explicó, sino que se intentó ocultar –y de hecho se logró– durante tres meses. Sólo una entidad que pese al extraordinario valor de sus fondos ha caído en la más absoluta irrelevancia puede permanecer sin dirección todo ese tiempo sin que nadie lo note, del mismo modo que había estado un año cerrada sin justificación y aparentemente sin que a nadie le preocupase.
El último episodio es aún más chusco y habla del descontrol de una entidad que debería ser modelo de gestión: el embargo de las cuentas del museo después de que no se pagaran unas obras ejecutadas por el Ayuntamiento precisamente para apuntalar el inmueble contiguo, cedido para la ampliación y cuya estructura cedió finalmente al abandono.
El caso es que las cuentas del museo fueron embargadas por el Patronato de Recaudación, un mero intermediario en esta historia, después de que desde el Ayuntamiento se dictara la providencia de apremio sobre la deuda. El museo es de titularidad municipal, con lo que se produjo la absurda situación de que el Ayuntamiento se ha embargado a sí mismo.
El Museo del Grabado funciona jurídicamente como una entidad sin ánimo de lucro y se financia tanto mediante aportaciones municipales como de otras instituciones públicas y privadas. Por ello, aunque no todos los recursos tienen que salir de las arcas municipales, sí debe ser el Ayuntamiento el que tome la iniciativa y decida qué va a hacer, a quién va a nombrar director y cuáles son los planes para la ampliación. Todo ello debería tener un reflejo en los próximos presupuestos. Y si no hay dinero, se debería reconocer con pelos y señales, explicar cuáles son los planes de futuro y trazar un plan para financiarlos. Porque vista toda la trayectoria reciente y asistiendo a esta agonía interminable bañada de silencio lo que parece es que no se trata de una cuestión presupuestaria, sino de liso y llano desinterés. O de no tener ni la más pajolera idea de qué hacer, lo que sería aún peor.

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Sigue el cachondeo
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Héctor Barbotta | 06-02-2017 | 10:11| 0

Isabel Pantoja ha regresado a la televisión convertida en trending topic y la primera conclusión que se puede sacar es que las cadenas de televisión siguen encontrando en Marbella un motivo para el cachondeo mientras hacen caja. No se trata de divertirse con Marbella, sino a costa de Marbella y de sus vecinos. De faltarles el respeto sin pudor, de atacar su dignidad con la misma indigencia moral con que en su día se emitía aquella infamia del alcalde ladrón tumbado en un jacuzzi y rodeado de mujeres voluptuosas a medio vestir. La sociedad ha cambiado desde entonces, a mejor, pero las televisiones siguen revolcándose en la misma basura.
Posiblemente la escena de Gil en la bañera, con cadenas de oro sobre su oronda figura y flanqueado por señoritas en biquini ya no podría ser posible. La sociedad no admite sin protestar que se cosifique a las mujeres sin disimulo y además los políticos millonarios se ven de momento obligados a esconder su prosperidad. Pero eso no quiere decir que moralmente las televisiones hayan avanzado gran cosa.
Este lunes Isabel Pantoja reapareció en un programa de televisión tras haber pasado por la cárcel, condenada por haber blanqueado parte de la fortuna que su entonces compañero sentimental robaba a los vecinos de Marbella. Pero no hubo ni una mención a ese episodio, ni una muestra de respeto a la ciudad. Las víctimas de ciertos delitos están siempre en la primera página de algunas agendas, y está muy bien que así sea, pero otras parecen condenadas al ostracismo.
Antena 3 y el programa de Pablo Motos pactaron con una delincuente preguntas, tratamiento y hasta qué público asistiría al plató a cambio de unos puntos de audiencia. La delincuente impuso y la televisión aceptó. Ganaron los dos y perdió Marbella.
Cada comunicador tiene el derecho de construir su carrera como mejor le parezca, pero va a resultar muy difícil volver a tomarse en serio a Motos . El programa consiguió récord histórico, lo que demuestra que o hay mucha gente que no le gusta criticar lo que no ha visto o que a la teleaudiencia le da igual que la consideren descerebrada.
Algunos vecinos de Marbella podían pensar que la ciudad había ganado enteros durante los últimos años en la consideración de los programadores de televisión, sobre todo después de que se agotara el filón que explotaron durante los años en que los personajes que ellos mismos se habían encargado de encumbrar en horario de máxima audiencia desfilaban por juzgados y comisarías. Nada de eso. Nos siguen tomando para el cachondeo.

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Placaje fiscal al deporte
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Héctor Barbotta | 06-02-2017 | 10:09| 0

La calidad de vida suele aparecer en cualquier encuesta que se hace sobre Marbella, tanto a vecinos como a visitantes, a la hora de valorar cuáles son las principales virtudes de la ciudad. No pueden caber dudas de que algo tiene que haber para que exista tal conciencia, pese a que Marbella no suele aparecer en los rankings que periódicamente se publican siguiendo los parámetros de la OCDE, invariablemente encabezados por Vitoria, Girona y Palma de Mallorca.

El problema es que el de la calidad de vida es un concepto tan amplio que resulta difícil encontrar parámetros más o menos objetivos que permitan comparar unos lugares con otros. No basta con el de la renta, porque las ciudades con mayores rentas presentan también mayor carestía a la hora de acceder a la vivienda o a los productos básicos, ni el del nivel de paro, los equipamientos públicos, el acceso a la cultura, la red de transportes o incluso el clima. Se trata, seguramente, de una combinación de todos ellos y también de la percepción de los propios vecinos, que muchas veces no guarda relación alguna con los datos mensurables.

Y está también el problema de cuando se calcula una media. En Marbella, como en toda ciudad con una importante cantidad de vecinos con ingresos muy altos, el promedio para algunas medidas no ofrece más información que la de confirmar grandes brechas de desigualdad. Si en Marbella, por ejemplo, se sacara una media de la cantidad de suelo destinado a la práctica deportiva por número de habitantes, obtendríamos seguramente una cifra altísima. Pero si quitáramos de la ecuación a los campos de golf nos acercaríamos a la realidad de una ciudad en la que el deporte no es una práctica que resulte accesible a todos.

Muchas de las personas que se trasladan a vivir a Marbella desde otros puntos de Andalucía suelen tener un impacto a veces inesperado en sus bolsillos. Aquí casi todo es más caro, aunque los sueldos muchas veces son iguales. Eso también afecta a la vivienda y por supuesto al suelo y es posible que ello explique en parte, sólo en parte, por qué parece más difícil contar en Marbella con grandes instalaciones deportivas accesibles a todo el mundo como sí cuentan otros municipios vecinos. La otra parte de la explicación hay que encontrarla, cómo no, en los 15 años oscuros en los que ningún equipamiento público constituyó prioridad, y en los 11 que le han seguido, en los que prácticamente ningún problema urbanístico heredado encontró solución. Seguramente no hay metáfora más oportuna y explicativa que recordar que al día de hoy seguimos regidos por un Plan General con 30 años de antigüedad.

Por todo ello no debe llamar la atención que el equipo de waterpolo juegue en Torremolinos, que la práctica del atletismo esté subordinada a la agenda del equipo de fútbol o que los clubes de natación vivan en un conflicto permanente con la empresa privada que gestiona las piscinas construidas con dinero público en suelo público.

El rugby es un deporte minoritario en España, pero el esfuerzo sostenido del grupo que lo viene fomentando en Marbella desde hace casi 30 lo ha convertido en una práctica de gran implantación en la ciudad. El Marbella Rugby Club era hasta ahora una excepción en el panorama de magras instalaciones deportivas, pero hace unas semanas sus responsables se han dado de bruces con la triste realidad. El suelo que ocupan desde 1992 por una concesión administrativa del Ayuntamiento fue recalificado con el Plan General de 2010 -el que ya no existe- y cuando ese documento entró en vigor, al año siguiente, el Ayuntamiento (todavía bajo el gobierno del PP) se lo comunicó a la oficina del Catastro (Ministerio de Hacienda), que a su vez entendió que tenía que dejar de valer 90.000 euros para ser valorizado en 4,6 millones. Pretender que una entidad sin ánimo de lucro que apenas tiene para las tareas de mantenimiento pueda afrontar las cargas devengadas de ese valor es un acto de ceguera administrativa, de cinismo político o de ambos. El terreno comenzó a devengar el IBI correspondiente y en el club nadie fue informado de nada hasta que el pasado 22 de diciembre se encontraron con las cuentas bloqueadas y una deuda de 140.000 euros.

Cabe preguntarse por qué el Ayuntamiento no tomó en cuenta en su día que en el lugar se desarrollaba una práctica amateur y de gran contenido social (con más de 350 fichas, la mayor parte de niños y jóvenes menores de edad); por qué cuando se renovó la concesión del suelo se estableció que el club debía cargar con las obligaciones tributarias (según aseguró el viernes en el pleno la concejala de Deportes) pese a que se trata de una asociación sin ánimo de lucro; por qué el Patronato de Recaudación siguió adelante con el procedimiento de embargo pese a que no había constancia de que los responsables del club hubieran sido debidamente notificados, o por qué esas notificaciones se enviaron a direcciones erróneas pese a que otras comunicaciones, como una multa por una tala de árboles, sí se remitió al club. Y cabe preguntarse también, con toda esta sucesión de despropósitos, y porque la historia de esta ciudad es la que es, si alguien no habrá pensado que ese suelo, frente al Hospital Costa del Sol y al sur de la autovía, no debería tener un uso menos interesante desde el punto de vista social pero más lucrativo desde el punto de vista económico.

El club se encuentra ahora en un momento crítico, con su futuro amenazado y en medio de una situación compleja que seguramente no tendrá una solución fácil. Hay una deuda contraída por una entidad incapaz de asumirla, hay tres instituciones implicadas -el Ayuntamiento, el Patronato de Recaudación (dependiente de la Diputación Provincial) y la oficina del Catastro (dependiente del Ministerio de Hacienda)- y está el impiadoso mecanismo de la administración puesto en marcha. Hay que solucionar la situación desde este punto hacia adelante pero también quitar al club la losa de la retroactividad que aplasta su viabilidad futura.

Todo eso requiere de imaginación y asesoramiento solvente, pero sobre todo de una altura de miras que sólo un optimista impenitente podría pretender en la situación política actual. Donde hay confrontación hay que encontrar colaboración, y donde existe la tentación de quedarse sólo en cobrarle la factura política a quienes estaban cuando este problema se originó hay que encontrar a quien establezca como prioridad absoluta hallar la solución.

Quien sepa hacerlo seguramente no sólo se ganará el reconocimiento de las 350 familias que han encontrado en el club de rugby un lugar donde sus hijos puedan practicar un deporte que tiene en el respeto a los compañeros, a los adversarios y al árbitro su principal seña de identidad. También habrá cumplido con su obligación.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella