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Autor: HectorBarbotta
Un morito
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Héctor Barbotta | 06-07-2016 | 10:02| 0

La de Zined no ha sido una vida fácil. Siendo aún muy joven decidió separarse de sus dos hijos y dejar Marruecos para buscar en España un futuro para los suyos y para ella misma. Encontró en Marbella algo parecido a un trabajo, suponiendo que en este siglo se le pueda llamar trabajo a un modo de explotación e indignidad más propio del XIX, y a quien creyó que podría ser un compañero, con quien tuvo otro hijo.
Abandonada, siguió adelante más explotada que antes y en régimen de interna en una casa de ricos en Guadalmina, la zona más cara de Marbella, en la que el bullicio de su hijo molestaba. Consiguió apuntarlo en una guardería, pero no podía tenerlo con ella cuando salía porque sus ¿jefes? ¿empleadores? ¿superiores? le requerían una dedicación absoluta. Tuvo que dejar al niño en la casa de unos compatriotas a quienes, para que al niño no le faltara nada, les proveía de pañales y de comida y de 300 euros al mes, más de la mitad de la remuneración que recibía de sus ¿patrones? ¿señores? ¿amos? por una dedicación de 24 horas al día cinco días a la semana. Sólo los fines de semana Zined sonría. Y el niño también.
Un domingo la muchacha se presentó en la casa donde vivía su hijo y no encontró a nadie. Llamó por telefóno a los cuidadores, que le dijeron que se habían llevado al niño a Fuengirola y que se habían retrasado. Zined creyó que debería esperar una semana más para reencontrarse con el pequeño. Pero ya no habría reencuentro.
Unos días después, el mundo de la muchacha se derrumbó. La detuvo la policía bajo la acusación de abandono del menor. En la celda se enteró de que su pequeño había muerto maltratado. Se lo comunicó un policía que creyó que la sensibilidad con el drama de una madre no le iba en el sueldo.
Para Zined nada de lo que vino después tuvo la menor importancia. Ni el despido en la casa donde trabajaba –a sus explotadores les asustaba la exposición mediática–, ni el encarcelamiento de los maltratadores, ni la retirada de los cargos que pesaban en su contra, ni su posterior expulsión de España.
Es posible que la mujer ni siquiera haya tenido noticia de que quienes mataron a su hijo fueron condenados. Posiblemente le hubiese resultado difícil de entender que ninguna institución se haya personado en el caso, que la expulsaran del país pese a que era una víctima que tenía derecho a ejercer la acusación por un delito grave, que el fiscal redujera su petición de condena a nueve años y que los perpetradores del crimen, pese a los terribles testimonios oídos en la sala, hayan sido condenados por homicidio y no por asesinato. Después de todo, ¿a quién le importa la muerte de un morito?

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Una cuenta inexorable
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Héctor Barbotta | 04-07-2016 | 6:37| 0

Hay cuestiones que pesan más cuando se trata de responder a las preguntas de los encuestadores que a la hora de depositar el voto. La corrupción parece encontrarse entre las primeras; el temor a los cambios de rumbo con destino incierto, entre las segundas.
En los últimos años, el concepto de que el dinero público no procede de una bolsa de fondo infinito sino del sufrido bolsillo de los ciudadanos parecía haber crecido en la conciencia social, pero seguramente aún queda un duro trecho por andar. Es verdad que la corrupción no tiene buena prensa, pero todavía indigna más que la tibieza a la hora de combatirla. Decimos que sabemos que el dinero público es de todos, pero a veces seguimos actuando como si no fuera de nadie.
Quizás el problema resida en que las consecuencias del robo de dinero público no se sufre en el momento en el que se conoce la noticia, y a que la cleptocracia suele campar a sus anchas en épocas de vacas gordas que dejan buen recuerdo en la memoria de las víctimas. La corrupción parece formar parte de los ciclos económicos. Sucede cuando la economía va bien o medio bien; nos enteramos cuando va mal o peor.
Pero que la noticia la tengamos con retraso y que los robos se perpetren en momentos que recordamos como de gran prosperidad no quiere decir que las consecuencias no se acaben sufriendo. En diferido y con retraso pero las facturas inapelablemente llegan. Y suelen hacerlo cuando más duele.
Marbella es, con poco espacio para la duda, el mejor ejemplo de ello. La ciudad inauguró prematuramente el mapa español de la corrupción, cuando el resto del panorama parecía inmaculado, y acaparó hace ya una década titulares, focos y la exclusividad de la atención.
Pasó el impacto original de las detenciones y la avalancha informativa que las sucedieron, la celebración de los juicios y hasta la ejecución de las condenas. Después los focos y la atención viajaron a otros lares y en esta década hubo tiempo suficiente para que el problema decantara. Consumida la atención inicial, depositada la atención en otros puntos de la geografía y en otras expresiones de la desvergüenza, el latrocinio todavía sigue pasando factura una década después de acabado. Y lo que queda.
Esta semana se inició en Madrid la subasta de los bienes incautados hace diez años a Juan Antonio Roca y un simple repaso a la composición del primer lote, en el que no aparece el Miró que supuestamente completaba la decoración del baño con jacuzzi, da una buena idea del volumen del saqueo. Es muy poco probable que un solo euro de lo que se recaude en la casa de subastas regrese algún día a los bolsillos que se vaciaron para que Roca acumulara ese patrimonio que seguramente no es lo que más echa de menos desde la celda que ocupa desde 2006. Aún así, estaría bien que desde el Ayuntamiento se mantuviese la tensión sobre este asunto. Es necesario que exista un control sobre lo que el Estado va cobrando y que la reivindicación de que el dinero regrese a Marbella siga viva. Hay cientos de casos con sentencia en los que la ciudad aparece como perjudicada y la presión para que esas cantidades se cobren antes que la sentencia de ‘Malaya’, donde el acreedor es el Estado, debería seguir. Los actuales responsables municipales enarbolaron cuando estaban en la oposición la bandera del regreso del dinero a Marbella, e hicieron bien. Ahora, desde el poder municipal, la tensión institucional sobre este asunto no debe decaer.
El saqueo sufrido por la ciudad no deja de mostrar nuevas caras. Esta semana los vecinos de Marbella se enteraron de que tendrán que seguir aplazando la satisfacción de algunas de sus necesidades más básicas porque el Ayuntamiento tendrá que destinar 308.000 euros a pagar las minutas de los abogados y procuradores que representaron a funcionarios acusados en su día y después absueltos. Estas personas fueron involucradas en casos de corrupción municipal de los que finalmente quedaron al margen. Y aunque uno de ellos está incurso en otros procesos, el Ayuntamiento se ve obligado a pagar una factura que tiene su respaldo legal pero que ética y hasta estéticamente resulta inasumible. Es un ejemplo, otro más, de que la cuenta de la corrupción tarda en llegar pero es inexorable y, con sus múltiples caras, se acaba pagando.

No es difícil, sino imposible, saber cuál sería la situación si el primer alcalde socialista en 24 años hubiese llegado en un momento en el que las arcas de las instituciones no estuviesen vacías. Pero la realidad es la que es y a José Bernal le toca lidiar con una Junta de Andalucía cuya situación financiera le impide realizar la más mínima inversión.
Esta semana, mientras el consejero Emilio de Llera admitía con una claridad digna de elogio que no habrá Ciudad de la Justicia porque no hay con qué pagarla, el teniente de alcalde de San Pedro, Rafael Piña, tuvo que comparecer ante una asamblea de Opción Sampedreña para explicar que un año después de firmado el pacto de investidura de José Bernal las obras comprometidas en San Pedro siguen siendo proyectos que en el mejor de los casos están en el papel. En el mejor de los casos. Ni siquiera el instituto, que la presidenta de la Junta aseguró en su visita a Marbella el pasado abril que estaba «para ya», ha visto licitado su proyecto. Ni hablar del centro de salud o de las otras obras comprometidas.
Hay miseria y se nota. Sólo así se explica que la Junta enviara una nota esta semana para anunciar que en la primera quincena de julio se celebraría una reunión para intentar desbloquear las obras del Hospital Costa del Sol. A más de uno se le habrá acelerado el corazón al ver en el correo una nota de la Junta anunciando noticias sobre el hospital. Pero el comunicado no anunciaba una solución, sino que se celebraría una reunión para la que ni tan siquiera hay fecha. La nota recordó a esos equipos que, incapaces de marcar un gol, acaban celebrando cuando consiguen un córner.

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Una campaña sin la promesa del tren
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Héctor Barbotta | 19-06-2016 | 9:09| 0

 

Una de las características más salientes de esta campaña electoral repetida tras la de diciembre es que los candidatos están siendo más comedidos a la hora de prometer inversiones. Como las elecciones del 20 de diciembre demostraron que la clave de la política española durante los próximos años será la capacidad de llegar a acuerdos y sellar pactos, todo el debate está girando en torno a ese eje y no a promesas sobre si se hará esta o aquella actuación. Lo bueno de ello es que el electorado se ahorra las promesas vacías; lo malo es que quien llegue al Gobierno, si es que no hay unas terceras elecciones que no sería prudente descartar, lo hará con las manos libres de compromisos.
Ello nos lleva a preguntarnos si esa situación nos aleja o nos acerca al tren litoral, un clásico de las promesas en las campañas electorales luego olvidadas. Y la respuesta no es fácil. Al menos esta vez nos estamos ahorrando oír la promesa.
Si algo hay que agradecer a las campañas electorales es que acercan a la periferia lo que habitualmente sólo se ve a través de la televisión. Y cuando finalmente se puede escrutar en directo el comportamiento de algún líder nacional se concluye que no es demasiado diferente a lo que se está acostumbrado con los líderes vernáculos. Con más parafernalia, sí, pero igual. O incluso peor.
Hay que agradecer a Pedro Sánchez que sea el único de los cuatro candidatos a presidente de Gobierno que ha pasado por Marbella –no hay perspectivas de que alguno de los otros tres vaya a seguirlo en lo que queda de campaña–, aunque la suya sólo haya sido una visita estética.
El paseo del aspirante socialista del pasado miércoles fue anunciado por el equipo de campaña como una reunión con el sector empresarial y con convocatoria sólo a los informadores gráficos, lo que en el código de la necesariamente tempestuosa pero imprescindible relación entre políticos y periodistas supone un aviso implícito de que el candidato no haría declaraciones.
Aunque existiera el legítimo interés por conocer de primera mano cuáles son los compromisos que el aspirante socialista a la Moncloa está dispuesto a asumir en relación con un posible Ministerio de Turismo, con la precaria situación de los chiringuitos, con la reforma de la Ley de Costas e incluso con la conexión ferroviaria de Marbella, existía ese aviso implícito de que no hablaría. También existía, por qué negarlo, la secreta esperanza de que Sánchez se decidiera a darle algún sentido al paseo, se saltara el programa y accediera a atender a los medios de comunicación locales. Tampoco ello habría supuesto un terrible trastorno para sus asesores de marketing. Por eso la visita estuvo rodeada de una nube de periodistas. Y Sánchez no habló. Se le podrá reprochar torpeza comunicativa, lo que no supone novedad, pero no que su equipo no haya avisado.
Para asegurarse de que los informadores no se acercaran al candidato, la organización dispuso un cordón sanitario en la que participaron con entusiasmo algunos cargos de confianza del Ayuntamiento que seguramente se habrían pedido el día en su puesto de trabajo y que compensarán con horas extras el tiempo hurtado a los vecinos de Marbella, que no les pagan 31.171 euros al año para que se dediquen a labores partidarias. Estaría bien que el gobierno municipal aclarara ese extremo aunque en realidad no se conozca bien a qué dedican el tiempo algunos de estos cargos cuando no están impidiendo que los periodistas intenten hacer su trabajo. Durante esta campaña se está viendo a algunos de ellos día sí y día también ataviados con camiseta roja y repartiendo propaganda electoral en horas de trabajo. Habrá que suponer que se han pedido vacaciones o algún tipo de dispensa sin derecho a salario.
El caso es que lo que al parecer se pretendía que no se viera es que la reunión de Sánchez con los empresarios no fue tal, si por reunión se entiende el candidato y sus interlocutores sentados frente a una mesa intercambiando opiniones sobre temas de alguna trascendencia. Porque lo que hubo fue una sesión de fotos. Primero en la playa, frente a unos espetos de sardinas, y después en la planta baja del hotel El Fuerte, donde el candidato no paró de hacerse fotografías con sus fans. En campaña, ya se sabe, los candidatos son como actores de cine. Si además son altos y guapos, más aún. Que no se caiga una idea resulta irrelevante.
Horas después el PSOE envió un comunicado en el que decía que Sánchez había mostrado su apoyo al Plan Qualifica y las medidas que contribuyan a mejorar las playas. Su forma de hacerlo, al parecer, fue dejarse fotografiar junto a los espetos.

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La política es así
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Héctor Barbotta | 13-06-2016 | 1:28| 0

 

Tradicionalmente, Don Perogrullo habitaba preferentemente en los aledaños del fútbol: ‘El partido no acaba hasta el minuto 90’, ‘Somos once contra once’, ‘No hay rival pequeño’, ‘Nadie te regala nada’, ‘El árbitro se equivoca para un lado y para el otro’ son algunas de las expresiones más comunes y repetidas. Con todo, la más superflua, por lo simple hasta la necedad, es la que sentencia que ‘Fútbol es fútbol’, también utilizada bajo la fórmula ‘El fútbol es así’.
Pero como la simpleza ha ido ganando terreno a medida que los buscavidas sin fondo se apropiaban de la esfera pública, también la política se ha ido llenando de perogrulladas. Cada día se escuchan más sentencias de este tipo que, es oportuno apuntar, no constituyen falsedades sino todo lo contrario: afirmaciones tan evidentes que su mera alocución resulta una bobería.
Una de las más repetidas, que se suele utilizar como el atajo que permite saltarse un mínimo esfuerzo intelectual a la hora de explicar cuestiones aparentemente de compleja comprensión, es una de las más evidentemente copiadas al entorno del fútbol: ‘La política es así’.
En esa sentencia se han sustentado durante esta semana algunos intentos de interpretar las nefastas consecuencias que ha tenido para el equipo de gobierno municipal, y en concreto para el alcalde, José Bernal, el episodio, y sobre todo la fotografía, de los policías uniformados de gala y montados a caballo escoltando a una pareja de novios camino del Ayuntamiento donde la casaría el regidor.
El de Marbella es un ayuntamiento en el que el equipo de gobierno no ha podido hacer pie todavía en muchos aspectos de la gestión diaria, que ha eliminado buena parte de su programación cultural, que a un año de la toma de posesión del alcalde aún no tiene claro el organigrama de mando, que se ha encontrado en el urbanismo con una situación sobrevenida que ha colocado a la ciudad en una situación gravísima y que no ha podido traducir en hechos los compromisos de inversión del Gobierno autonómico –ahí siguen el mapa escolar plagado de necesidades y las grúas inmóviles del Hospital Costa del Sol–. Sin embargo, la mayor crisis de imagen la han provocado dos policías locales montados a caballo escoltando a los contrayentes de una boda oficiada por el alcalde y a la que asistía como invitado medio Partido Socialista.
Dan ganas de recurrir a la explicación fácil y concluir que ‘La política es así’, pero sería bueno intentar ir más allá.
Y no es necesario analizar mucho para concluir que en lo que podríamos denominar la crisis de los caballos han intervenido dos factores: por un lado, la reaparición de una imagen que supuso en su día un icono de la estética gilista; por el otro, la flagrante torpeza con la que el equipo de gobierno asumió esta crisis de imagen, comenzando por lo que suele ser el prólogo a los grandes dolores de cabeza: subestimar el problema que llama a las puertas y ceder a la tentación de recurrir a la mentira.
Sobre la policía montada como icono imprescindible del gilismo no hace falta ahondar mucho. Basta con recordar que la unidad equina fue una creación de Jesús Gil en sus primeros años de mandato, cuando impuso en la ciudad esa estética megalómana que tanto entusiasmó en aquel momento a una buena parte de los vecinos y que acabó convirtiéndose en uno de los símbolos estéticos de una época cuyas consecuencias nefastas todavía se padecen. Esa unidad, creada con más de una veintena de caballos, cantidad que con el tiempo se ha visto reducida a sólo ocho animales, fue, con buen criterio, eliminada gradualmente de los actos oficiales. Esta reaparición en una ceremonia privada en una situación que sólo puede ser interpretada como síntoma de caciquismo lleva el signo de los problemas que los responsables políticos eventualmente se buscan solos sin que nada que no sea una deficiente lectura del pulso social y de las posibles consecuencias los empuje a ello.
La segunda lectura puede hacerse no del hecho en sí, sino de la manera en que se gestionó su negativa repercusión pública. Después de que el PP denunciara los hechos –pocos regalos se le han hecho al grupo mayoritario de oposición tan grandes como éste en el año que va de nuevo gobierno municipal– el equipo de gobierno reaccionó de la peor manera posible: subestimando su repercusión en la opinión pública y mintiendo para relativizar la importancia. El portavoz del equipo de gobierno dijo que los policías habían acudido de manera voluntaria, que este tipo de custodias suponían un hecho habitual en el cuerpo y que el jefe de la Policía Local era el padrino de la boda. Ninguna de la tres afirmaciones, realizadas el pasado martes por el portavoz del equipo de gobierno en rueda de prensa, son ciertas, aunque lamentablemente la última de ellas fue reproducida por el autor de este artículo en una crónica firmada en el periódico del miércoles, por lo que corresponde pedir disculpas a los lectores. El mismo portavoz afirmó el miércoles en una cadena de televisión que el PP, durante su mandato municipal, había brindado este servicio de escolta en la inauguración de una inmobiliaria. También mentira.
El problema, cuando una crisis de imagen se afronta desde las falsedades y las medias verdades, es que el resto de la explicación entra en una sombra de duda. Incluida la afirmación de que la escolta fue decidida por el jefe de la Policía Local y que el alcalde y el concejal de Seguridad, que es también portavoz, no estaban al tanto de nada. Aunque a estas alturas eso ya parece un detalle menor.

De todas las faltas que cometen los políticos, posiblemente utilizar las instituciones como si fueran cortijos privados es la que está en estos días peor visto. Es más, la percepción ciudadana de que ese tipo de comportamientos son moneda corriente es posiblemente uno de los factores que más espacio político ha abierto a los nuevos partidos que en poco tiempo se han instalado como actores imprescindibles de la política nacional.
Por eso llama la atención que después de que el PP denunciara el asunto de los caballos los concejales de Podemos hayan decidido guardar un sorprendente silencio. Su credibilidad como grupo que actúa con criterios independientes de los del equipo de gobierno ha quedado sensiblemente dañada.

Alguien podría pensar que después de este episodio el alcalde iba hacer esfuerzos o gestos para que nadie pensara que se comporta como si el Ayuntamiento fuera suyo. Pero no, lo que hubo fueron dos tazas. El viernes a las una menos cuarto del mediodía, con la polémica de los caballos todavía caliente, dio una dispensa a todos los trabajadores municipales para que se marcharan a la feria. A la una no quedaba nadie en el Ayuntamiento. Si hubiese sido un simulacro de incendio habría que haber condecorado al jefe de Protección Civil.
Posiblemente este asunto no será criticado por ningún partido, porque nadie quiere enemistarse con un colectivo de más de 3.000 personas a dos semanas de una cita electoral. Es difícil saber si algún vecino habrá visto frustrada su intención de hacer algún trámite dejado para último momento. Pero el panorama en el Ayuntamiento el viernes a mediodía era (¿cómo decirlo?) algo bananero.

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Anécdota o categoría
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Héctor Barbotta | 10-06-2016 | 1:40| 0

Cuando en noviembre del año pasado el Tribunal Supremo anuló el Plan General de Ordenación Urbana de Marbella y obligó a volver al documento de 1986 –que había sido el punto de colisión entre la legalidad y los gobiernos de Jesús Gil– en la ciudad se experimentó la sensación de estar viviendo el día de la marmota, como si una maldición divina la atrapara en un bucle permanente del que parece impedida de salir.
Algo parecido ha sucedido esta semana cuando se supo que la boda de un miembro de las dos últimas candidaturas socialistas y amigo del alcalde, celebrada en el Ayuntamiento, había contado con el ornato de una escolta de la Policía Local en la que no se habían mezquinado ni los uniformes de gala ni una guardia montada en dos caballos de la unidad equina del cuerpo.
Si con el asunto del PGOU la maldición es de fondo, al menos en apariencia el caso de los caballos se presenta como un cuestión principalmente estética. Pero el problema es que la estética del GIL guardaba una coherencia vital con todo lo que se cocía intramuros.
Entre las escenas que en Marbella aún se recuerdan con sonrojo, la del cortejo uniformado y montado a caballo que solía acompañar al alcalde en actos a los que se pretendía dotar de pompa y solemnidad no es la menor. Por ello resulta imposible comprender cómo el equipo de gobierno, que se conformó bajo el discurso de marcar una nueva época en la ciudad que cerrara para siempre el capítulo del gilismo y también de lo que en sus filas dieron en llamar el ‘neogilismo’ se ha metido en este jardín sin que nadie lo empujara.
Hay problemas que sobrevienen forzados por las circunstancias, inevitablemente, y otros en los que los responsables públicos se meten solos, voluntariamente, sin que sea posible encontrar para ello más explicación que una mala lectura del pulso social.
Si el alcalde estaba informado de que una guardia montada de la Policía Local iba a escoltar a su compañero de partido camino de la boda, esto podría entenderse como una ostentación irresponsable de poder. Pero si es verdad que se hizo sin su conocimiento las conclusiones no son más tranquilizadoras.
La desafección ciudadana con los políticos por el uso arbitrario de los recursos públicos se ha expresado ya de formas tan diversas y contundentes que resulta imposible entender por qué un error de esta magnitud ha podido tener lugar a no ser que se concluya que a un año de tomar posesión el alcalde o alguien de su entorno ha perdido ya el contacto con la realidad. Y es ahí donde el episodio puede dejar de ser anécdota para convertirse en categoría.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella