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Autor: HectorBarbotta
Una lista de nombre equívoco y candidatos sorprendentes
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Héctor Barbotta | 23-04-2015 | 5:04| 0

En el Partido Popular no quieren ni oír hablar de Ciudadanos. Menos aún que una papeleta lleve ese nombre después de que el partido de Albert Rivera haya renunciado a la plaza de Marbella tras considerar que su agrupación local no estaba suficientemente cohesionada para acudir al llamado de las urnas.
El partido que gobierna el Ayuntamiento de Marbella ha presentado una reclamación ante la Junta Electoral de Zona tras comprobar que una de las listas independientes que han formalizado candidatura para las municipales del próximo 24 de mayo llevaba el nombre de marras en su papeleta.
El martes se formalizaron las once candidaturas que acudirán a las elecciones municipales en Marbella. Entre ellas no figura Ciudadanos, el partido emergente que está desgastando al PP en su línea de flotación por dirigirse a un electorado que se sitúa en su mismo segmento ideológico, pero sí aparece una formación independiente fraguada en los últimoas meses bajo el nombre Change Marbella, pero que a la hora de registrar su denominación ante la Junta Electoral lo ha hecho con un apelativo que en opinión del PP puede llamar a la confusión precisamente donde más le duele. El nombre que figura en la papeleta es ‘Ciudadanos, Habitantes y Gentes de Marbella (Change Marbella)’.
En el escrito presentado ante la Junta Electoral se sostiene que esta candidatura tiene «una nomenclatura diferente a sus siglas y que puede crear confusión con otro partido político», por lo que ha pedido que en la papeleta aparezca «con la denominación correcta».
Lo que más ha llamado la atención de este partido, sin embargo, no ha sido tanto la denominación equívoca a ojos del PP sino la composición de la lista. Pese a que en un principio se barajaron nombres de empresarios como aspirantes a la Alcaldía, quien aparece finalmente como número uno es el inspector de Urbanismo y delegado sindical Manuel del Río. Este trabajador municipal tuvo un papel decisivo en el expediente del club de playa Funky Buddha, que originó la causa que dio lugar a la imputación del concejal de Urbanismo, Pablo Moro.
El inspector y ahora candidato, que elaboró los informes que advertían de la presunta ilegalidad de las obras del club de playa, estuvo en el centro de la polémica cuando el pasado octubre fue separado de su cargo y trasladado a otra dependencia municipal, decisión que posteriormente fue revocada por el propio Ayuntamiento para no alentar suspicacias.
Sin embargo, la sensación de sorpresa ha aumentado al conocerse es que como número 3 de esta candidatura aparece Francisco Javier Moreno, gerente del centro comercial La Cañada y hombre de la máxima confianza del propietario del mismo, el empresario Tomás Olivo, que mantiene importantes diferencias y temas pendientes con el área de Urbanismo del Ayuntamiento.

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5.000 votos buscan lista
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Héctor Barbotta | 20-04-2015 | 2:29| 0

Los nuevos partidos están comenzando a comprender de qué va esto. El pasado jueves los parlamentarios andaluces de Podemos y Ciudadanos asistían atónitos a la monumental bronca en la sesión de constitución del Parlamento Andaluz que enfrentaba a PSOE y PP por la composición de la mesa de la cámara. Mientras los debutantes parecían meros espectadores ante la discusión barriobajera que inauguraba las sesiones, desde los puestos de Izquierda Unida lamentaban que las dos fuerzas debutantes no hubiesen comprendido la importancia de lo que se decidía y se mantuvieran al margen, como si el asunto no fuera con ellos. En un parlamento atomizado y con un Partido Socialista obcecado en comportarse como si contara con mayoría absoluta, la composición de la mesa es fundamental para empezar a trazar el rumbo de la legislatura. Los socialistas han impuesto sus tablas y su experiencia para ganar la primera batalla. Posiblemente los dos partidos nuevos tengan ahora cuatro años por delante para preguntarse si no hubiese sido mejor comenzar a ejercer desde el principio su condición de miembros del Parlamento con todas sus consecuencias.
Y es que más allá de lo que cada uno opine de lo que deben ser las instituciones o la propia práctica política, las cosas sólo se empiezan a cambiar desde la realidad. Y la realidad es muchas veces menos edificante de lo que a uno le gustaría que fuera.
Ciudadanos, el partido emergente que parece haber surgido para actuar como dique de contención de los votos de protesta que amenazaban con mudar en masa a Podemos, acaba de toparse con la realidad a nivel local. Esta semana, la dirección nacional de la formación ha decidido no presentar lista para las municipales en Marbella, y seguramente a muchos le habrá venido a la cabeza la decisión adoptada por Podemos en octubre del año pasado, cuando su dirección nacional acordó no concurrir a las elecciones locales tras constatar que no serían capaces de impedir que su marca fuese usufructuada por arribistas y oportunistas de intenciones equívocas.
Ciudadanos es el Podemos liberal-conservador, y era lógico que tarde o temprano se encontrara con los problemas y las disquisiciones de su formación gemela al otro lado del espectro ideológico. Montar una marca electoral cuando hay espacio político para hacerlo parece mucho más sencillo que crear un partido barrio a barrio y pueblo a pueblo y lidiar con las bajezas y las ambiciones humanas. Le está costando a Podemos, pese a que cuenta con una base de activistas fraguada en manifestaciones y protestas libradas bajo el calor de la indignación ciudadana y el 15-M. Mucho más difícil va a ser para el partido de Albert Rivera, cuya base social parece estar en votantes del PP defraudados por la política fiscal del Gobierno y las golferías sin fin, pero mucho más despolitizados y sin gimnasia en estas lides.
Los más de 5.000 votos que Ciudadanos consiguió en Marbella en las elecciones autonómicas y la proyección que situaba a esa formación con dos o tres concejales y una posible posición de bisagra en la próxima corporación municipal han supuesto una tentación muy grande que la frágil estructura de ese partido en Marbella no ha sido capaz de resistir. La explicación oficial para no presentar candidatura en Marbella ha sido que la agrupación local de Ciudadanos no estaba suficientemente cohesionada. La real posiblemente sea que la dirección del partido no quiere que su marca electoral sea mal utilizada en un año en el que la batalla está en convertir a Albert Rivera en un personaje decisivo en la política española. Incluso en eso parece seguir la estela de Podemos.
Ahora resta por saber dónde buscarán amparo los votantes que hace menos de un mes huyeron del Partido Popular para refugiarse en Ciudadanos. En las filas del PP sabían que el partido de Rivera podía hacerles daño en las municipales, más si se presentaba con un candidato desconocido que no despertara rechazo y que dejara librada toda la suerte electoral al tirón de la marca. Pero sabían también que los eventuales concejales de Ciudadanos difícilmente acabarían en un gobierno de todos contra Ángeles Muñoz.
Con la decisión de Ciudadanos de no acudir a las urnas el próximo 24 de mayo, el PP pierde de vista a su principal competidor en su espectro ideológico. Pero se queda también sin un eventual aliado para cuando se constituya la corporación municipal y haya que conformar una mayoría que no aparece nada clara en las previsiones electorales.

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Y un día Gil volvió a Marbella
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Héctor Barbotta | 04-04-2015 | 9:08| 0

Jesús Gil volvió el pasado miércoles a Marbella. No el fallecido alcalde, claro está, sino su primogénito, homónimo del protagonista principal de los años de la burbuja urbanística y el saqueo sistemático de la ciudad. Lo hizo, claro está, por una cuestión de negocios.
Jesús Gil Marín, alcalde de Estepona en la época en que el apellido y las siglas bastaban para arrasar en las urnas y tomar el control de las cajas de los ayuntamientos, regresó a Marbella para inaugurar en Puerto Banús una oficina de su inmobiliaria, Gilmar, de 160 metros y una plantilla capaz de expresarse en nueve idiomas: español, inglés, alemán, francés, italiano, árabe, ruso, polaco y persa. «Nadie se quedará sin ser atendido como debe y en su propia lengua», dijo en el acto de corte de cinta, en el que estuvo acompañado por la directora de la oficina, Setareh Mohregi, y el concejal de Comercio del Ayuntamiento de Marbella, José Eduardo Díaz.
Quizás sea porque la catarsis ya está hecha, o posiblemente porque Marbella ha vuelto a demostrar su condición de ciudad donde los negocios son lo primero aunque para ello haya que tirar de amnesia, la presencia del heredero de Jesús Gil y Gil no provocó el más mínimo atisbo de reproche. Todo lo contrario. Entre el centenar largo de personas que se dio cita no se echó en falta ni a la institución municipal ni a nadie de la Marbella más influyente. Si a alguien le apetecía hacerle un feo al hijo del exalcalde se guardó las ganas.
Y eso que desde 2012, Gil Marín y sus tres hermanos están condenados por el Tribunal de Cuentas a devolverle a Marbella, en su condición de herederos de una fortuna malhabida, 63 millones de euros más sus intereses. Y que el año pasado el propio Ayuntamiento pidió, para asegurarse el cobro de esa sentencia, el embargo de las acciones de Gilmar, la misma inmobiliaria que ayer inauguró oficina con un concejal enviado a participar en el corte de cinta. Ayer no hubo nadie que recordara esta controversia, que sigue viva en los juzgados, y la representación institucional no se echó en falta. Además de Díaz, asistió el concejal de Urbanismo, Pablo Moro, y otros cargos del Ayuntamiento. Los partidos de la oposición municipal mantienen que en Marbella al gilismo le ha seguido el neogilismo. La inauguración les presentó en bandeja la foto para comenzar su campaña electoral.
Sin rastro de rubor, la plaza Antonio Banderas de Puerto Banús, donde se erige la oficina, pareció retrotraerse, entre tacones de vértigo, alguna exagerada huella del bisturí estético e indumentaria a medida que desafiaba el sol, a los años de fachada alegre que escondía los fogones donde se cocinaba un legado de penumbra. Por no faltar, no faltaron ni la viuda ni el hermano del exalcalde, Mariángeles Marín y Severiano Gil, respectivamente.
Pero lo más llamativo no era el lógico apoyo familiar, ni siquiera el institucional, sino la presencia contundente de la Marbella social y empresarial. Algunos pocos hacían lo posible para eludir las cámaras, pero la mayoría posaba sin sonrojo. Allí había empresarios del sector inmobiliario, como Ricardo Arranz, Lars Broberg, José Carlos Moreno o Antonio Bazán, el presidente del Centro de Iniciativas Turísticas, Juan José González, varios miembros de la asociación DOM3; el presidente de la Asociación de Residentes Extranjeros en la Costa del Sol, Ricardo Bocanegra; el director de Marina Banús, Dan Ortuño…
Gilmar es una de las principales inmobiliarias del país. Tiene 22 delegaciones, de las que tres están en la Costa del Sol. La propia inmobiliaria se vanagloria de sus 25 años en la zona y de haber servido de puente para que personalidades del mundo del deporte, del espectáculo, de la empresa y de la realeza hayan establecido su primera o segunda residencia en Marbella y su entorno.
Su cartera de clientes, sostienen, no tiene competencia en el segmento de mayor poder adquisitivo. Lo que explica que todo esto no fuera nada personal. Sólo negocios.

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Elecciones autonómicas y después
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Héctor Barbotta | 30-03-2015 | 6:15| 0

LA secuencia electoral, con la circunstancia atípica de dos convocatorias prácticamente seguidas, ha llevado a que se viviera una semana postelectoral también atípica. Frente a las experiencias donde a los resultados del domingo por la noche le seguía una semana de calculadoras y reflexiones, en esta ocasión el tiempo dedicado a hacer cuentas ha superado rotundamente al destinado a reflexionar, según se desprende de los comentarios y declaraciones escuchados durante los escasos días transcurridos desde la celebración de las elecciones autonómicas. La calculadora ha llevado a concluir que dentro de ocho semanas el PP perderá la mayoría absoluta y bajará de 15 a diez concejales, que el PSOE subirá de siete a nueve, que Podemos, con su marca municipal, tendrá cuatro, que Ciudadanos irrumpirá con tres y que Izquierda Unida conservará sólo uno de sus dos concejales. En todo caso las especulaciones alcanzaron a preguntarse a quién le quitará ediles Opción Sampedreña para repetir su presencia en el Ayuntamiento, y por lo tanto cómo se modificará el reparto que surge de la extrapolación de los datos del pasado domingo. Este ejercicio de política-ficción ha tenido dos sustentos importantes: el repetido argumento de que la mejor encuesta es la de las urnas y el número de votos depositados el pasado domingo en Marbella: 46.532, un número asombrosamente cercano a los 46.617 de las elecciones municipales de hace cuatro años. La semejanza podría invitar a pensar que quienes votaron el pasado domingo son los mismos que lo harán el 24 de mayo, y por lo tanto que el resultado no diferirá demasiado. A pesar de esta coincidencia numérica, es evidente que resulta apresurado atribuir concejales a partir del resultado de unas elecciones convocadas para algo muy diferente. Sin embargo, hay tendencias que deberían ser tomadas en consideración, y por ello son entendibles los gestos de preocupación que en estos días adornan los rostros en el equipo de gobierno municipal. En primer lugar, porque el PP ha sido el gran derrotado el pasado domingo, por la evidente existencia de una vía de agua en el partido del Gobierno que hunde sus motivos, precisamente en el desgaste por la acción del propio gobierno. No hay miembro del Partido Popular con el que se hable en estos días que no mencione como un error de grueso calibre la continua presencia de Mariano Rajoy en la campaña para las elecciones andaluzas. Y cuando el presidente del Gobierno y principal líder del partido no es un activo, sino un lastre, el problema es mayúsculo. Y además se trata de un problema que no se resolverá antes de las municipales, primero porque Rajoy, según su costumbre de ignorar los problemas, no lo ve, y segundo porque ya prepara un tour para pasearse por todas las plazas electorales. No es difícil imaginar a Ángeles Muñoz y los suyos encendiendo velas para que el presidente del Gobierno y sus ministros excluyan a Marbella de su programación de campaña. No será fácil. Marbella es un sitio atractivo, a muchos de ellos les apasiona la ciudad y ya entrados en primavera entran ganas de venir. Ciudadanos ha sido la gran sorpresa de las andaluzas y una de las principales incógnitas de las municipales. De momento es un partido al que no se le conoce programa ni se le reconoce ideología, más allá de su oposición en Cataluña a las veleidades secesionistas. La misma postura firme, por cierto, que expresó Susana Díaz desde su llegada a la cúpula del PSOE andaluz y que tanta simpatía despertó también en la prensa más conservadora de Madrid, que lleva meses destacando la altura estatal de la candidata socialista. No deja de ser una paradoja que el PP resulte fagocitado por actores de un conflicto, el catalán, que él mismo atizó durante años con fines precisamente electorales. Hay quienes atribuyen la debacle del PP a la mera presencia de Ciudadanos. Cada uno se engaña a sí mismo como prefiere, pero Ciudadanos no ha sido causa, sino consecuencia. No es la enfermedad, sino el síntoma. El instrumento que los votantes populares descontentos por múltiples motivos que van desde los impuestos hasta la corrupción, encontraron para manifestar su disgusto sin pasar por el trance de tener que dar su apoyo a Podemos para que el enfado quedara claro. La formación de Albert Rivera se ha convertido ahora en una marca por la que seguramente muchos de los que en el PP llaman ‘nuestros cabreados’ lucharán por hacerse, como quien compra un local y contrata con Burger King la instalación de una franquicia. Hay incluso quien ante el ninguneo de la débil estructura local ha llevado sus gestiones a otras latitudes, concretamente a Barcelona. Pero haría mal el PP en encomendar su suerte electoral al desconocimiento o a la falta de predicamento en la ciudad de quien finalmente se presente por Ciudadanos. Su tarea es trabajar el tiempo que queda para intentar recuperar a esos votantes. Las elecciones del domingo demostraron que a quien quiera expresar desacuerdos le sobran instrumentos para hacerlo. Si no es uno siempre puede ser otro. Las elecciones del domingo, con la dispersión del voto opositor, convirtieron a Susana Díaz en la gran triunfadora. Pero posiblemente se haya magnificado la dimensión de ese triunfo. Después de una primera lectura, las dificultades que se está encontrando la presidenta para conseguir una investidura rápida están poniendo las cosas en su sitio. El PSOE perdió más de 120.000 votos y cerró el peor resultado de su historia. Un peor resultado que firmaría cualquiera de sus adversarios, pero que es necesario poner en su contexto a la hora de proyectar sobre las elecciones de mayo. Los socialistas, que en las europeas del año pasado ganaron en Marbella después de diez años, han vuelto a perder. Esta vez frente a un PP en pleno retroceso y a pesar de cosechar un resultado en San Pedro que difícilmente repetirán cuando en las municipales sí aparezca la papeleta de Opción Sampedreña. No obstante, el impulso moral que supone haber retenido sin sobresaltos el gobierno andaluz y advertir las dificultades que se le aparecen al PP para repetir mayoría absoluta no es un factor desdeñable a tan pocas semanas de la nueva cita con las urnas. Las elecciones han desvelado un claro corrimiento hacia la izquierda del electorado, pero la aparición de nuevos actores no permite dar por hecho un eventual pacto de gobierno para desbancar al PP que sería más que previsible si la nueva mayoría estuviese formada sólo por los tres grupos que integran actualmente la oposición. Primero, porque después de su experiencia en el Gobierno andaluz y los resultados obtenidos el pasado domingo no está claro que en Izquierda Unida sigan apostando a ciegas por pactos con el PSOE. El candidato de IU, Miguel Díaz, dijo esta semana en una entrevista en la cadena Ser ya con los resultados de las andaluzas sobre la mesa que se equivoca quien crea que se presenta a las elecciones para hacer alcalde a José Bernal. En segundo lugar, porque lo que pase en Marbella estará muy condicionado por los posibles pactos en la Diputación, en la Mancomunidad y en otras alcaldías, cuestiones muy difíciles de prever en una situación tan volátil como la presente. Y también porque en Podemos, donde hay mucho del electorado que IU quiere recuperar, no hay precisamente predisposición a dar agua al PSOE. El hecho de que Podemos haya triplicado en Marbella los votos conseguidos cuando apareció por primera vez en las europeas de mayo y el músculo que mostró la organización durante la jornada electoral, con apoderados en todas las mesas, demuestra que no se trata de un fenómeno pasajero. Con la marca y el candidato ya decididos –acudirán a los comicios como Sí Puede–, estamos ante un nuevo protagonista, también de la política local. Cómo influirá su presencia en el comportamiento de los votantes de otros partidos –si seguirá limando el cuerpo electoral de PSOE e IU y si su sola presencia amedrentará a los votantes del PP y los animará a no abandonar a ese partido– es algo que también se verá en las próximas elecciones. Podría pensarse que falta muy poco, pero en una situación tan volátil y de cambios continuos, ocho semanas pueden ser mucho tiempo.

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Selfies que mienten
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Héctor Barbotta | 19-03-2015 | 2:23| 0

El simpatizante se acerca como si estuviera ante una estrella del rock. Sonrisa que no cabe en la cara y teléfono en mano, pugna por inmortalizar el momento. El político se presta, claro. El final del mitin se prolonga en una sucesión de selfies eterna. La escena se repite cada vez que los candidatos acuden a esos actos en los que la afición de los partidos descubre la posibilidad no sólo de escuchar en directo a su líder, sino de verlo de cerca y, si hay mucha suerte, hasta de tocarlo.
Desde la transición hacia aquí, los mítines políticos han experimentado una evolución que podría resumirse en tres etapas. Al principio eran gritos de libertad. Actos que los partidos organizaban para dar a conocer sus propuestas y convencer a los asistentes de que las apoyaran. Después de cuatro décadas de ideas en la clandestinidad, seguramente la explosión llevaba a los actos políticos a miles de curiosos que más que identificarse con un partido lo hacían por el derecho de cada uno a expresar libremente sus ideas. Los partidos aprovechaban para convertir a los curiosos en votantes.
Con el tiempo se evolucionó hacia una segunda etapa. La ilusión dejó paso a la funcionarización de la política. Los curiosos y los indecisos abandonaron los mítines, que se convirtieron en espacios donde el objetivo no era convencer a los convencidos, sino dictar proclamas como el general que arenga a la tropa antes del asalto final. En el público ya no había votantes potenciales a quienes se seducía, sino adeptos que salían del acto con ánimo de intentar convencer a su entorno con argumentos escuchados al líder y que con mayor o menor fortuna podían repetir cuando llegara el caso en el ascensor o en la pausa para el café en el trabajo, siempre y cuando el trabajo no fuese proporcionado por el partido, en cuyo caso ya no era necesario convencer a nadie.
Pero hemos llegado ya a una tercera etapa. La televisión ha convertido a los líderes y aspirantes en estrellas catódicas, gran paradoja de nuestra época, precisamente en el momento en que la política se arrastra por el fango del descrédito. Los mítines ya no son tampoco la oportunidad para arengar a la tropa, sino el momento en el que la tropa tiene la oportunidad acercarse al líder y comprobar que es de carne y hueso.
Entre las estrellas del rock, futbolistas y actores, la posibilidad de tener contacto con la realidad y los pies en el suelo sólo está reservada a la minoría más inteligente que comprende que las muestras de devoción de sus fans son una parte de la ilusión que ellos venden, y que la vida es en realidad algo muy distinto. Pero el problema es que los políticos no son estrellas ni están aquí para vender ilusión, sino para solucionar problemas reales. La mayoría de las personas no son fans que aspiran a un selfie, sino ciudadanos que exigen respuestas y soluciones. Harían mal los políticos en pensar que el mundo real es el que ven en los mítines.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella