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El PP inicia el asalto
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Héctor Barbotta | 27-07-2017 | 19:44| 0

 

Más que un congreso, fue un pistoletazo de salida. El Partido Popular de Marbella celebró la semana pasada su cónclave para reelegir a Ángeles Muñoz para presidirlo durante cuatro años más y el espectador menos avisado podría haber concluido que no había asistido a un congreso, sino a un mitin. Ahí no hubo debate y todo se aprobó por aclamación.
El congreso, con unos 500 asistentes, tuvo un aforo inferior al anterior, celebrado hace cuatro años ante unas 2.000 personas. Hubo quien, desde el Partido Socialista, lo leyó como una muestra del declive del PP. Está claro que la capacidad de convocatoria no es la misma cuando se está en el poder que cuando se ocupan los escaños de la oposición. Pero medio millar de asistentes, un sábado a la noche en pleno verano tiene un mérito indudable que adquiere mayor dimensión si se lo compara con cualquier asamblea, congreso, mitin o reunión que pueda organizar cualquier otra formación política en Marbella.
El congreso careció de discusión, de exposición o de confrontación de ideas. Posiblemente hubiese estado fuera de lugar esperar mucho más de un congreso, como decimos, celebrado un sábado a las ocho de la tarde, en pleno mes de julio y al que no precedió ningún tipo de debate. Resultó algo chocante que en el primer congreso celebrado por el PP de Marbella después de haber perdido la Alcaldía tras dos holgadas mayorías absolutas no se haya siquiera intentado esbozar una explicación sobre las razones de ese retroceso político y de la pérdida del poder municipal. No hubo referencia alguna a las razones por las que se perdió respaldo electoral hasta quedarse por debajo de la mayoría absoluta y tampoco a los motivos por los que, una vez perdida esa mayoría, tampoco se encontraron aliados con los que formar gobierno.
Por el contrario, la opción elegida fue la de ahorrarse hasta la más tímida autocrítica y esgrimir la tesis del robo, gruesa palabra a la que recurrieron en sus intervenciones Javier Arenas y la presidenta de Nuevas Generaciones, Melania Leiva. Resulta sintomático que el más veterano y la más joven optaran por ignorar la condición esencial de los sistemas parlamentarios de todo el mundo, donde no gobierna el que obtiene más votos sino el que consigue formar mayorías. Siempre es más cómodo recurrir al victimismo que a la autocrítica, aunque ello implique lanzar mensajes peligrosos y poco pedagógicos sobre cómo funcionan las instituciones democráticas en este país, cuya Constitución consagra la monarquía parlamentaria como sistema político y en el que ninguna institución se rige por un sistema presidencialista.
Pero si no hubo debate alguno sobre los motivos que llevaron al PP a la oposición, mucho menos lo hubo sobre quién debía ejercer la presidencia del partido. No sólo porque solamente se presentaba la candidatura de Ángeles Muñoz sino también porque todos los intervinientes –además del resucitado Arenas, su mentor histórico, de Leiva y de ella misma hicieron uso de la palabra el secretario general, Manuel Cardeña, el presidente regional, Juanma Moreno, y el provincial, Elías Bendodo– glosaron la figura de la presidenta. Escuchando las intervenciones nadie se hubiese atrevido a imaginar que hasta no hace mucho –en concreto, hasta que la vieja guardia salió reforzada del congreso nacional del PP el pasado febrero– una de las mayores preocupaciones del PP andaluz y del PP de Málaga consistía en buscar para Marbella una cabeza de cartel alternativa para las elecciones municipales de 2019.
Después de escuchar los discursos quedan algunas conclusiones: que no ha habido ni habrá autocrítica, que uno de los principales objetivos políticos del PP más allá de los límites del término municipal es recuperar el Ayuntamiento de Marbella y que no habrá debate sobre la candidata. Ángeles Muñoz se presentará por quinta vez.
Tras atender a lo que se dijo en el congreso sólo cabe concluir que sólo hay una posibilidad de que el Partido Popular no comience a la vuelta del verano una intensa campaña electoral que se prolongará durante un año y medio. Consiste en que las conversaciones que se mantienen con OSP para recuperar la Alcaldía prosperen. En el Partido Popular consideran que la puerta para adelantar el regreso al poder municipal todavía está abierta. Si no fuese así, razonan, el partido sampedreño ya habría confirmado que sigue en el tripartito y aún no lo ha hecho pese a que el ecuador del mandato ya se ha sobrepasado en más de un mes.
En el PP van a seguir explorando esa vía, que si no prospera abrirá un nuevo tiempo de intensa campaña para cumplir con el mandato congresual de recuperar para Ángeles Muñoz el bastón de mando municipal.
Después de estas conclusiones se podría inferir que en el congreso del PP de Marbella no hubo novedades en clave interna y que el acto no fue más que el primer mitin de una precampaña que se adivina larga. Sin embargo, del cónclave pueden deducirse trascendentes conclusiones internas, más allá de la confirmación de Ángeles Muñoz como líder indiscutida, con capacidad inapelable para decidir entradas y salidas y candidata a las próximas elecciones.
La primera es que la presidenta vuelve a rodearse de su círculo de confianza, pero que ese círculo se ha estrechado y ha quedado reducido a dos personas: el portavoz, Félix Romero, y el secretario general, Manuel Cardeña.
Al resto, léase el grupo municipal al completo, le ha enviado un mensaje nítido: nadie tiene asegurado un lugar en la próxima lista y quien quiera estar tendrá que ganárselo. Y para que la advertencia sea clara no ha puesto a ningún concejal, salvo los dos citados, en la nueva ejecutiva. En su lugar ha entrado gente nueva, que tendrá un año y medio para ganarse un lugar. Y ya se sabe, para que entre uno, otro tiene que salir. Muñoz no quiere relajación porque considera que fue precisamente la relajación lo que la privó de su tercera mayoría absoluta hace dos años.
Desde que en los meses previos a las elecciones municipales de 2007 el PP de Marbella experimentó una explosión de crecimiento, dos tendencias convivieron bajo el liderazgo omnímodo de Ángeles Muñoz: la de quienes la habían acompañado en los duros años de oposición a Jesús Gil –principalmente los dos citados y Kika Caracuel (ahora dedicada principalmente a la Diputación)– y la de quienes llegaron en el aluvión posterior al desmoronamiento del gilismo. Muñoz siempre mantuvo un tenso equilibrio entre ambas partes pero ahora tras el congreso puede concluirse que la balanza se ha inclinado y que sigue confiando en los suyos de toda la vida. El resto deberá seguir haciendo méritos.

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Zapatos
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Héctor Barbotta | 27-07-2017 | 07:15| 0

Tú mírale los zapatos; si los lleva viejos o incluso sucios, no es un chorizo». El consejo se escuchó atentamente hace años, mucho antes de que invadiera la sensación de que la política se había convertido en terreno abonado donde oportunistas, caraduras y sinvergüenzas de toda calaña encontraban su hábitat ideal. Cuando Jesús Gil parecía solamente un paracaidista que había caído en territorio ajeno y no un maestro que acabaría creando escuela.

Hasta entonces no había sido siempre así. Basta con mirar, ahora que se acaba de cumplir el 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas, el currículum de muchos de los políticos de entonces. Había muchos burócratas del antiguo régimen que mutaron oportunamente sus convicciones y hasta limpiaron antecedentes, pero también, frente a ellos, además de un buen puñado de resistentes a la dictadura, profesionales y catedráticos que aparcaban sus carreras porque entendían que el país necesitaba de su esfuerzo en un momento de esperanzas pero también de incertidumbres.

Resulta muy difícil pensar que en aquellos años alguien podía tomar la decisión de meterse en un partido con la expectativa de medrar. La política no parecía ser, por entonces, un buen lugar para llenarse los bolsillos. El derrotero que tomaría con los años era insospechado.

Cuando el exalcalde de Casares Juan Sánchez entró en política afiliándose al Partido Comunista tenía 18 años. Al dictador todavía le faltaban dos años para morirse en la cama y el PC era una organización clandestina. Sus aspiraciones, con toda seguridad, eran otras de las que acabarían siendo.

Cuando en el futuro se estudie la degradación moral que acompañó en la Costa del Sol a la burbuja inmobiliaria posiblemente haya que recurrir a las sentencias judiciales. Un saga cuya obra más célebre es ‘Malaya’ pero que engorda a medida que los tribunales van describiendo, con retraso pero también con detalle el paisaje completo de una época. La última es la del ‘caso Magestic’, cuya investigación permitió conocer a una organización criminal del Este de Europa que se había instalado en estos lares en los comienzos de la década pasada y cuya resolución explica con pelos y señales la complicidad política que uno de sus representantes encontró en el Ayuntamiento de Casares, donde gobernaba un alcalde con casi 30 años de currículum y a quien avalaba una trayectoria nacida en la resistencia a la dictadura.

La sentencia explica, sin decirlo, que el dinero fácil de la burbuja llevó su tentación hasta territorios insospechados. Y permite concluir también que la fórmula de observar los zapatos no funciona.

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Tarea difícil y urgente
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Héctor Barbotta | 21-07-2017 | 21:33| 0

En estos días los ediles del gobierno y la oposición han hecho balance en el ecuador de la gestión del gobierno tripartito de Marbella y al escuchar a unos y a otros pareciera que unos y otros han estado viviendo durante los dos últimos años en ciudades distintas, diferentes a su vez del lugar en el que viven los vecinos. Ni una ni otra, en la que todo se ha hecho bien y en la que todo se ha hecho rematadamente mal, son las ciudades reales.
Exagerar lo malo y lo bueno, según la relación que cada uno ocupa con el poder institucional, está en el adn de los políticos, muy alejado de esa actitud que seguramente valorarían los ciudadanos de reconocer algún mérito al adversario o de, mucho más difícil aún, abrir una ventana donde se dejara entrar al menos una brisa de autocrítica.
También en estos días la llegada de los días más álgidos de la temporada turística está invitando a hacer lecturas igualmente opuestas de la situación de la ciudad. De un lado aparece el destino que vuelve a atraer un año más a los turistas más deseados, las celebridades que a su vez funcionan como imán para otros turistas; el que vuelve a presentar las tasas más altas de rentabilidad hotelera; el que cobra precios astronómicos por los alquileres de locales en algunas de sus zonas comerciales; el que acoge el programa más ambicioso de conciertos; el que justifica que las principales cadenas hoteleras del mundo hagan planes para instalarse porque saben que la inversión tendrá retorno con creces.
Del otro, también aparece el destino cuyas playas presentan un estado impresenable, con más piedras que arena; el que implanta fórmulas para erradicar la venta ambulante ilegal que sólo funcionan esporádicamente; el del turismo incívico y de borrachera que se empeña en convivir con el de alta gama, como si ambos fuesen compatibles.
No se trata, a diferencia de los balances de gestión que realizan los grupos políticos, de dos visiones distintas e irreales de la misma ciudad, sino de dos realidades que conviven, y frente a las que hay que trabajar para consolidar la primera y erradicar la segunda.
Es posible que las imágenes del turismo incívico que alarmaron durante semanas y que tuvo su episodio más preocupante en el atropello múltiple del último domingo de mayo, queden sepultadas por la mucho más edificante de la gran mayoría de turistas que, con más o menos presupuesto, llegan a Marbella cada verano para pasárselo sanamente bien y que alimentan con su gasto la economía de la ciudad.
Sin embargo, ello no debe servir como excusa para asumir que quedan tareas por hacer, porque es probable que ambas imágenes no puedan seguir conviviendo durante mucho tiempo más. Marbella tiene la ventaja de que está muy lejos de Magaluf, y las imágenes que llegan desde ahí pueden valer al mismo tiempo como alarma, como advertencia y como espejo de un destino al que no se quiere llegar.
El atropello múltiple sirvió como espoleta para advertir de que había que actuar. Es posible que se haya reaccionado tarde, pero no se puede decir que el Ayuntamiento haya permanecido en una situación pasiva desde entonces.
Varios clubes y establecimientos han sido citados en las oficinas municipales y se les ha advertido de que en el modelo turístico que se quiere impulsar hay un cierto tipo de actividades y también de actitudes que no tienen cabida. Es evidente que el Ayuntamiento no tiene competencias para imponerles a los responsables de un establecimiento a cuánto deben vender las copas o las cervezas o para obligarles a que no dejen salir a la calle a personas que van con el torso descubierto o en un estado que invita a quedarse dormido en el primer banco que encuentren. Pero sí lo tiene para controlar los decibelios, para conceder permisos especiales sobre horarios de cierre o de música en vivo. También para controlar con mayor o menor rigor si todos los papeles están en regla.
Hay establecimientos que han comprendido el mensaje y han comenzado a colaborar, pero el problema excede largamente las competencias municipales. Una gran parte de los turistas de borrachera que llegaron a Marbella en los últimos meses lo hicieron de la mano de operadores que pagan por adelantado a establecimientos de la ciudad y reservan paquetes que incluyen alojamiento y barra libre durante periodos que no exceden los tres días. Una vez que han aceptado dinero a cuenta hpor lo general la oferta llega en épocas de poca actividad y necesidades de caja–los establecimientos están obligados a respetar lo que han firmado.
La mayoría de estos paquetes se anuncian en páginas web británicas que utilizan publicidad engañosa (por ejemplo, con fotografías de clubes de playa que no forman parte de la oferta) sobre las que no existe control alguno por parte de las autoridades de Consumo españolas. No es inusual ver ofertas por tres días de alojamiento, desayuno y barra libre por 160 libras. Ya imaginará el lector qué tipo de cliente se puede sentir atraído por ese tipo de paquetes.
La labor para acabar con estas prácticas, como se ve, va más allá de lo que puede hacer el Ayuntamiento en solitario y requiere de la coordinación entre las instituciones y también de la colaboración empresarial. El problema es aún incipiente, pero las soluciones deberían comenzar a arbitrarse cuanto antes.

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No hay mano invisible
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Héctor Barbotta | 15-07-2017 | 15:44| 0

Se ven juergas nocturnas a costa del descanso de los vecinos en Barcelona y actos sexuales a plena luz del día en la vía pública y uno adivina que no falta mucho para que el turismo sea declarado industria insalubre o para que se organicen patrullas ciudadanas a la caza del visitante incívico. Se ve cómo las peleas entre borrachos en algunos destinos de las islas Baleares han degenerado en terribles episodios de violencia y empieza a caber la pregunta de si habrá que comenzar a calificar a los destinos por el riesgo de reyertas y a establecer un baremo de un policía por cada cierto número de visitantes.
Las noticias que está generando el turismo en los últimos tiempos en algunos destinos se presentan como una tentación que invita a vanagloriarse de lo que tenemos aquí y de cuán lejos estamos de esas situaciones. Sin embargo, es recomendable no ceder y estar alerta. Hay síntomas que están comenzando a aparecer también por esta geografía sobre un cierto tipo de turismo al que hay que ser capaz de cerrarle la puerta, aunque ello pueda suponer en algún momento perder puestos en esa absurda competencia que nos invita año tras año a señalar como una gran victoria que se haya superado el número de visitantes del año anterior.
La falta de armas con las que enfrentarse a este auge de lo que algunos llaman turismo ‘low cost’ pero que en realidad debería denominarse turismo incívico porque no tiene tanto que ver con los precios como con las expectativas del viaje y los comportamientos que ellas generan, se deriva de dos falacias. La primera es la que asegura que con la organización individual de los viajes que permite internet han perdido peso quienes negocian con la carta marcada de controlar grandes grupos de clientes. La segunda es que los balances que sólo toman en cuenta el parámetro cuantitativo son exclusivos de políticos oportunistas que desconocen el sector.
Ni una cosa ni la otra. Hay empresas turísticas en destino que, incapaces de ofrecer calidad, apuestan descaradamante por la cantidad. Y hay también páginas web que han ocupado el lugar de los grandes touroperadores de antaño que montan paquetes –alojamiento, transfer desde el aeropuerto y pulserita para borrachera– a las que las da igual degradar el destino porque mientras controlen un gran número de clientes siempre tendrán dónde enviarlos.
Frente a esta situación, que deja en evidencia el mito de la sabia mano invisible del libre mercado, sólo cabe una reacción. Las instituciones, pero también las empresas cuyo negocio depende de que Marbella siga siendo referente de calidad, tienen que actuar con coordinación y compromiso. En esta ciudad no debe haber lugar para todos.

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¿Último año de Starlite?
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Héctor Barbotta | 28-06-2017 | 11:17| 0

El silencioso estruendoso con que hasta ahora se han desarrollado las negociaciones no ha conseguido ocultar la grieta que separa al equipo de gobierno municipal de los organizadores de Starlite. Ambas partes llevan semanas negociando la prórroga del convenio sobre la cesión del auditorio natural de la cantera de Nagüeles y las posiciones no están ni mucho menos cercanas.
La organización del festival y el Ayuntamiento tienen que renovar este año el convenio que permite la utilización de la cantera para esta actividad y a menos de un mes del primer concierto todavía no se ha producido la firma. Técnicamente, ni tan siquiera la edición de este año se podría celebrar si comenzara este fin de semana, aunque nadie con un mínimo de información duda de que los papeles estarán en regla a tiempo y que Marbella podrá seguir siendo un año más la referencia esencial en los conciertos veraniegos. Otra cosa es lo que pase de ahora en más.
Lo que cabe preguntarse es por qué se ha llegado a estas alturas, con el verano ya iniciado y la temporada alta llamando a las puertas, con los deberes sin hacer. La respuesta sólo puede encontrarse en las diferencias que separan a ambas partes.
La negociación sobre el nuevo convenio para el uso del auditorio natural de Nagüeles lleva ya tiempo cocinándose y tanto los promotores de Starlite como el gobierno municipal han evitado con mutuo silencio que la situación pasara a formar parte de la agenda y del debate público. De hecho, nadie habla hoy públicamente del asunto, sobre el que no hay declaraciones oficiales por ninguna de las partes. Sin embargo, hay diferencias larvadas que salen a la luz a poco que se rasque más allá de la superficie..
El problema reside en la renovación del permiso concedido por el Ayuntamiento para la celebración de conciertos en la cantera, que dimana a su vez de un acuerdo de cesión de ese espacio de la Junta al Ayuntamiento, firmado el 6 de julio de 1992 por un periodo de 25 años y que vencía, por lo tanto, en menos de dos semanas. El final de esa cesión y la necesidad de renovarla ha dado lugar a un replanteamiento del canon que se cobra por su utilización y en esa cuestión de dinero reside el origen de las diferencias entre ambas partes.
El revulsivo que Starlite ha supuesto para Marbella desde su aterrizaje en 2012 debería estar fuera de toda discusión. Sus promotores, los empresarios Sandra García Sanjuán e Ignacio Malaquer, llegaron a una ciudad que aún atravesaba lo peor de la crisis con un proyecto tan ambicioso que al comienzo despertó, sobre todo, escepticismo y desconfianza. Históricamente Marbella ha supuesto un imán para toda clase de charlatanes y escenario de proyectos megalómanos que después se quedaban en nada y hubo quienes no dudaron en poner en esa categoría al festival y a sus impulsores. Sólo cuando en la antesala del verano de aquel año el Palacio de Congresos se llenó de aspirantes a un empleo de verano que salían con un contrato bajo el brazo, los primeros acordes comenzaron a sonar en el auditorio de la cantera y Marbella volvió a ocupar espacios en todos los medios nacionales como epicentro de los veranos musicales, la ciudad pudo comenzar a entender que estaba ante algo muy distinto.
Como todos los acontecimientos trascendentes, Starlite tuvo detractores pero su contribución decisiva al auge que alcanzó Marbella en los últimos años es difícilmente discutible.
Cuando el tripartito llegó al gobierno municipal, poco antes del verano de 2015, y surgieron vaticinios que auguraban una huida de inversiones de la ciudad, los nuevos responsables municipales se esforzaron en dar una imagen de normalidad. Para ello era necesario acallar los rumores de que Starlite abandonaría Marbella. No sucedió nada de ello, sobre todo porque había un convenio en vigor que garantizaba el uso del auditorio al que todavía le quedaban dos años. El tripartito dio entonces un apoyo monolítico a la continuidad del festival.
El pasado verano, cuando la denuncia del abogado Marco Arafat, uno de los fundadores de Podemos en Marbella, puso el foco en la hora de cierre, no hubo sanciones. Es más; la diferencia de criterios en torno a este asunto entre el edil de Seguridad y de Vía Pública, Javier Porcuna, y el entonces jefe de la Policía Local, José Andrés Montoya, fue uno de los detonantes de la ruptura entre ambos que acabó costándole el puesto a Montoya.
Sin embargo, la situación se complicaría con el tiempo. Ahora ya puede asegurar que hay fisuras, y que aunque en el gobierno municipal tripartito la postura oficial siempre ha sido la de tratar al festival con mimo, el evento es mirado con matices diferentes según el partido político del que se trate e incluso de la delegación que ostenta cada concejal.
Uno de los primeros roces entre el gobierno municipal y Starlite y que evidenciaron diferentes visiones sobre el festival se produjeron por la cuestión urbanística. Aunque el diferendo se mantuvo fuera de los focos, el Ayuntamiento abrió un expediente por la construcción de estructuras fijas en un paraje, considerado de especial protección, donde solamente caben soportes móviles. Ese expediente fue el segundo tras el abierto por el Ayuntamiento en 2014, aún bajo el gobierno de Ángeles Muñoz, por el cavado sin permiso de unas zanjas para la instalación de conducciones eléctricas.
Este segundo expediente ya está a punto de cerrarse después de que esta semana el servicio de disciplina urbanística del Ayuntamiento enviara una inspección para comprobar que, efectivamente, la promotora de Starlite había demolido las estructuras realizadas irregularmente. En el Ayuntamiento hay quienes aseguran que la empresa remoloneó a la hora de responder a la apertura del expediente, y que sólo se puso las pilas después de que un informe del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil diera lugar a una denuncia de la Fiscalía por los presuntos delitos contra la ordenación del territorio y de desobediencia grave.
Sin embargo, el punto grave de diferencia está en el dinero. Concretamente, en el canon que la promotora abona todos los años para poder utilizar la cantera, un espacio público protegido bajo la competencia de la Junta de Andalucía cedido por esta administración al Ayuntamiento de Marbella.
Cuando Starlite aterrizó en Marbella, atendiendo a un criterio de utilidad social del proyecto, el Ayuntamiento decidió ceder la cantera a cambio de una cantidad prácticamente simbólica cuyo importe salía del cálculo de lo que costaba cada mes el canon que la administración municipal pagaba anualmente a la Junta. Así fue como se estableció que Starlite hiciera uso de la cantera por unos 7.000 euros al año. El gobierno municipal de entonces entendió que esa era la manera que podía respaldar a un evento que sería muy beneficioso para la ciudad y al que tanto la Consejería de Turismo de la Junta de Andalucía como Turismo Costa del Sol habían ayudado con importantes cantidades.
Ahora, cuando toca revisar el convenio, el criterio municipal ha cambiado, según se asegura desde la Plaza de los Naranjos, por decisión de la Junta, propietaria última de los terrenos y que de momento sólo ha concedido una prórroga provisional de un año. No queda claro si el gobierno municipal actúa de motu propio o si se limita a transmitir las decisiones adoptadas por la Administración andaluza, propietaria última de los terrenos.
Starlite ya no es un festival que requiera de la ayuda pública para arrancar, sino un evento consolidado. La administración –difícil establecer cuál, si la municipal o la autonómica– considera que no está justificado seguir cobrando un canon simbólico y los servicios técnicos del Ayuntamiento ya preparan un informe sobre cuál debe ser la cuantía que debería figurar en el próximo convenio. Según fuentes consultadas por este periódico, el informe, aún no terminado, establecerá una cantidad cercana a los 100.000 euros anuales.
La empresa promotora ya destina cada año unos 140.000 euros a las arcas municipales entre licencias de montaje y desmontaje y avales. No hay que ser un lince para saber que un nuevo canon con una cifra cercana a esa cantidad –incluso la mitad de esa cantidad, que es la que al parecer ya se ha planteado– caería como una bomba sobre la mesa de negociaciones. No tanto para este año, ya que la celebración del festival que comienza el 15 de julio no está ni mucho menos en duda, sino para ediciones futuras.
La Junta sólo ha renovado la concesión en favor del Ayuntamiento por un año, y las condiciones que se negocien este año pueden constituir un antecedente para los años venideros. La continuidad del festival está en el aire.

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Chicas
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Héctor Barbotta | 23-06-2017 | 11:30| 0

La salida de una discoteca de Marbella fue escenario hace unos días de una pelea salvaje entre dos bandas de energúmenos. Estas cosas han pasado toda la vida, pero ahora no hay manera de que sucedan sin que sean grabadas y subidas a la red, de modo que cualquiera que haya tenido interés ha podido ver el salvajismo con el que se emplearon los contendientes. Resulta imposible ver las imágenes sin sobrecogerse, tanto como entender qué puede pasar por el cerebro de una persona que sigue pateando la cabeza de otra que se encuentra inerme en el suelo.
El origen de la pelea, con toda seguridad regada con alcohol y aderezada con otras sustancias, también fue de las de toda la vida. Uno le tocó el culo a la novia de otro y allí fueron los machos a marcar territorio. Uno a defender no la dignidad de una igual, sino la propiedad mancillada; el otro, a presentar con exhibición de testosterona sus credenciales para hacerse acreedor de la pieza en disputa.
Es significativo que aún a estas alturas del siglo haya llamado la atención la inhumanidad de la que hicieron gala los contendientes durante la trifulca, pero que se haya tomado con normalidad el motivo de la pelea.
Ayer se conoció otro episodio de tocamientos en la vía pública, también en Marbella. Una muchacha que paseaba a su perro fue asaltada por un individuo que culminó su ataque con un palmetazo en sus partes íntimas tan virulento que al parecer se produjo una penetración. La víctima fue atendida por las lesiones sufridas y el atacante se enfrenta a una posible acusación de violación, por lo que podría ser condenado a una pena de 12 años de prisión.
El aumento de los asaltos sexuales se está convirtiendo en un serio motivo de preocupación para las fuerzas de seguridad, lo que demuestra que los avances que a veces vemos no son más que un espejismo. Las violaciones, los tocamientos, la consideración, en definitiva, de las mujeres como objetos o, en el mejor de los casos, como personas de segundo rango, no son más que la expresión más bestia de una situación que sigue ahí, en la conciencia más íntima de una mayoría o al menos de una minoría significativa.
Por eso no hay ni escándalo social, ni declaraciones públicas, ni compromiso político para solucionar el problema que enfrenta el equipo de balonmano femenino del Rincón Fertilidad, que se ha ganado el derecho a disputar una competición europea y está a punto de renunciar porque no aparecen patrocinadores que aporten los 100.000 euros necesarios para viajes y alojamientos. A nadie parece conmoverle esta injusticia. Al fin y al cabo no son más que chicas.

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Morir de éxito
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Héctor Barbotta | 19-06-2017 | 11:31| 0

 

El calor, pero no solamente el calor, anuncia que la temporada alta de verano llama a la puerta. Si se recurre al habitual termómetro que no suele fallar, el de la Semana Santa, se puede adelantar que será un verano esplenderoso, de lleno absoluto.
Hay otros indicadores que así lo señalan. Los últimos y desgraciados acontecimientos no han hecho otra cosa que aumentar la sensación de inseguridad global, una situación que favorece a los destinos consolidados, como la Costa del Sol, en desmedro de otros emplazamientos mediterráneos, competidores, que sólo podrían aspirar a volver a levantar cabeza en una situación más tranquila que de momento no se vislumbra en el horizonte.
Sin embargo, la mejor señal de que la temporada alta que se avecina supondrá una llegada masiva de visitantes son las calles y las terrazas ya llenas de turistas y las consecuencias colaterales que desde hace semanas se producen cada día con mayor frecuencia. La más habitual es el atasco permanente que sufren algunas vías de circulación durante gran parte del día.
Marbella va a vivir un verano mejor que el del año pasado, si se atiende al número de turistas que se esperan, y corre un serio riesgo de morir de éxito. Hace demasiados años que las infraestructuras de la ciudad no se renuevan y la última que se puso en marcha, el soterramiento, ha hecho más fluida la circulación en dirección a Estepona pero se ha mostrado insuficiente para resolver los atascos que se producen en los accesos a San Pedro. En realidad, todas las principales entradas y salidas de los núcleos urbanos -Marbella, San Pedro y Banús- son un calvario para los conductores en las horas punta y a poco que se produce un accidente o un simple alcance, las caravanas se eternizan. La autovía a la altura de Las Chapas, los accesos a Puerto Banús y el cruce de la autovía con la carretera de Ronda son los puntos más vulnerables de la red de comunicaciones de la ciudad. Ante el desembarco masivo del verano no aparece otra alternativa que cargarse de paciencia y prepararse para pasar horas atascado.
Poco a poco Marbella se va acercando a una situación en la que la ciudad deberá definir entre dos caminos: o aumentar las infraestructuras o comenzar a plantearse cómo limitar el número de visitantes. Esta dicotomía puede parecer prematura, pero si no se mejora sustancialmente la red de comunicaciones en poco tiempo estará sobre la mesa.
La insuficiencia de las autovías y de las entradas y salidas a los puntos clave, las escasas posibilidades de que prospere el tren litoral –no porque no sea posible ni necesario hacerlo, sino porque nunca se lo ha tomado en serio más allá de la retórica política– y la propia fisonomía de la ciudad, que creció y se desarrolló con urbanizaciones construidas junto a una carretera a lo largo de 27 kilómetros, no invitan a ser optimistas sobre la posibilidad de resolver a corto plazo el creciente problema de los atascos, que se presenta como la más seria amenaza al buen funcionamiento de la ciudad para los próximos años y también como una loza para la calidad de la oferta turística.
Hay otras cuestiones que resultarían más sencillas de resolver si hubiese voluntad política traducida en partidas presupuestarias. Una son las playas, la otra es la seguridad y la imagen asociada a la seguridad.
Cuando Marbella no se había recuperado todavía del impacto que supuso el incidente del atropello múltiple y posterior colisión, también múltiple de hace dos semanas, en estos días una pelea multitudinaria a la salida de una discoteca ha vuelto a poner a la ciudad en el escaparate que más daño le hace.
Esas imágenes escalofriantes de un salvajismo animado por la borrachera, pero no sólo por la borrachera, son bastante descriptivas acerca de dónde se encuentra una parte de la sociedad y podrían haber sido grabadas en cualquier lugar de España. No es verdad, como se ha escuchado, que la pelea saltó a los medios de comunicación porque todo lo que pasa en Marbella se magnifica. Las imágenes eran suficientemente sobrecogedoras como para que fueran recogidas independientemente de dónde se produjeron. Tampoco vale argumentar que los protagonistas no eran ni vecinos de Marbella ni turistas, sino jóvenes desplazados de otras localidades para una noche de juerga. La pelea tuvo lugar aquí, a las puertas de verano, y ese es un lujo que la ciudad no se puede permitir.
No es casualidad que esta misma semana desde el Ayuntamiento se haya reclamado al Gobierno mayor compromiso con la seguridad. Por población y por importancia, Marbella debería tener no una comisaría de Policía decente, sino dos, y lo que tiene son unas instalaciones vetustas en las que los agentes no tienen espacio ni para ducharse ni para trabajar, y donde la dotación de personal es insuficiente.
Ahora llega el verano, la población de la ciudad se multiplica, una buena parte de los policías se van de vacaciones, llegan personalidades de todo el mundo a las que hay que brindar protección las 24 horas y el Ministerio del Interior no considera necesario incrementar la plantilla. Los refuerzos que envía ni siquiera alcanzan para cubrir las bajas por vacaciones. El compromiso con el turismo se demuestra en estas cuestiones. Marbella no es una ciudad insegura, pero no se debería jugar con fuego.

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Se acabó la incertidumbre
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Héctor Barbotta | 17-06-2017 | 15:37| 0

El nuevo centro de salud de San Pedro era una de las actuaciones comprometidas en el pacto de investidura que inclinó hace dos años la balanza de Opción Sampedreña en favor de la candidatura del socialista José Bernal. El viernes, tras la firma en presencia de la flamante consejera de Salud, Marina Álvarez, del protocolo por el que la Junta se compromete a construirlo, el teniente de alcalde de San Pedro y vicepresidente de OSP, Rafael Piña, mostró su satisfacción por el grado de cumplimiento del acuerdo. El partido sampedreño tiene previsto revisar formalmente el pacto antes de fin de mes, aunque la posición ya expresada por Piña deja poco margen para la incertidumbre.
La situación no era la misma días atrás, cuando se conoció que un informe de la intervención general de la Junta ponía freno a la intención municipal de adelantar la financiación de las obras con sus propios fondos.
Este informe cayó como un cubo de agua fría en el tripartito, ya que coincidió en el tiempo con el periodo en que Opción Sampedreña abrió el debate ya anunciado en su día sobre su revisión del pacto de gobierno a mitad del mandato. Se temió que la no concreción de las inversiones de la Junta pusiera en peligro la continuidad del tripartito y ello obligó a una intensa labor de mediación entre el gobierno municipal de Marbella y la Junta de Andalucía para buscar una solución. Esta tarea la asumió el secretario de Política Institucional del PSOE andaluz, Francisco Conejo, quien durante la semana del 29 de mayo al 2 de junio acudió a Marbella en al menos tres ocasiones para informar de la marcha de las negociaciones y calmar los ánimos entre los miembros de OSP.
Cuando el viernes 2 de junio  tomaron estado público las reuniones que OSP había mantenido con dirigentes del PP y las opciones de posible cambios en el Ayuntamiento que allí se habían barajado, el asunto ya estaba solucionado. Ese mismo día, la Plataforma de Contratación de la Junta publicaba la licitación para la adaptación del proyecto, la prueba que OSP necesitaba como garantía de que el compromiso de la Junta iba en serio.

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Nostalgia de la decadencia
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Héctor Barbotta | 14-06-2017 | 18:34| 0

Ha muerto Adnan Khashoggi y hay quienes han recordado con indisimulada nostalgia aquella época en la que sus fiestas llenaban de glamur los veranos de Marbella. Su finca de 900 hectáreas La Baraka, en Benahavís, y el yate Nabila, fondeado en Puerto Banús, eran el escenario habitual de aquellos saraos que situaban a la ciudad en el epicentro del lujo en el Mediterráneo.
Las fiestas de Khashoggi, por supuesto, tenían muchos más aspirantes que invitados y por eso quienes pasaron en algún momento por ahí, o incluso quienes estuvieron cerca, las han recordado como aquellos privilegiados a quienes el destino los premia como testigos de un acontecimiento histórico.
El magnate, que en su día fue considerado como quien había cogido el testigo de Aristóteles Onassis como la persona más rica del mundo, tenía toda la estética de los villanos de las películas de James Bond de aquella época, que además de tramas de espías ofrecían al espectador todo un manual de estilo.
Pero Khashoggi no sólo se parecía a los malos de las películas de 007 en su aspecto físico, en la vestimenta, en el yate (que de hecho se utilizó en una de las entregas de la saga) y en las fiestas que organizaba. Porque Khashoggi era un malo de los de verdad. De los muy malos.
Por cuna y por educación –su familia estaba muy bien relacionada con la casa real saudí y la fortuna de su padre le permitió acceder a una educación de privilegio en una de las mejores universidades de Estados Unidos– tuvo la oportunidad de elegir a qué dedicar su vida. Y su decisión fue convertirse en traficante de armas. El mayor traficante de armas de unos años en los que la Guerra Fría convirtió a buena parte del planeta en escenario de conflictos de baja intensidad que dejaron un reguero insoportable de muertos. Un marco perfecto para quien vio en su facilidad para poner en contacto a los países fabricantes de armas con los dictadorzuelos de variado pelaje que las necesitaban –bien para imponerse en disputas regionales, bien para someter a sus pueblos– una inmejorable oportunidad de negocio.
Aquella facilidad para construir relaciones y utilizarlas en su beneficio convirtió a Khashoggi en el hombre más rico del mundo. A diferencia de lo que se suele creer, Marbella no era solamente el lugar donde venía a gastarse el dinero que ganaba sembrando muerte por todo el mundo, sino una pieza más del engranaje de sus negocios, el escenario perfecto para tejer su red de influencias.
Las crónicas de la época muestran cómo además de estrellas del espectáculo como Liz Taylor, Brooke Shields o Farrah Fawcett Majors, a quienes Khashoggi traía vaya uno a saber con qué incentivos, también acudían sanguinarios dictadores como el congoleño Mobutu Sese Seko, posiblemente atraídos con la posibilidad de departir con las celebridades de la época. No hay que ser muy perspicaz para concluir que aquellos saraos servían también para cerrar negocios.
La nostalgia con la que muchos vecinos de Marbella han recordado en estos días aquellos años, algunos porque ya no se cobran propinas como las de entonces, otros por lo que suponían de aparente brillo para la ciudad, permiten concluir que en aquel momento no se cuestionaba ni a la figura de Khashoggi ni a los medios que había utilizado para satisfacer su codicia. Tampoco se tenía en cuenta la estela de sufrimiento y dolor que sus negocios habían dejado por todo el mundo. Su cicerone en Marbella, Jaime de Mora y Aragón, tampoco es en absoluto cuestionado, sino que a falta de una, la ciudad alberga dos estatuas que lo recuerdan. Afortunadamente, de aquella época no quedó ningún bulevar Khashoggi que hoy nos avergonzaría.
Khashoggi bien podría funcionar como metafóra de un concepto que comenzó a arraigar por entonces y que llevaba a concluir algo asi como que da igual de dónde obtienen el dinero los millonarios que nos visitan siempre y cuando se lo gasten aquí y no den problemas.
Aquella idea, que Jesús Gil se atrevió a reconocer en voz alta como una confesión más de cuáles eran sus valores morales, sólo se empezó a cuestionar a partir de diciembre de 2004, cuando un ajuste de cuentas entre narcotraficantes se llevó por delante la vida de un niño de siete años, acribillado a balazos en la peluquería de un hotel en Puerto Banús.
Es verdad que Khashoghi no fue el único personaje de esta calaña que pasó por Marbella. Ahí tuvimos hasta no hace mucho a Monzer Al-Kassar, un emprendedor que se movía en la misma rama comercial y con la misma poca discreción que el saudí. Aunque la ciudad carece de barreras para impedir que estos personajes vengan y campen a sus anchas, porque sólo el Gobierno y sus ministerios de Exteriores, de Interior o de Hacienda cuentan con los instrumentos para hacerlo, sí corresponde a sus vecinos decidir a quién toman como referencia, a quién eligen admirar y, pasado el tiempo, a quién recuerdan con nostalgia.
Es posible que aquella Marbella del glamur de los setenta y los ochenta tenga algo del estilo que se ha ido perdiendo con los años a medida que la actividad turística fue mutando en un fenómeno de masas. Pero no sobra preguntarse si aquel relativismo moral que permitió que Khashoggi se sintiera cómodo y admirado y que puso como referencia esa idea de que el dinero siempre es bienvenido cualquiera sea su origen no fue el que acabó abriendo las puertas del poder político municipal a Jesús Gil, con los resultados conocidos.
Consuela pensar que hoy día sería imposible que un traficante de armas reconocido se convirtiera en la referencia de los saraos y las celebraciones veraniegas por más estrellas rutilantes de Hollywood que fuese capaz de traer.
El tiempo suele tender a endulzar los recuerdos, pero posiblemente aquella época no sea merecedora de la nostalgia que ha salido a la luz estos días.

 

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Ricos indeseables
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Héctor Barbotta | 14-06-2017 | 18:31| 0

 

En los días que antecedieron al suceso del pasado domingo que tuvo como protagonistas a dos peligrosos energúmenos a bordo de un todoterreno, las redes sociales y las páginas críticas con el equipo de gobierno municipal se habían llenado de fotos y vídeos de jóvenes de ambos sexos exhibiendo su mala educación borrachos y semidesnudos en el entorno de Puerto Banús. Las imágenes suponían en sí mismas una crítica al incremento del turismo de bajo coste en la ciudad, que algunos llaman &lsquoturismo de alpargata&rsquo, lo que se atribuía en algunos casos a la política turística del equipo de gobierno y en otros, al fracaso de esa política, como si ambas críticas fuesen compatibles entre sí. También el presidente de la Diputación y del Patronato de Turismo, Elías Bendodo, reclamó al Ayuntamiento que coja las riendas en materia de seguridad ciudadana, como si esa competencia fuese de la institución municipal y no responsabilidad exclusiva del gobierno central, con el que comparte partido.

Pero más allá del habitual oportunismo que campa a sus anchas a un lado y otro del espectro político ante la sana indiferencia ciudadana, resulta evidente que algo está fallando y que permanecer pasivo o argumentar que no se puede hacer más supone un grave acto de irresponsabilidad.

En la semana que precedió al incidente del domingo la presencia de jóvenes británicos en la ciudad experimentó un incremento, posiblemente por la coincidencia en el Reino Unido de la semana festiva académica conocida como &lsquoHalf Term&rsquo (la última semana del trimestre) y con el &lsquoSpring Bank Holiday&rsquo, el festivo de origen religioso que se celebra el último lunes de mayo. Ello explica en parte la invasión de turismo juvenil y barato de esos días. Las imágenes que se vieron fueron ciertamente preocupantes, sobre todo porque en nada coinciden ni con lo que la ciudad necesita ni con la estrategia que se ha propuesto desde el Ayuntamiento para consolidar a Marbella como destino de gran categoría en el Mediterráneo.

Es verdad que poco se puede hacer ante empresarios, de aquí o del Reino Unido, que crean unos productos turísticos de bajo coste, y mucho menos ante lo que entiende una buena parte de la juventud británica por diversión o ante la bajísima carga fiscal que tiene en España la venta de alcohol. Pero el Ayuntamiento sí puede hacer mucho más de lo que hace por obligar a que se cumplan las ordenanzas -y si no existen hay que dictarlas- referidas al consumo de alcohol en la calle, a qué lugares de la ciudad son los apropiados para circular a pecho descubierto o a cuánto ascienden las sanciones por evacuar las necesidades en la vía pública. Considerar que cuanto menos se moleste al turista es mejor, cualquiera sea su comportamiento, constituye el camino más corto para espantar a los turistas buenos y quedarnos con los indeseables.

Sin embargo, relacionar el fenómeno del turismo juvenil de botellón y de despedidas de solteros con el suceso del domingo pasado supone errar de lleno el análisis, porque ni los protagonistas de ese suceso ni otros personajes como ellos que infectan la ciudad tienen nada que ver con el bajo coste, aunque algunas semejanzas estéticas nos pudieran inducir a engaño. Hay empresarios que consideran que todo se soluciona subiendo los precios y que gentuza es quien no tiene cartera suficiente para dormir en un cinco estrellas. Es la confusión a la que se puede llegar cuando se utiliza el dinero como medida de todas las cosas.

Los dos matones que el domingo protagonizaron una pelea en la puerta del Ocean Club, que se subieron a un todoterreno y atropellaron a sus contendientes y que después huyeron a toda velocidad embistiendo cuanto se encontraron por delante no llegaron a Marbella en un vuelo de bajo coste ni aprovechando la oferta de Renfe de 25 euros el billete. Viajaban en un vehículo de más de 100.000 euros y acababan de pasar la tarde en un local de precios astronómicos donde el personal compra champán no para beberlo, sino para bañar a señoritas en bikini. Tal es el nivel. Cuando el juez los mandó a la cárcel, uno de ellos reunió en menos de 24 horas los 25.000 euros que necesitaba para pagar la fianza. No es una cuestión de turismo barato, estamos ante un problema diferente.

Marbella tiene el privilegio de ser una ciudad deseada por gente de grandes posibilidades económicas en todo el mundo y la desgracia de no poder escoger quiénes vienen. No se trata de un problema nuevo. Ya tuvo expresiones mucho más dramáticas que la del pasado domingo en aquellos años en los que se sucedían ajustes de cuentas entre mafiosos, algunos con el terrible resultado de inocentes muertos, que contribuyeron a que se criminalizara durante algún tiempo la imagen de Marbella y de la Costa del Sol.

Entre quienes viven y descansan aquí hay un perfil significativo, aunque minoritario, que se ajusta al de los dos energúmenos que provocaron el suceso del domingo. Van en coches de alta gama, hacen ostentación en discotecas y clubes de playa, se comportan como matones, se les encuentran drogas cada vez que se los registra y no se les conoce oficio ni actividad alguna. La tesis de que es mejor hacer la vista gorda porque gastan dinero y no crean problemas se ha revelado fallida. ¿Se puede hacer algo contra estos personajes? Pruebe el lector a comprarse un vehículo como el que causó el accidente múltiple sin tener ingresos que lo justifiquen y verá cuánto tarda Hacienda en interesarse por su habilidad en los negocios. Hay impunidades que sorprenden.

Existen cuestiones relacionadas con el turismo indeseable que llevan años dando problemas sin que las administraciones se hayan puesto las pilas. Casi todas están concentradas en Puerto Banús, pero no solamente ahí. La más evidente es la conocida como &lsquocalle del infierno&rsquo, la trasera en el interior del recinto, en la que campan a sus anchas la prostitución callejera y la venta de sustancias prohibidas. Todo ello a menos de 50 metros de los locales comerciales que pagan los alquileres más caros de España. Meses atrás, este periódico reveló un informe de la Policía Local que radiografiaba la actividad de los clanes que utilizan prostitutas para robar a turistas borrachos. Que se sepa, ese informe no se tradujo en iniciativa concreta alguna. Resulta difícil de entender por qué las administraciones -el Ayuntamiento y su obligación de hacer cumplir las ordenanzas; la Junta, que cobra el canon a la concesionaria, y el Gobierno central, que tiene la competencia exclusiva en seguridad- han dejado enquistar este problema en lugar de concertar una acción coordinada para erradicarlo. Del mismo modo, tampoco se entiende por qué se permite que haya chiringuitos que se convierten impunemente en discotecas a pie de playa o que no se monten controles permanentes a quienes salen de establecimientos como en el que se produjo la pelea del domingo y que pudo acabar en tragedia.

Es verdad que no se puede seleccionar quién viene a Marbella. Pero si estos personajes, por más dinero que gasten, no se empiezan a sentir incómodos en la ciudad, acabarán echando al verdadero turismo de calidad. No basta con indignarse. Tampoco con estremecerse con la imagen de un padre sacando de uno de los coches embestidos a su bebé de diez días. Hay que actuar.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella