Diario Sur

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Conspiranoicos
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Héctor Barbotta | 14-05-2015 | 16:45| 0

Están los que aseguran que el 11 de septiembre no había judíos en las Torres Gemelas, que ETA estuvo detrás del 11 de marzo, que las imágenes del hombre pisando la luna fueron grabadas en un plató secreto, que Elvis está vivo y Paul McCartney, muerto. En versión más doméstica, cualquiera que haya pisado Marbella habrá escuchado alguna vez que Gil vive plácidamente en el Caribe, donde disfruta del botín.
Las teorías conspirativas a veces pretenden dar respaldo a posiciones políticas insostenibles y en ocasiones sólo responden a la intención de quien las repite de tener su minuto interesante. Sin embargo, no debe descartarse que constituyan también la expresión de una patología.
Se convive con ello diariamente, pero lo que no son más que casos aislados se convierten en epidemia cuando hay cita con las urnas. A medida que se acerca la fecha electoral, la conspiranoia siembra desconfianza, nubla razones, gana almas y coloniza cerebros. Y la verdad es que da mucha pereza.
Las campañas electorales ponen a algunos candidatos y a gran parte de su entorno a medir centímetros de fotos, extensión de entrevistas, minutos de televisión, opiniones de propios y ajenos… todo bajo el prisma de la conspiranoia. Y no hablemos de cuando comienzan a interpretarse intenciones cada vez que aparece una encuesta.
A la clásica de que los sondeos no se publican para ofrecer una radiografía, a veces más acertada y a veces menos, del panorama electoral, sino para favorecer a uno u otro candidato, se suman en estas fechas teorías más elaboradas. Así, el sondeo publicado sobre Marbella ha servido al mismo tiempo, para adelantar resultados sin esperar al veredicto de los electores, desanimar a quienes salen mal, desmovilizar a quienes salen bien y hacer invisibles a las opciones que ni siquiera aparecen.
Dan ganas de que la campaña acabe rápido para que los conspiranoicos vuelvan a ser personas normales. Si hasta a veces uno siente temor de que les dé algo.

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Subasta fiscal
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Héctor Barbotta | 12-05-2015 | 09:50| 1

Años atrás, cuando en la política había más ideología que oportunismo, o al menos tanta ideología como oportunismo, los papeles parecían claramente repartidos. Los partidos de izquierda abogaban por los derechos de los trabajadores, los servicios sociales y la universalización de servicios. La derecha se interesaba por la seguridad ciudadana, la bajada de impuestos y el control del gasto.
Pero ha habido un proceso que ha dado por tierra con esta simplificación: la sociedad se ha ido haciendo más compleja, han aparecido problemas nuevos y los partidos, no olvidemos este factor, han asumido que la coherencia ideológica es un lastre a la hora de hacer promesas electorales en función de la demoscopia; de modo que coherencia, cuanto menos mejor.
Así es como se ha pasado de considerar que subir impuestos es de izquierdas y recortar gasto de derechas, a convertir las campañas electorales en subastas donde los partidos se vuelven irreconocibles y las ideologías, una rémora del pasado. Lo primero llevaba a situaciones absurdas, lo segundo vacía la política de contenido y la convierte en un concurso de trileros. Hemos pasado de lucir doble peluca a quedarnos calvos.
De todas las subastas que se realizan en campaña, una de las más recurrentes es la fiscal. Todos los partidos han asumido que donde más tocado está el Partido Popular es en relación con su promesa de bajar los impuestos –promesa no incumplida sino ejecutada al revés– y por eso no extraña que todos los partidos prometan reducciones fiscales. Y como estamos en municipales, las promesas van en relación al IBI.
El problema es que desde que dejamos de creer en los Reyes Magos sabemos que con los impuestos se pagan los servicios públicos, y a cada promesa de bajada debería seguir la advertencia de un recorte. Si no se hace así, prometer bajar impuestos puede ser una trampa. Y bajarlos, una trampa aún mayor.

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Ciudadanos made in China
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Héctor Barbotta | 07-05-2015 | 11:48| 2

Casualidad, estrategia o mero oportunismo. La formación Change Marbella ha afrontado su primer acto electoral con un claro guiño a los más de cinco mil electores de la ciudad que el pasado marzo dieron su voto en las elecciones autonómicas a Ciudadanos, el partido de Albert Rivera que optó por no concurrir a las municipales en Marbella al no contar con una agrupación local suficientemente cohesionada. Change, cuyo candidato a alcalde es el inspector de Urbanismo Manuel del Río y no tiene vinculación alguna con el partido de moda, parece dispuesto a tomar el relevo o, al menos, a llevarse algún voto distraído. Ya en su momento apuntó su lista electoral bajo el nombre ‘Ciudadanos, Habitantes y Gentes de Marbella (Change)’, lo que dio lugar a una denuncia por parte del PP por el supuesto uso indebido de la palabra Ciudadanos que fue desestimada por la Junta Electoral de Zona.
Ayer, en la presentación de su candidatura, el partido fue más lejos. Convocó el acto como ‘Ciudadanos de Marbella’, y los candidatos posaron ante un panel donde la palabra ‘Ciudadanos’ aparecía en una tipografía más grande y sobre una franja naranja, el color corporativo del partido de Rivera. El emblema de la formación de Marbella también recuerda al del Ciudadanos original.
En la presentación, los candidatos también adoptaron un discurso que podría recordar al del partido que obtuvo nueve escaños en el Parlamento Andaluz. Se definieron como una formación ni de izquierdas ni de derechas, contraria a la corrupción y partidaria de la transparencia. El discurso, también parece clonado, aunque esto último, a diferencia de lo que sucede con el nombre, el color y el logotipo, no puede afirmarse que sea un ardid.

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Escenario electoral en Marbella
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Héctor Barbotta | 26-04-2015 | 14:26| 0

Concluido el plazo para la presentación de listas para las elecciones municipales, ya sabemos cuántas candidaturas asistirán en Marbella, que una vez más vuelve a exhibir su singularidad política. Acuden once formaciones entre las que aparecen cuatro nuevas candidaturas y no figura Ciudadanos, la fuerza política que junto a Podemos parece estar llamada a renovar el panorama político en España.
Están, por el contrario, los tres grupos con presencia en el Ayuntamiento, la lista auspiciada por Podemos, seguramente la que más posibilidades tiene de entrar en el Consistorio; UPyD, que en los últimos meses ha pasado de ser un partido emergente a una fuerza que lucha para no evaporarse; el Partido Andalucista, que lleva años librando esa batalla, y otras fuerzas singulares, como el Pasur, un partido que aparece con cada convocatoria pero cuya actividad es desconocida entre elección y elección; Neodemócratas, una formación también nueva que en las recientes autonómicas obtuvo 72 votos en Marbella y vuelve a probar suerte; SIMA, una formación local desconocida; y Change Marbella, un partido también local que aglutina a algunas de las personas que han estado en los últimos años en varias de las protestas contra el Ayuntamiento y que sorprendió con la elección como candidato del inspector de Urbanismo Manuel del Río pese a que el nombre que se venía barajando era el de un conocido empresario que a último momento se bajó –o lo bajaron– de la lista.
También llamó la atención que en un lugar destacado de esta lista figure el gerente del centro comercial La Cañada y hombre de la máxima confianza de su propietario Tomas Olivo, Javier Moreno. Pero más sorpresivo aún ha sido que esta presencia no generara ninguna reacción en sentido alguno de los partidos, ni siquiera de los que convocan ruedas de prensa o envían comunicados hasta para comentar el tiempo.
El anuncio de que la feria se celebrará este año en La Cañada provocó críticas en algunos partidos, que dejan caer la sospecha de un cierto trato de favor hacia Olivo, pero ni siquiera a ellos la aparente decisión del empresario de estar de alguna forma presente en la campaña electoral les ha supuesto motivo suficiente para realizar manifestación alguna, más allá de comentar en privado que les parecía raro. Que el gerente de La Cañada comparta candidatura con un inspector que tuvo participación activa en el expediente que desencadenó la salida del aún concejal de Urbanismo tampoco fue motivo de comentario alguno. Ni siquiera en el equipo de gobierno. El debate político, al parecer, debe transcurrir por otros lares.
Las manifestaciones realizadas durante estas semanas que preceden a la recta final hacia las elecciones –no sólo por los partidos que ya están en la oposición municipal sino también sorprendentemente, por quienes están fuera del Ayuntamiento– indican sin duda que todo el debate girará en torno a si Ángeles Muñoz volverá a ser alcaldesa o si habrá un nuevo gobierno municipal, de coalición y encabezado probablemente por el candidato socialista, José Bernal.
A tenor de cómo actúa, el PP, que renovó los primeros lugares de sus listas pero sin embargo mantiene ocultos a sus candidatos para exhibir en el escaparate político sólo a la alcaldesa, parece cómodo en ese escenario.

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Una lista de nombre equívoco y candidatos sorprendentes
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Héctor Barbotta | 23-04-2015 | 15:04| 1

En el Partido Popular no quieren ni oír hablar de Ciudadanos. Menos aún que una papeleta lleve ese nombre después de que el partido de Albert Rivera haya renunciado a la plaza de Marbella tras considerar que su agrupación local no estaba suficientemente cohesionada para acudir al llamado de las urnas.
El partido que gobierna el Ayuntamiento de Marbella ha presentado una reclamación ante la Junta Electoral de Zona tras comprobar que una de las listas independientes que han formalizado candidatura para las municipales del próximo 24 de mayo llevaba el nombre de marras en su papeleta.
El martes se formalizaron las once candidaturas que acudirán a las elecciones municipales en Marbella. Entre ellas no figura Ciudadanos, el partido emergente que está desgastando al PP en su línea de flotación por dirigirse a un electorado que se sitúa en su mismo segmento ideológico, pero sí aparece una formación independiente fraguada en los últimoas meses bajo el nombre Change Marbella, pero que a la hora de registrar su denominación ante la Junta Electoral lo ha hecho con un apelativo que en opinión del PP puede llamar a la confusión precisamente donde más le duele. El nombre que figura en la papeleta es ‘Ciudadanos, Habitantes y Gentes de Marbella (Change Marbella)’.
En el escrito presentado ante la Junta Electoral se sostiene que esta candidatura tiene «una nomenclatura diferente a sus siglas y que puede crear confusión con otro partido político», por lo que ha pedido que en la papeleta aparezca «con la denominación correcta».
Lo que más ha llamado la atención de este partido, sin embargo, no ha sido tanto la denominación equívoca a ojos del PP sino la composición de la lista. Pese a que en un principio se barajaron nombres de empresarios como aspirantes a la Alcaldía, quien aparece finalmente como número uno es el inspector de Urbanismo y delegado sindical Manuel del Río. Este trabajador municipal tuvo un papel decisivo en el expediente del club de playa Funky Buddha, que originó la causa que dio lugar a la imputación del concejal de Urbanismo, Pablo Moro.
El inspector y ahora candidato, que elaboró los informes que advertían de la presunta ilegalidad de las obras del club de playa, estuvo en el centro de la polémica cuando el pasado octubre fue separado de su cargo y trasladado a otra dependencia municipal, decisión que posteriormente fue revocada por el propio Ayuntamiento para no alentar suspicacias.
Sin embargo, la sensación de sorpresa ha aumentado al conocerse es que como número 3 de esta candidatura aparece Francisco Javier Moreno, gerente del centro comercial La Cañada y hombre de la máxima confianza del propietario del mismo, el empresario Tomás Olivo, que mantiene importantes diferencias y temas pendientes con el área de Urbanismo del Ayuntamiento.

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5.000 votos buscan lista
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Héctor Barbotta | 20-04-2015 | 12:29| 0

Los nuevos partidos están comenzando a comprender de qué va esto. El pasado jueves los parlamentarios andaluces de Podemos y Ciudadanos asistían atónitos a la monumental bronca en la sesión de constitución del Parlamento Andaluz que enfrentaba a PSOE y PP por la composición de la mesa de la cámara. Mientras los debutantes parecían meros espectadores ante la discusión barriobajera que inauguraba las sesiones, desde los puestos de Izquierda Unida lamentaban que las dos fuerzas debutantes no hubiesen comprendido la importancia de lo que se decidía y se mantuvieran al margen, como si el asunto no fuera con ellos. En un parlamento atomizado y con un Partido Socialista obcecado en comportarse como si contara con mayoría absoluta, la composición de la mesa es fundamental para empezar a trazar el rumbo de la legislatura. Los socialistas han impuesto sus tablas y su experiencia para ganar la primera batalla. Posiblemente los dos partidos nuevos tengan ahora cuatro años por delante para preguntarse si no hubiese sido mejor comenzar a ejercer desde el principio su condición de miembros del Parlamento con todas sus consecuencias.
Y es que más allá de lo que cada uno opine de lo que deben ser las instituciones o la propia práctica política, las cosas sólo se empiezan a cambiar desde la realidad. Y la realidad es muchas veces menos edificante de lo que a uno le gustaría que fuera.
Ciudadanos, el partido emergente que parece haber surgido para actuar como dique de contención de los votos de protesta que amenazaban con mudar en masa a Podemos, acaba de toparse con la realidad a nivel local. Esta semana, la dirección nacional de la formación ha decidido no presentar lista para las municipales en Marbella, y seguramente a muchos le habrá venido a la cabeza la decisión adoptada por Podemos en octubre del año pasado, cuando su dirección nacional acordó no concurrir a las elecciones locales tras constatar que no serían capaces de impedir que su marca fuese usufructuada por arribistas y oportunistas de intenciones equívocas.
Ciudadanos es el Podemos liberal-conservador, y era lógico que tarde o temprano se encontrara con los problemas y las disquisiciones de su formación gemela al otro lado del espectro ideológico. Montar una marca electoral cuando hay espacio político para hacerlo parece mucho más sencillo que crear un partido barrio a barrio y pueblo a pueblo y lidiar con las bajezas y las ambiciones humanas. Le está costando a Podemos, pese a que cuenta con una base de activistas fraguada en manifestaciones y protestas libradas bajo el calor de la indignación ciudadana y el 15-M. Mucho más difícil va a ser para el partido de Albert Rivera, cuya base social parece estar en votantes del PP defraudados por la política fiscal del Gobierno y las golferías sin fin, pero mucho más despolitizados y sin gimnasia en estas lides.
Los más de 5.000 votos que Ciudadanos consiguió en Marbella en las elecciones autonómicas y la proyección que situaba a esa formación con dos o tres concejales y una posible posición de bisagra en la próxima corporación municipal han supuesto una tentación muy grande que la frágil estructura de ese partido en Marbella no ha sido capaz de resistir. La explicación oficial para no presentar candidatura en Marbella ha sido que la agrupación local de Ciudadanos no estaba suficientemente cohesionada. La real posiblemente sea que la dirección del partido no quiere que su marca electoral sea mal utilizada en un año en el que la batalla está en convertir a Albert Rivera en un personaje decisivo en la política española. Incluso en eso parece seguir la estela de Podemos.
Ahora resta por saber dónde buscarán amparo los votantes que hace menos de un mes huyeron del Partido Popular para refugiarse en Ciudadanos. En las filas del PP sabían que el partido de Rivera podía hacerles daño en las municipales, más si se presentaba con un candidato desconocido que no despertara rechazo y que dejara librada toda la suerte electoral al tirón de la marca. Pero sabían también que los eventuales concejales de Ciudadanos difícilmente acabarían en un gobierno de todos contra Ángeles Muñoz.
Con la decisión de Ciudadanos de no acudir a las urnas el próximo 24 de mayo, el PP pierde de vista a su principal competidor en su espectro ideológico. Pero se queda también sin un eventual aliado para cuando se constituya la corporación municipal y haya que conformar una mayoría que no aparece nada clara en las previsiones electorales.

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Y un día Gil volvió a Marbella
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Héctor Barbotta | 04-04-2015 | 19:08| 0

Jesús Gil volvió el pasado miércoles a Marbella. No el fallecido alcalde, claro está, sino su primogénito, homónimo del protagonista principal de los años de la burbuja urbanística y el saqueo sistemático de la ciudad. Lo hizo, claro está, por una cuestión de negocios.
Jesús Gil Marín, alcalde de Estepona en la época en que el apellido y las siglas bastaban para arrasar en las urnas y tomar el control de las cajas de los ayuntamientos, regresó a Marbella para inaugurar en Puerto Banús una oficina de su inmobiliaria, Gilmar, de 160 metros y una plantilla capaz de expresarse en nueve idiomas: español, inglés, alemán, francés, italiano, árabe, ruso, polaco y persa. «Nadie se quedará sin ser atendido como debe y en su propia lengua», dijo en el acto de corte de cinta, en el que estuvo acompañado por la directora de la oficina, Setareh Mohregi, y el concejal de Comercio del Ayuntamiento de Marbella, José Eduardo Díaz.
Quizás sea porque la catarsis ya está hecha, o posiblemente porque Marbella ha vuelto a demostrar su condición de ciudad donde los negocios son lo primero aunque para ello haya que tirar de amnesia, la presencia del heredero de Jesús Gil y Gil no provocó el más mínimo atisbo de reproche. Todo lo contrario. Entre el centenar largo de personas que se dio cita no se echó en falta ni a la institución municipal ni a nadie de la Marbella más influyente. Si a alguien le apetecía hacerle un feo al hijo del exalcalde se guardó las ganas.
Y eso que desde 2012, Gil Marín y sus tres hermanos están condenados por el Tribunal de Cuentas a devolverle a Marbella, en su condición de herederos de una fortuna malhabida, 63 millones de euros más sus intereses. Y que el año pasado el propio Ayuntamiento pidió, para asegurarse el cobro de esa sentencia, el embargo de las acciones de Gilmar, la misma inmobiliaria que ayer inauguró oficina con un concejal enviado a participar en el corte de cinta. Ayer no hubo nadie que recordara esta controversia, que sigue viva en los juzgados, y la representación institucional no se echó en falta. Además de Díaz, asistió el concejal de Urbanismo, Pablo Moro, y otros cargos del Ayuntamiento. Los partidos de la oposición municipal mantienen que en Marbella al gilismo le ha seguido el neogilismo. La inauguración les presentó en bandeja la foto para comenzar su campaña electoral.
Sin rastro de rubor, la plaza Antonio Banderas de Puerto Banús, donde se erige la oficina, pareció retrotraerse, entre tacones de vértigo, alguna exagerada huella del bisturí estético e indumentaria a medida que desafiaba el sol, a los años de fachada alegre que escondía los fogones donde se cocinaba un legado de penumbra. Por no faltar, no faltaron ni la viuda ni el hermano del exalcalde, Mariángeles Marín y Severiano Gil, respectivamente.
Pero lo más llamativo no era el lógico apoyo familiar, ni siquiera el institucional, sino la presencia contundente de la Marbella social y empresarial. Algunos pocos hacían lo posible para eludir las cámaras, pero la mayoría posaba sin sonrojo. Allí había empresarios del sector inmobiliario, como Ricardo Arranz, Lars Broberg, José Carlos Moreno o Antonio Bazán, el presidente del Centro de Iniciativas Turísticas, Juan José González, varios miembros de la asociación DOM3; el presidente de la Asociación de Residentes Extranjeros en la Costa del Sol, Ricardo Bocanegra; el director de Marina Banús, Dan Ortuño…
Gilmar es una de las principales inmobiliarias del país. Tiene 22 delegaciones, de las que tres están en la Costa del Sol. La propia inmobiliaria se vanagloria de sus 25 años en la zona y de haber servido de puente para que personalidades del mundo del deporte, del espectáculo, de la empresa y de la realeza hayan establecido su primera o segunda residencia en Marbella y su entorno.
Su cartera de clientes, sostienen, no tiene competencia en el segmento de mayor poder adquisitivo. Lo que explica que todo esto no fuera nada personal. Sólo negocios.

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Elecciones autonómicas y después
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Héctor Barbotta | 30-03-2015 | 16:15| 0

LA secuencia electoral, con la circunstancia atípica de dos convocatorias prácticamente seguidas, ha llevado a que se viviera una semana postelectoral también atípica. Frente a las experiencias donde a los resultados del domingo por la noche le seguía una semana de calculadoras y reflexiones, en esta ocasión el tiempo dedicado a hacer cuentas ha superado rotundamente al destinado a reflexionar, según se desprende de los comentarios y declaraciones escuchados durante los escasos días transcurridos desde la celebración de las elecciones autonómicas. La calculadora ha llevado a concluir que dentro de ocho semanas el PP perderá la mayoría absoluta y bajará de 15 a diez concejales, que el PSOE subirá de siete a nueve, que Podemos, con su marca municipal, tendrá cuatro, que Ciudadanos irrumpirá con tres y que Izquierda Unida conservará sólo uno de sus dos concejales. En todo caso las especulaciones alcanzaron a preguntarse a quién le quitará ediles Opción Sampedreña para repetir su presencia en el Ayuntamiento, y por lo tanto cómo se modificará el reparto que surge de la extrapolación de los datos del pasado domingo. Este ejercicio de política-ficción ha tenido dos sustentos importantes: el repetido argumento de que la mejor encuesta es la de las urnas y el número de votos depositados el pasado domingo en Marbella: 46.532, un número asombrosamente cercano a los 46.617 de las elecciones municipales de hace cuatro años. La semejanza podría invitar a pensar que quienes votaron el pasado domingo son los mismos que lo harán el 24 de mayo, y por lo tanto que el resultado no diferirá demasiado. A pesar de esta coincidencia numérica, es evidente que resulta apresurado atribuir concejales a partir del resultado de unas elecciones convocadas para algo muy diferente. Sin embargo, hay tendencias que deberían ser tomadas en consideración, y por ello son entendibles los gestos de preocupación que en estos días adornan los rostros en el equipo de gobierno municipal. En primer lugar, porque el PP ha sido el gran derrotado el pasado domingo, por la evidente existencia de una vía de agua en el partido del Gobierno que hunde sus motivos, precisamente en el desgaste por la acción del propio gobierno. No hay miembro del Partido Popular con el que se hable en estos días que no mencione como un error de grueso calibre la continua presencia de Mariano Rajoy en la campaña para las elecciones andaluzas. Y cuando el presidente del Gobierno y principal líder del partido no es un activo, sino un lastre, el problema es mayúsculo. Y además se trata de un problema que no se resolverá antes de las municipales, primero porque Rajoy, según su costumbre de ignorar los problemas, no lo ve, y segundo porque ya prepara un tour para pasearse por todas las plazas electorales. No es difícil imaginar a Ángeles Muñoz y los suyos encendiendo velas para que el presidente del Gobierno y sus ministros excluyan a Marbella de su programación de campaña. No será fácil. Marbella es un sitio atractivo, a muchos de ellos les apasiona la ciudad y ya entrados en primavera entran ganas de venir. Ciudadanos ha sido la gran sorpresa de las andaluzas y una de las principales incógnitas de las municipales. De momento es un partido al que no se le conoce programa ni se le reconoce ideología, más allá de su oposición en Cataluña a las veleidades secesionistas. La misma postura firme, por cierto, que expresó Susana Díaz desde su llegada a la cúpula del PSOE andaluz y que tanta simpatía despertó también en la prensa más conservadora de Madrid, que lleva meses destacando la altura estatal de la candidata socialista. No deja de ser una paradoja que el PP resulte fagocitado por actores de un conflicto, el catalán, que él mismo atizó durante años con fines precisamente electorales. Hay quienes atribuyen la debacle del PP a la mera presencia de Ciudadanos. Cada uno se engaña a sí mismo como prefiere, pero Ciudadanos no ha sido causa, sino consecuencia. No es la enfermedad, sino el síntoma. El instrumento que los votantes populares descontentos por múltiples motivos que van desde los impuestos hasta la corrupción, encontraron para manifestar su disgusto sin pasar por el trance de tener que dar su apoyo a Podemos para que el enfado quedara claro. La formación de Albert Rivera se ha convertido ahora en una marca por la que seguramente muchos de los que en el PP llaman ‘nuestros cabreados’ lucharán por hacerse, como quien compra un local y contrata con Burger King la instalación de una franquicia. Hay incluso quien ante el ninguneo de la débil estructura local ha llevado sus gestiones a otras latitudes, concretamente a Barcelona. Pero haría mal el PP en encomendar su suerte electoral al desconocimiento o a la falta de predicamento en la ciudad de quien finalmente se presente por Ciudadanos. Su tarea es trabajar el tiempo que queda para intentar recuperar a esos votantes. Las elecciones del domingo demostraron que a quien quiera expresar desacuerdos le sobran instrumentos para hacerlo. Si no es uno siempre puede ser otro. Las elecciones del domingo, con la dispersión del voto opositor, convirtieron a Susana Díaz en la gran triunfadora. Pero posiblemente se haya magnificado la dimensión de ese triunfo. Después de una primera lectura, las dificultades que se está encontrando la presidenta para conseguir una investidura rápida están poniendo las cosas en su sitio. El PSOE perdió más de 120.000 votos y cerró el peor resultado de su historia. Un peor resultado que firmaría cualquiera de sus adversarios, pero que es necesario poner en su contexto a la hora de proyectar sobre las elecciones de mayo. Los socialistas, que en las europeas del año pasado ganaron en Marbella después de diez años, han vuelto a perder. Esta vez frente a un PP en pleno retroceso y a pesar de cosechar un resultado en San Pedro que difícilmente repetirán cuando en las municipales sí aparezca la papeleta de Opción Sampedreña. No obstante, el impulso moral que supone haber retenido sin sobresaltos el gobierno andaluz y advertir las dificultades que se le aparecen al PP para repetir mayoría absoluta no es un factor desdeñable a tan pocas semanas de la nueva cita con las urnas. Las elecciones han desvelado un claro corrimiento hacia la izquierda del electorado, pero la aparición de nuevos actores no permite dar por hecho un eventual pacto de gobierno para desbancar al PP que sería más que previsible si la nueva mayoría estuviese formada sólo por los tres grupos que integran actualmente la oposición. Primero, porque después de su experiencia en el Gobierno andaluz y los resultados obtenidos el pasado domingo no está claro que en Izquierda Unida sigan apostando a ciegas por pactos con el PSOE. El candidato de IU, Miguel Díaz, dijo esta semana en una entrevista en la cadena Ser ya con los resultados de las andaluzas sobre la mesa que se equivoca quien crea que se presenta a las elecciones para hacer alcalde a José Bernal. En segundo lugar, porque lo que pase en Marbella estará muy condicionado por los posibles pactos en la Diputación, en la Mancomunidad y en otras alcaldías, cuestiones muy difíciles de prever en una situación tan volátil como la presente. Y también porque en Podemos, donde hay mucho del electorado que IU quiere recuperar, no hay precisamente predisposición a dar agua al PSOE. El hecho de que Podemos haya triplicado en Marbella los votos conseguidos cuando apareció por primera vez en las europeas de mayo y el músculo que mostró la organización durante la jornada electoral, con apoderados en todas las mesas, demuestra que no se trata de un fenómeno pasajero. Con la marca y el candidato ya decididos –acudirán a los comicios como Sí Puede–, estamos ante un nuevo protagonista, también de la política local. Cómo influirá su presencia en el comportamiento de los votantes de otros partidos –si seguirá limando el cuerpo electoral de PSOE e IU y si su sola presencia amedrentará a los votantes del PP y los animará a no abandonar a ese partido– es algo que también se verá en las próximas elecciones. Podría pensarse que falta muy poco, pero en una situación tan volátil y de cambios continuos, ocho semanas pueden ser mucho tiempo.

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Selfies que mienten
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Héctor Barbotta | 19-03-2015 | 13:23| 0

El simpatizante se acerca como si estuviera ante una estrella del rock. Sonrisa que no cabe en la cara y teléfono en mano, pugna por inmortalizar el momento. El político se presta, claro. El final del mitin se prolonga en una sucesión de selfies eterna. La escena se repite cada vez que los candidatos acuden a esos actos en los que la afición de los partidos descubre la posibilidad no sólo de escuchar en directo a su líder, sino de verlo de cerca y, si hay mucha suerte, hasta de tocarlo.
Desde la transición hacia aquí, los mítines políticos han experimentado una evolución que podría resumirse en tres etapas. Al principio eran gritos de libertad. Actos que los partidos organizaban para dar a conocer sus propuestas y convencer a los asistentes de que las apoyaran. Después de cuatro décadas de ideas en la clandestinidad, seguramente la explosión llevaba a los actos políticos a miles de curiosos que más que identificarse con un partido lo hacían por el derecho de cada uno a expresar libremente sus ideas. Los partidos aprovechaban para convertir a los curiosos en votantes.
Con el tiempo se evolucionó hacia una segunda etapa. La ilusión dejó paso a la funcionarización de la política. Los curiosos y los indecisos abandonaron los mítines, que se convirtieron en espacios donde el objetivo no era convencer a los convencidos, sino dictar proclamas como el general que arenga a la tropa antes del asalto final. En el público ya no había votantes potenciales a quienes se seducía, sino adeptos que salían del acto con ánimo de intentar convencer a su entorno con argumentos escuchados al líder y que con mayor o menor fortuna podían repetir cuando llegara el caso en el ascensor o en la pausa para el café en el trabajo, siempre y cuando el trabajo no fuese proporcionado por el partido, en cuyo caso ya no era necesario convencer a nadie.
Pero hemos llegado ya a una tercera etapa. La televisión ha convertido a los líderes y aspirantes en estrellas catódicas, gran paradoja de nuestra época, precisamente en el momento en que la política se arrastra por el fango del descrédito. Los mítines ya no son tampoco la oportunidad para arengar a la tropa, sino el momento en el que la tropa tiene la oportunidad acercarse al líder y comprobar que es de carne y hueso.
Entre las estrellas del rock, futbolistas y actores, la posibilidad de tener contacto con la realidad y los pies en el suelo sólo está reservada a la minoría más inteligente que comprende que las muestras de devoción de sus fans son una parte de la ilusión que ellos venden, y que la vida es en realidad algo muy distinto. Pero el problema es que los políticos no son estrellas ni están aquí para vender ilusión, sino para solucionar problemas reales. La mayoría de las personas no son fans que aspiran a un selfie, sino ciudadanos que exigen respuestas y soluciones. Harían mal los políticos en pensar que el mundo real es el que ven en los mítines.

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Pasar por, pasar de
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Héctor Barbotta | 15-03-2015 | 18:41| 0

El PSOE de Marbella tenía previsto traer a Susana Díaz a la ciudad durante la campaña electoral, pero tuvo que cambiar de fecha porque no consiguió que le alquilaran el Palacio de Ferias y Congresos. Cuando consiguió otro escenario, Susana Díaz eligió no venir. El miércoles por la noche, la presidenta ofreció un mitin en la localidad gaditana de Los Barrios y el jueves por la mañana estuvo en Coín. La caravana electoral del PSOE hizo noche en un hotel de Estepona antes de poner rumbo al Guadalhorce por la AP7 y la carretera de Ojén. En sentido estricto no se podrá afirmar que Susana Díaz no haya pasado por Marbella durante la campaña electoral. ‘Pasado por’ o ‘pasado de’ sería una interesante discusión más allá de la semántica.
Ya en Coín, eso sí, la candidata socialista hizo referencia a Marbella como uno de los municipios donde su partido consiguió recuperar la preferencia de los ciudadanos durante las elecciones europeas.
El PP contaba con un acto institucional que iba a celebrarse mañana, lunes, en Marbella con la presencia de Mariano Rajoy: la entrega de los Premios Nacionales de Turismo. El acto ha sido suspendido con las explicaciones acostumbradas; es decir, ninguna.
Se anunciaba un gran desembarco político en Marbella para las elecciones autonómicas y finalmente ha sido menos. Ni Rajoy, ni Susana, aunque los populares pueden presumir de que ellos sí han traído a su candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, del mismo modo que lo han hecho Izquierda Unida con Antonio Maíllo, que participó en un acto una semana antes del inicio oficial de la campaña, y con su coordinador federal, Cayo Lara, que visitó Marbella el viernes, y Podemos, cuya candidata, Teresa Rodríguez, ofreció también el viernes en la Avenida del Mar su único mitin en solitario en la provincia de Málaga. El de UPyD, Martín de la Herrán, también eligió Marbella el mismo día para un reparto de propaganda.
Lo de Susana Díaz con Marbella ha sido todo un síntoma, no ya de su aversión a pisar la ciudad, sino de la estrategia que están utilizando los socialistas durante toda la campaña: la candidata participa en actos en aquellas plazas donde el voto PSOE es más fuerte –sobre todo pueblos de menos de 20.000 habitantes-, lo que permite leer que la estrategia socialista no se centra en ganar nuevos votantes, sino en procurar que la sangría de los apoyos propios no sea mayúscula. Hace tiempo que el PSOE renunció a disputar el voto progresista y urbano de las grandes ciudades y no parece esta la mejor ocasión para andar innovando y modificar ese comportamiento. Mejor ir a lo seguro. Se trata de conservar lo que tienen porque existe la convicción de que un resultado ligeramente inferior al mal resultado de 2012 podría convertirse en un buen resultado en 2015. El PSOE puede conservar el poder aunque consiga, como vaticinan las encuestas, el peor resultado de su historia en Andalucía. Paradoja del cambio de escenario.
Si Marbella es una plaza hostil para Susana Díaz parece todo lo contrario para Moreno Bonilla, que encuentra en esta ciudad un buen caldo de cultivo con el discurso del sempiterno abandono y maltrato de la Junta de Andalucía. Su objetivo no parece consistir en disputarle al PSOE el voto conservador –que lo tiene, y en cantidades no despreciables-, sino también en evitar su propia sangría hacia Ciudadanos y hacia la abstención. La mayor preocupación de Moreno Bonilla es evitar que el castigo de sus propios votantes que Rajoy ha ido labrando con constancia digna de empeños más nobles desde 2011 tenga su primera cosecha durante las elecciones autonómicas. Ya avisó el candidato que no son las andaluzas el mejor momento para mostrar enfado con Rajoy, que de hecho no se presenta a estas elecciones. Por eso no parece ser una mala noticia para Moreno Bonilla que el acto previsto para mañana en Marbella con el presidente del Gobierno se haya suspendido.
Después de escuchar la intervención de Moreno Bonilla en el acto organizado el pasado jueves bajo el formato de un foro de la Asociación de la Pequeña y Mediana Empresa, quedó claro que el PP considera a esta ciudad una de sus plazas fuertes. No sólo porque el candidato subrayó que si es presidente se lo verá hasta el cansancio por aquí –a diferencia de lo que sucede con su contrincante- sino porque también asumió compromisos que tocan en buena medida la sensibilidad de gran parte de la sociedad de Marbella, como la refinanciación de la deuda del Ayuntamiento con la Junta, el pago de la deuda histórica de inversiones en la ciudad o la eliminación del Plan de Ordenación Territorial de la Costa del Sol. Para Moreno Bonilla, resulta incomprensible que lejos de cuidar a su joya del turismo, la Junta la maltrate.
Si se las mira con algo de distancia, al menos en esta ciudad, las campañas del PP y el PSOE parecen calcadas. El mensaje del PP se resume más o menos así: la Junta de Andalucía castiga a Marbella, y quien defiende los intereses de Marbella, más allá de ideologías, es el PP. Es más, es como si el PP y Marbella fueran dos entidades con intereses comunes: quien critica la gestión del Ayuntamiento atenta contra los intereses de la ciudad y contra su prestigio. La alcaldesa encarna los valores de Marbella, y la oposición socialista no defiende a la ciudad, sino a su partido.
Con solo hacer el ejercicio de reemplazar al PP por el PSOE, a Marbella por Andalucía y a la Junta de Andalucía por el Gobierno central, ya tenemos el discurso de Susana Díaz en estas autonómicas. El Gobierno castiga a Andalucía, y quien defiende a Andalucía, más allá de ideologías, es el PSOE. El partido y los andaluces tienen intereses comunes, quien critica la gestión de la Junta atenta contra la dignidad de los andaluces; la presidenta encarna los valores de Andalucía y el PP andaluz no defiende a la comunidad autónoma, sino al Gobierno.
Y es que no hay como una campaña electoral para detectar los parecidos de quienes reclaman ser diferentes.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Delegado de SUR en Marbella