Diario Sur

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Roca, un figurante
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Héctor Barbotta | 09-01-2015 | 11:29| 0

Si se sigue el criterio de su principal víctima, el Ayuntamiento de Marbella, Roca deberá permanecer todavía un buen tiempo tras las rejas antes de volver a pisar la calle. Los cálculos le han fallado al, en otro tiempo, hombre fuerte de la ciudad, sobre quien pesan condenas que le obligan a devolver 63 millones de euros de los que sólo ha pagado ocho.

Durante mucho, demasiado tiempo, Roca fue el que decidía qué se podía hacer y qué no en Marbella. La antesala de su despacho se había convertido en una sala de espera que ponía a prueba la capacidad de aguante del más paciente, como doble estrategia de ablande previo antes de cualquier reunión y de demostración palpable de en qué lado de la mesa residía el poder. Por entonces, confesaba en sus círculos más íntimos que no esperaba salir impune de su paso por el Ayuntamiento, pero que en un par de años estaría en la calle para disfrutar de su fortuna.

Durante ese tiempo y los primeros años que siguieron a su detención, cualquier novedad sobre las fechorías de Roca que iban emergiendo junto a su vergonzante patrimonio tenían el valor de suponer la radiografía de una época. Pero con el paso de los años, la aparición de otros personajes igual de sonrojantes lo fue desplazando al papel casi de un figurante en la película de la corrupción. No hace mucho, Roca era el número uno entre quienes se habían apropiado de lo público. Pero después de Bárcenas, de Matas, de Urdangarín, de Pujol y de una lista que aquí no cabría su figura perdió originalidad, interés, actualidad y relevancia. Cada semana nuevos aspirantes parecen pegarse codazos para llenar el lugar que Roca ocupó en unos días que parecen lejanos, pero que son anteayer en la perspectiva histórica.

Todo esta trayectoria desde su detención -el afloramiento de escándalos y fortuna, los procesos que culminaron en juicios y condenas, la larga travesía que lo convirtió primero en enemigo público número uno, después en personaje secundario y finalmente en reo del olvido- Juan Antonio Roca la ha pasado entre rejas con un breve intervalo que apenas duró ocho días. Ya van para nueve años, y los que le quedan, como para desmentir no sólo sus cálculos cargados de cinismo y soberbia, sino los vaticinios de los más pesimistas.

No es verdad que la justicia siempre llega. Pero cuando lo hace es inexorable. El castigo sigue allí, pesando día a día sobre la vida de un condenado que ya parece interesar muy poco. El que fuera protagonista central es ahora un figurante a quien le falllaron las cuentas y que posiblemente sueñe con un anonimato que le ayude a volver a ver la calle antes de tiempo. Igual hasta aspira a que nos olvidemos de él. No le caerá esa breva.

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Los rusos y nosotros
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Héctor Barbotta | 22-12-2014 | 11:56| 0

Hay quien pudo pensar que el conflicto de Crimea nos quedaba muy lejos y que las categorías de la Guerra Fría siguen vigentes y que por lo tanto nuestro papel aún es el de hacer los coros cuando canta el solista americano. Incluso, que la guerra de sanciones entre Putin y la Unión Europa que tanto golpearon a los productores agrícolas no iban a tener repercusión en el turismo.
Es posible que también hayamos supuesto que la financiación de un estado terrorista a través de la venta de petróleo en los mercados clandestinos podía suponer una amenaza a nuestra seguridad que de todas formas nos cae de momento muy lejos –aunque la locura tenga un anhelo expansivo que llega hasta la recuperación de Al Andalus a sangre y fuego–, pero no a nuestros bolsillos y a nuestra intereses más inmediatos.
Sin embargo formamos parte de una red que se expande por todo el planeta, y lo que sucede en un rincón acaba sacudiendo los cimientos en el rincón más alejado. Generalmente, los cimientos que tiemblan en primer lugar son los más endebles, los menos asentados, los de base más frágil. Por ello posiblemente sea hora de que comencemos a preocuparnos y de prepararnos para un plan alternativo que de momento no se vislumbra en el horizonte: el gran mercado del Este en el que se habían recostado no ya esperanzas sino certezas en las cuentas de resultados de no pocas empresas turísticas e inmobiliarias de la Costa del Sol se tambalean. Y con él buena parte de nuestras expectativas de recuperación.
Se desconoce de momento cuáles pueden ser las consecuencias ecológicas de la jugada americana del fracking, aunque algunas previsiones ya asustan, pero en el plano de la política internacional el terremoto ya se ha producido. El precio del petróleo, ayudado también por los millones de barriles que los terroristas del Estado Islámico ponen en el mercado negro, se desploma pese a que no lo notemos en las gasolineras, y además de Venezuela e Irán el gran perjudicado es Rusia. Y con Rusia, sepámoslo, nosotros. El rublo se hunde junto con el petróleo, los millonarios rusos son menos millonarios y es probable que comiencen a pensar que irse de vacaciones a la Costa del Sol, no digamos ya comprarse una casa en Marbella, ya no sea una buena idea.
Hace ya algunos años que comprendimos que había que comenzar a recortar las trabas administrativas que impedían llegar a ese gran mercado de 140 millones de personas que busca en nuestro litoral sol, seguridad jurídica, servicios y colegios internacionales para sus hijos. Y justo ahora, que empezábamos a levantar barreras, la geopolítica internacional viene a recordarnos que vivimos en un mundo volátil donde nada es para siempre y que nos obliga periódicamente a replantearnos dónde estamos situados.

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Selfies que retratan
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Héctor Barbotta | 28-11-2014 | 12:19| 0

Hay gente que se pregunta qué hay de cierto en las narraciones megalómanas del pequeño Nicolás. No hay gran farsa que no se construya sobre medias verdades, y en este caso las medias verdades no sólo deberían enrojecer el rostro de más de uno, sino que alcanzan para describir hasta qué punto gran parte de las instituciones públicas navegan bajo el timonel de la apariencia, la superficialidad y la irresponsabilidad.
Que un joven sin oficio conocido y sin preparación haya hecho carrera en los círculos de poder de este país sin más bagaje que una producción industrial de selfies, bastante cara dura y el acercamiento a FAES y a la organización juvenil del PP habla a las claras de cómo funcionan las cosas en instituciones donde uno supone que deberían prevalecer otros valores, otros criterios, otros baremos.
¿Pero quién puede extrañarse de que las fotos sean el principal sustento de un jeta que se mueve en los círculos de la política si la obsesión por una foto es lo que guía la agenda de la gran mayoría de quienes ostentan una responsabilidad grande, pequeña o mediana?
El pequeño Nicolás había llegado a la cúspide de los círculos de poder sin oficio conocido, sin formación y sin más acervo que los méritos acumulados a la sombra de organizaciones cercanas al partido en el gobierno. ¿No se parece su caso al de otros muchos?
Hay quien sostiene que debió sospecharse de quien decía actuar en nombre de altas instancias del Estado y parecía hacer gestiones para sacar castañas del fuego. ¿Pero alguien en buena lógica podía sorprenderse que detrás de las declaraciones sobre la el respeto a la independencia judicial no hubiera movimientos subterráneos que las desmintieran?
Hay quien dice que cómo puede ser que al niño se le hayan abierto las puertas de encumbrados despachos con el único bagaje de asegurar que venía de parte de alguien. ¿Puede causar eso alguna sorpresa después de que el ‘caso Urdangarín’ dejara al descubierto una recaudación millonaria sin motivo alguno y revelara que el peloteo es una de las instituciones más enraizadas en la vida política española?
¿Es que alguien puede sorprenderse de que el jovencito pidiera dinero a cambio de favores políticos? Acaso podría sorprender su precocidad, no que hubiera favores políticos que se pudiesen comprar.
Hay quien aún se pregunta cómo pudo el pequeño Nicolás engañar a tantos durante tanto tiempo. Pero lo más inquietante no es su habilidad para entrar, colado o invitado, en actos oficiales, sacar provecho de ello y poner en entredicho la seriedad de no pocas instituciones. Lo inquietante es lo convincente que resulta su caso como caricaturesco retrato de una época.

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Decencia y demoscopia
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Héctor Barbotta | 21-11-2014 | 17:24| 1

El Ayuntamiento de Marbella aprobará en el próximo pleno una medida que obligará a todos los grupos municipales a rendir cuentas de en qué se han gastado las asignaciones que se conceden para su funcionamiento. En un Consistorio donde sólo los concejales del gobierno perciben remuneración, las asignaciones a los grupos no son precisamente las que causan mayor impacto en las cuentas públicas: 5.600 euros mensuales van al PP; 2.450, al PSOE; 1.400, a Opción Sampedreña y 1.050, a Izquierda Unida. No es algo que suceda sólo en el Ayuntamiento de Marbella. A todas las instituciones parece haber llegado una repentina necesidad de aparentar transparencia que resulta ciertamente enternecedora, aunque ello lleve a exigirle al loro que dé cuenta de inmediato de las facturas de su chocolate mientras el consumo de cacao sigue a toda máquina.

Con cierta recomendable ingenuidad cabría preguntarse si este inédito frenesí por la transparencia tiene alguna relación con que nos encontremos a seis meses de las elecciones municipales y con el aviso repetido encuesta tras encuesta de que las prácticas habituales pueden tener, por primera vez, consecuencias de las que duelen.

El miedo a perder sillones y privilegios funciona. La alcaldesa de Benalmádena, Paloma García Gálvez, se ha dignado poner en peligro el pacto de gobierno que la mantiene en el sillón al desalojar a su socio político, Francisco Salido, un superviviente de aquella época felizmente superada en la que toda la Costa del Sol estaba salpicada de grupos políticos independientes de ideología difusa e intereses concretos. Este personaje se negaba a destituir a un directivo condenado por ejercer de abogado sin serlo. El cese de Salido ha supuesto también la destitución de sus tres asesores, cargos que ostentaban sus dos hermanos y un cuñado, circunstancia de la que García Gálvez parece haber tomado nota por este periódico tras años de cruzárselos en el Ayuntamiento al parecer sin percatarse. ¡Qué escándalo -habrá exclamado la alcaldesa-, de lo que me acabo de enterar!

En esta ola de súbita integridad seguramente haya que enmarcar la decisión también reciente de la dirección del Partido Popular de prescindir del alcalde de Alhaurín el Grande, otro personaje del que las encuestas parecen ahora recomendar un prudente alejamiento.

Que se tome nota de que el personal está harto no es que no venga bien, pero habrá que estar atento. Lo que no pudo la decencia durante años parece haberlo logrado la demoscopia en un instante.

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Una oportunidad
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Héctor Barbotta | 30-10-2014 | 21:45| 0

Bárcenas, Blesa, Acebes, Granados, el pequeño Nicolás. Quizás va siendo hora de que Marbella elabore una relación de visitantes indeseables. El problema es que la lista podría convertirse en algo parecido al libro de arena que imaginó Borges: era infinito y obligaba a una inquietante lectura perpetua. Hay que tener en cuenta que Aznar, el expresidente que ya bate récords con un 75 por ciento de su consejo de ministros empapelado, tiene casa por aquí y los rebaños suelen incurrir en comportamientos gregarios.

Resulta fácil imaginarse a este personal aguantando la risa cuando se hablaba de la ‘operación Malaya’ como la mayor trama de corrupción jamás descubierta y se presentaba a Marbella como ejemplo de lo que no debía tolerarse.

Juan Antonio Roca, ese principiante. Los ocho años que lleva en prisión demuestran que no aprendió siquiera la primera lección del manual del buen mangante: lo primero que hay que hacer es meterse en un partido, grande. Si es posible, y los chorizos dejan sitio porque hay muchos y deben abundar los codazos, en el más grande de todos. O en el segundo. Eso de saquear una institución pública desde la independencia reviste hoy un halo de romanticismo. Y en el mundo del hampa manda lo pragmático.

Para robar hay que meterse en un partido. Son todas ventajas: no te abandonan al primer indicio, te animan a ser fuerte, minimizan tus vergüenzas al compararlas con las vergüenzas de enfrente, incluso te dan la posibilidad de irte antes de que te echen, y llegado el caso impiden que tu nombre se arrastre por el fango. Como mucho, te conviertes en «esa persona a la que usted se refiere».

Se suele decir que en los partidos la norma es la decencia, y que los corruptos son una minoría que se aprovecha de los honestos. Eso podía valer para el primer caso, para el segundo, incluso para el tercero. Pero ya no. Cuando se acepta como toda responsabilidad un tímido pedido de disculpas leído en el Senado; cuando el expolio institucionalizado se explica como cosa de cuatro golfos; cuando la mierda aflora y el rebaño sigue callado o señalando con entusiasmo a la bancada contraria; cuando la lealtad al partido pesa más que la decencia, sólo cabe concluir que los que siguen no están avergonzados, sino esperando su oportunidad.

Los partidos no son más que estructuras que valen como instrumento, pero que pueden desaparecer corroídas por su propia podredumbre. Ya pasó en Italia y en Grecia, incluso en Baleares tenemos algún ejemplo.

En toda sociedad democrática hay personas con ideas progresistas y con tendencias conservadoras. Las primeras han iniciado su trasvase a una formación nueva en un proceso que parece inexorable. Cabe preguntarse a qué esperan las segundas.

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Ovación
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Héctor Barbotta | 23-10-2014 | 15:28| 0

El auditorio de los foros donde se acude a escuchar a personajes de la política o de la empresa suele estar conformado en su mayoría por invitados de protocolo y una minoría de incondicionales que acuden para completar el aforo. Por ello es habitual que la intervención sea saludada por los aplausos de rigor que raramente exceden los límites de la cortesía.

Por ello, la cerrada ovación que coronó el pasado martes la exposición que el alcalde de Estepona, José María García Urbano, brindó en el hotel NH de Málaga invitado por el foro Nueva Economía puede considerarse fuera de todo antecedente en ese tipo de convocatoria. Es verdad que un análisis sociológico de los asistentes daría en términos generales una audiencia proclive a coincidir propuesta más, propuesta menos, con la intervención del ponente. Pero no es menos cierto que el discurso cuidadosamente elaborado por García Urbano, más que una propuesta era un completo programa político que ponía el dedo sobre la llaga de uno de los incumplimientos más flagrantes de Gobierno del Partido Popular y que más descontentos tiene a sus votantes: la reforma de la administración.

El alcalde propuso una verdadera revolución en los criterios que se aplican en la administración pública para desterrar un concepto nacido de una realidad de hace tres siglos y que ha creado una burocracia que se alimenta a sí misma, que alienta la discrecionalidad y la arbitrariedad y que condena a toda la sociedad a pasar media vida esperando por un papel mientras sus oportunidades se ahogan en la espera.

Se puede o no coincidir con la arriesgada y, debería decirse, valiente propuesta de García Urbano, pero no se le pueden negar al menos dos méritos. El primero es que lo invitaron a hablar en un foro donde podría haberse limitado a repasar los méritos de su mandato, el estado ruinoso en el que recogió al Ayuntamiento de Estepona y las medidas que arbitró para ponerlo en la senda de la coherencia, recoger los aplausos de rigor y marcharse contento. Lejos de eso, decidió ir más allá y exponer sus opiniones acerca de qué habría que hacer para que las cosas, según su entender, funcionen mejor.

El segundo es que metido de lleno en una actividad donde lo que campa es el cinismo, la deshonestidad intelectual y la costumbre de evitar sobresalir por sobre la mediocridad imperante para no incomodar al jefe y no perder sus favores, decidió hacer todo lo contrario. Decir lo que piensa, sobresalir y además hacerlo con un tema incómodo. Solo por eso, y aunque no se coincida en todo lo que dijo, tiene la ovación bien ganada.

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El dinero (público) como arma política (partidista)
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Héctor Barbotta | 22-10-2014 | 17:08| 0

La Junta de Andalucía ha pedido al Gobierno flexibilidad a la hora de reintegrar la liquidación negativa de 2013 por las entregas a cuenta recibidas del Estado y al Ayuntamiento de Marbella le ha faltado tiempo para reclamarle al Ejecutivo autonómico que las mismas condiciones que reclama al Gobierno de Rajoy las aplique a la hora de cobrar los plazos del préstamo que la propia Junta le hizo al Ayuntamiento.
En esta época en la que las instituciones públicas se dedican a administrar miseria, el ahogo financiero a los gobiernos de signo contrario se ha convertido en una de las armas más poderosas para doblegar al adversario e intentar derrotarlo electoralmente. En el camino se quedan todos ahogados, pero con unos argumentos políticos incontestables: el rival es desalmado, se mueve por interés partidario y no tiene en cuenta a los ciudadanos. La pena es que tienen razón. Todos ellos.
El Gobierno central, las autonomías, las diputaciones y los ayuntamientos participan en este juego de darwinismo político en el que el más grande se come al más pequeño. Al final de la cadena alimenticia se encuentran las personas de a pie, que ya no tienen a quién comerse.
Con los recursos financieros recortados y a la hora de decidir a qué dedican lo poco de lo que disponen, los gobiernos se ven obligados a retratarse. Y lo hacen: antes de desmantelar las estructuras clientelares o de renunciar a las cadenas de favores, se cierran centros de formación, se instalan aulas prefabricadas que se inundan a las primeras de cambio o se rebaja la prestación de servicios. Todo sea por mantener el chiringuito. Sólo los más optimistas, o quienes ignoren las inercias que gobiernan los partidos pueden seguir creyendo que esta crisis ha sido interpretada como una oportunidad para cambiar.
El ahogo financiero a los rivales y las respuestas que se articulan para denunciar esas maniobras revelan hasta qué punto las estrategias políticas no se diseñan para solucionar los problemas, sino para dejar en evidencia y desgastar al adversario. Los reclamos financieros se han convertido en una nueva versión del ‘y tú más’ con el que los partidos nos obsequian cada vez que alguno de los suyos es sorprendido con la mano en la lata. Pero se trata de un remake más sutil. Mejorado. Es decir: empeorado.
Negar pan, sal y agua a las administraciones de signo contrario, del Gobierno a la Junta, de la Junta a los ayuntamientos, no es más que otra muestra del sentido patrimonialista con el que los partidos gobiernan las instituciones. Como si el dinero fuese suyo.
Recientemente, la alcaldesa de Marbella presentó en una misma comparecencia pública cuatro planes de empleo que se desarrollarán en la ciudad, uno de los cuales está sustentado con fondos del presupuesto municipal y los otros tres, con dinero procedente de la Junta de Andalucía y en los que la participación del Ayuntamiento consiste en seleccionar al personal y aportar los materiales de trabajo.
El PSOE montó en cólera al entender que con su comparecencia, la alcaldesa de Marbella pretendía apropiarse de lo que no es suyo y ocultar el mérito de la administración gobernada por los socialistas. Pero resulta que el dinero tampoco es de la Junta, sino que se trata de fondos europeos que la Junta canaliza. De haber leído las protestas del grupo socialista, alguien en Bruselas hubiese reclamado su minuto de gloria, aunque es seguro que hasta en la capital de la burocracia europea tienen cosas más importantes que hacer.
Toda esta discusión no deja de ser una trampa. Si los fondos efectivamente tuviesen su origen en los presupuestos de la Junta tampoco tendría sentido, porque ni el presupuesto municipal sale de la cartera de Ángeles Muñoz, ni el de la Junta lo aporta Susana Díaz de su pecunio personal. Ambos, como también los presupuestos europeos, salen todos del mismo lado: de los bolsillos de los ciudadanos. Los políticos no son más que meros administradores de lo que no es suyo. A ver si algún día lo entienden.

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Encuestas
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Héctor Barbotta | 29-09-2014 | 10:04| 1

La Mancomunidad de la Costa del Sol acaba de reformar sus estatutos para suprimir el principio de un municipio un voto con el que se ha regido desde su creación para reemplazarlo por un sistema proporcional en función del número de habitantes. Hay quien sospecha que en ello han tenido mucho que ver las encuestas que vaticinan un cambio de tendencia para las municipales del año que viene. Una motivación parecida a la que ha inspirado el proyectado cambio de la ley electoral con la que se pretende suprimir en los ayuntamientos el principio de la democracia parlamentaria para imponer en su lugar un régimen presidencialista en el que la mayoría, milagros de las matemáticas, se puede alcanzar con menos del 50 por ciento.
Hace ya mucho tiempo que la política dejó de ser aquella actividad en la que un dirigente admitía que si la mayor parte de la sociedad ya no compartía sus principios era mejor comenzar a prepararse para que votaran a otro. Cuando la sociología y la demoscopia irrumpieron en la cotidianidad de los partidos eran un buen instrumento para diseñar estrategias, detectar en qué distrito había que hacer un mayor esfuerzo e incluso adelantarse a los acontecimientos con lecturas anticipadas de las demandas sociales, pero hace ya tiempo que las encuestas aconsejan no en qué momento presentar una proyecto o modular un discurso, sino proclamar unos principios. Marxismo rama Groucho: Tengo estos, pero si los sondeos no me acompañan tengo estos otros.
Ahí tenemos el mal llamado caso Gallardón. Hay quien pueda creer que la adecuación de las iniciativas gubernamentales a lo que dicen las encuestas es la quintaesencia de la democracia, pero ¿quién puede fiarse de quien instala un debate que iguala a las mujeres que abortan poco menos que con asesinos de niños y de un día para otro cambia de opinión porque los sondeos no le acompañan?
Los acontecimientos de los últimos días parecen invitar a a pensar que el diseño de la gran política se hace a partir de sondeos de opinión. Pero si fuera así habría que preguntarse quién le vendió al Gobierno una encuesta de la que salió que esta sociedad demandaba un cambio en la ley del aborto que sólo conformaba a quienes no entienden que sus principios morales o religiosos no pueden regir la vida de los demás como si estuviésemos en Irán o en el califato islámico.
Por ello quizás sea más acertado dejarse llevar por una teoría inspirada en la paranoia conspirativa, y que sugiere que lo sucedido en torno al fallido proyecto no fue más que una maniobra urdida para dejar al desnudo la verdadera naturaleza de Gallardón y destruir su imagen de liberal progresista. Rasputín no lo hubiera hecho mejor.
Gobernar no sobre la base de principios o de programas sino según el vaivén de los sondeos puede entenderse como democrático, una especie de asambleismo ciudadano permanente. Ahora sólo cabe esperar una encuesta sobre la reforma laboral, la subida del IVA o los recortes sanitarios. Pero sobre eso nunca preguntan.

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¿Marbellíes o marbelleros?
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Héctor Barbotta | 15-09-2014 | 11:12| 2

Una ciudad y, al menos, dos gentilicios. No son habituales los casos donde exista un debate abierto acerca de cómo debe llamarse a quienes han nacido o viven en un determinado lugar, e incluso que distingan con diferentes gentilicios a los naturales y a los implantados. Quizás deba adjudicarse a Marbella como una más de sus múltiples singularidades el hecho de que convivan dos gentilicios: marbellí y marbellero.

Los más antiguos del lugar aseguran que ya en los años cincuenta, y aún antes, era natural llamar marbelleros a quienes vivían en el entonces pueblo de 10.000 habitantes con pasado agrícola e industrial y que comenzaba, incipientemente, a abrirse al turismo. Y que no fue hasta la llegada en avalancha de nuevos residentes atraídos por la actividad que generaba el turismo y a la adopción de Marbella como propia por parte de múltiples colonias extranjeras cuando el término marbellí comenzó a implantarse con fuerza, desplazando al que los vecinos autóctonos consideraban como propio.

El debate sobre el gentilicio que le corresponde a la ciudad aún levanta pasiones y hay quien cree que no se trata de un asunto inocente. Por lo menos por parte de quienes se empeñan en mantener unas señas de identidad que se han ido desdibujando con el paso del tiempo y el crecimiento demográfico.

 

Sin embargo, para los más documentados estas no son más que bobadas. El desaparecido historiador Fernando Alcalá, nombrado Hijo Predilecto de la ciudad a título póstumo y autor de varias de las obras de referencia en la historia de la ciudad, atribuía esta diferenciación entre marbellero y marbellí a un artículo publicado en el diario ABC en el año 1958 por el periodista chileno Víctor de la Serna, quien al parecer habría hecho referencia a sus propias vivencias como turista en aquella época y a los testimonios recogidos entonces.

Sin embargo, el término marbellí es más antiguo de lo que se cree. En su obra Crónica de Marbella, Alcalá recuerda que el historiador malagueño Francisco Guillén Robles (1846-1926) ya denominaba ‘marbellíes’ a los pobladores de la época musulmana, gentilicio que “ha desplazado de los diccionarios a los tradicionales ‘marbelleros’ (voz popular) y ‘marbellense’ (voz culta), con los que los naturales de Marbella se han nombrado durante los últimos siglos”.

 

Para el historiador Francisco Moreno, el debate entre marbellí y marbellero está superado, y más aún la distinción entre los autóctonos y los foráneos. En su opinión, el gentilicio correcto, aunque en desuso, es ‘marbellense’. De hecho, es así como Moreno ha denominado a su blog, donde propone debates sobre temas relativos a la historia de la ciudad.

 

Francisco Moyano, profesor, articulista y también apasionado de la historia de Marbella, recuerda que es ‘marbellí’ el término que figura en los diccionarios clásicos de gentilicios, y que ya en la época musulmana era de esa manera como se denominaba a la uva que crecía en esta tierra. Sin embargo, recuerda que ya desde pequeño, en los años sesenta, escuchaba a su abuela referirse de esta manera a los vecinos de Marbella: “Nosotros, los marbelleros”.

 

 

 

 

Inasequible a las creencias populares, el diccionario de la Real Academia de la Lengua sólo reconoce un término, marbellí, que no hace distinción entre ‘natural de Marbella’ o ‘perteneciente o relativo a esa ciudad’. Y en los últimos años es ése el término que se utiliza de forma ampliamente mayoritaria. Pero ello no parece suficiente para que muchos vecinos se avengan a abandonar el término con el que, según recuerdan, se vienen llamando a sí mismos desde que tienen uso de razón. Hay marbelleros que se resisten a dejar de serlo.

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Cómplices, no víctimas
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Héctor Barbotta | 12-09-2014 | 09:54| 0

Posiblemente lo peor del caso Pujol no sea el volumen del fraude, cuyas dimensiones están todavía por descubrirse, ni la desazón que sienten quienes tenían a esa figura como un referente moral, ni el tufo a que esto ya se sabía desde hace tiempo pero se ha decidido sacarlo a la luz en el momento oportuno, ni la contumaz persistencia con la que los protagonistas de la historia se empeñan en seguir tomándole el pelo al personal. Lo peor es la manera en que quienes han participado de esta inmoralidad mayúscula, en esta estafa económica, pero también política y ética, se están llevando las manos a la cabeza, fariseos, con cara de yo-no-sabía-nada, como si todo este asunto los cogiera por sorpresa. Como si la fortuna descomunal de un mandatario que ha ocupado el sillón durante más de dos décadas, exhibida impúdicamente por su familia durante todo este tiempo, se pudiera haber labrado sin tejer una red de complicidades dentro y fuera de su partido y también dentro y fuera de la política.

Por eso no se sabe si es peor que Felipe González insista en defender lo indefendible o que otros cómplices levanten el dedo acusador, como si el tema no fuese con ellos, o guarden sospechoso silencio.

 

Llegados a este punto, inspira cierta nostalgia la candidez con la que se recibió en su día el ‘caso Malaya’, considerado entonces el mayor caso de corrupción política en España y que lamentablemente se ha revelado no mucho tiempo después como una marca más, y no la más importante, del sarampión de corrupción que afecta a un cuerpo entero que además no parece tener interés alguno en crear los anticuerpos que permitan sanar de una vez y para siempre.

Ahora, cuando se empieza a conocer que la fortuna oculta del exhonorable podría proceder del supuesto cobro de comisiones a las empresas que optaban a obras públicas (¿de dónde si no?), se pretende presentar a los cobradores como los únicos villanos de la historia, y a los pagadores como víctimas de una extorsión que los inmuniza ante la justicia y ante la historia.

Pero ‘Malaya’ nos ha enseñado que sólo cuando se pone en un mismo plano a quienes cobraron y a quienes pagaron, a los sobornados y a los sobornadores que prefirieron participar del delito y beneficiarse de él en lugar de denunciarlo, se puede erradicar de cuajo un sistema que tiene a los ciudadanos de a pie como únicas y excluyentes víctimas. Si no se hace así, a los sobornadores sólo les quedará esperar a que pase la tormenta y preguntar dónde está la siguiente ventanilla a la que deben dirigirse.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Delegado de SUR en Marbella