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Desidia
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Héctor Barbotta | 22-09-2017 | 14:10| 0
CARLITOS FERNÁNDEZ bis.cdr

 

La detención en Argentina del exedil de Marbella Carlos Fernández, prófugo desde hace más de once años, ha disparado las teorías conspirativas. Es lo que suele suceder cuando no se encuentran explicaciones convincentes a un hecho inusual, pero también cuando las explicaciones son tan simples que resultan inverosímiles.
En este caso, que ha mantenido abierto durante más de una década un paréntesis más de incógnita que de preocupación, las teorías apuntan a que Carlos Fernández pudo escapar porque era un confidente de la policía que aportó datos claves que permitieron sacar a la luz la telaraña de corrupción que tenía atrapado al Ayuntamiento de Marbella. No es la primera vez que se expanden estos rumores, pero a poco que se conoce cómo se desarrolló la investigación del ‘caso Malaya’ se llega a la conclusión de que no tienen más sustento que la mera sospecha.
La teoría de la colaboración no ayuda a explicar cómo se llegó a desenmarañar la trama y la lectura de la sentencia, un fallo que dejó escapar indemnes o con castigo mínimo a muchos de los protagonistas, permite concluir que los investigadores hicieron todo lo que pudieron, pero que no llegaron tan lejos como les hubiese permitido la colaboración de un arrepentido, figura que por otra parte no existe en la legislación española. Cualquier policía descubierto ofreciendo impunidad al exconcejal a cambio de colaboración hubiese acabado haciendo compañía tras los barrotes a los condenados.
La teoría que viste a Carlos Fernández con el traje de un topo se basa en lo inexplicable que resulta que un sospechoso de un caso con tanta atención mediática haya podido eludir la persecusión durante tanto tiempo.
Y ante este interrogante es posible que la respuesta más verosímil sea la más sencilla. ‘Malaya’ fue un caso que despertó más interés entre los medios de comunicación y el público que entre quienes tenían la obligación y los medios para buscar y poner al exedil a disposición de la justicia. La trama de corrupción en Marbella dejó de ser un foco prioritario de interés para el Estado en el momento en que Gil se vio obligado a expandir su poder a Ceuta y Melilla y la propia ‘operación Malaya’ fue más producto del interés y el tesón de un juez de 34 años y de dos policías también jóvenes que de quienes se situaban en las más altas cimas de la administración del Estado.
Fernández pudo gozar de su década de impunidad y podrá acceder a la más que probable prescripción de los presuntos delitos por los que se lo perseguía simplemente porque, al igual que sucedió con otros prófugos de la corrupción en Marbella, no se lo buscó.

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Un misterio
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Héctor Barbotta | 22-09-2017 | 14:02| 0

A dos semanas de la moción de censura que propició un cambio de timón en el Ayuntamiento de Marbella y tras un corto intervalo de transición, la ciudad ya parece instalada en su nuevo escenario. El nuevo gobierno municipal, volcado en un frenesí de anuncios que incluye planes de choque y anuncios para el futuro cercano que parecen transmitir el mensaje de una ciudad paralizada durante dos años y necesitada ahora de una gestión vertiginosa. La oposición ha regresado al primer plano tras una corta tregua más enfocada a reordenar las propias fuerzas que a conceder un periodo de gracia al nuevo equipo de gobierno. Lo ha hecho para denunciar que detrás de estas dos semanas no ha habido más que golpes de efecto vacíos de sustancia. Unos y otros parecen haber asumido ya su nueva situación, incluido el exalcalde, protagonista de una fotografía tan inusual como saludable: la de un político regresando a su trabajo anterior. A la hora de buscar explicaciones a los motivos por los que el tripartito se rompió para dar paso a una moción de censura, se han esparcido rumores y teorías de lo más exóticas y estrafalarias, y sin embargo llama la atención la falta de referencias a un misterio que tiene a media Marbella desconcertada. Cuando el PSOE consiguió en 2015 la Alcaldía de Marbella, contra pronóstico y de manera inesperada, muchos vaticinaron con razón que el Partido Socialista, sus principales dirigentes y las instituciones que gobiernan, especialmentela Junta de Andalucía, se volcarían de manera decidida. El de Marbella fue un ayuntamiento tradicionalmente gobernado por el PSOE y que los socialistas perdieron en 1991 con el aluvión de Gil. Cuando lo recuperaron hace dos años tras una travesía del desierto de casi cinco lustros, se convirtió en su mayor cuota de poder institucional en la provincia. Sin embargo, pasaron los años y el alcalde socialista de Marbella fue sistemá- ticamente ignorado por su partido. Solamente hubo dos visitas institucionales de la presidenta de la Junta de Andalucía –una de ellas obligada por las inundaciones de diciembre del año pasado–, los inexpertos concejales socialistas se vieron solos, sin respaldo técnico en la maraña administrativa del Ayuntamiento pese a la crisis provocada por la anulación del PGOU, y no hubo el más mínimo avance en la resolución de las cuentas del Gobierno andaluz pendientes con Marbella. Las obras del Hospital Costa del Sol, con siete años de paralización, o el proyecto de ampliación del puerto de la Bajadilla, olvidado en un cajón, son las dos pruebas más llamativas de esta actitud incomprensible, de esta oportunidad perdida. Un suicidio político que constituye un misterio imposible de resolver.

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Pasos decididos
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Héctor Barbotta | 12-09-2017 | 11:08| 0
GOBIERNO MUNICIPAL TRAS MOCIÓN.cdr

La tradición ordena en una de esas normas no escritas, que suelen ser las que más se respetan, que los nuevos gobiernos cuentan con cien días de gracia. Alguien podía suponer que la regla no rige en situaciones especiales y que después de haber sido desplazados por una moción de censura inesperada, los ahora grupos de la oposición se la iban a saltar para arremeter contra el nuevo equipo de gobierno a las primeras de cambio. Sin embargo, desde el relevo en el sillón de la Alcaldía los grupos de la oposición han mantenido un llamativo silencio. Es difícil todavía concluir cuáles son los motivos de esta desaparición del escenario público, que seguramente será momentánea y que no afecta a las redes sociales, donde los afines a los grupos desplazados no han parado de lanzar ataques a los nuevos gobernantes y acusaciones de esas que no resisten el paso del subsuelo de las redes a la superficie de los pronunciamientos formales. Se desconoce si el silencio mantenido desde el pleno de la moción de censura se debe a que aún hay poco que decir porque el nuevo gobierno no ha alcanzado todavía su velocidad de crucero, si es porque efectivamente Ángeles Muñoz y su equipo disfrutarán de sus cien días de gracia o si obedece a que como el golpe ha sido tan duro e inesperado, los concejales desplazados del poder también necesitan tiempo para asimilar las nuevas circunstancias y organizar sus vidas personales y profesionales según la situación sobrevenida. De momento los concejales no abren la boca y le dejan la labor de oposición a los memes de Tuiter y Facebook.
Éste ya no es el país que hace poco más de un lustro convirtió la indignación con la crisis y con el funcionamiento de las élites políticas en un estado de cabreo general que alumbró en primer lugar una ruptura generacional conocida como 11-M y posteriormente la aparición de nuevas fuerzas que llegaban para plantear una enmienda a la totalidad del sistema. Sólo de esa manera se entiende que el aumento en las remuneraciones de los concejales –que supone en suma dedicar más recursos públicos a los ediles del gobierno y también de la oposición, con aumentos para los primeros de hasta 10.000 euros al año– no haya pasado a ocupar, a fuerza de protestas, un lugar destacado en la agenda pública. Es posible que ello se deba a que tanto unos como otros han salido bien parados del nuevo reparto, sino también a que la mayor parte de los vecinos hayan comprendido, primero, que a los políticos no hay que exigirles que cobren poco sino que se ganen lo que cobran. Y segundo, que impedir que la oposición cuente con ediles a tiempo completo no es más que una manera sutil pero sucia de evitar que la acción de gobierno pueda ser controlada. Que se hayan evitado los debates demagógicos sobre esta cuestión bien podría ser interpretada como un signo doblemente positivo: de que la situación general ya no es tan desesperada como algunos años atrás, por un lado, y de que la Marbella política ha alcanzado un cierto grado de madurez y está dispuesta a debatir no cuestiones insustanciales y secundarias, sino los asuntos de fondo.
Posiblemente con la conciencia de que la mayor parte de la demanda vecinal se dirige a una mejora rotunda de la gestión del día a día, y también de que 20 meses dan para lo que dan –en el equipo de gobierno hablan de solamente 18 meses porque desde el momento en el que se convocan las elecciones municipales la acción política desde la institución se reduce sustancialmente– no se han escuchado en estos días, ni posiblemente se escucharán en los próximos, ningún gran anuncio estratégico sobre el futuro de la ciudad.
Por el contrario, el equipo de gobierno –que se está terminando de configurar con la contratación de los últimos colaboradores y asesores– ha preferido comenzar con un par de decisiones que pueden entenderse como golpes de efecto.
El más esperado y por lo tanto menos sorpresivo ha sido la puesta en marcha de un plan de choque de limpieza. Después de haber convertido la gestión de esa área en el núcleo de su argumentario desde las filas de la oposición, el llamado plan de choque no ha sorprendido a nadie. Lo que aún falta por comprobar es si más allá de los golpes de efecto habrá argumentos cuando hayan transcurrido algunos meses para asegurar que efectivamente la ciudad está más limpia como consecuencia de una mejor gestión de los recursos municipales.
La segunda actuación que ha causado más impacto no puede asegurarse que haya sido planificada como un golpe de efecto, pero no se puede dudar de que ha tenido ese resultado. A los dos días de llegar el equipo de gobierno ha ordenado el cese del permiso concedido al hotel Sisu para la emisión de música. Este establecimiento se había convertido, no solamente por el ruido y las molestias a los vecinos, en una referencia de todo lo indeseable que durante los meses de verano pareció inundar la ciudad. Además de emitir música a deshoras y de convertirse en punto de encuentro de descamisados, el hotel está siendo objeto de una investigación policial por un incendio provocado intencionalmente en una de sus zonas comunes durante el pasado abril. Ahora el Ayuntamiento ordena el cese de cualquier actividad en su interior que no sea la hotelera y el mensaje parece poder leerse como que este equipo ha resuelto en dos días un problema al que su antecesor asistió con impotencia durante dos años.
En una dinámica idéntica puede entenderse también el anuncio realizado sobre la apertura dentro de dos meses de la infraestructura deportiva en superficie del Francisco Norte, un problema heredado que se convirtió en una cicatriz inasumible en pleno centro de Marbella y que el gobierno del tripartito tampoco fue capaz de solucionar durante más de dos años.
La alcaldesa también se ha sumado a esta estrategia de golpear duro al principio y ha querido que se visualice su mano ante el gobierno central con una visita la Ministerio de Hacienda, donde su reclamo de que se permita incrementar el techo de gasto, una losa que pesó sobre la gestión del tripartito durante todo este tiempo, ha recibido ahora buena acogida. Es lo que podría llamarse política institucional-partidista.

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Burbuja
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Héctor Barbotta | 12-09-2017 | 07:58| 0

El fenómeno avanza imparable. Málaga y Marbella ya tienen más plazas de apartamentos turísticos que camas hoteleras. En una ciudad como Málaga, con sus dimensiones de gran urbe y su explosión turística tardía enfocada a un turismo urbano y cultural, las cifras pueden obedecer a cierta lógica. En Marbella, sin embargo, con su tradición hotelera de medio siglo y un modelo turístico que necesita cimentarse en un servicio de alto valor agregado, esas mismas cifras deberían llamar a la reflexión y posiblemente también activar algunas alarmas.
La profusión de apartamentos turísticos comercializados gracias a las herramientas que facilita Internet es un fenómeno relativamente nuevo, pero a poco que se rasca en el debate acerca de sus consecuencias es como si nos encontráramos en las discusiones de la década anterior, cuando la disyuntiva no era entre hoteles y apartamentos, sino entre turismo convencional y turismo residencial. En plena expansión de la burbuja inmobiliaria, aquel era un debate que solía acabar siempre con una pregunta: ¿Por qué lo llaman turismo cuando de lo que se trata es de vender casas?
Ahora, con los apartamentos turísticos, hay una realidad que en algún sentido recuerda a la anterior. Es verdad que en las sociedades avanzadas han aparecido nuevas formas de viajar y también nuevas formas de comercializar toda clase de productos, muchas veces bajo el amparo de la falta de regulación por la propia condición novedosa de esos productos. Pero también es verdad que muchos de los inmuebles que hoy encuentran salida comercial bajo el amplio paraguas del turismo son herencia de la burbuja inmobiliaria, que la presión turística está echando a los vecinos de algunas zonas urbanas –y por lo tanto modificando sustancialmente la configuración social de las ciudades– y que el modelo turístico que se sustenta en apartamentos alquilados por Internet difícilmente puede convivir con aquel que se basa en hoteles con alta calidad de servicios. No se puede aspirar simultáneamente a un objetivo y también al contrario.
Tampoco puede ignorarse que la actual demanda turística que parece no tener límite es producto de una situación conflictiva en el Mediterráneo que no durará toda la vida, y que un modelo basado más en la cantidad que en la calidad asegura el pan para hoy y augura el hambre de mañana.
Sólo los ilusos y los fanáticos impenitentes pueden confiar en que la mano invisible del mercado encontrará por sí sola la respuesta adecuada a una situación nueva y compleja que puede determinar el futuro de nuestro sector estratégico. No deberíamos olvidar que lo peor de las burbujas es que al final explotan, y que la onda expansiva nunca se sabe hasta dónde puede llegar.

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Nuevo paisaje
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Héctor Barbotta | 06-09-2017 | 18:06| 0
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MARBELLA comienza una nueva etapa y en el horizonte aparecen unas pocas certezas y algunas incertidumbres. Un cambio de timón a mitad de mandato puede tener un efecto perverso si quienes han dirigido hasta ahora los destinos de la ciudad y quienes lo hacen desde el pasado martes se ven tentados de recurrir a la coartada de haber estado un periodo incompleto para justificar lo que se ha dejado de hacer. Las urgencias de la ciudad no entienden de colores.
Después de haber presentado un programa de gobierno que en una primera lectura puede interpretarse como poco ambicioso y falto de concreción, la nueva alcaldesa dio un par de señales que podrían invitar a adelantar que no recurrirá al argumento de la falta de tiempo. En su primera entrevista desde que regresó al despacho de Plaza de los Naranjos reconoció que los vecinos, y seguramente en especial sus electores, le exigirán resultados y por eso es probable que en las próximas semanas nos esperen un ritmo frenético y un par de golpes de efecto. También admitió que a diferencia de en sus dos primeros mandatos hereda un ayuntamiento razonablemente saneado –aunque lanzó una advertencia sobre el retraso de los pagos a proveedores– y en un contexto económico radicalmente diferente al que tuvo que enfrentar cuando llegó por primera vez y el país estaba a punto de sumergirse en una crisis económica profunda y prolongada.
Está bien que asuma esa responsabilidad y reconozca que dos años pueden dar para presentar un balance digno, porque de otra manera la ciudad se hubiese enfrentado a la situación de cuatro años perdidos sin que nadie se hiciese cargo de nada. Unos, porque los quitaron antes de tiempo; los otros, porque llegaron demasiado tarde.
El reconocimiento de que financieramente el Ayuntamiento de Marbella está mejor ahora que hace dos años también es positivo. La renegociación de la deuda municipal con la Junta de Andalucía producto del anticipo de 100 millones de euros concedidos por la Administración andaluza a la gestora en la primavera de 2006 para evitar el colapso de la gestión municipal es la mejor herencia que deja el gobierno de José Bernal. No es poca cosa, porque sin esa refinanciación la viabilidad económica del Ayuntamiento estaba en duda. Es verdad que se esperaba más del compromiso de la Junta con la ciudad –ahí siguen sin novedad el Hospital y el puerto de La Bajadilla, por recurrir solamente a los ejemplos más groseros– y es algo por lo que en primer lugar los socialistas de Marbella quizás deberían pedir explicaciones a su partido y al Gobierno andaluz. Pero ello no quita que se reconozca la importancia fundamental que tuvo aquella refinanciación. No deja de ser significativo, y ciertamente triste, que la renegociación de las deudas que el Ayuntamiento tiene con el Estado y con la administración autonómica sólo se hayan podido producir cuando en el gobierno municipal y en cada una de las administraciones a las que se interpelaba coincidieron responsables políticos del mismo signo. Que muchos vecinos den por hecho, con razón, que ahora se ralentizarán las obras pendientes de la Junta y se acelerarán las del gobierno central es sin duda una muestra de pobreza institucional.
Con una moción de censura en mitad de la legislatura, promovida además por unos socios de gobierno, cabía esperar un pleno tenso y alguna salida de tono. Más allá de que cada uno reunió a sus fieles a las puertas del Ayuntamiento para que expresaran legítima y civilizadamente sus posiciones, no hubo más tensión que la propia de la dureza de algunas intervenciones.
Los personajes principales interpretaron sus papeles con altura, y sólo algún secundario, como la presidenta del pleno, que optó por protagonizar algunas salidas de tono, no hizo otra cosa que retratar su propio nivel. Puede decirse que la elegancia con la que José Bernal asumió su salida de la Alcaldía ha potenciado su imagen. El exalcalde es hoy una figura más solvente que cuando tomó el bastón de mando hace dos años.
Entre las incógnitas que se abren de ahora en más las políticas no son las menores. No existen aún elementos que permitan vaticinar con algo de fundamento cómo serán los comportamientos electorales a partir de esta nueva realidad, pero sí para describir cómo queda el escenario político.
Podemos pierde su posición de única fuerza de oposición de izquierdas y ahora deberá compartir espacio con el PSOE e Izquierda Unida. Será interesante observar cómo hacen estas fuerzas para preservar sus lugares de una manera diferenciada en un espacio que pasa a ser común.
Las estrategias políticas son consecuencia de las lecturas que cada fuerza hace de la realidad y por eso suelen ser más exitosas aquellas que parten de una apreciación más acertada de lo que sucede. Durante estos dos años, mientras algunas voces aisladas en el PP recurrían al argumento de que un pacto contra natura había hurtado el triunfo conseguido en las urnas, la estrategia fundamental del partido se centró en criticar al gobierno municipal por su gestión y no por su supuesta falta de legitimidad. Los resultados demuestran que esa estrategia fue un acierto.
Mientras tanto, los socialistas optaron por dedicar tiempo y energía a acusaciones de supuestas ilegalidades cometidas por Ángeles Muñoz. Un fallo judicial acaba de echar por tierra la principal de esas acusaciones, y con ella toda una estrategia política.
Ahora los socialistas pueden verse tentados de recurrir al victimismo, a considerarse despojados ilegítimamente del poder y a apostar todas sus cartas a dar por buenas especulaciones infundamentadas sobre cómo se coció la moción que los expulsó de la Alcaldía. Pero todo lo que no sea revisar sus propios errores y establecer una nueva estrategia partiendo de una serena autocrítica no les hará otra cosa que perder el tiempo.
Al otro lado, PP y OSP se enfrentan a un dilema. En su condición de partidos más votados en San Pedro, son al mismo tiempo aliados institucionales y rivales en el terreno electoral. Será interesante observar cómo resuelven esa contradicción.

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Paletos modernos
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Héctor Barbotta | 14-08-2017 | 15:33| 0

Quizás porque Venezuela no genera suficientes noticias para llenar la escaleta o porque los juzgados descansan en verano, el telediario lleva varios días dedicándole largos minutos a un colectivo hasta ahora ignoto que se dedica a hostigar a los turistas. No parece que el asunto tenga entidad suficiente para activar alarmas y es posible que el fenómeno resulte tan efímero como una tormenta de verano, pero de momento mantiene entretenido al personal. No hay mejor manera que llamar la atención sobre la presencia de un enemigo para mantener prietas las filas, aunque sea al precio de dar notoriedad a un grupo cuyo único objetivo es el de conseguir fama y celebridad a costa de gamberradas. Hay villanos que resultan tan necesarios que si no existieran alguien se dedicaría a inventarlos.
Estos grupos han actuado de momento en Baleares y Cataluña y todo parece indicar que el verdadero centro de sus preocupaciones no discurre por el rumbo que está tomando la actividad turística en destinos donde parece imposible contener la masificación, sino por otras cuestiones que ocupan en estos tiempos la agenda política.
Por otro lado, han aparecido oportunistas funcionales que se desmarcan tibiamente de estas acciones para a continuación aplaudir su supuesta contribución a la apertura del debate, como si hiciera falta que se molestara a turistas que almuerzan en un chiringuito o que se lanzaran piedras contra fachadas de hoteles para que nos pusiéramos a discutir acerca del rumbo que debe tomar nuestro principal sector económico.
Es evidente que la actividad turística debe replantearse permanentemente y no dejarla inerme ante los caprichosos vientos del mercado. La desregulación no es una buena política en un sector acechado por un lado por las externalizaciones salvajes y, por el otro, por una avalancha de demanda que hay que saber encauzar selectivamente para evitar morir de éxito. Pero se trata de un debate que ya estaba abierto desde antes y al que los gamberros sólo han aportado una legitimación, por rechazo, de las posiciones más inmovilistas.
Hay quien sostiene que aquí en el sur no puede haber turismofobia porque no tenemos una actividad alternativa. Es una verdad sólo parcial, porque la causa de fondo es bien distinta. Desde los fenicios hasta ahora llevamos algunos miles de años recibiendo visitantes. Nunca hemos rechazado al que venía a aportar algo. Nuestra sonrisa ante el viajero es ancestral. Es lo que nos diferencia de los paletos disfrazados de modernos.

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Giro inesperado
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Héctor Barbotta | 13-08-2017 | 12:25| 0

Como si se tratara de la obra de un guionista empeñado en que la vida política no entrara en el letargo estival, las dos últimas semanas han sido tan intensas en acontecimientos que la memoria parece situar varios meses atrás aquella madrugada en la que el consejo consultivo de OSP decidió por una ajustada mayoría seguir adelante con el pacto de gobierno firmado hace dos años. Sin embargo, apenas han transcurrido una docena de días desde entonces y todo lo que ha sucedido mientras un aluvión de turistas volvía a dejar en evidencia la fragilidad de las infraestructuras de la ciudad parece salido de una serie cuidadosamente planificada.
Primero, la decisión de Opción Sampedreña, tomada por un margen ajustado de 16 votos a 12, de refrendar la continuidad del tripartito, que aunque parecía que marcaba el epílogo del curso político no era otra cosa que el capítulo inicial de una serie que sería corta en el tiempo pero intensa en emociones. A continuación, el estallido del conflicto entre el Ayuntamiento y Starlite que conmocionó a la ciudad en mitad del verano al hacer pública la dirección del festival su decisión de buscar otros posibles emplazamientos y conocerse la precariedad normativa en la que todo el evento se había sustentado desde entonces. A continuación, la renovación del contrato entre el Ayuntamiento y la empresa que gestiona la zona azul, que provocó un fuerte enfrentamiento entre el grupo municipal de Podemos y el tripartito –y particularmente con Izquierda Unida– y volvió a recordar la fragilidad de la mayoría en la que se sustenta el gobierno municipal. Finalmente, la sorpresiva decisión de Opción Sampedreña de revisar la decisión tomada diez días antes y someter su posición para los próximos dos años a una nueva votación en la que el 16-12 de la madrugada del 1 de agosto se convertiría, en la noche del 11 de ese mismo mes, en un 20-6 a favor de la ruptura y la presentación de una moción de censura.
Cuando en la tarde del viernes OSP envió la convocatoria a una rueda de prensa para ese mismo día a las once de la noche –una hora intempestiva para las costumbres del periodismo, en pleno mes de agosto y en vísperas del puente más vacacional del año– saltaron todas las alarmas en medio de la máxima incertidumbre. A esas horas muy pocas personas sabían el motivo de la convocatoria. Entre ellas no se encontraba el alcalde y socio de OSP, José Bernal, que no obstante convocó a su equipo ante la certeza de que se preparaba una sorpresa de dimensiones. Quien sí sabía de qué se trataba era Ángeles Muñoz, a quien el día anterior el presidente de OSP y principal valedor en esa formación de presentar una moción de censura, Manuel Osorio, había informado el jueves de que esa opción volvía a ponerse sobre la mesa. Su intención era conocer si la presidenta del PP seguía en disposición de encabezarla.
Muñoz actuó con la máxima discreción y ni siquiera informó a sus colaboradores más directos. Sabía que la más mínima filtración podía echar por tierra toda la operación. De hecho, algunos de sus concejales se mostraban el viernes tan sorprendidos como el que más.
La iniciativa fue toda de OSP, y según aseguran sus dirigentes, no tuvo otra inspiración que la de haber comprobado, una vez más, que la fórmula del gobierno tripartito requería de una negociación con Podemos que no estaban en disposición de seguir asumiendo, sobre todo porque a medida que se acercaran las elecciones la voluntad del partido morado de diferenciarse del equipo de gobierno iba a ser mayor.
La postura mantenida en relación a la renovación de la zona azul tocó a OSP en primera persona. Pese a que quien dio las explicaciones fue el concejal de Movilidad, Miguel Díaz (IU), gran parte de la gestión del asunto se tramitó en el área de Patrimonio, bajo la competencia de Manuel Osorio.
Como la historia reciente de la ciudad es la que es, con seguridad en los próximos días se dispararán especulaciones de lo más diversas, pero a simple vista la explicación parece simple. Tanto el PP como el tripartito habían prometido a los sampedreños que la Tenencia de Alcaldía gestionaría el 30 por ciento del presupuesto de manera autónoma. Y en OSP llegaron a la conclusión de que, ante la belicosidad de Podemos sólo el PP le garantiza la aprobación de los presupuestos. Con las elecciones ya en el horizonte, los sampedreños necesitan exhibir gestión.
Ahora OSP cuenta con esa garantía. Tendrán presupuesto y conservarán la Tenencia de Alcaldía. Sólo resta por saber si durante los próximos dos años el Partido Popular –formación más votada en San Pedro– le dejará todo el terreno libre tal y como los socialistas hicieron durante los dos anteriores.

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Razones de una decisión
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Héctor Barbotta | 07-08-2017 | 15:24| 0

 

Toda la atención política de la ciudad, en especial de los dos partidos mayoritarios, estuvo concentrada durante algunas semanas en cómo dar satisfacción a los reclamos de Opción Sampedreña. Más allá de la justicia o injusticia de estos, resulta fácil suponer que en el imaginario colectivo del 70 por ciento de los vecinos de Marbella, todos los que no residen en San Pedro, ha quedado la sensación de que sus intereses pasaron a un segundo plano. No se trata, sin embargo, de un reproche que pueda ser esgrimido en el futuro como munición de los dardos que PP y PSOE se seguirán lanzando con la frecuencia habitual; ambos participaron con similar ahínco en esta carrera por seducir a la fuerza que tenía en sus manos la posibilidad de inclinar la balanza y decidir quién gobernaría Marbella hasta 2019.
Durante algunas semanas, los concejales de OSP volvieron a vivir la experiencia de 2015, cuando fueron cortejados a izquierda y derecha y dejaron que la puja fuera subiendo mientras ellos decidían a quién daban su apoyo y con él, el bastón de mando municipal. En aquellos días hubo quienes incluso creyeron ver una teatralización excesiva con la que permitieron que la subasta continuara aún cuando la decisión ya se había tomado.
Es posible que llevados por la inédita sensación de estar en la cresta de la ola, en OSP albergaran la expectativa de ocupar durante los cuatro años siguientes el centro de la escena política, alimentados por el hecho de ser el único partido al que su indefinición ideológica permite mirar a izquierda y a derecha con posibilidad de llegar a acuerdos sin sentimiento de culpa ni temor a reproche electoral.
Pero esa esperanza de interpretar durante cuatro años el papel protagónico, si es que existió, sólo pudo ser consecuencia de una lectura deficiente del mapa político que arrojaron las elecciones de 2015 y de la naturaleza de las fuerzas que lo componen, porque la lógica geométrica de izquierda, centro y derecha no es la única que impera en política.
Es posible que en OSP vivieran como una sorpresa desagradable el limitado compromiso de Podemos con la estabilidad del equipo de gobierno que habían contribuido a investir y su independencia de criterio a la hora de apoyar cuestiones fundamentales como los presupuestos municipales o la hoja de ruta para superar el bloqueo urbanístico. Esa independencia –o falta de compromiso con la gobernabilidad, como se lo quiera llamar– puso durante gran parte de lo que llevamos de mandato municipal a la formación morada, y no a los sampedreños, en el centro del poder de decisión en el Ayuntamiento.
Es precisamente en la pugna entre Podemos y OSP por ocupar ese espacio decisivo donde deben buscarse gran parte de los motivos que llevaron al partido sampedreño a dudar acerca de si seguir en el gobierno municipal y a lo ajustado de la votación por la que se decidió continuar. La diferencia entre el 24-3 por el que su Consejo Consultivo optó por investir a José Bernal como alcalde en 2015 y el 16-12 por que el descartó echarlo con una moción de censura en 2017 se explica en gran medida por esa situación de incomodidad frente al protagonismo de Podemos.
Hay una segunda cuestión, que reside en el desencanto o en el baño de realidad –también en esta cuestión el lector puede elegir el término que más le encaje– en relación con las actuaciones pendientes de la Junta de Andalucía en San Pedro que supusieron un factor decisivo a la hora de decantarse hacia la izquierda tras las elecciones de 2015.
Cumplido el ecuador del mandato, los responsables de OSP vieron cómo ninguna de las tres actuaciones comprometidas hace dos años había siquiera comenzado a materializarse. Ni la pasarela peatonal en Las Medranas, ni el centro de salud, ni mucho menos el instituto. Los ediles del partido sampedreño creyeron, seguramente con una importante carga de ingenuidad o inexperiencia, que su apoyo decisivo para que el PSOE recuperara una Alcaldía relevante en la provincia de Málaga después de años de ostracismo político iba a ser suficiente para revertir la histórica falta de compromiso del Gobierno andaluz con Marbella. Pero hay inercias que parecen inapelables y los concejales de OSP pudieron comprobarlo en sus propias carnes cuando tuvieron que dar cuentas a su parroquia de por qué el Gobierno andaluz no cumplía con lo que el PSOE había firmado.
Por eso no fue casualidad que la semana en que, en su enésimo regate, la Junta rechazara firmar el acuerdo para que el Ayuntamiento adelantara la financiación del centro de salud, OSP estallara, reclamara un gobierno de concentración y tomaran estado público las reuniones que venían manteniendo con el Partido Popular para explorar las posibilidades de un cambio de gobierno. El resultado fue, tras arduas gestiones del secretario de Política Institucional del PSOE de Andalucía, Francisco Conejo, que la Junta asumiera la ejecución del proyecto y que la flamante consejera de Salud, Marina Álvarez, se estrenara en el cargo con una visita a la Tenencia de Alcaldía de San Pedro, donde firmó un convenio en el que su departamento asumía ese compromiso y cuya eficacia habrá que comprobar en los próximos meses.
Estas dos cuestiones –la incomodidad ante el obligado protagonismo de Podemos, un partido del que algunos miembros de OSP separa un abismo ideológico, y el desencanto con el Gobierno andaluz– fueron los que determinaron que los sampedreños tuviesen un debate de verdad, y no un mero paripé, antes de decidir si seguían formando parte del tripartito.
A un nivel al menos parejo con los dos anteriores estaba el asunto que se puso sobre la mesa, la falta de medios para ejercer la autonomía. La franqueza con la que se planteó este asunto revela la inexperiencia y también, en buena medida, la ingenuidad con la que los ediles de OSP plantearon hace dos años la recuperación plena de la autonomía de San Pedro y la falta de conocimiento sobre los laberintos y las trampas que esconde la gestión pública para quienes nunca antes han tenido experiencia de gobierno.
En OSP no ocultan su convencimiento de que el mapa político de Marbella no sufrirá cambios sustanciales en el futuro y que su papel de partido bisagra no es cuestión de solo un mandato. Por eso había responsables que opinaban que era necesario que se los empezaran a tomar en serio y que para eso había llegado el momento de dar un puñetazo sobre la mesa.
Pero hay imágenes que perduran más allá de cualquier argumento. La del concejal de OSP sacado arrastrado del salón de plenos por agentes de la Policía Local que cumplían órdenes de la entonces alcaldesa Ángeles Muñoz es posible que no se haya borrado aún de la retina de algunos de los miembros de ese partido. La de una dirigente con media cabeza puesta en Marbella y la otra media, en Madrid, es posible también que aún perdure. Que Muñoz se haya encontrado a 600 kilómetros cuando en Marbella sus posibles aliados debatían si la volvían a sentar en el puesto de mando no contribuyó a erradicar esa idea y debilitó la posición de quienes, en el seno de OSP, defendían la oportunidad de una moción de censura.

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Paisaje de pactos
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Héctor Barbotta | 07-08-2017 | 15:21| 0

Marbella ha resuelto su culebrón veraniego en la misma noche en la que comenzaba agosto y no pocos políticos con las maletas ya preparadas han agradecido que el asunto no se haya dilatado más de la cuenta. Desde hace dos años se sabía que OSP, el grupo independiente de San Pedro al que se suele confundir con una fuerza independentista pese que a la segregación no figura entre sus objetivos declarados, iba a hacer balance y a tomar decisiones una vez que se alcanzara el ecuador del mandato municipal. Decidirían, transcurridos dos años desde que pactaron con el PSOE e Izquierda Unida un gobierno en minoría en el Ayuntamiento de Marbella, si mantenían viva esa alianza hasta el final o la rompían para irse con el PP, la fuerza mayoritaria que se quedó a un concejal de gobernar por un tercer periodo consecutivo.
Se esperaba un debate de trámite, porque su experiencia como fuerza de oposición durante el segundo gobierno de Ángeles Muñoz dinamitó puentes de entendimiento, pero las tensiones internas y la incomodidad de gobernar a tres dependiendo además de una cuarta fuerza para sacar adelante los asuntos sustanciales causaron un desgaste que hizo albergar expectativas de un posible vuelco político.
No habrá moción de censura porque por un ajustado margen el partido sampedreño decidió seguir donde estaba, pero lo ajustado de la votación en la que se optó por continuar en el gobierno tripatito y las negociaciones más o menos discretas de las últimas semanas demuestran que la crisis política llamó a las puertas de Marbella y que su gobierno a punto estuvo de tambalearse.
En política nunca hay situaciones definitivas, pero es posible que pase algún tiempo hasta que se vuelvan a ver gobiernos municipales, y no municipales, con mayorías absolutas. La aparición de nuevos partidos y la pérdida de confianza en los tradicionalmente mayoritarios han dibujado un paisaje que nos acompañará durante algún tiempo.
Las negociaciones que han tenido lugar en Marbella en estos días formarán parte, con toda seguridad, de ese paisaje y por eso estaría bien que se asumieran con normalidad. Cuando un partido, o algunos de sus miembros, en aras de una pretendida discreción, intentan ocultar el contenido de las conversaciones, niegan la existencia de reuniones que se han producido o se están por producir o, como en el caso de los sampedreños, encubren la identidad de las personas que tienen que tomar una decisión como si de una organización clandestina se tratara, no hace más que levantar sospechas sobre una situación que a partir de ahora habrá que tomarse como habitual. En democracia las formas no son menos importantes que los contenidos.

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Asuntos sustanciales
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Héctor Barbotta | 28-07-2017 | 14:40| 0

Opción Sampedreña, el partido independiente de San Pedro Alcántara al que el resultado electoral de 2015 ha dado el mango de la sartén de Marbella, deshoja la margarita. Tiene por delante la posibilidad de decidir si la ciudad sigue gobernada por el tripartito encabezado por el PSOE o si vuelve a tener como alcaldesa a la popular Ángeles Muñoz. No se trata de una sorpresa. Cuando en 2015 pactaron para darle la Alcaldía al socialista José Bernal avisaron que aquel era un pacto para dos años, no para cuatro, y que llegado el ecuador del mandato harían su balance y decidirían si continuar o no. Sus socios aceptaron esa condición, y todas las otras que impusieron, y el momento ha llegado.
Así como hace dos años el partido de San Pedro puso como condición para pactar con los socialistas e Izquierda Unida que la Junta se comprometiera a realizar obras pendientes en ese distrito, ahora exigen que se dote a la Tenencia de Alcaldía de más medios humanos y materiales. Se podría argumentar que una ciudad con el urbanismo paralizado y el modelo turístico en cuestión posiblemente tenga otros asuntos que podrían reclamar atención, pero el partido de San Pedro reclama por lo suyo. No se puede decir que no vayan de cara.
En los años recientes, cuando el Partido Popular se vio frente a un escenario de pérdida de las mayorías absolutas en las grandes ciudades, el Gobierno lanzó un globo sonda sobre un cambio normativo para que en los ayuntamientos gobernara la lista más votada. Rajoy intentó explicarlo según su estilo, con aquella frase acerca los vecinos y el alcalde que ya ocupa un lugar destacado en su antología personal. Logró hacerse entender aunque no consiguió erradicar las sospechas de que se trataba de una maniobra chapucera, un pucherazo de última hora para cambiar las reglas de juego en mitad del partido. Quedó lejos de construir un consenso que permitiera modificar una norma esencial de la cultura democrática labrada durante 40 años que señala que no gobierna quien obtiene más votos, sino el que consigue formar mayorías.
No hay consenso para cambiar normas escritas, y algunas de las no escritas se están evaporando ante la mirada azorada del personal. Una de ellas era que en las cuestiones esenciales los dos grandes partidos, que por eso lo eran, se ponían de acuerdo.
Cualquier resolución de la crisis política en la que ha entrado Marbella será legítima. Pero estaría bien que más temprano que tarde, aquellos a quienes los electores siguen considerando partidos principales llegaran a acuerdos para desbloquear los asuntos sustanciales. Que no son el número de barrenderos que necesita un distrito.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella