Diario Sur

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Datos y percepciones
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Héctor Barbotta | 29-07-2013 | 09:58| 0

Las percepciones tienen a veces gran poder de seducción, pero no suele ser bueno claudicar ante la tentación de ignorar los hechos. Durante esta semana se ha asistido a polémicas donde las percepciones han pretendido imponerse a los datos objetivos.

De todas, posiblemente la más absurda haya sido la de los socorristas en las playas. Es sabido que Marbella entró en el verano sin servicio de seguridad en sus 27 kilómetros de litoral, y que lo que se demoró en contratar a los socorristas puso en evidencia cierto, digámoslo suavemente, descuido o al menos parsimonia, por no hablar de irresponsabilidad e improvisación. El Ayuntamiento no llegó a explicar suficientemente el por qué de este retraso –lo más probable es que se tratara de una negligencia inaceptable– y tampoco el responsable del área se disculpó por ello.

Pero una vez solventado el asunto, se entró en un absurdo debate. Primero, se aseguró que los socorristas contratados no eran tales, y después desde el PSOE se puso en duda de que fueran efectivamente 120 personas las que trabajaran en el dispositivo de vigilancia como había anunciado el Ayuntamiento. Cuando se tiene acceso a la documentación hay que ir a ella antes de lanzar dudas de ese tipo; si se impide ese acceso, hay que denunciarlo; si el equipo de gobierno da un dato falso hay que denunciarlo con más ímpetu, pero lanzar dudas sin soporte documental da la sensación de pereza y dice muy poco acerca de la seriedad de quien tiene la responsabilidad de controlar al gobierno municipal.

Existe otra percepción, ésta avalada por algunos hechos, que es la que vislumbra a la ampliación de La Bajadilla como un proyecto ya encaminado. En este asunto se han producido en los últimas semanas cambios que permiten ver la situación mucho mejor de lo que lo estaba hace unos meses. La empresa adjudicataria se ha constituido como se le exigía y ha contratado un gerente para gestionar el puerto, y esos dos hechos han creado una percepción sobre el proyecto radicalmente distinta a la que había. No solo la percepción de la opinión pública, sino también la del equipo de gobierno municipal, aparentemente la de la propia oposición –que dio su respaldo en el pleno del viernes a una moción que solicitaba a la APPA el archivo del expediente abierto para el rescate de la concesión–, la de la Junta de Andalucía, que le ha dado un nuevo plazo para que solvente los principales incumplimientos que aún subsisten, y hasta la del juez que ordenó el embargo de las acciones por un impago al equipo autor del proyecto y que ha aplazado inesperadamente hasta octubre su decisión sobre el nombramiento de un administrador judicial para las mismas.

Hasta ahora, los incumplimientos con La Bajadilla habían levantado dudas sobre la solvencia del jeque Al-Thani y su interés por continuar con el proyecto. De momento no ha habido un desembolso para el pago del canon y tampoco se ha presentado el proyecto constructivo, cuyo coste es elevado, de modo que las dudas sobre la solvencia aún podrían persistir. Pero en este caso la percepción parece ir por delante de los hechos.

Sobre la marcha del verano también hay distintas percepciones, y seguramente eso es algo a lo que nos deberíamos ir acostumbrando. Hay quienes dicen que la temporada marcha mejor que nunca, o al menos como solía en los mejores años. Otros argumentan que no se levanta cabeza, y es probable que ambas opiniones tengan datos en qué sustentarse.

Seguramente las valoraciones optimistas lleguen desde quienes tienen entre sus clientes a los turistas extranjeros. Cualquiera que recorra el casco antiguo a última hora de la tarde podrá observar mesas llenas y gente consumiendo. Difícilmente escuche a los comensales hablando español. Los hoteles de cinco estrellas aseguran que están llenos, pero la ciudad y muchos de sus comercios enseñan huecos en pleno mes de julio. Es de esperar que en las próximas semanas lleguen más turistas nacionales. Y es deseable que muestren algo más de alegría a la hora de llevar la mano a la cartera.

Y hubo otra percepción que afortunadamente se quedó en eso. Sucedió el viernes por la tarde, cuando llegaron las primeras alarmas sobre un incendio en Estepona que obligaba a evacuar excursionistas, a desalojar viviendas y a cortar la autopista. Las primeras sensaciones remitieron a la tragedia de hace un año, cuando la Costa del Sol sufrió el peor incendio de su historia.

Pero todo quedó en una mala sensación y un mal recuerdo. Algunas horas después el balance hablaba de 25 hectáreas quemadas y un susto que se había quedado en eso.

 

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Comparaciones odiosas
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Héctor Barbotta | 25-07-2013 | 19:51| 0

Después del verano se conocerá el contenido de los cerca de 4.000 folios de la sentencia del ‘caso Malaya’, y posiblemente sea la hora de preguntarse si el impacto que provocó hace siete años esa operación, que desarticuló la banda de delincuentes que gobernaba en el Ayuntamiento de Marbella y devolvió la decencia a esa institución, alcanzaría hoy día la misma repercusión. Y lamentablemente hay que llegar a la conclusión de que no. Que si hoy tuviésemos una operación similar, con la policía entrando en un ayuntamiento, llevándose detenidos a alcaldes y concejales, destapando una trama de apaño de concursos públicos, favores urbanísticos, empresarios sospechosamente generosos y políticos comprados con sobres bajo cuerda, apenas sería vista como una muestra más del infinito mapa de la corrupción en el que se ha convertido la vida pública española.

En aquel momento Malaya fue considerado el mayor caso de corrupción política descubierto en España, llevó a la cárcel a decenas de personas, dio lugar a la más cuantiosa fianza por responsabilidad civil jamás impuesta hasta entonces, hizo correr ríos de tinta, ocupó días, semanas y meses en las televisiones, estigmatizó a una ciudad entera y hasta dio lugar a la disolución de un ayuntamiento.

Pero desde entonces la riada de la corrupción ligada a los poderes públicos nos ha traído el caso Palma Arena, el caso Urdangarín, el caso Gürtel con sus múltiples derivados, el caso Palau, el caso ERES o el caso Bárcenas, por citar solo a los de más repercusión, que han dejado a Malaya casi en una anécdota y nos advierten de que la indignación que en aquellos días mostraban los grandes partidos ante lo que se había destapado en Marbella no era más que una enorme exhibición de cinismo.

Aún se recuerda que la base social del gilismo, que siete años después parece haberse volatilizado, argumentaba entonces que cuando llegó el momento los poderes públicos se mostraron implacables en Marbella porque aquí gobernaba un grupo sin vinculación con los grandes poderes políticos, pero que la misma corrupción había en todos sitios. Aquel fue un argumento que pretendía justificar lo injustificable porque no se pedía justicia en todos lados, sino en ninguno. Sin embargo, en ese punto el tiempo les ha dado la razón.

Ahora se espera que el tribunal de Malaya dicte sentencia sobre conceptos que en estos días nos resultan desagradablemente familiares: aportaciones de los empresarios a cambio de favores, políticos que cobraban sobresueldos mediante sobres que recibían periódicamente –todo ello reflejado en una contabilidad B– y operaciones de blanqueo que daban salida a todo ese dinero. Y llegará la hora de preguntarse, no sin cierta ingenuidad, si a esa sentencia le seguirán otras.

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Las no primarias y Marbella
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Héctor Barbotta | 22-07-2013 | 22:35| 1

Que el espacio político y la calidad democrática están deteriorados hasta límites cuyo alcance produce vértigo asumir es una evidencia que se consolida día tras día, y esta semana hemos tenido alguna prueba más.

El PSOE andaluz convocó primarias para elegir a su candidato a las elecciones autonómicas, y el proceso ha finalizado antes de comenzar. Solo la aspirante oficial, Susana Díaz, consiguió los avales necesarios, de modo que las elecciones primarias se han resuelto sin elecciones primarias.

Los dirigentes socialistas, que presentaron el proceso como una muestra de su afán de renovación, de transparencia y de democracia interna, acabaron celebrando que no haya habido primarias, que es como celebrar que no haya habido ni renovación, ni transparencia, ni democracia interna.

Convertir una competencia por atraer  votos en una carrera por obtener avales donde la delfín tiene el camino allanado y los contrincantes corren con obstáculos puede presentarse como cada uno quiera, pero no es una práctica democrática. Tampoco muestra intención alguna de darle la palabra a los afiliados, y menos aún de apertura a la sociedad. Primero porque no todos los aspirantes estaban en igualdad de condiciones, y sobre todo porque la firma de un aval carece del carácter secreto y ausente de presiones que constituye depositar un voto en una urna. Sobre todo en una organización que hace de la colocación en las instituciones que gobierna un resorte básico de poder interno. El proceso no fue un ejercicio de libertad, sino todo lo contrario.

El PSOE de Marbella se apuntó con entusiasmo. Sus dirigentes no disimularon su ansiedad por mostrar méritos ante la nueva jefa y exhibieron un desinterés absoluto por dar un solo argumento que permitiera a sus conciudadanos comprender por qué se adherían a una candidatura y no a otra.

El debate de ideas, de proyecto o de modelo de partido que pudiese haberse derivado de una confrontación electoral fue abortado por la imposibilidad de los otros candidatos a acudir a las urnas. Que se haya celebrado que esa confrontación no fuera posible invita a pensar que no había muchas ideas por confrontar, que existía incertidumbre sobre el resultado de unas elecciones limpias y poco interés en ir más allá de un microclima interno que puede funcionar muy bien puertas adentro pero que acentúa el abismo creciente entre los partidos y la sociedad a la que aspiran a representar.

Que dirigentes políticos celebren que no se desempolven las urnas de su partido es  algo que ciertamente produce inquietud. Y seguramente ha dado un baño de realidad a los afiliados y simpatizantes socialistas que albergaran alguna expectativa de elecciones primarias para elegir a su próximo candidato a la alcaldía.

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Incosol
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Héctor Barbotta | 15-07-2013 | 12:17| 1

Ha cerrado Incosol y uno se pregunta cómo ha sido posible una agonía tan prolongada, ante tanta indiferencia institucional y, no evitemos decirlo, también social.

Mientras nos ocupamos de ver qué pasa con el puerto de La Bajadilla y los partidos toman posiciones para que quede clarísimo que si el proyecto fracasa la culpa estará en las filas adversarias y no habrá un gramo de responsabilidad en las propias; mientras asumimos como normal que las playas no hayan tenido socorristas hasta que se consumió la primera mitad de julio y que nadie se considere en la obligación de pedir disculpas por ello; mientras celebramos como un éxito la bajada del paro al inicio del verano y no nos atrevemos a pensar en octubre; mientras vemos cómo se derrumba la confianza en las instituciones por la codicia de algunos y la solidez facial de quienes deberían ser ejemplo de austeridad y de ética; mientras cualquiera que quiera seguir la actividad política se ve obligado a convertirse en un experto en sumarios, declaraciones, imputaciones o estrategias de defensa; mientras, en suma, asumimos como normal lo que solo es habitual, el mayor emblema del turismo sanitario en España ha cerrado sus puertas tras una agonía en la que nadie parece que haya movido un dedo para torcer lo que no debería haber sido su destino.

Incosol no es solo un establecimiento histórico para Marbella, ni un emblema del sector turístico que menos sufre la estacionalidad, ni un hotel por el que pasaron las más importantes personalidades que han pisado Marbella en los últimos 40 años, ni una marca potente con valor propio cuya desaparición es una catástrofe. Incosol es, o era, un patrimonio de Marbella y de la Costa del Sol, y su cierre nos empobrece a todos. Los afectados no son solamente los 138 trabajadores que han padecido durante un año el calvario de ver cómo languidecía su centro de trabajo y con él las carreras profesionales a las que dedicaron todas sus vidas y que ahora comienzan a padecer el calvario del paro con edades que superan en la mayoría de los casos los cincuenta años.

Las grandes capitales tienen catedrales; las grandes ciudades turísticas, hoteles. Sus edificios no son solo lugares de alojamiento, de trabajo y de creación de riqueza. Albergan la historia del lugar, sedimentada a lo largo de los años por la visita de personas llegadas de todos los rincones del mundo y que han ido dejando una huella en el personal recogida por el siguiente. Cada vez que un establecimiento histórico cierra, se pierde esa experiencia acumulada junto a un trozo de la identidad de la ciudad. Es una pérdida que no se subsana con una nueva apertura. Si ante todos estos motivos resulta incomprensible la indiferencia institucional y social, mucho más lo es si se observa desde la vertiente económica. Calcular todo lo que se mueve alrededor de un hotel, con trabajo directo, proveedores o imagen turística sería un ejercicio recomendable para quienes tuvieron en su mano la posibilidad de hacer algo para evitar esto.

Durante años ha llamado la atención que el canal autonómico tenga un programa decano dedicado a la agricultura y que el turismo solo aparezca en las pantallas de esa y de todas las cadenas cuando hay una operación salida o cuando nos invade una ola de calor. Si lo que cierra es un astillero de Cádiz, una mina de León, o una fábrica de Jaén, abren los telediarios, los tertulianos de radio y televisión se convierten en expertos de esos temas, las sociedades del entorno se movilizan exigiendo ayudas públicas, y a la media hora tenemos a algún oportunista con gesto grave haciendo promesas frente a las cámaras. Pero cierra un hotel con 200 trabajadores en nómina como ahora Incosol, o antes Las Dunas, o antes el Byblos, o antes el Don Miguel, se pasa página inmediatamente y ni siquiera aparece un responsable político fingiendo interés o asumiendo un compromiso que no tiene la menor intención de cumplir. Ante tanta indiferencia hasta se llegan a echar de menos las mentiras. Pero ni siquiera eso. Cierra un hotel y, oiga, aquí no ha pasado nada.

Y no es que en el caso de Incosol no hubiese escándalos a los que agarrarse para salir a protestar, ya sea por los tres millones y medio de euros que se deben a los trabajadores, según reconoce la propia jueza que decretó el cierre, o porque la entidad bancaria en la que está la hipoteca que ahoga cualquier posibilidad de reflotamiento es nada menos que Bankia, o porque cada nuevo propietario que pasó por el hotel fue haciendo bueno al anterior, o porque la administración judicial no trasladó en ningún momento la más mínima intención de salvar la actividad del hotel y se dedicó a ver cómo lo consumía el cáncer de la desidia. Ningún argumento de estos fue suficiente para vencer la indiferencia.

El hotel ha cerrado mientras todo el mundo se desentendía de su suerte, como si no existiera. Quizás sea porque sus trabajadores no cortaron puentes, ni incendiaron neumáticos, ni se encadenaron a la entrada de ninguna administración, ni se pegaron con la policía, ni fueron a acosar a algún responsable de algo a las puertas de su casa. No hubo plataforma solidaria, ni movimientos de indignados por la situación de Incosol. Apenas los directamente afectados se limitaron a protestar y a reclamar sus derechos mientras todos los demás miraban para otro lado, confirmando la tesis de los pesimistas que aseguran que como no hagas el cafre aquí no te escucha nadie.

Pero esa indiferencia no nos libra de las consecuencias del cierre. Incosol no está más, y todos somos ahora un poco más pobres.

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Iguales
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Héctor Barbotta | 11-07-2013 | 15:01| 0

Si los dirigentes de base del PSOE gastaran en cuestionar públicamente el papel de sus superiores en el escándalo de los ERE el diez por ciento de las energías que dedican a pegarse codazos para apuntarse al susanismo, no solo le harían un gran favor a la regeneración democrática de este país sino también al prestigio de su propio partido y de las ideas que aspira a representar.

Pero así como la lógica interna de las formaciones políticas favorece inevitablemente el encumbramiento de una persona a la que no se le conocen más méritos que el control leninista de los mecanismos internos y hace imposible cualquier competencia o debate democrático, también resulta inimaginable que algún militante pueda levantar su voz  de protesta y al mismo tiempo albergar expectativas de que se lo tenga en cuenta. Porque como en cualquier organización vertical, los que están arriba premian el aplauso y la obediencia. La rebeldía no es que se castigue, es que no existe.

En estos días en los que se han producido revelaciones en el ‘caso Bárcenas’ se ha escuchado y leído acerca de lo mal que lo estarán pasando los militantes y dirigentes de base del PP cuando asisten no ya al afloramiento de cuentas bancarias millonarias de quien fue durante años el tesorero de su partido, sino a la explicación de cómo se nutrieron cuentas y sobresueldos gracias a donantes cuya generosidad podría explicar por sí misma por qué durante años el dinero de los ciudadanos de este país se destinó a algunas obras inútiles y a pagar sobrecostes en casi todas.

Es verdad que la mudez de Rajoy es un escándalo, pero más estruendoso resulta el silencio en las bases de ambos partidos mayoritarios..

En lugar de protestas internas, cada vez que surge una revelación del ‘caso Bárcenas’ la única defensa a la que se atina es a esperar una nueva vuelta de tuerca en el ‘caso ERES’.

Pero aunque la jueza Alaya no suele defraudar a su club de fans y es previsible que nuevas revelaciones desde Soto del Real alegren el verano a los socialistas, estaría bien que los militantes de uno y otro lado, en lugar de celebrar las malas noticias para el rival levantaran la voz contra lo que está sucediendo en su propia casa y constituyen malas noticias para todos.

Si no lo hacen  estarán invitando a que se generalice la descalificación contra los políticos. Y a que no puedan decir aquello de que ‘no todos somos iguales’. Porque el silencio los iguala a todos.

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La Bajadilla: el momento de la prudencia
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Héctor Barbotta | 01-07-2013 | 21:14| 2

El jeque Al-Thani ha despertado de su siesta con una jugada cuyo alcance todavía es aventurado valorar: una inyección de capital en su sociedad Nasser Bin Abdullah & Sons para alcanzar los 5,3 millones de euros de capital social. Esta sociedad es la que integra al 97 por ciento la Unión Temporal de Empresas que se adjudicó el proyecto de ampliación del puerto de La Bajadilla y la que ha constituido otra mercantil, Nas Marbella, que en teoría debería asumir la concesión del proyecto y de la gestión del recinto.
La iniciativa, la primera en un año y que se produce apenas unas semanas después de anunciar, vía Twitter, su adiós al proyecto y a cualquier inversión en la zona en una tarde en la que arremetió contra las instituciones, especialmente la Junta de Andalucía y la Agencia Pública de Puertos de Andalucía, ha levantado el entusiasmo de quienes ya daban por muerto el proyecto pese a haber apostado por él y ha sumido en un significativo silencio a quienes también lo daban por muerto y no disimulaban por ello su intención de situar a la alianza jeque-alcaldesa en el centro de su discurso político.
No es para menos, porque es la primera señal que Al-Thani emite en mucho tiempo, en el que ha habido motivos más que suficientes para dudar de su intención real de seguir adelante con el proyecto y en el que su pasividad lo ha llevado a sufrir reveses importantes: dos multas por incumplir sus compromisos, un expediente abierto para resolver la concesión y hasta el embargo de las acciones de esa sociedad por el impago de los trabajos a los autores del proyecto técnico.
La ampliación de capital de la sociedad Nasser Bin Abdullah & Sons, anunciada en una escueta nota de prensa pero aún no comunicada a la APPA, es sin duda un paso importante si se la compara con lo que había hasta ahora, pero seguramente bastante poco si se tienen en cuenta los antecedentes inmediatos y, especialmente, lo que queda todavía por hacer si realmente existe intención de rectificar y dejar atrás el año perdido por una parálisis inexplicada.
Sin embargo, en la entrevista concedida a este periódico el pasado viernes, el representante en España del jeque Al-Thani intentó no dejó lugar a ninguna duda sobre las intenciones del grupo. En una charla de media hora repitió en tres ocasiones, casi como un latiguillo estudiado «We can do it, we want to do it and we need to do it». Enfatizando cada palabra del ‘podemos, queremos y necesitamos’ como para que no quedara lugar a dudas e intentando borrar de la conciencia colectiva esas mismas dudas provocadas por su inacción de un año.
Las palabras no son muy diferentes a lo que vienen diciendo en todo este tiempo –quizás el ‘necesitamos’ aporte una novedad que debería ser analizada–, pero lo diferente es que han venido acompañadas de un hecho concreto, y además con el reconocimiento de que hubo una situación bisagra que aparentemente cambió el rumbo de los acontecimientos: una reunión en Sevilla con los responsables de la APPA en la que, asegura, se aclararon malentendidos y se limaron diferencias. A partir de ese momento, la maquinaria, según su relato, se puso en marcha.
Shatat no parece, como el anterior representante del jeque, muy amigo de anuncios espectaculares del tipo ‘comenzaremos a trabajar en dos meses’, muy al estilo de un aparente enviado del Rey Midas. Más bien parece decantarse por el sosiego del paso a paso, del ‘en un proyecto tan grande hay que estudiar muy bien cada movimiento’, y lo que de momento se desconoce es si ese sosiego es consejo de la prudencia, de una nueva situación financiera más cercana a un grupo inversor terrenal o de ambas.
Lo cierto es que de momento el paso que se ha dado es solo uno, y sin dudar, ni querer hacerlo, de sus intenciones, no parece momento para la euforia.
En efecto, no es momento aún de comenzar a contar los días que faltan para que las máquinas se pongan en marcha, ni de calcular cuántos puestos de trabajo podrían crearse con la obras, ni de especular sobre si se verá algún movimiento antes o después de las próximas elecciones municipales, ni de renunciar a la prudencia que la frustrante experiencia del último año aconseja. Incluso antes de imaginar si el reciente e inesperado relevo en el trono del emirato ha tenido algo que ver con este giro de los acontecimientos, posiblemente sea mejor comprobar que realmente hay un giro en los acontecimientos.
Y eso se sabrá cuando pasen las semanas y la empresa del jeque comience efectivamente a cumplir con sus compromisos. De momento, la experiencia más reciente invita, tomado el ejemplo del propio Shatat, a la prudencia.

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Cría cuervos
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Héctor Barbotta | 27-06-2013 | 15:16| 4

Cuando en estos días se escucha a dirigentes de Izquierda Unida aplaudiéndose por la expulsión de la alcaldesa de Manilva, Antonia Muñoz, uno se pregunta qué ha sucedido en las últimas semanas para que la coalición haya tomado esa decisión después de años de pasividad, y llega a unas conclusiones que deberían invitar a moderarse en el aplauso. Primero, porque la alcaldesa no ha sido expulsada, sino que se ha marchado para poder seguir al frente del chiringuito de contrataciones que tiene montado en su pueblo. Segundo, que lo que ha motivado el ultimátum dado por la formación política no ha sido un escándalo de última hora, sino que el escándalo permanente en el que se había convertido el Ayuntamiento desde que Antonia Muñoz llegó al poder había alcanzado ya una repercusión insoportable en los medios. Y tercero, que el voto de Manilva ya no alcanzaba para formar mayorías, y por lo tanto en Izquierda Unida entendieron que era más rentable retomar el discurso de la ética en lugar de seguir haciendo la vista gorda.

Izquierda Unida hizo con Antonia Muñoz lo mismo que el PP con Serón mientras los dos representantes de Manilva eran claves para mantener la mayoría de izquierdas en la Mancomunidad de la Costa del Sol, y con ello la presidencia del organismo, que por cierto ostentaba un exalcalde ahora imputado. Pero ya sin esa necesidad y con Manilva convertida en paradigma del enchufismo, IU ha decidido que mejor perder una alcaldía que perder el discurso.

Mientras los votos eran imprescindibles, no hubo preocupación ética ni estética por lo que pasaba en Manilva. Ahora hasta se atreven a sugerir que hay cierta épica en preferir quedarse sin ayuntamiento antes que seguir sosteniendo a un gobierno que ha metido por la ventana del ayuntamiento a hijos, sobrinos, amigos y militantes, que ha contratado con empresas de familiares y que ve cada día más cerca la hora de explicar en los tribunales en qué se ha usado el dinero público.

Durante años miraron para otro lado y toleraron con la única excusa de que no había imputaciones, y después de que no habían condena. Ahora se encuentran con ocho ediles tránsfugas  y un pueblo donde han pasado de tener el poder a no tener nada. Dejan de regalo, a toda la sociedad, un ayuntamiento donde el enchufe, el nepotismo y el descaro son la moneda corriente.

Han roto con la alcaldesa, pero no han conseguido quitar del medio lo que ellos pusieron. Por eso, lo que siga haciendo de ahora en más Antonia Muñoz desde su gobierno sin partido tiene más responsables. Aunque ya no compartan siglas.

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Fiascos
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Héctor Barbotta | 24-06-2013 | 16:44| 0

Si el término no estuviese tan denostado no faltaría quien ya se hubiese lanzado a advertir sobre la existencia de brotes verdes. Los negocios que abren comienzan a ser más de los que cierran, empieza a haber atascos donde en los últimos años el tránsito fluía y hasta los hoteles comienzan a perder el miedo a decir que están llenos. A veces dan ganas de no ser agorero y evitar preguntarse si la ecuación de nuevos negocios frente a negocios cerrados será la misma en octubre, si las retenciones tienen más que ver con el abuso tarifario en la autopista que con una deseada señal de mayor actividad o si los precios que se pagan por habitaciones y suites guardan alguna semejanza con los de tres o cuatro años atrás. Sin embargo, los empresarios que buscan un hombro donde llorar ya no son el cien por cien, algunos no temen decir que les empieza a ir bien, y aunque cuando uno mira a su alrededor no deja de ver parados, el optimismo invita a pensar que, más que ante un cambio de actitud, estamos en el comienzo de la curva que los economistas dibujarán en un tiempo como ascendente.

Pero aunque uno encuentre motivos, si busca muy bien y pospone hacerse algunas preguntas, en el ámbito de la actividad privada, las cuestiones públicas no permiten invitación alguna al optimismo aunque se miren con los ojos tan entornados que parezcan cerrados.

Allí están como muestra los  imponentes  fiascos en los que se han convertido los dos grandes proyectos que en los últimos tiempos se presentaron como los más ilusionantes y emblemáticos que se asomaron por Marbella: la ampliación del Hospital Costa del Sol y la del puerto de La Bajadilla.

Después de más de dos años con las obras paralizadas, ahora hemos sabido que en el hospital había algo más que un conflicto de financiación. El gerente ha reconocido a este periódico que en los tribunales se dirimen seis procedimientos judiciales, y que la mayoría tienen como denunciante a la concesionaria que ha paralizado las obras porque las cuentas que había hecho para financiarse a través del aparcamiento subterráneo no le salen.

Posiblemente sea el resultado lógico de una operación montada desde el más absoluto oscurantismo, como si a la Junta de Andalucía le avergonzara su propia práctica de recurrir a la financiación privada, y por ello nunca fue explicada con transparencia cuando fracasó estrepitosamente. Hasta tal punto llega este oscurantismo que después de dos años con las grúas criando telas de araña, el gerente del hospital se permite decir que las obras no están paradas, sino «muy ralentizadas». A veces seguir el guión al pie de la letra obliga a despreciar la realidad hasta tal punto que no se puede evitar que lo tomen a uno por cínico.

Ante estos dos años de paralización cabe preguntarse a qué espera la Junta de Andalucía para abrir en relación al hospital un expediente similar al incoado en el puerto de La Bajadilla, aunque la situación invita también a preguntarse si cabe esperar una explicación o un pedido de disculpas. De lo que parecen caber pocas dudas es de que con semejante obra parada a la vista de todo el mundo porque a un inversor se le fastidió el negocio de los aparcamientos, el discurso de la defensa insobornable de la sanidad pública hace aguas por los cuatro costados.

Acerca del puerto, esta semana hemos sabido que quienes prepararon las alegaciones del jeque contra el expediente que se le ha abierto por incumplir todos los puntos del contrato sin saltarse ninguno se podrían haber ahorrado el trabajo, y que los partidos no están trabajando en un cambio de discurso que al menos permita albergar la ilusión de que alguien está haciendo algo para que los cruceros puedan llegar algún día a Marbella.

Cuando todos apuntan al adversario para enrostrarle un inminente fracaso es que consideran que el fracaso es inevitable. Hay rincones inasequibles al optimismo. Ellos sabrán por qué.

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Helados o peajes
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Héctor Barbotta | 20-06-2013 | 10:46| 0

Los bancos no son las únicas entidades en las que el dinero público ha acudido al rescate. El Gobierno prepara también un fondo para socorrer a las autopistas en peligro de quiebra, que acumulan deudas por 3.500 millones de euros.

El de las autopistas es un negocio curioso. El mejor ejemplo lo tenemos en la Costa del Sol, donde cada vez que comienza el verano se aplica a los usuarios un aumento de casi el 40 por ciento en las tarifas, de modo que recorrer 18 kilómetros entre Marbella y Fuengirola supone desembolsar 7,30 euros, a razón de 40 céntimos cada mil metros. No es necesario comparar esa tarifa con otras para comprobar si es la más cara de Europa. Basta con saber que va más allá de lo que la gran mayoría de los usuarios-ciudadanos-contribuyentes se pueden permitir.

Que la autopista aplique esta subida durante el verano, y también en Semana Santa, solo es comprensible desde la lógica básica de oferta y demanda. Como si se tratase de una heladería, cuando comienza a apretar el calor y llegan los turistas la empresa concesionaria considera que su servicio es más demandado, y por lo tanto se puede cobrar más, aunque la prestación sea la misma. Impecable lógica de mercado, no de servicio público.

El resultado es que la mayoría de los conductores, incluidos los que en invierno utilizan la vía de pago, optan por regresar a la vieja autovía, salpicada de entradas y salidas de urbanizaciones y en la que hace dos años Tráfico impuso el límite de 80 kilómetros por hora, no se sabe si en un reconocimiento explícito de su peligrosidad o como sutil invitación a pasar por taquilla.

La concesión de la que disfruta la empresa gestora de la autopista es producto de que hace 15 años se hizo una inversión para reducir la siniestralidad, mejorar las comunicaciones en la provincia, favorecer la vida de los ciudadanos y beneficiar al turismo. Ahora cabe preguntarse para qué se construyó la autopista si en la carretera antigua siguen habiendo atascos, retenciones y accidentes porque la tarifa es excesiva. Pocos por arriba, rápido; muchos por abajo, despacio. Mejor no extrapolar la alegoría.

Si la autopista solo fuese un negocio habría que preguntarse cuánto paga la concesionaria por las recomendaciones en las señales indicadoras de Tráfico que aconsejan a los conductores ir por la vía de pago con mensajes que advierten de que es más rápido y más seguro, pero que evitan informar de cuánto le costará al conductor ir más rápido y más seguro.

Es probable que la concesionaria haya hecho sus estudios de mercado y le compensen menos vehículos que paguen más y no más vehículos que paguen menos. Y si no le compensa y acaba quebrando, ya aparecerá el Estado al rescate con el dinero de todos. Incluido el de quienes no se pueden permitir pagar el peaje.

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Darnos el lujo
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Héctor Barbotta | 06-06-2013 | 21:45| 0

Marbella acaba de celebrar la tercera edición del Luxury Weekend y otra vez la ciudad ha vuelto a exhibir su condición de líder en un segmento turístico que parece inmune a las situaciones adversas.

Hay empresas que se mueven en el lujo y que hacen de esa palabra su seña de identidad fundamental, pero otras encuentran incomodidad en una expresión que consideran gastada, mal utilizada en múltiples ocasiones y hasta ofensiva para quienes se encuentran frente a situaciones de necesidad. Prefieren por eso hablar de calidad, de gama alta o de excelencia, aunque en el fondo de refieran a lo mismo

Y es que la palabra lujo da para mucho, pero generalmente no se la utiliza bien. Algunas veces, cuando se la confunde con ‘caro’, vale para hacer exhibiciones de frivolidad que poco tienen que ver con el buen gusto, y otras, para plantear una discusión filosófica acerca del reparto de los bienes en el mundo. Pero lamentablemente en muy contadas ocasiones se la utiliza para preguntarnos en qué somos fuertes, qué deberíamos hacer para serlo todavía más y qué tareas debemos asumir para crear más riqueza, paso previo e imprescindible antes de iniciar cualquier debate sobre los mecanismos de un reparto justo.

El lujo no siempre tiene buena prensa, sobre todo cuando se lo confunde con la ostentación y no se tiene en cuenta que los mayores consumidores de productos de lujo lo que más valoran es la discreción.

Sin embargo, en épocas en las que se recurre a la absurda expresión de crecimiento negativo para evitar reconocer que se está destruyendo riqueza, conviene no banalizar sobre uno de los pocos sectores económicos que la siguen creando en la provincia, y que tiene a Marbella como una de las marcas más valoradas del mundo.

Considerar que cada vivienda que se construye en ese entorno de la provincia con un coste superior al millón de euros –y cada año se construyen al menos 60– genera entre cuatro y cinco puestos de trabajo permanentes, que las tiendas que comercializan ese tipo de artículos requieren de personal formado y por eso rara vez recurren a las contrataciones basura que tanto abundan en otro tipo de comercios, y que ya contamos, en Banús, con la mayor concentración de firmas y con una de las marcas turísticas de más prestigio en ese tipo de productos, debería bastar para dejar de lado los análisis banales, enfocar el asunto como la industria que es, dejar de actuar como si nos avergonzara dedicarnos a los servicios y comenzar  a ver qué deberíamos hacer para consolidar un liderazgo que necesitamos mantener.

Actuar de otra manera es un lujo que ya no nos podemos permitir.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella