Diario Sur
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El difícil camino hacia la normalidad
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Héctor Barbotta | 28-03-2012 | 16:00| 0

Marbella ya tiene taxímetros. Es motivo para alegrarse, no solo porque es mejor para los usuarios del taxi, los habituales y los turistas –que ahora no se tendrán que seguir sorprendiendo al encontrarse con un sistema de pago de hace medio siglo– sino también porque es un paso más en la normalización de la ciudad.
Cuando el Ayuntamiento de Marbella recuperó la decencia en abril de 2006 se habló primero, con las elecciones del año siguiente, de normalización política, que consistía básicamente en que el alcalde o alcaldesa despachara en la Alcaldía y no el Club Financiero, que ocupara su tiempo atendiendo asuntos municipales y no defendiéndose en los juzgados y que no se dedicara a insultar o amenazar a todo el que le llevara la contraria. También que los concejales sentados en el salón de plenos fueran personas sin currículos delictivos a sus espaldas.
Después se abordó la normalización urbanística, que consistió en dar por bueno casi todo lo que se había hecho antes e imponer normas a respetarse en el futuro. Esta normalización tuvo un resultado mejorable, y hasta completarse demandará todavía muchos años más.
Más tarde, o paralelamente, el Ayuntamiento se ocupó de la normalización económica, que básicamente consiste en pagar sus deudas, o al menos manifestar su intención de hacerlo, no solo con otras instituciones sino también con los proveedores a quienes se les han contratado bienes y servicios .
Sin embargo, la normalización no acaba ahí, porque parte del trabajo para que Marbella se convierta en una ciudad normal –alguien podrá decir que esto es conformarse con poco, pero veremos que no– consiste en hacer el trabajo que dejó de hacerse en los años en los que los despachos municipales eran utilizados para otros menesteres.
Por eso, que los taxis no tuvieran taxímetros en Marbella era un anacronismo que muchas personas con escaso contacto con la ciudad –conscientes de su tamaño o su importancia económica, pero no de la dimensión de la caverna institucional en la que estuvimos metidos durante quince años– sencillamente no se lo creían, y que incluso los turistas podían ver como un símbolo de indeseable exotismo. Que ahora lo tengan, algo a lo que algunos inexplicablemente se resistieron, posiblemente no merezca más que una modesta celebración, y con seguridad una reflexión sobre todas las normalizaciones que aún tenemos pendientes.
Algunas están ya al alcance de la mano –ya hemos visto cómo han recibido los proveedores del Ayuntamiento el anuncio de que van a cobrar lo que se les debe, aunque ahora cabe esperar que en el futuro las administraciones se limiten a contratar solo aquello por lo que están dispuestas y en condiciones de pagar– pero otras nos costarán más.
Entre las más caras, y por ello más difícilmente realizables, está que Marbella alcance lo que podríamos llamar su normalización ferroviaria. Que dejemos de ser la única ciudad española de sus dimensiones por la que no pasa el tren. Esta semana hemos vuelto a ver qué lejos estamos todavía de alcanzar ese objetivo. Tan lejos que a alguno le puede entrar la duda de si no estaremos pidiendo demasiado. Para quien se haga esa pregunta la respuesta es no. Tener un tren no es un lujo, forma parte de la normalidad

Pero pese a lo que podamos lamentarnos por la distancia que nos separa del tren, todavía nos quedan las sesiones semanales del juicio del ‘caso Malaya’ para recordar lo que hemos dejado atrás y lo normales, o lo parcialmente normales, que hemos conseguido llegar a ser.
La semana pasada tuvimos declarando desde el banquillo a un exjefe de la Policía Local que dice que poner precintos a las obras ilegales no iba en su sueldo, y a exdirectivos de una empresa a los que la policía descubrió amañando un concurso público con el entonces concejal de Tráfico de Marbella diciendo que eso no era eso, sino otra cosa. Los exdirectivos de Portillo intentaron negar un soborno que las grabaciones de la policía se empeñan en demostrar que sí existió. Son tozudas. Hace cinco años, cuando salieron a la luz aparecía en la transcripción de las escuchas un responsable de la empresa preguntando: «¿Cómo quieres que hagamos la entrega? Porque es que parte del dinero va a salir desde Málaga y parte va a salir desde…» Y el concejal de Tráfico respondiendo: «Oye, no me hables por teléfono». Y uno creía tener las cosas claras. Alcanzaba la misma conclusión que la policía.
Pero llega el momento del juicio, declara el directivo y dice que no, que se entendió mal, que no es lo que parece. Y el personal cuyo ayuntamiento ha sido saqueado no quiere comportarse con la incredulidad del engañado que se resiste a mirar si alguien se esconde dentro del armario o debajo de la cama y dice, venga, vale, escuchemos la cinta. Pero oiga, que cinco años después los personajes son los mismos y vuelven a repetir la misma conversación, el mismo guión de película de mafiosos: «¿Cómo quieres que hagamos la entrega?»
Y no. No cuela. Eso podía ser un comportamiento habitual en aquella época, pero no es un comportamiento normal.
La normalidad es otra cosa.

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Esta vez la abstención perjudicó al PP
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Héctor Barbotta | 27-03-2012 | 18:06| 0

Las urnas de Marbella recibieron el pasado domingo casi siete mil sufragios menos que en las elecciones generales del 20 noviembre. Cinco mil de esos votos eran del Partido Popular. Resultados demasiado contundentes como para ignorar que para los populares fue más fácil convocar a votarles para echar a Zapatero de la Moncloa que para que pusieran a Javier Arenas al frente de la Junta de Andalucía. La baja participación, tradicional enemigo de la izquiera en general y del PSOE en particular, ha conspirado en esta ocasión contra los intereses del PP.
La abstención, del 46 por ciento, fue nueve puntos más alta que con las generales de hace cuatro meses y 15 más que en las autonómicas de 2008.
Frente a la pérdida de más de cinco mil votos experimentado por el PP, los socialistas bajaron muy ligeramente en sufragios, aunque beneficiados por la abstención vieron subir su respaldo porcentual en más de tres puntos. Sin embargo, todavía se sitúan a gran distancia de los populares, mayor incluso que la de cuatro años atrás. Las celebraciones del domingo por la noche ya deberían haber dejado lugar a una reflexión sobre lo lejos que se encuentran de ganar unos comicios en Marbella. Todavía los separan más de 13 puntos.

Izquierda Unida, con mil votos más que hace cuatro meses pese al aumento de la abstención, es el único de los tres grandes partidos que consiguió aumentar su respaldo. Todo lo contrario que UPyD, que con 1.100 votos menos ha visto desinflarse las expectativas animadas durante las pasadas generales.

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Baleares no es Marbella
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Héctor Barbotta | 23-03-2012 | 08:45| 1

“Ni Andratx es Marbella, ni Mallorca es Marbella, ni las islas Baleares son Marbella”. Con esta frase quiso dejar claro que la única ciudad de España donde existía corrupción política institucionalizada estaba en la Costa del Sol, y no en las islas privilegiadas por el buen trato de la prensa, las regatas de postín y las vacaciones reales.

La policía acababa de desarticular la banda que mandaba en el Ayuntamiento de Marbella, sus últimos alcaldes estaban en prisión, las televisiones alimentaban el mito de una ciudad donde todo estaba perdido y cualquier paralelismo que se aventuraraera una comparación absurda, injusta y exagerada, ya que la corrupción no era «la conducta generalizada de las islas Baleares».Meses más tarde, después de atribuir todos esos ataques oportunistas a una mala interpretación del mensajero, se permitió también poner a las islas como ejemplo del control del número de plazas hoteleras frente al exceso de hoteles que, en su opinión, se habían construido en la joya de la Costa del Sol.

Se desconoce si las declaraciones que pretendían estigmatizar a Marbella para salvar la propia cara las hizo desde algún palacete construido con dinero público, pero lo que ya sabemos es que las que hizo desde el banquillo de los acusados no han convencido al tribunal que lo juzgaba. En la primera de sus 21 causas pendientes con la justicia, el expresidente balear Jaume Matas ha sido condenado a seis años de cárcel.

No irá solo. Le acompañarán uno de sus colaboradores, el dueño de una agencia de publicidad y el periodista Antonio Alemany, un sujeto que se saltó todas las normas de la deontología profesional y concertó un contrato irregular para escribirle los discursos del presidente condenado a cambio de jugosos honorarios. 650.000 euros pagados con dinero público. No viene escrito, pero el acuerdo incluía los desmedidos elogios que el periodista dedicaba a esos mismos discursos en el diario donde ejercía de articulista. Como se ve, la jugada era redonda y la estafa, múltiple.

Entre los estafados están los lectores que de buena fe habrán creído esos elogios y que a buen seguro estarán esperando una explicación.

 
 

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Desde el absurdo
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Héctor Barbotta | 20-03-2012 | 11:20| 1

Existe desde tiempos de Aristóteles y aún hoy constituye una herramienta a la que los matemáticos pueden recurrir para demostrar sus hipótesis. La reducción al absurdo consiste en negar la proposición que se quiere demostrar, y si a través de razonamientos sucesivos se llega a una conclusión absurda la proposición negada al comienzo queda verificada.
No se sabe si ese método tiene validez en el mundo del Derecho, pero si así lo fuera muchos de los acusados en el ‘caso Malaya’ estarían perdidos.
Por ejemplo, Carlos Sánchez y Andrés Liétor, dos de los empresarios a quienes la investigación señala como más cercanos a Roca, aseguraron sin sonrojarse ante el tribunal: «El Ayuntamiento de Marbella no solo no salía perjudicado de los convenios urbanísticos, sino que se lucraba con ellos». Según el razonamiento lógico que sigue a esta afirmación, y teniendo en cuenta que desde el despacho de Roca se pergeñaron cientos de convenios, no estaríamos ante un ayuntamiento que tras su disolución necesitó de un crédito de 100 millones de euros para seguir funcionando y que ha heredado una deuda de más de 300 millones de euros, sino ante el más saneado de España.
«Nunca cogí dinero de Roca, pero confesé lo contrario porque me sentí acosado por el juez». Los exconcejales que en su día admitieron ante el instructor sus comportamientos corruptos han dicho ahora ante el tribunal que lo hicieron por presiones y para evitar la cárcel. ¿Estará obligado el juez Torres a demostrar que no es un torturador para desmontar este argumento o bastará con que se le aplique la presunción de decencia?
«Yo solo me limitaba a aprobar lo que ordenaba Gil y lo que decían los técnicos». Argumento favorito de Julián Muñoz y al que se han apuntado casi todos los exconcejales. El último, Tomás Reñones. Ya se sabe. Los concejales mejor pagados  de España no tenían en aquella época ninguna responsabilidad en lo que firmaban. Las listas del GIL las integraban menores de edad.
«La moción de censura contra Julián Muñoz se puso en marcha porque Gil quería devolver la legalidad al Ayuntamiento». Esta es la mejor de todas. No presenta aquella operación política como la versión cañí de la pelea entre Albert Anastasia y Carlo Gambino, sino como una iniciativa altruista encabezada por la persona que en el argumento anterior les ordenaba incumplir la legalidad.
Demasiados absurdos para que se los tome en cuenta. Su suerte es que el Derecho no es Matemáticas.

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Economía pública y economía familiar
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Héctor Barbotta | 19-03-2012 | 12:27| 1

La no casual coincidencia entre las estrecheces de las cuentas públicas y las de la mayoría de los hogares ha conseguido instalar en la conciencia colectiva el falso principio de que la economía nacional funciona igual que la economía familiar, y que  a un país que gasta más de lo que ingresa, o al que se sigue endeudando para que haya dinero en la calle, le espera el mismo destino que a una familia que se comporta igual. Bajo ese razonamiento, aumentar la deuda para meter dinero en la economía, aunque tenga el propósito de evitar que la rueda se pare, es un camino seguro hacia el desastre.
La reducción de la complejidad de la macroeconomía a esta comparación simplista con la economía doméstica –que ignora las  diferencias, no solo cuantitativas, entre la economía política y las cuentas familiares y que iguala los conceptos de gasto e inversión como si fueran lo mismo– puede servir para justificar una política determinada en un momento concreto, pero no para explicar cómo hemos llegado hasta aquí y mucho menos qué hemos de hacer para salir de donde estamos.
Sin embargo, esa idea de que la austeridad, el recorte y la anemia inversora son el único camino posible tiene una base sólida en la que afirmarse: los ciudadanos hemos percibido que durante los años de bonanza las administraciones se gastaron nuestro dinero alegremente en aquello en lo que no debían, y ahora toca hacer lo contrario.
Sin embargo, no deja de ser paradójico que ahora, cuando peor estamos, nos veamos obligados a pagar la factura de los años en los que nos iba mejor. ¿No debería ser al revés? ¿No deberían las instituciones acumular reservas en los años de bonanza, cuando más alta es la recaudación, para inyectar dinero en la economía cuando la inversión se contrae y más valor tiene cada euro que se gasta, cuando resulta vital inocular vitaminas en las venas de la economía?
La lógica indica que ese debería ser el comportamiento de nuestros gobernantes, pero a ver quién es el guapo que le explica a un responsable político subido a la ola de la prosperidad que durante su mandato tiene que ahorrar porque al siguiente puede tocarle nadar con mareas bajas.
Esta paradoja tiene, sin dudarlo, una lectura extrema en clave local. Cuando el dinero entró a espuertas en el Ayuntamiento de Marbella, o debería haberlo hecho, fue precisamente cuando la institución se arruinó. Podrá decirse, con razón, que la ciudad estaba gobernada por una banda de ladrones. Es verdad, aunque una verdad que no lo explica todo. Porque parte del plan de saqueo de la ciudad incluía inflar la plantilla artificialmente para conseguir votos, y con el mismo objetivo, subvencionar ferias, fiestas y verbenas y armar un gigantesco aparato de propaganda que incluía hasta un periódico gratuito.
Lo de Marbella fue, más que el paradigma, la versión exagerada de lo que pasó en toda España. Pero tiene puntos en común con el resto. Porque muchos otros ayuntamientos donde no hubo semejante latrocinio están igual de arruinados que el nuestro, lo que demuestra que más allá de la consideración moral, a efectos prácticos no hay gran diferencia en el resultado de la gestión de políticos irresponsables, ineptos, oportunistas o delincuentes. Ante cualquier duda, preguntar en Estepona.
El desastre es tal que habíamos llegado a asumir con resignación que las administraciones, y en especial los ayuntamientos, se convirtieran no en malos pagadores, sino en no pagadores, y que muchos responsables institucionales se encontraran con la negativa de varias empresas a trabajar con ellos porque sabían que después iba a ser prácticamente imposible cobrar.
Y en eso estábamos cuando llegó el plan del Gobierno para pagar a los proveedores, que ha caído como un maná divino para las administraciones locales. Se trata de una gran idea, y al mismo tiempo de una idea simple: los ayuntamientos piden un crédito para pagar esas deudas –12 millones de euros a 400 proveedores en el caso de Marbella, 63 millones en Estepona–, las empresas cobran, salen muchas de una situación desesperada (en algún caso hasta evitan la desaparición), pagan a su vez a sus propios proveedores o a sus empleados y dinero fresco vuelve a entrar en el circuito. Basta con hablar con algunos empresarios con el agua al cuello para valorar lo oportuna de esta operación.
No deberían desecharse las conclusiones que de ella puedan sacarse: los ayuntamientos ya endeudados, se endeudan todavía más para pagarles a sus proveedores, porque estos no cobran intereses, pero los bancos sí. Sin embargo, parte del  dinero fresco que entra en el circuito económico no tardará en volver, vía recaudación impositiva, a la administración.
Si inyectar dinero en la economía para que la rueda vuelva a girar, aún a costa de que los intereses aumenten la deuda pública, es una buena idea, surge la duda. ¿No habíamos quedado en que endeudarnos más era lo contrario a lo que había que hacer? ¿No era igual la economía del país a la economía de una familia? ¿O es que hay una salida diferente a la que marcan la austeridad, los recortes y la anemia?

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Marbella y los rusos, prejuicios por partida doble
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Héctor Barbotta | 15-03-2012 | 12:07| 0

Los catalanes, avaros; los andaluces, vagos, y los rusos… mafiosos. Solo quienes sienten en propia piel la afrenta de ser catalogados con un estereotipo pueden hacer el ejercicio empático de ponerse en el lugar de aquel a quien se le aplica una etiqueta igualmente injusta.
Los inversores procedentes de Rusia todavía sufren las consecuencias del mal recuerdo que dejaron los oportunistas enriquecidos rápida y dudosamente tras la caída de la Unión Soviética, y muchas veces se ven obligados a transitar bajo la sombra de la sospecha cuando llegan con la intención de invertir en una tierra que afortunadamente se ha puesto de moda en su país. Si la inversión va a realizarse en Marbella, una ciudad igualmente castigada en los últimos años por el oprobio de la sospecha permanente, el agravio es doble. No se trata solo de una ofensa moral. Los prejuicios a veces se traducen en dificultades para obtener un visado o una hipoteca o para cerrar un acuerdo comercial.
Por eso, más allá de la acuciante urgencia por abrir la oferta inmobiliaria de la Costa del Sol a la inversión procedente del Este, el desembarco de inversores rusos en Marbella tiene el enorme mérito de comenzar a desterrar un tópico tan absurdo como injusto. No hay como conocer a las personas, aunque sea por necesidad, para deshacernos de los recelos basados en la ignorancia.

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La pregunta que hay que hacer es cómo
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Héctor Barbotta | 13-03-2012 | 16:12| 0

A pesar de que la campaña electoral que acaba de comenzar es la más interesante de cuantas se han celebrado en la historia de la autonomía andaluza, más aún después de que la encuesta del CIS enseñara qué abierto está el partido que queda por jugarse y qué incierto es el resultado, los últimos días no han sido precisamente una invitación a acudir a las urnas. Ver a los principales partidos echándose a la cara mutuamente comportamientos idénticos en el escándalo de la apropiación de dinero público para pagar cursos de elite para sus dirigentes ha constituido una afrenta en toda regla a los ciudadanos que sufren en la piel de sus hijos el deterioro continuo de la educación pública y en la propia, una política de obligada austeridad que quienes mandan se resisten a aplicarse a sí mismos.
Sin embargo, no debe perderse de vista que estamos frente a uno de esos escasos momentos en los que la ciudadanía tiene a su alcance la posibilidad de conseguir que ante ella se contraigan compromisos cuyo eventual y probable incumplimiento futuro al menos saque los colores a quienes hoy nos saludan desde los carteles electorales con sonrisa impostada y acuden a los mercados a besar niños con un saco lleno de promesas.
Por eso, y porque posiblemente no estemos en mucho tiempo ante una oportunidad similar, ha llegado el momento de comportarnos como ese profesor inflexible que no se conforma con la primera respuesta y sigue preguntando hasta desnudar las flaquezas del examinado. Y en este caso la pregunta es cómo. No qué piensa hacer usted si llega al poder, sino cómo piensa hacerlo.
No basta con que se diga que Marbella necesita más plazas escolares, es necesario que se explique cómo van a crearse en estas épocas de vacas flacas.
Los usuarios de la sanidad pública ya saben que es una vergüenza que el CHARE de Estepona no se haya comenzado, como saben también  que las obras de ampliación del Hospital Costa del Sol están paralizadas sin que la consejera haya tenido la dignidad de explicar que la operación de financiarlas a través del aparcamiento de pago le ha fallado. La pregunta es cómo se retomarán esos proyectos. De dónde saldrá el dinero para pagarlos.
Sobrarán las anécdotas familiares sobre hijos de candidatos que tuvieron que acudir un verano al ambulatorio de San Pedro tanto como las soflamas sobre los avances conseguidos por la sanidad pública andaluza si no se explica cómo y dónde se harán los nuevos centros de salud que Marbella necesita.
Tampoco será suficiente con que vengan los candidatos a fotografiarse delante del parque de los Tres Jardines; unos para vanagloriarse de la inversión realizada, los otros a lamentar que aún no se haya abierto al público. Deberán explicar cuándo dejará de estar cerrado y, sobre todo, cómo se pagará su mantenimiento.
Sobrarán los discursos grandilocuentes sobre la importancia del turismo para la economía andaluza y la importancia de Marbella para el turismo si no se  explica  cómo se va a fortalecer al sector tras la promesa incumplida de bajar el IVA y el anuncio de recortar también en la partida de promoción.
Sobrará cualquier referencia a que Marbella es la única ciudad española de más de 100.000 habitantes por la que no pasa el tren, o la reivindicación de cómo ha cambiado el turismo en la Costa del Sol desde que el AVE llegó a Málaga si no vienen acompañadas de un compromiso con plazos y una explicación acerca de cómo se financiará, si no se abandona, el proyecto del tren litoral.
Sobrarán, en síntesis, las tomaduras de pelo. La crisis nos ha hecho mayores y éste es el momento de pedir concreciones.

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Master o jacuzzi
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Héctor Barbotta | 09-03-2012 | 15:56| 0

Sería peligroso caer en la trampa de entrar a considerar toda la porquería aflorada con el asunto de los master sufragados con dinero público como una cuestión extraordinaria, excepcional o inédita. Suponer que se trata de un nuevo escandalete que sirve para azuzar el debate político con el pobre argumento del ‘y tú peor’. Que es tan solo una denuncia tapada con la siguiente contradenuncia a lo largo de una campaña electoral que viene, como estamos viendo, cargada de motivos para avergonzarnos no solo de quienes nos representan, sino también de quienes aspiran a hacerlo.
Nada de eso. Estamos ante una de esas situaciones que nos sirven para establecer una categoría, para describir una situación, para retratar a los personajes, para conocer dónde estamos, para saber qué profunda es la apropiación por unos pocos de lo que es de todos, para tomar exacta medida de la baja calidad de nuestra democracia.
Porque ni estamos hablando de trabajadores ejerciendo el legítimo y encomiable reclamo de que la empresa para la que trabajan les forme para así poder crecer profesionalmente y contribuir al crecimiento de la organización, ni tampoco de políticos responsables que una vez llegados al cargo perciben que hay una laguna de conocimiento que necesitan salvar para hacer aceptablemente bien su trabajo.
Por el contrario, esto es un plan premeditado en el que el contexto de la austeridad  impuesta a los ciudadanos es solo un agravante. Lo central, lo grave, lo impresentable, lo que en otro sitio se hubiese cobrado ya dimisiones, es la apropiación de recursos públicos en beneficio personal por quien fue puesto ahí para cuidar de nuestro dinero. Moralmente esto solo se distingue de los hechos juzgados en el ‘caso Saqueo’ en el volumen del botín. Que el destino haya sido uno u otro es irrelevante. ¿O acaso Gil hubiese sido una persona respetable si con lo que se llevó de Marbella en lugar de un jacuzzi se hubiese pagado un master en Columbia?
Que los anteriores hayan hecho lo mismo, que sean políticos de todo signo los que pagan o hayan pagado su formación con dinero público no exculpa a nadie. Señala a todos y explica hasta dónde hemos caído.

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Manzana podrida
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Héctor Barbotta | 06-03-2012 | 11:02| 1

El año pasado,  mientras el paisaje de locales cerrados con carteles implorando por una venta o un alquiler invadía algunas de sus zonas más emblemáticas, abrió en Marbella una tienda Apple, con lo que la ciudad se convertió en la tercera de España, tras Madrid y Barcelona, elegida por la compañía americana.
Aquello fue, como no podía ser de otra manera, extraordinariamente recibido. Apple no es la primera empresa que pone Marbella en el centro de su estrategia, pero la marca  de la manzana se ha ganado gracias a la innovación, y al igual que otras tecnológicas, un plus de buena imagen. No en vano las salidas de nuevos productos constituyen acontecimientos que llevan a miles de jóvenes a guardar cola la noche anterior, y la muerte de su fundador, Steve Jobs, con lanzamiento de biografía incluido, causó un revuelo comparable a las muertes de líderes políticos o estrellas del rock pero inédito hasta ahora ante el deceso de un empresario. La muerte en el cénit de su éxito convirtió a Jobs en el paradigma del emprendedor tomado como modelo, en el que también encuentran acomodo los creadores  deMicrosoft, Facebook, Amazon o Google.
Pero no está nada claro que estemos ante un modelo edificante. Hoy sabemos que Google espió a los usuarios de Apple para venderles publicidad; que Microsoft ha sido multada repetidas veces por prácticas monopolísticas; que varias ONGs han denunciado a Apple por explotación laboral en las factorías asiáticas donde se montan sus productos, o que los últimos informes de la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos han revelado que Google, Microsoft y Apple se valen de la ingeniería fiscal para tributar migajas en Europa. Estos personajes simpáticos, modernos, listísimos, alérgicos a las corbatas, enemigos aparentes de las estructuras empresariales rígidas, se comportan en realidad con vocación monopólica, llevan la explotación laboral a términos inaceptables y no devuelven a la sociedad ni la ínfima parte de lo que ganan. Son, pese a su apariencia, la mejor y más moderna expresión del capitalismo salvaje.
Los jóvenes que estos días protestan con brío contra los recortes deberían saber que el Estado tendría más recursos para sanidad o educación si estos empresarios seguramente venerados por muchos de ellos pagaran lo que deben por los beneficios que obtienen.

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Duque de Marbella
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Héctor Barbotta | 02-03-2012 | 12:30| 0

De todos los episodios que mostraron  hasta dónde había caído la imagen de Marbella en los últimos años hay dos que supusieron heridas sangrantes para los vecinos de la ciudad. Uno fue cuando el entonces presidente balear Jaume Matas se permitió acudir a la ciudad en el marco de una campaña política para dar lecciones de moralidad, aleccionar a los marbellíes sobre qué tenían que hacer para mejorar la consideración de su ciudad en la opinión pública y, faltaría más, poner a Mallorca como ejemplo de buen hacer en todos esos apartados.
La segunda fue más reciente, en el verano de 2010, cuando Michelle Obama eligió el entorno de Marbella para pasar una semana de vacaciones y la Casa Real, rompiendo todas las normas de protocolo, hizo desplazar a la ilustre visitante hasta las islas Baleares para que compartiera un almuerzo con el jefe de Estado en lugar de que fuera éste, como marca la cortesía, quien la visitara en el lugar de España que había elegido para su descanso. La comida no tuvo lugar en Marbella, sino en el Palacio de Marivent,
En estos días, con Matas  dando explicaciones en los tribunales del saqueo a las cuentas públicas y de su propia inmoralidad y el Palacio de Marivent convertido en el epicentro del caso Urdangarín –una causa que no existiría si en este país el peloteo no estuviese institucionalizado–, cabe preguntarse qué clase de ensañamiento estaría sufriendo Marbella si alguno de los episodios que investiga la justicia en Mallorca hubiese tenido lugar por aquí.
Qué clase de referencias hirientes a la ciudad, que sospecha generalizada sobre todos sus vecinos, habría que escuchar si el paseíllo del yerno real y su declaración interminable de un fin de semana completo no se hubiesen producido en un juzgado de Palma de Mallorca, sino en uno de Marbella. Qué bromitas habría que aguantar si el Rey hubiese concedido a su hija y al marido de ésta no el Ducado de Palma, sino el Ducado de Marbella. Qué acusación colectiva recaería ahora sobre toda la ciudad si Urdangarín hubiese utilizado para  reunirse con Matas  una residencia oficial ubicada en la Milla de Oro o en Guadalmina.
Sin embargo, esa reunión no podría haberse celebrado aquí porque tener palacio en Marbella nunca ha entrado en los planes reales. La pregunta es si ahora cabe alegrarse por ello.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella