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Hoja de ruta sin unanimidad
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Héctor Barbotta | 04-05-2017 | 11:01| 0

El pleno aprobó este viernes la hoja de ruta del gobierno municipal para salir del atolladero urbanístico en el que se encuentra la ciudad desde que hace un año y medio el Tribunal Supremo anulara el PGOU de 2010. En realidad el bloqueo viene de antes y nadie debería esperar una mejora sustancial e inmediata después de la aprobación del texto refundido del PGOU de 1986 y de haberse obtenido el visto bueno del pleno para iniciar su proceso de adaptación a la LOUA, una tramitación que nadie se atreve a adelantar cuánto durará.
Después de haber mantenido la incertidumbre durante los días previos y de recibir presiones bastante explícitas por parte de las principales asociaciones empresariales, el PP optó por la abstención y por ceder a Podemos el papel de árbitro en un asunto sustancial.
Si bien no ha sorprendido la postura final que adoptó el PP, sí ha llamado la atención la manera en la que afrontó el debate. A nadie escapa que el urbanismo es una cuestión compleja donde reinan la confusión y problemas que se entrecruzan. Toda la economía de la ciudad –no solamente los empresarios o los inversores, como suele erróneamente apuntarse– sufre el retraso de las licencias, el síntoma más evidente de que las cosas no funcionan como es debido. Pero atribuir esa circunstancia solamente a que se ha anulado el PGOU de 2010 supone una simplificación. Los problemas en el área vienen de mucho antes.
No cabe reprocharle al Partido Popular que no comparta la estrategia adoptada por el tripartito para afrontar esta situación –cuya responsabilidad es de ambos partidos mayoritarios en porcentajes seguramente muy cercanos al 50 por ciento– pero sí que no haya explicado con claridad cuál es su alternativa. A lo largo de cada semana el grupo popular suele convocar entre dos y tres ruedas de prensa para marcar su postura sobre asuntos de lo más diversos. Que no lo haya hecho para explicar su abstención en este tema y la alternativa que propone, que haya mantenido la incertidumbre hasta último momento, que haya reducido sus explicaciones a las acotadas intervenciones en el pleno, que la postura la hayan comunicado dos portavoces diferentes, que Ángeles Muñoz no haya abierto la boca en el pleno, pone en evidencia, además de las consideraciones que se puedan hacer sobre la situación de la exalcaldesa, que el grupo popular prefiere eludir cualquier responsabilidad en este asunto.
Su estrategia parece ser esperar a que el equipo de gobierno se estrelle en soledad. Cabe esperar más de la primera fuerza política de Marbella.

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Turismo de sol y…
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Héctor Barbotta | 04-05-2017 | 10:59| 0

 

Hay problemas que tienen una virtud divulgativa. Así como una mayoría desconocía qué era la prima de riesgo antes de que la crisis la situara en el primer plano, los años de la ‘operación Malaya’ convirtieron a muchos marbellíes en expertos en derecho procesal, y lo que vino después tuvo para mucha gente el valor de un máster de Urbanismo. Desde hace tiempo, hay también muchos vecinos que tienen opinión formada sobre cómo evitar que las playas se queden periódicamente sin arena aunque no sean ni ingenieros ni biólogos marinos.
Es difícil que surja la conversación sobre el estado de las playas y que no haya quién tenga opinión acerca de si serían más eficaces unos espigones perpendiculares o paralelos a la costa, o si serían más eficaces en superficie o semisumergidos. Allí donde la gente empieza a sentir la necesidad de convertirse en especialista suele haber un problema sin resolver.
Muchas veces cuando se habla de las fortalezas de la oferta turística del sur de España y se menciona a las playas, los vecinos de Marbella suelen sentir la necesidad de guardar silencio, porque el prestigio de la ciudad descansa sobre una multitud de factores, algunos naturales y muchos otros construidos a lo largo de más de medio siglo de trabajo, talento y esfuerzo. Pero las playas han dejado de ser una fortaleza de Marbella para pasar a constituir una debilidad. Que no lo mencionemos en las campañas de promoción turística, que muchas veces se guarde un piadoso silencio, no quiere decir que no tengamos un problema. Los turistas no vienen por las playas, vienen a pesar de las playas. Apostar a que lo seguirán haciendo si seguimos ignorando este problema es jugar a la ruleta rusa.
No se trata de un problema que haya estado siempre. Marbella no se podría haber construido desde la nada si no hubiese tenido unas playas que se han degradado radicalmente, en primer lugar por la presión urbanística y también porque en algún momento alguna mente preclara decidió que había que quitar los espigones que las protegían de los temporales. Los más antiguos recuerdan a La Venus en el extremo de una de esas estructuras que se metían en el mar.
La solución que se arbitra desde entonces forma parte de una lógica absurda. Con cada invierno el viento y el oleaje se llevan la arena, y en cada primavera se dedican ingentes cantidades de dinero público para reponerla. Si, como ha sucedido este año, el temporal se empeña en visitarnos más asiduamente –no siempre, pero a veces la naturaleza nos devuelve nuestra falta de respeto–, la reposición de arena también debe repetirse. Cientos de miles de euros esparcidos, arrasados y otra vez esparcidos en un círculo que se repite año tras año tras año. Existe la opinión generalizada de que se puede romper esa dinámica devolviendo los espigones que alguna vez estuvieron y el Ayuntamiento se ha ofrecido a financiarlos.
Posiblemente no sea la salida más ordenada ni lo que en una situación ideal correspondería hacer frente a un problema que debería haber resuelto el Estado hace ya mucho tiempo. Para eso tiene no sólo las competencias, sino también la responsabilidad y el discurso hueco cada vez que se menciona la importancia de Marbella en la actividad turística. Pero de momento, la propuesta municipal es la única que hay sobre la mesa y además tiene la virtud de la agilidad. El alcalde ha dicho esta semana que si se acepta la oferta, podría ponerse en marcha este mismo año.
Es verdad que además de aportar una posible solución, la propuesta municipal también pone en evidencia una situación de abandono por parte de la Administración central, del mismo modo que la financiación municipal del futuro centro de salud de San Pedro desnuda las vergüenzas de la Junta de Andalucía en relación con Marbella. Pero si el Gobierno no tiene una solución mejor, debería tragarse el mal rato y darle vía libre. Cualquier otra respuesta sería difícil de entender.

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Mal momento para la amnesia
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Héctor Barbotta | 04-05-2017 | 10:56| 0

En estos días en que deberíamos estar conmovidos -aunque no lo estemos porque ya nos hemos acostumbrado- por un nuevo caso de corrupción, estaría bien que todos los ojos volvieran a posarse en Marbella. No por una cuestión de nostalgia por los tiempos en los que se asistía a la fiesta sin pensar en la factura, sino de rabiosa actualidad. Marbella es un buen ejemplo, hoy día, de cuáles son las consecuencias de haber soportado la corrupción durante demasiado tiempo. Casi olvidado el impacto mediático inicial, celebrados los juicios y conocidas las sentencias, cumplidas o en cumplimiento la mayor parte de las condenas, con muchos de los responsables ya fuera de la cárcel sin haber devuelto el dinero (el caso más reciente es el de José María del Nido), los efectos del saqueo permanecen. Y es probable que futuras generaciones los sigan sufriendo aún cuando ya se haya cedido a la tentación del olvido.

Esta semana se han conocido las dificultades que continúan surgiendo en la compleja tarea de normalizar la situación urbanística de la ciudad, que sigue teniendo miles de inmuebles en situación irregular y carencia de suelo para dotarse de las infraestructuras mínimas necesarias, y las diferencias que separan a los dos principales partidos a la hora de arbitrar soluciones.

Resulta muy significativo que los debates que se están celebrando en torno al bloqueo urbanístico que sufre la ciudad sitúen el origen del problema en el Plan General de 2010 y su anulación en noviembre de 2015, cuando en realidad habría que remontarse mucho más atrás, a 1991, cuando en las elecciones municipales de ese año el pueblo de Marbella le abrió al zorro de par en par las puertas del gallinero.

 

Debería ser materia de estudio sociológico el pertinaz empeño de esta sociedad y de sus representantes políticos en olvidar aquel terrible periodo de la historia de Marbella y resulta bastante significativo que los dos principales partidos se echen mutuamente las culpas de la actual situación cuando deberían ir de la mano no sólo a buscar soluciones sino también para recordar cómo empezó todo, única fórmula posible para despejar del camino futuro de la ciudad la piedra con la que nunca más debería tropezar.

Sin duda, resulta más cómodo situar el origen del problema en el PGOU de 2010 porque ahí tanto el PP como el PSOE tienen batería para descargar contra su adversario y alimentar de esa manera a sus hooligans, porque unos y otros fueron corresponsables en el proceso que concluyó en su aprobación. Unos, porque la institución que gobiernan desde hace más de tres décadas fue la que designó a uno de sus urbanistas de cabecera para que lo redactara y siguió tutelando el proceso aún después de que devolviera las competencias urbanísticas al Ayuntamiento. Los otros, porque estaban al frente de la institución municipal y tenían mayoría absoluta cuando el pleno lo aprobó, sin escuchar las voces que advertían que el documento no iba a servir para solucionar los problemas existentes y crearía otros nuevos. Harían bien el PSOE y el PP en asumir que el PGOU se aprobó con los votos de ambos grupos municipales y que después el documento fue refrendado por la Junta. De esa manera podrían entender que por mucho odio que se tengan sus máximos responsables políticos en Marbella, por muchas cosquillas que se sigan buscando mutuamente en los tribunales, por desagradable que les resulte sentarse a hablar frente a frente en una mesa, la ciudad no les perdonará que no sean capaces de ir juntos en la solución de este problema.

El equipo de gobierno, que a veces parece actuar como si olvidara que está ahí como consecuencia de que tuvo mayor capacidad que su adversario para negociar, tejer alianzas y constituir una mayoría para la investidura, ha elaborado una hoja de ruta para salir del atolladero urbanístico. Pero la tarea no ha terminado ahí, sino que es ahora cuando debería empezar. Es ahora cuando tendrían que estar dedicados a convencer a los dos grupos de la oposición que ese es el mejor camino, o el único posible. O en caso contrario, pedirles alternativas. Sin embargo, lo sucedido en el pleno de febrero, cuando uno de los documentos quedó sobre la mesa, y lo de la última comisión de urbanismo, cuando no se aseguró la mayoría del segundo documento para el pleno de este mes, demuestra que queda mucho por hacer.

Está claro que el PP no está por la labor de poner las cosas fáciles. Habrá muchos de sus electores que lo entenderán y, seguramente, muchos otros que no. Cada uno es libre de elegir sus estrategias, con la advertencia de que después debe asumir las consecuencias.

El gobierno municipal ha optado por un camino que puede entenderse como opuesto a la negociación. Los esfuerzos se han dedicado a presentar su propuesta ante los colectivos vecinales y, sobre todo, empresariales, a los que se les ha explicado la imperiosa necesidad de que salgan adelante la aprobación del texto refundido del PGOU de 1986 y de su adaptación a la LOUA. El último actor en esta estrategia ha sido el presidente de la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA), Javier González de Lara, que esta semana se presentó en Marbella para dar su bendición a la hoja de ruta trazada por el Ayuntamiento. En el PP entienden, con razón, que están siendo objeto de una campaña de presión para hacerles cambiar de opinión por un camino diferente al del negociar. Y aseguran que por esa senda no les van a torcer.

Por el interés de la ciudad, ambas partes deberían sentarse en una mesa, mirarse a los ojos y comenzar a hablar.

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Imaginación
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Héctor Barbotta | 21-04-2017 | 10:54| 0

Cuando Gil y sus discípulos reinaban en las portadas y en los horarios de audiencia máxima toda la corrupción política se asociaba casi exclusivamente al manejo espurio del urbanismo. Pero gracias a los inacabables casos aislados que hemos conocido desde entonces hemos aprendido que Einstein falló cuando dijo -en caso de que la cita sea verdadera y no una de los millones de posverdades que circulan por la red- que sólo el universo y la estupidez humana son infinitas. Los ladrones de cuello blanco nos han hecho conocer que la codicia y las fórmulas posibles del saqueo también pueden alcanzar ese rango.
De Malaya hasta aquí hemos aprendido que se le puede tomar el pelo al personal y quedarse con lo suyo recalificando suelo y firmando convenios urbanísticos, pero también cobrando el 3 por ciento por cada obra pública; inflando artificialmente los precios de infraestructuras de diversa índole; recaudando con membrete de la familia regia para jornadas que nunca se realizan o que se realizan con presupuesto inflado; montando cursos que nunca se imparten; adjudicando eventos sin concurso público; recaudando para el partido y quedándose con una parte; privatizando servicios públicos que después se rescatan para sanearlos y así volver a privatizarlos; aplicando el mismo sistema pero con la banca; tolerando que las sentencias en favor de los consumidores nunca se ejecuten; permitiendo sistemas de tarificación aprobados en consejos de administración donde se sienta un excargo público, repartendo tarjetas barra libre… En su afán pedagógico, los prohombres nos han ilustrado sobre el valor de la imaginación a la hora de satisfacer una ambición insaciable por definición y también sobre su propia falta de escrúpulos cuando se trata de traicionar la confianza y quedarse con lo de todos.
El último caso aislado remite a una modalidad sin duda novedosa e imaginativa: utilizar los recursos de una empresa pública de abastecimiento de agua para comprar a precios desorbitados empresas ruinosas en América Latina. No puede decirse que sea el no va más porque eso supondría haber alcanzado una meta, algún tipo de punto final, y en la dinámica en la que estamos la única certeza es que cada caso que sale a la luz sólo es la antesala del siguiente.
Pero el alarde de sofisticación que lucen para robar se convierte en vulgaridad cuando los pillan. Ahí se limitan a anunciar que el trincado ha perdido su condición de militante del partido y su nombre es reemplazado por la fórmula ‘esa persona de la que usted me habla’. Al menos por respeto al personal deberían echarle un poco más de imaginación.

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Sin toros
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Héctor Barbotta | 21-04-2017 | 10:52| 0

Ya no habrá más corridas de toros en Marbella. Los festejos se han acabado sin que medie una prohibición. Tampoco hay que atribuir el final al boicot de los antitaurinos. Los toros se acaban, sobre todo, por incomparecencia del público.

Este periódico publicó el pasado lunes que el Ayuntamiento había decidido hacerse cargo de la gestión de la plaza después de que el empresario desistiera de seguir adelante. Los últimos festejos taurinos habían sido una ruina porque la gente no iba y para continuar, el concesionario reclamaba una subvención municipal. El Ayuntamiento decidió no aplicar un tratamiento de respiración asistida y dejó agonizar al enfermo. Ahora la plaza se destinará a actividades culturales, entre las que el equipo de gobierno de Marbella no considera que las corridas de toros encuentren sitio.

Tras el revuelo, el alcalde de Marbella, José Bernal, aclaró que el Ayuntamiento no es antitaurino. En efecto, no ha habido una declaración institucional explícita, pero tampoco se puede decir que el gobierno municipal haya mostrado un entusiasmo desmedido por mantener a Marbella como plaza de festejos.

Recuperar la Plaza de Toros, situada en el corazón de la popular barriada marbellí que lleva esa nombre, rehabilitarla y utilizarla para otro tipo de actividades fue una de las condiciones que el grupo municipal de Podemos puso para dar su aprobación a los presupuestos municipales.

Es evidente que ni el alcalde ni el resto de los ediles socialistas se sienten cómodos reconociendo públicamente que han accedido a una exigencia y por eso se ha apuntado que si alguien quiere organizar una corrida de toros en Marbella tiene la opción de la plaza de toros de Puerto Banús, un recinto que permanece cerrado desde hace siete años y en el que el verano pasado hubo que suspender un concierto porque un informe de bomberos no lo consideró apto para que abriera sus puertas al público. La alternativa propuesta por el alcalde es suficientemente elocuente: el Ayuntamiento no se hace cargo de poner impedimentos formales para que vuelva a haber toros en Marbella, pero se constata que hay impedimentos materiales insalvables.

Es posible que la decisión municipal genere algún tipo de polémica en el público taurino y sea motivo de gozo para los antitaurinos. Pero será, en todo caso, una polémica ajena a la ciudad. La falta de contestación social pone en evidencia que la fiesta de los toros no ha sido asesinada en Marbella. Simplemente, después de que el público le diera la espalda, se la ha dejado morir. El Ayuntamiento se ha limitado a desconectar el respirador y a firmar el certificado de defunción.

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¡Qué escándalo, aquí se blanquea!
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Héctor Barbotta | 12-04-2017 | 21:48| 0

 

Una de las escenas más célebres de Casablanca muestra al capitán Louis Renault fingiendo indignación mientras ordena cerrar el café de Rick. «¡Qué escándalo –dice mientras un empleado le acerca las ganancias por sus apuestas del día–, he descubierto que aquí se juega!»
Una sorpresa similar es la que parece haber simulado las autoridades francesas y españolas con el proceso abierto contra el exjerarca del régimen sirio Rifaat Al-Assad, a quien ahora se investiga a ambos lados de los Pirineos por blanqueo de capitales cometido por organización criminal. El tío del actual presidente sirio lleva más de 30 años entre París y Marbella y en todo este tiempo ha adquirido más de 500 propiedades en España, la mayoría concentradas en una esquina de Puerto Banús, posee una finca que ocupa más de una cuarta parte del término municipal de Benahavís y su residencia habitual cuando pasa por España está en un edificio de mármol rosado y cúpulas doradas que puede recibir cualquier consideración estética menos la de discreta. Y ahora, vaya por Dios, las autoridades han descubierto que durante todo este tiempo ha estado blanqueando una fortuna malhabida. Qué escándalo.
Desde que el nombre de Rifaat Al-Assad volvió a salir a la luz después de que la Audiencia Nacional ordenara esta semana una operación con gran despliegue de la Guardia Civil para ejecutar el embargo de todos sus bienes, han comenzado a surgir testimonios de lo que ha sido la vida en Marbella del hermano del exdictador sirio Bashar Al-Assad, padre del actual, Hafez Al-Assad, también de actualidad estos días después de que ordenara atacar con armas químicas a su propio pueblo.
A Rifaat se lo conoce como ‘el carnicero de Homa’, a su hermano, el expresidente, le había cabido el alias de ‘el león de Damasco’. Para el pequeño de la zaga, el que mata actualmente, no se ha encontrado todavía un apelativo adecuado.
De Rifaat se sabe que encabezó en 1982 una matanza contra miles de inocentes con la que se aplacó una posible rebelión integrista, que dos años después intentó dar un golpe contra su hermano aprovechando la convalecencia de éste tras un infarto y que el castigo fue un destierro regado con cientos de millones de dólares.
Se sabe también que en 1986 llegó a España y se instaló en Puerto Banús con una banda de guardaespaldas que infundían temor allí por donde pasaban, que las veces que los matones fueron denunciados por agentes policiales por la exhibición de armas con el fin de amedrentar a quien incordiara jamás pasaron más de unos minutos en comisaría, que el antiguo jerarca nunca mostró reparos en mostrarse convincente a la hora de explicar a quienes tenían la desgracia de ser propietarios de locales en su zona de influencia que lo mejor era que se los vendieran. Abundan los testimonios acerca de la mezcla de la prepotencia y la informalidad con la que hacía negocios y de la manera en que los empresarios más informados de Marbella comprendieron rápido que no era ni socio ni cliente recomendable.
Los más antiguos del lugar refieren a otros asuntos, como sus posibles entendimientos con el traficante de armas también sirio Monzer Al-Kassar, conocido para vergüenza de esta ciudad como ‘el príncipe de Marbella’ y que ahora cumple condena en Estados Unidos después de haberse movido durante años por esta zona con una impunidad difícil de explicar pero bastante fácil de entender.
Alrededor de Rifaat Al-Assad se ha movido asimismo una comunidad importante de ciudadanos sirios, entre ellos algunos exmilitares, que tampoco se han preocupado en Marbella por ocultar su altísimo nivel de vida ni su afección al régimen. Ello pudo verse, por ejemplo, en noviembre de 2011, cuando se concentraron en la Alameda para manifestar su apoyo a Al-Assad después de que Siria fuese expulsada de la Liga Árabe tras la sangrienta represión contra los manifestantes que reclamaban reformas, en un episodio que desencadenó la guerra civil en el país. Cuando el conflicto dio lugar a la mayor crisis humanitaria de este siglo, no se conoce que este grupo de expatriados haya organizado actividad alguna en respaldo de los miles de refugiados que huían de la muerte y el hambre. No puede decirse que la empatía con su propia gente sea una cualidad que los caracterice mejor que la ostentación de los bienes de consumo a los que tienen acceso.
Durante los últimos 30 años, Rifaat Al-Assad se ha movido con soltura y ni el más ingenuo podría concebir que haya conseguido construir su imperio inmobiliario en esta ciudad con el desconocimiento de las autoridades. La seguridad del Estado, los intereses geopolíticos del país y la necesidad de contar con la mejor información seguramente obligan a entenderse con personajes de esta calaña.
Pero la impunidad se ha acabado de golpe y ha llegado tras un proceso judicial abierto en Francia, donde el personaje contaba también con un patrimonio millonario, al igual que en el Reino Unido.
Al-Assad es uno más de los muchos indeseables que encuentran cobijo en Marbella, lo que podría provocar que alguien se planteara cuestionar los parámetros morales de la esta ciudad, en la que se sienten tan a gusto sátrapas de diferentes procedencias, algunos con calle incluida. Pero sería un cuestionamiento hipócrita. Estos personajes ni llegan ni viven aquí con amparo municipal ni mucho menos ciudadano. La protección viene de mucho más arriba. Y dura hasta que caen en desgracia, como ha sucedido ahora. Vaya uno a saber por qué.

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No perder el tren
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Héctor Barbotta | 12-04-2017 | 21:46| 0

acontecimientos recientes han confirmado que la única manera posible de escuchar a un político diciendo lo que realmente piensa es mediante grabaciones clandestinas. En cualquier otra circunstancia es difícil oír algo que escape a las frases hechas, los argumentarios de gabinete de comunicación o conclusiones siempre emanadas de la tesis ‘nosotros los buenos, ellos los malos’.
Por eso resulta imposible esperar que algún día un responsable político se pare frente a un micrófono y reconozca que ha llegado a la conclusión de que el tren litoral es una obra que requiere una inversión millonaria que obligaría a renunciar a otras inversiones para realizar una apuesta decidida por la Costa del Sol y que ello supondría un coste político que ninguna administración y ningún partido está dispuesto a asumir.
Como de momento no hay micrófonos ocultos que registren una reflexión de ese tenor –posiblemente porque cuando creen que nadie los escucha, a lo que se dedican es a sus trapicheos o a sus cuitas internas– nos tenemos que conformar con aquello a lo que estamos acostumbrados.
Por eso, después de que se conociera que en los Presupuestos Generales de Estado para este año sólo aparecen 350.000 euros para este proyecto, nos hemos vuelto a encontrar con lo de siempre. Por un lado, quienes responsabilizan al adversario porque creen que la sociedad ya ha olvidado que cuando ellos estaban tampoco hicieron nada; por el otro, quienes aseguran que el tren sigue siendo una apuesta, aunque la apuesta se reduzca a una cantidad que apenas alcanzará para seguir eternamente con los estudios previos. Después de 17 años, ya sabemos que el tren hasta Marbella se parece a esos estudiantes crónicos que se resisten a abandonar la facultad aunque saben que nunca serán capaces de terminar la carrera.
Para saber qué piensan los responsables políticos del tren litoral, de su necesidad, de su importancia estratégica, no hay que atender a lo que dicen, sino a lo que han hecho y a lo que hacen. Y las obras no se parecen en nada a los dichos.
Frente a esa actitud cínica sólo cabe una respuesta por parte de quienes realmente creen que el tren de la Costa del Sol no es un capricho, ni una ocurrencia electoral pasada de moda, ni un lujo fuera de nuestras posibilidades, sino una necesidad estratégica de la zona económica más pujante de Andalucía.
Ante la estrategia de vencer al personal por aburrimiento, por desencanto o por resignación, no debe haber más respuesta que perseverar y pasar la factura cuando llegue el momento.

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Solos
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Héctor Barbotta | 04-04-2017 | 11:22| 0

 

Tuvo su carga de simbolismo que unos días después de que Málaga clausurara la vigésima edición de su estupendo festival de cine, Marbella se convirtiera por unos días en el centro de la atención del mundo gastronómico con el éxito de la convocatoria lanzada por Dani García. De un lado, una brillante iniciativa pública, una más de las muchas que han llevado a Málaga a un lugar de relevancia en el mapa del turismo cultural; del otro, una iniciativa privada, individual para ser más precisos, que coloca a Marbella en el mapa de la gastronomía de élite.
Este contraste va mucho más allá de una coincidencia en el tiempo de dos acontecimientos relevantes. Marca una línea de continuidad con una historia que sitúa a Marbella como una ciudad construida por el tesón y la iniciativa de emprendedores y por el esfuerzo de su gente ante la desidia, la indiferencia, y en ocasiones actitudes peores, de las instituciones.
Hay ocasiones en que los vecinos de Marbella pueden tener la tentación de sentirse como ese hijo inteligente y autónomo que ve cómo sus padres se desviven con los cuidados al hermano con más dificultades y que en ese afán de protección al más débil olvidan que el primero también tiene derecho a que le presten atención. Se trata de una manera de mirar a Marbella que se sintetiza en una frase que la presidenta de la Junta repitió en su dos últimas visitas a la ciudad, en lo que pretendió ser un elogio y que debería haber hecho saltar las alarmas: «Marbella se vende sola». El problema es que no hay marca que se venda sola ni ciudad que soporte la continua mezquindad inversora de las instituciones.
Ahí están las líneas de AVE que se sigue extendiendo por todos los rincones del país mientras la llegada del tren a Marbella desaparece del debate público, el hospital paralizado para el que no hay solución a la vista, el puerto de La Bajadilla rescatado del abandono pero sin noticias de la ampliación… Ahí está también el Ayuntamiento resignado a adelantar la financiación de las obras que ni el Gobierno ni la Junta acometen por iniciativa propia. Porque lo que un principio se presentó como una excepción –que el Ayuntamiento pagara por adelantado las obras del centro de salud de San Pedro, tal y como ha acordado también Estepona para su CHARE– amenaza con convertirse en una estrategia que retrata al abandono.
El Ayuntamiento ya ha ofrecido la misma fórmula para el instituto de San Pedro y para la nueva comisaría. Y en el pleno del viernes, Izquierda Unida presentó, y consiguió apoyo unánime, para una moción en la que proponía que el Ayuntamiento asumiera, también por adelantado, la construcción de los espigones que impidan que se siga perdiendo arena con cada temporal. Desde luego que tampoco con este sistema está garantizado que esas inversiones vayan a llegar; es más, es posible que ni siquiera se consiga ruborizar a quienes persisten en ignorar a una ciudad que ni se vende sola ni puede renunciar a las inversiones públicas. Marbella ya no se puede permitir semejante política –que a estas alturas podemos decir que no reconoce colores partidarios– aunque siga llamando la atención de las grandes cadenas hoteleras o de los más prestigiosos cocineros del mundo.
En estos días vemos al equipo de gobierno municipal celebrando justificadamente la millonaria inversión que supondrá la llegada de la cadena W con el hotel de lujo más grande de la ciudad, con una poco disimulada intención de asumir como propio ese éxito de la ciudad.
Sería mezquino ignorar que el proyecto ha obligado a un ingente trabajo político-administrativo para conseguir encajarlo sin que los intereses públicos se vieran afectados. Y además en un marco urbanístico asfixiante que está, seguramente, atenazando a la ciudad a la hora de conseguir nuevas inversiones. Aunque resulte difícil imaginar a un político, de cualquier partido, venciendo a la tentación de colgarse esa medalla, vender que la llegada del inversor es consecuencia de la buena gestión municipal suena exagerado
El gobierno municipal anuncia que en poco tiempo se conocerán desembarcos de similar calibre y este periódico informaba ayer mismo de otro proyecto que aspira a reflotar el mítico hotel Incosol. Pero en este paisaje de inversores privados que vuelven a mirar a Marbella, la ciudad no puede regresar al paisaje ya conocido en el que el crecimiento de la riqueza no iba acompañado de los necesarios equipamientos públicos. La ciudad ya ha aprendido que en esa ecuación quienes pierden son los más débiles.
Nunca debe dejar de celebrarse la llegada de turistas y de nuevos hoteles, pero sería mejor que lo hicieran a una ciudad con ejemplar asistencia sanitaria, sin zozobras a la hora de matricular a los hijos en los institutos y donde practicar un deporte no suponga una proeza.
Está muy bien que las administraciones no pongan obstáculos sino facilidades a quienes vienen con ánimo inversor. Pero su papel debería ir más allá que limitarse a no ser un estorbo.

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W
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Héctor Barbotta | 31-03-2017 | 10:21| 0

 

Desde la isla artificial y el tren bala hasta llegar a la ampliación del puerto de La Bajadilla, por no hablar de la ampliación del Hospital Costa del Sol o las estaciones del AVE, la historia reciente de Marbella es una larga sucesión de proyectos anunciados y frustraciones consumadas. Mientras Málaga capital se plantaba en el siglo XXI con el paisaje de un puerto renovado al que llegan cruceristas a los que no les da tiempo a conocer toda la oferta cultural de la ciudad, la Marbella del futuro sólo se vislumbraba a través de presentaciones en ‘power-point’ y realidades virtuales recreadas por ordenador. Pero al despertarse de esos sueños los vecinos se encontraban con una universidad que no es, atascos insufribles, un jeque caradura y una ciudad regida por un plan urbanístico con tres décadas de antigüedad que seguramente desalienta proyectos de futuro.
Los últimos 25 años también han estado marcados por una sistemática destrucción del medio ambiente y la ocupación privada de espacios públicos. Por todo ello no debe llamar la atención que la presentación del proyecto del hotel de cadena W haya despertado tanta incredulidad como esperanza y optimismo.
Sin haber nada que reprochar a quienes han recibido con desconfianza el enésimo gran proyecto que tiene por escenario a la ciudad, seguramente es oportuno llamar la atención sobre algunos aspectos que permiten ver el anuncio de la llegada de W a Marbella como un prometedor revulsivo para su industria hotelera.
En primer lugar, no se trata de un mero anuncio sobre una inversión futura. El grupo Platinum Estates lleva años trabajando con discreción en la ciudad a través de su representante en España, Juan Luis Segalerva, una persona que antes de conocer Marbella como inversor la disfrutó como visitante. Esta sociedad, con sede central en Hong Kong y base europea en Londres, ya invirtió 50 millones de euros en la compra del suelo, una operación cerrada a finales de 2015.
Los terrenos eran prácticamente los últimos de esas dimensiones (151.000 metros) disponibles en primera línea de playa y un verdadero tesoro natural por la dunas que aún se conservan y que recuerdan cómo fue en algún tiempo gran parte de la franja litoral de Marbella. La lógica invita a pensar que no se invierte semejante cantidad de dinero en un proyecto sobre el que no existe una mínima garantía de que va a prosperar.
El segundo elemento que alienta el optimismo es la solvencia de la corporación hotelera que ha realizado el anuncio esta semana en Hong Kong. Cuando en noviembre el CEO de Platinum Estates, Harri Mohihani, se desplazó a Marbella para presentar el proyecto junto a los responsables municipales, adelantó que ya existía un acuerdo con una cadena hotelera líder en el turismo de lujo. Ahora se ha sabido que la cadena es W, perteneciente al grupo Starwood. Al mismo tiempo que Mohihani realizaba ese anuncio en el Ayuntamiento y acompañado por el alcalde, Starwood estaba cerrando su acuerdo de integración en el grupo Marriott, lo que dio lugar al nacimiento del mayor grupo hotelero del mundo, con más de 6.000 hoteles y presencia en 110 países. No se puede aspirar, posiblemente, a un respaldo más solvente en el mundo turístico.
Que ese grupo haya decidido poner pie en Marbella y lo haga con la marca del mayor segmento de precio y calidad demuestra cuál es el lugar en el que las grandes compañías turísticas del planeta sitúan a Marbella. Sólo falta que aquí también nos lo creamos.
Hay dos episodios que señalan la seriedad y la prudencia con la que se actúa en este nivel. En septiembre se adelantó que el anuncio del acuerdo entre la sociedad inversora y la cadena hotelera se haría en la pasada edición de la World Travel Market. Cómo no había certeza de los plazos en los que se obtendría la licencia después de que se incorporara al proyecto un club de playa, el anuncio se aplazó. El segundo es que el proyecto no parece acuciado por las urgencias, pese a que, como en toda inversión, tiempo perdido supone lucro cesante. El objetivo original era que el hotel abriera en 2019, y así se aseguró en la presentación de septiembre. Ahora se ha fijado un plazo seguramente mucho más realista que apunta a una apertura en 2021. Cuando los promotores de un proyecto se alejan de la venta de humo no hacen otra cosa que hacerse merecedores de confianza.
La otra inquietud que generó la presentación de este proyecto estuvo relacionada con las dunas de Real de Zaragoza, situadas junto al terreno donde se levantará el hotel. Primero por su preservación, pero también por que se garantizara el acceso público.
El proyecto que se ha presentado, el que avala el Ayuntamiento y para el que se están tramitando las licencias, supone un aumento de 100 metros de profundidad en el área de protección. Es una franja que no estaba garantizada antes de la llegada de este proyecto y que añadirá 33.000 metros cuadrados más a la reserva ecológica de las dunas, que cuenta actualmente con 15.000 metros cuadrados. Si el anterior propietario del suelo hubiese construido chalés, tal y como permitía la calificación urbanística, el ladrillo hubiese llegado prácticamente a pie de duna. La zona donde se levantará el hotel no estaba protegida, de modo que el proyecto no supone pérdida en ese sentido.
El proyecto prevé que antes de que dé comienzo la construcción del hotel, las villas y los apartamentos, la empresa deberá ejecutar una serie de obras de infraestructura que incluyen la regeneración de las dunas, el enlace con la A-7 y el acceso público a la playa, que discurrirá por una franja al oeste del complejo hotelero e incluirá un aparcamiento público con capacidad para 100 vehículos.
Con la historia de saqueo y frustraciones que arrastra la ciudad, no sorprende en absoluto que todo gran anuncio sea recibido con prevenciones. Pero creer en las posibilidades de Marbella implica entender que además de haber sido un imán para sinvergüenzas y oportunistas, esta ciudad también tiene todos los atributos para atraer inversiones serias, solventes, que apunten a un futuro a largo plazo y generen riqueza para el entorno y empleo estable. La obligación de la ciudad y de sus representantes públicos es poner a esa altura el listón de exigencia.

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Herederos
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Héctor Barbotta | 31-03-2017 | 10:18| 0

La mayor parte de los ayuntamientos españoles han sido testigos de concentraciones convocadas a través de las redes sociales para protestar contra el impuesto de sucesiones. Entre ellos, los de Málaga y Marbella. No se trataba de pedir que se bajen los tipos, que se aumente el mínimo imponible o que se acabe con la asimetría que provoca una feroz competencia fiscal entre comunidades autónomas. Se pedía la eliminación del impuesto.

Desde que el Partido Popular decidiera centrar gran parte de su actividad política en Andalucía en una campaña contra ese gravamen, posiblemente en aplicación de ese principio que dice que la gente no vota por lo que es sino por lo que aspira a ser, gran parte de la opinión pública asumió que sólo en Andalucía el impuesto de sucesiones es un problema, lo que demuestra el gran éxito de la iniciativa. La campaña se refería a la clase media y proponía un ejemplo en el que se heredaban 800.000 euros. En un país donde ganar mil euros al mes se ha convertido en aspiración, quizás debamos revisar el concepto de ‘clase media’.

Las concentraciones frente a todos los ayuntamientos españoles lo que enseñan es que hay quien considera que el problema no es que las herencias se graven supuestamente de manera exagerada en Andalucía, sino que se graven las herencias.

Hay una única manera de plantear un debate sobre un impuesto de manera honesta y sin caer en la demagogia o, como se dice ahora inapropiadamente, el populismo. Consiste en calcular cuánto ingresa la administración por ese impuesto y comenzar explicando qué gasto se propone eliminar. De cualquier otra manera se está haciendo trampa.

El segundo paso es analizar la justicia o injusticia del impuesto. Los detractores del de sucesiones sostienen que no es justo gravar a los herederos. ¿A través de qué razonamiento se llega a la conclusión de que pagar por heredar es más injusto que hacerlo por cobrar un salario, por obtener una ganancia legítima en un negocio, por comprar una vivienda, por venderla o simplemente por tenerla?

Cuanto mayor es la cantidad que se aspira a recibir, mayor debe ser, seguramente el anhelo de que este gravamen desaparezca. Si las herencias perpetúan las diferencias y la educación las atenúa, resulta asombroso que el impuesto de sucesiones haya aparecido en el centro del debate público. Deberíamos preocuparnos más por cómo tener mejores colegios y por cómo pagarles más a los maestros. Lo que sólo se puede hacer, conviene no olvidarlo, con el dinero de los impuestos.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella