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No perder el tren
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Héctor Barbotta | 12-04-2017 | 21:46| 0

acontecimientos recientes han confirmado que la única manera posible de escuchar a un político diciendo lo que realmente piensa es mediante grabaciones clandestinas. En cualquier otra circunstancia es difícil oír algo que escape a las frases hechas, los argumentarios de gabinete de comunicación o conclusiones siempre emanadas de la tesis ‘nosotros los buenos, ellos los malos’.
Por eso resulta imposible esperar que algún día un responsable político se pare frente a un micrófono y reconozca que ha llegado a la conclusión de que el tren litoral es una obra que requiere una inversión millonaria que obligaría a renunciar a otras inversiones para realizar una apuesta decidida por la Costa del Sol y que ello supondría un coste político que ninguna administración y ningún partido está dispuesto a asumir.
Como de momento no hay micrófonos ocultos que registren una reflexión de ese tenor –posiblemente porque cuando creen que nadie los escucha, a lo que se dedican es a sus trapicheos o a sus cuitas internas– nos tenemos que conformar con aquello a lo que estamos acostumbrados.
Por eso, después de que se conociera que en los Presupuestos Generales de Estado para este año sólo aparecen 350.000 euros para este proyecto, nos hemos vuelto a encontrar con lo de siempre. Por un lado, quienes responsabilizan al adversario porque creen que la sociedad ya ha olvidado que cuando ellos estaban tampoco hicieron nada; por el otro, quienes aseguran que el tren sigue siendo una apuesta, aunque la apuesta se reduzca a una cantidad que apenas alcanzará para seguir eternamente con los estudios previos. Después de 17 años, ya sabemos que el tren hasta Marbella se parece a esos estudiantes crónicos que se resisten a abandonar la facultad aunque saben que nunca serán capaces de terminar la carrera.
Para saber qué piensan los responsables políticos del tren litoral, de su necesidad, de su importancia estratégica, no hay que atender a lo que dicen, sino a lo que han hecho y a lo que hacen. Y las obras no se parecen en nada a los dichos.
Frente a esa actitud cínica sólo cabe una respuesta por parte de quienes realmente creen que el tren de la Costa del Sol no es un capricho, ni una ocurrencia electoral pasada de moda, ni un lujo fuera de nuestras posibilidades, sino una necesidad estratégica de la zona económica más pujante de Andalucía.
Ante la estrategia de vencer al personal por aburrimiento, por desencanto o por resignación, no debe haber más respuesta que perseverar y pasar la factura cuando llegue el momento.

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Solos
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Héctor Barbotta | 04-04-2017 | 11:22| 0

 

Tuvo su carga de simbolismo que unos días después de que Málaga clausurara la vigésima edición de su estupendo festival de cine, Marbella se convirtiera por unos días en el centro de la atención del mundo gastronómico con el éxito de la convocatoria lanzada por Dani García. De un lado, una brillante iniciativa pública, una más de las muchas que han llevado a Málaga a un lugar de relevancia en el mapa del turismo cultural; del otro, una iniciativa privada, individual para ser más precisos, que coloca a Marbella en el mapa de la gastronomía de élite.
Este contraste va mucho más allá de una coincidencia en el tiempo de dos acontecimientos relevantes. Marca una línea de continuidad con una historia que sitúa a Marbella como una ciudad construida por el tesón y la iniciativa de emprendedores y por el esfuerzo de su gente ante la desidia, la indiferencia, y en ocasiones actitudes peores, de las instituciones.
Hay ocasiones en que los vecinos de Marbella pueden tener la tentación de sentirse como ese hijo inteligente y autónomo que ve cómo sus padres se desviven con los cuidados al hermano con más dificultades y que en ese afán de protección al más débil olvidan que el primero también tiene derecho a que le presten atención. Se trata de una manera de mirar a Marbella que se sintetiza en una frase que la presidenta de la Junta repitió en su dos últimas visitas a la ciudad, en lo que pretendió ser un elogio y que debería haber hecho saltar las alarmas: «Marbella se vende sola». El problema es que no hay marca que se venda sola ni ciudad que soporte la continua mezquindad inversora de las instituciones.
Ahí están las líneas de AVE que se sigue extendiendo por todos los rincones del país mientras la llegada del tren a Marbella desaparece del debate público, el hospital paralizado para el que no hay solución a la vista, el puerto de La Bajadilla rescatado del abandono pero sin noticias de la ampliación… Ahí está también el Ayuntamiento resignado a adelantar la financiación de las obras que ni el Gobierno ni la Junta acometen por iniciativa propia. Porque lo que un principio se presentó como una excepción –que el Ayuntamiento pagara por adelantado las obras del centro de salud de San Pedro, tal y como ha acordado también Estepona para su CHARE– amenaza con convertirse en una estrategia que retrata al abandono.
El Ayuntamiento ya ha ofrecido la misma fórmula para el instituto de San Pedro y para la nueva comisaría. Y en el pleno del viernes, Izquierda Unida presentó, y consiguió apoyo unánime, para una moción en la que proponía que el Ayuntamiento asumiera, también por adelantado, la construcción de los espigones que impidan que se siga perdiendo arena con cada temporal. Desde luego que tampoco con este sistema está garantizado que esas inversiones vayan a llegar; es más, es posible que ni siquiera se consiga ruborizar a quienes persisten en ignorar a una ciudad que ni se vende sola ni puede renunciar a las inversiones públicas. Marbella ya no se puede permitir semejante política –que a estas alturas podemos decir que no reconoce colores partidarios– aunque siga llamando la atención de las grandes cadenas hoteleras o de los más prestigiosos cocineros del mundo.
En estos días vemos al equipo de gobierno municipal celebrando justificadamente la millonaria inversión que supondrá la llegada de la cadena W con el hotel de lujo más grande de la ciudad, con una poco disimulada intención de asumir como propio ese éxito de la ciudad.
Sería mezquino ignorar que el proyecto ha obligado a un ingente trabajo político-administrativo para conseguir encajarlo sin que los intereses públicos se vieran afectados. Y además en un marco urbanístico asfixiante que está, seguramente, atenazando a la ciudad a la hora de conseguir nuevas inversiones. Aunque resulte difícil imaginar a un político, de cualquier partido, venciendo a la tentación de colgarse esa medalla, vender que la llegada del inversor es consecuencia de la buena gestión municipal suena exagerado
El gobierno municipal anuncia que en poco tiempo se conocerán desembarcos de similar calibre y este periódico informaba ayer mismo de otro proyecto que aspira a reflotar el mítico hotel Incosol. Pero en este paisaje de inversores privados que vuelven a mirar a Marbella, la ciudad no puede regresar al paisaje ya conocido en el que el crecimiento de la riqueza no iba acompañado de los necesarios equipamientos públicos. La ciudad ya ha aprendido que en esa ecuación quienes pierden son los más débiles.
Nunca debe dejar de celebrarse la llegada de turistas y de nuevos hoteles, pero sería mejor que lo hicieran a una ciudad con ejemplar asistencia sanitaria, sin zozobras a la hora de matricular a los hijos en los institutos y donde practicar un deporte no suponga una proeza.
Está muy bien que las administraciones no pongan obstáculos sino facilidades a quienes vienen con ánimo inversor. Pero su papel debería ir más allá que limitarse a no ser un estorbo.

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W
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Héctor Barbotta | 31-03-2017 | 10:21| 0

 

Desde la isla artificial y el tren bala hasta llegar a la ampliación del puerto de La Bajadilla, por no hablar de la ampliación del Hospital Costa del Sol o las estaciones del AVE, la historia reciente de Marbella es una larga sucesión de proyectos anunciados y frustraciones consumadas. Mientras Málaga capital se plantaba en el siglo XXI con el paisaje de un puerto renovado al que llegan cruceristas a los que no les da tiempo a conocer toda la oferta cultural de la ciudad, la Marbella del futuro sólo se vislumbraba a través de presentaciones en ‘power-point’ y realidades virtuales recreadas por ordenador. Pero al despertarse de esos sueños los vecinos se encontraban con una universidad que no es, atascos insufribles, un jeque caradura y una ciudad regida por un plan urbanístico con tres décadas de antigüedad que seguramente desalienta proyectos de futuro.
Los últimos 25 años también han estado marcados por una sistemática destrucción del medio ambiente y la ocupación privada de espacios públicos. Por todo ello no debe llamar la atención que la presentación del proyecto del hotel de cadena W haya despertado tanta incredulidad como esperanza y optimismo.
Sin haber nada que reprochar a quienes han recibido con desconfianza el enésimo gran proyecto que tiene por escenario a la ciudad, seguramente es oportuno llamar la atención sobre algunos aspectos que permiten ver el anuncio de la llegada de W a Marbella como un prometedor revulsivo para su industria hotelera.
En primer lugar, no se trata de un mero anuncio sobre una inversión futura. El grupo Platinum Estates lleva años trabajando con discreción en la ciudad a través de su representante en España, Juan Luis Segalerva, una persona que antes de conocer Marbella como inversor la disfrutó como visitante. Esta sociedad, con sede central en Hong Kong y base europea en Londres, ya invirtió 50 millones de euros en la compra del suelo, una operación cerrada a finales de 2015.
Los terrenos eran prácticamente los últimos de esas dimensiones (151.000 metros) disponibles en primera línea de playa y un verdadero tesoro natural por la dunas que aún se conservan y que recuerdan cómo fue en algún tiempo gran parte de la franja litoral de Marbella. La lógica invita a pensar que no se invierte semejante cantidad de dinero en un proyecto sobre el que no existe una mínima garantía de que va a prosperar.
El segundo elemento que alienta el optimismo es la solvencia de la corporación hotelera que ha realizado el anuncio esta semana en Hong Kong. Cuando en noviembre el CEO de Platinum Estates, Harri Mohihani, se desplazó a Marbella para presentar el proyecto junto a los responsables municipales, adelantó que ya existía un acuerdo con una cadena hotelera líder en el turismo de lujo. Ahora se ha sabido que la cadena es W, perteneciente al grupo Starwood. Al mismo tiempo que Mohihani realizaba ese anuncio en el Ayuntamiento y acompañado por el alcalde, Starwood estaba cerrando su acuerdo de integración en el grupo Marriott, lo que dio lugar al nacimiento del mayor grupo hotelero del mundo, con más de 6.000 hoteles y presencia en 110 países. No se puede aspirar, posiblemente, a un respaldo más solvente en el mundo turístico.
Que ese grupo haya decidido poner pie en Marbella y lo haga con la marca del mayor segmento de precio y calidad demuestra cuál es el lugar en el que las grandes compañías turísticas del planeta sitúan a Marbella. Sólo falta que aquí también nos lo creamos.
Hay dos episodios que señalan la seriedad y la prudencia con la que se actúa en este nivel. En septiembre se adelantó que el anuncio del acuerdo entre la sociedad inversora y la cadena hotelera se haría en la pasada edición de la World Travel Market. Cómo no había certeza de los plazos en los que se obtendría la licencia después de que se incorporara al proyecto un club de playa, el anuncio se aplazó. El segundo es que el proyecto no parece acuciado por las urgencias, pese a que, como en toda inversión, tiempo perdido supone lucro cesante. El objetivo original era que el hotel abriera en 2019, y así se aseguró en la presentación de septiembre. Ahora se ha fijado un plazo seguramente mucho más realista que apunta a una apertura en 2021. Cuando los promotores de un proyecto se alejan de la venta de humo no hacen otra cosa que hacerse merecedores de confianza.
La otra inquietud que generó la presentación de este proyecto estuvo relacionada con las dunas de Real de Zaragoza, situadas junto al terreno donde se levantará el hotel. Primero por su preservación, pero también por que se garantizara el acceso público.
El proyecto que se ha presentado, el que avala el Ayuntamiento y para el que se están tramitando las licencias, supone un aumento de 100 metros de profundidad en el área de protección. Es una franja que no estaba garantizada antes de la llegada de este proyecto y que añadirá 33.000 metros cuadrados más a la reserva ecológica de las dunas, que cuenta actualmente con 15.000 metros cuadrados. Si el anterior propietario del suelo hubiese construido chalés, tal y como permitía la calificación urbanística, el ladrillo hubiese llegado prácticamente a pie de duna. La zona donde se levantará el hotel no estaba protegida, de modo que el proyecto no supone pérdida en ese sentido.
El proyecto prevé que antes de que dé comienzo la construcción del hotel, las villas y los apartamentos, la empresa deberá ejecutar una serie de obras de infraestructura que incluyen la regeneración de las dunas, el enlace con la A-7 y el acceso público a la playa, que discurrirá por una franja al oeste del complejo hotelero e incluirá un aparcamiento público con capacidad para 100 vehículos.
Con la historia de saqueo y frustraciones que arrastra la ciudad, no sorprende en absoluto que todo gran anuncio sea recibido con prevenciones. Pero creer en las posibilidades de Marbella implica entender que además de haber sido un imán para sinvergüenzas y oportunistas, esta ciudad también tiene todos los atributos para atraer inversiones serias, solventes, que apunten a un futuro a largo plazo y generen riqueza para el entorno y empleo estable. La obligación de la ciudad y de sus representantes públicos es poner a esa altura el listón de exigencia.

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Herederos
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Héctor Barbotta | 31-03-2017 | 10:18| 0

La mayor parte de los ayuntamientos españoles han sido testigos de concentraciones convocadas a través de las redes sociales para protestar contra el impuesto de sucesiones. Entre ellos, los de Málaga y Marbella. No se trataba de pedir que se bajen los tipos, que se aumente el mínimo imponible o que se acabe con la asimetría que provoca una feroz competencia fiscal entre comunidades autónomas. Se pedía la eliminación del impuesto.

Desde que el Partido Popular decidiera centrar gran parte de su actividad política en Andalucía en una campaña contra ese gravamen, posiblemente en aplicación de ese principio que dice que la gente no vota por lo que es sino por lo que aspira a ser, gran parte de la opinión pública asumió que sólo en Andalucía el impuesto de sucesiones es un problema, lo que demuestra el gran éxito de la iniciativa. La campaña se refería a la clase media y proponía un ejemplo en el que se heredaban 800.000 euros. En un país donde ganar mil euros al mes se ha convertido en aspiración, quizás debamos revisar el concepto de ‘clase media’.

Las concentraciones frente a todos los ayuntamientos españoles lo que enseñan es que hay quien considera que el problema no es que las herencias se graven supuestamente de manera exagerada en Andalucía, sino que se graven las herencias.

Hay una única manera de plantear un debate sobre un impuesto de manera honesta y sin caer en la demagogia o, como se dice ahora inapropiadamente, el populismo. Consiste en calcular cuánto ingresa la administración por ese impuesto y comenzar explicando qué gasto se propone eliminar. De cualquier otra manera se está haciendo trampa.

El segundo paso es analizar la justicia o injusticia del impuesto. Los detractores del de sucesiones sostienen que no es justo gravar a los herederos. ¿A través de qué razonamiento se llega a la conclusión de que pagar por heredar es más injusto que hacerlo por cobrar un salario, por obtener una ganancia legítima en un negocio, por comprar una vivienda, por venderla o simplemente por tenerla?

Cuanto mayor es la cantidad que se aspira a recibir, mayor debe ser, seguramente el anhelo de que este gravamen desaparezca. Si las herencias perpetúan las diferencias y la educación las atenúa, resulta asombroso que el impuesto de sucesiones haya aparecido en el centro del debate público. Deberíamos preocuparnos más por cómo tener mejores colegios y por cómo pagarles más a los maestros. Lo que sólo se puede hacer, conviene no olvidarlo, con el dinero de los impuestos.

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Espacios públicos
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Héctor Barbotta | 31-03-2017 | 10:13| 0

 

Marbella está en las antípodas de la postura que ha adoptado Barcelona sobre la consideración del turismo como una plaga. En primer lugar, porque el turismo masivo que ha invadido la Ciudad Condal y ha convertido en invivibles algunos de sus espacios públicos está en las antípodas del perfil mayoritario de quienes eligen Marbella para sus vacaciones. Pero también porque Barcelona tiene alternativas que le permiten abordar debates que parecen inviables en zonas donde el turismo adquiere la condición de monocultivo productivo.

Sin embargo, hay debates que posiblemente deban afrontarse con tiempo suficiente para evitar que en algún momento se llegue a la situación en la que está Barcelona, con sus alternativas productivas de gran ciudad europea, pero también algunas zonas de las islas Baleares, con el drama de la falta de opciones y la realidad de haberse convertido en destino invadido.

Por eso resulta interesante y oportuna la discusión que se ha abierto en torno al reparto de espacios en la Plaza de Los Naranjos, y también por eso mismo estaría bien abordar esta discusión sin demagogia, sin oportunismos y sin chantajes. Los vecinos de Marbella con memoria tienen la ventaja de que aún recuerdan que todas las barbaridades urbanísticas que se cometieron durante años en la ciudad se perpetraron bajo el paraguas legitimador de la riqueza que creaban, con los puestos de trabajo como rehenes que servían para abortar cualquier cuestionamiento no ya moral sino meramente práctico.

Es posible que sólo los más antiguos del lugar recuerden una Plaza de Los Naranjos libre de mesas y abiertas al disfrute ciudadano. Todas las imágenes recientes y no tan recientes, salvo las invernales, remiten a un paisaje totalmente privatizado, invadido por mesas y sillas. Una gran terraza sin lugar no ya para pasar, sino siquiera para sentarse, con el mobiliario urbano convertido en mesas auxiliares donde depositar bandejas, cubiertos y mantelería.

Las obras realizadas por el Ayuntamiento para renovar el suelo de la plaza actuaron como revitalizador de la memoria, devolvieron un paisaje que remitía al blanco y negro y abrieron la posibilidad de cuestionarse si era aceptable que el 100 por cien del principal espacio abierto del casco antiguo volviera a convertirse en un espacio privatizado. Y no, no era aceptable.

Ahora, además de haber una plaza que antes estaba tapada, hay un debate abierto que la propuesta municipal de reparto de espacios presentada esta semana, con la que aparentemente están más de acuerdo los propietarios de establecimientos de hostelería que los miembros de la plataforma que han reunido un millar de firmas contra la ocupación, no parece que vaya a zanjar. Supone, eso sí, un punto de partida que se pondrá a prueba durante la Semana Santa que se avecina.

Estamos por eso, ante de un debate que se presenta largo y para el que estaría bien marcar tres límites si es que se pretende llegar a una fórmula sobre la que se pueda construir un consenso: Uno, no hay solución posible que vaya a contentar a todos al 100 por cien; dos, la Plaza de Los Naranjos no es homologable a la plaza de un pueblo por la sencilla razón de que hace décadas que Marbella ha dejado de ser un pueblo, y tres, no es aceptable que los puestos de trabajo que crean las mesas sean utilizadas como elemento de presión, porque por ese camino llegaríamos antes de que pudiésemos impedirlo a la encrucijada en la que hoy día se encuentra Barcelona. El turismo que no es compatible con la vida ciudadana no tiene nada que ver con el turismo de calidad y sustentable por el que debe apostar esta ciudad.

Este debate sobre quiénes somos y quiénes queremos ser ha tenido en esta semana otro punto para la reflexión al otro extremo del término municipal, junto a la basílica paleocristiana de Vega del Mar.

En la Tenencia de Alcaldía de San Pedro se ha decidido que ese emplazamiento, que cuenta con la protección arqueológica de la Junta de Andalucía, es un buen lugar para instalar un merendero y por eso se solicitó en el mes de octubre un permiso para limpiar y adecentar la zona por medios manuales y utilizando vehículos livianos. La Delegación de Cultura concedió el permiso a condición de que los trabajos se realizaran bajo la supervisión de un técnico del área municipal de Cultura y Patrimonio. Ahí nos encontramos ya con el primer problema, porque entre los 3.200 trabajadores del Ayuntamiento de Marbella no hay ni un solo arqueólogo, lo que explica al mismo tiempo cómo se han hecho las cosas en los últimos 25-30 años y cuál es el lugar que el patrimonio histórico ocupa entre las prioridades políticas.

Por eso no fue ninguna sorpresa que para acelerar los trabajos de limpieza en la Tenencia de Alcaldía se decidiera que era buena idea meter una excavadora, con los resultados conocidos.

Después de que primero dos vecinos y luego la asociación Cilniana denunciaran la situación llegaron unas explicaciones de esas que pueden incluirse entre las aclaraciones que oscurecen. Se aseguró que no era la primera vez que entraba una excavadora en el suelo protegido, que hay un problema de drenaje porque el gobierno del PP llevó en su día la tala de eucaliptos más allá de lo razonable, que no hay evidencia científica de que la zona afectada albergue restos arqueológicos de importancia, que los restos aparecidos ya estaban rotos previamente y no tienen valor porque no están contextualizados y que parte de estos restos sin valor y sin contextualizar han sido enviados al Museo de Málaga.

De todas estas explicaciones podrían surgir algunas preguntas, pero en realidad hay una que va mucho más allá de cómo podría haber evidencia científica del valor arqueológico del lugar si nunca han habido ni fondos ni voluntad para una excavación, de si se talaron más o menos eucaliptos, de por qué hay una pequeña nave pintada con los colores de Opción Sampedreña en el interior del espacio vallado, de si ésta era la primera vez que una excavadora entraba en suelo arqueológico protegido o de si los restos que aparecieron destrozados ya estaban rotos antes. La pregunta es si de verdad no había otro sitio donde montar un merendero. Y si realmente queremos ser una ciudad que trata de esa manera a su propia historia.

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El parto de los presupuestos
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Héctor Barbotta | 23-03-2017 | 09:11| 0

 

Los políticos que dicen no ser políticos sólo porque están de paso por la actividad municipal suelen dar definiciones que describen situaciones con mucho más acierto que las frases hechas que emanan de los argumentarios y la encorsetada forma de actuar de los partidos. En esta semana plana en que la actividad municipal, al menos la pública, se limitó a la comparecencia tras la comisión de gobierno del martes y a la presencia en la feria turística de Moscú, la expresión más acertada salió de la boca de Manuel Osorio, el concejal de Opción Sampedreña (OSP) que tiene a su cargo la cartera de Hacienda.
Al presentar los presupuestos municipales que se llevarán a pleno el próximo martes, Osorio no dudó en referirse a la negociación previa como un parto. «Cada vez cuesta más dar a luz a este bebé», reconoció sin complejos. Si se toma en cuenta cuándo comenzaron las conversaciones y en qué momento entrarán en vigor los presupuestos, podemos concluir, efectivamente, que se trató de un embarazo completo. De riesgo.
La negociación de los presupuestos en un Ayuntamiento siempre es un proceso difícil, el más complejo de cada ejercicio político, incluso en las situaciones de mayoría absoluta, porque una vez que se reparten las delegaciones municipales cada uno intenta llevarse la mayor porción de la tarta.
Desde que las políticas de austeridad y el techo de gasto redujeron el tamaño de la tarta, la lucha es más encarnizada. Por eso, a partir del momento en que se alcanzó el acuerdo a cuatro que situó a José Bernal en la Alcaldía de Marbella se supo que la negociación de los presupuestos iba a ser el momento que más iba a poner a prueba la fortaleza del pacto multicolor. Sobre todo, porque en un acuerdo en el que todos los votos son necesarios en principio nadie está dispuesto a renunciar a ocupar el centro del poder de decisión.
Osorio atribuyó gran parte de la responsabilidad en el retraso en la aprobación del documento –que no entrará en vigor hasta mayo– a que tampoco el Gobierno central tiene presupuesto y a que el cálculo del techo de gasto no llegó a tiempo. Eso es parte de la verdad, pero no la verdad completa, porque la frase que comparaba la negociación con un parto no remitía a factores externos, sino sobre todo a las dificultades del tripartito para llegar a un acuerdo con Costa del Sol Sí Puede, formación a la que gran parte del tripartito, pero sobre todo OSP, le sigue reprochando que no se integre en el equipo de gobierno y siga planteando, casi dos años después, exigencias desde fuera.
El edil también mostró su aspiración de que el año próximo no vuelva a producirse un escenario como éste y que la ciudad no tenga que esperar al quinto mes del año para contar con sus presupuestos aprobados. Sin embargo, no hay nada que pueda hacer prever que el paisaje vaya a cambiar. Las dificultades del Gobierno central para sus propios presupuestos seguirán ahí y el partido vinculado a Podemos seguirá sin entrar en el gobierno municipal de Marbella. El año que viene volveremos a tener otra gestación, y hace bien el edil de Hacienda en adelantar que tras el verano comenzará a trabajar en los nuevos presupuestos. Quizás hasta debería ponerse antes.
Pero el símil del parto propuesto por Osorio ha sido especialmente afortunado por lo que viene de ahora en adelante. Así como las biografías no culminan, sino que comienzan en el alumbramiento, el presupuesto tiene por delante una parte no menos compleja que lo que supusieron las negociaciones para elaborarlo: su ejecución. Sólo con repasar las distintas partidas provisto de calculadora y revisando la ejecución de los presupuestos del año pasado, al menos la parte que está disponible, no es difícil llegar a la conclusión de que las cuentas son optimistas en cuanto a los objetivos recaudatorios y que el techo de gasto seguirá pesando como una losa sobre las inversiones previstas. Que una obra aparezca en los presupuestos está bien, pero no constituye, ni de lejos, una garantía.

La vida política de la provincia estuvo esta semana convulsionada por el intento de compra de un concejal de Costa del Sol Sí Puede en el Ayuntamiento de Mijas para que respaldara una moción de censura que repusiera en el sillón de alcalde al presidente del Partido Popular de Mijas, Ángel Nozal.
Las grabaciones, reproducidas por este periódico, remitieron seguramente a la memoria colectiva de Marbella y a episodios que marcaron su historia reciente. Es probable que algunos vecinos hayan experimentado un legítimo sentimiento de frustración al comprobar que lo que pasó durante el gilismo, lejos de crear anticuerpos democráticos contra la plaga de la corrupción política lo que creó fue escuela.
Era de esperar que el episodio diera lugar a una crisis en el PP de la localidad vecina, pero la dimisión del concejal que actuó como intermediario y la necesidad de dar por zanjado el asunto antes del congreso regional de la formación, que se celebra este fin de semana, abortaron cualquier posibilidad de limpieza a fondo ejemplarizante ante un episodio tan grave.
A nadie escapa que la forma en que se ha resuelto un incidente que mancha la reputación del PP alienta episodios similares en el futuro y permite leer cuál es la posición de la dirección provincial del partido frente a sus barones locales en un momento en que en la Diputación no sobra ningún voto y en el que todavía pesa el antecedente de Alhaurín el Grande.
Por ello seguramente deba descartarse, de cara a las elecciones municipales de 2019 cualquier movimiento de renovación en el PP de Marbella impulsado desde el equipo de Elías Bendodo. La debilidad demostrada por el presidente provincial en este episodio permite adelantar que si Ángeles Muñoz quiere, volverá a ser candidata a la Alcaldía.

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Tragaderas
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Héctor Barbotta | 17-03-2017 | 11:33| 0

La imagen de Marbella se propaga habitualmente sobre los municipios vecinos y no es inusual que bajo su sombra se ampare gran parte de la oferta turística de toda la zona. Hay hoteles y clubes de playa situados en el término municipal de Estepona que encuentran cobijo y estrategia comercial en la marca Marbella –y nadie se molesta por ello, ni en Marbella, ni en Estepona–, del mismo modo que urbanizaciones de lujo de Benahavís o promociones inmobiliarias de Ojén utilizan también con éxito el reclamo irreprochable del municipio vecino. Con lo que cuesta posicionar una marca en el mercado turístico e inmobiliario internacional, sobre todo cuando esa marca es ignorada por las instituciones públicas que deberían promoverla, no tendría sentido no valerse de ella sólo por una estrecha cuestión de lindes.
En los últimos años también Mijas se ha valido del paraguas de Marbella, pero en un sentido diferente. No para promover iniciativas económicas de éxito, sino para que sus propias vergüenzas quedaran ocultas bajo escándalos que brillaban con más fuerza. No por una cuestión de gravedad, sino por un mero motivo de penetración de marca.
Pero basta con observar las barbaridades urbanísticas que se asoman a la autopista para concluir que algo viene oliendo mal en Mijas desde hace tiempo. Y como no ha habido escándalos que avergonzaran al personal, tampoco parece que se hayan generado los anticuerpos morales necesarios.
Ahora se ha sabido que el portavoz del Partido Popular de Mijas, Ángel Nozal, acaba de ofrecerle a un concejal de Podemos participar en una moción de censura para recuperar la alcaldía a cambio de un trabajo. Si no se pliega, lo denunciarán por un supuesto cobro irregular de nóminas en el Ayuntamiento. Nada personal, sólo negocios.
Esta oferta, que es en realidad una amenaza, vuelve a demostrar que, en el mejor de los casos y abordando el tema con la mejor buena voluntad, indulgencia e ingenuidad, en el Partido Popular conviven dos almas: la de quienes se avergüenzan de todo lo que ha pasado desde Gürtel hasta aquí y la de quienes consideran que se puede seguir adelante sin cambiar nada, solamente dilatando el tamaño de las tragaderas de los ciudadanos.
Los antecedentes de Ángel Nozal y la propia catadura moral que su oferta revela no permiten albergar dudas de qué alma lo anima, del mismo modo que tampoco da lugar a expectativa alguna de que vaya a retirarse por propia voluntad. Pero quienes debían señalarle la puerta no lo han hecho. Quizás su proyecto político también consista, simplemente, en agrandar las tragaderas.

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Libertad de expresión
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Héctor Barbotta | 13-03-2017 | 09:14| 0

S ucedió en Marbella, pero podría haber pasado en otro sitio. Una persona que ejerce el periodismo se acercó a la madre de una celebridad gravemente enferma y se interesó por el estado de su hijo. La mujer encontró un momento para el desahogo. La periodista, que no había revelado su condición de tal, no tuvo reparo en convertir en noticia la confidencia de una madre desesperada. La mujer se encontraría con su confianza traicionada y publicada en una web, de la que a su vez beberían luego otros medios y agencias que ignoraban cómo se había obtenido la noticia. Historias así se han convertido en parte del paisaje, igual que las webs que desconocen la frontera entre el interés personal del periodista y el interés general de los lectores o, peor aún, entre el periodismo y el chantaje.
Este tipo de situaciones no suele ponerse sobre la mesa. Es difícil saber si es por corporativismo o porque un oficio cuyo entorno se degrada día a día aconseja no meterse a criticar a colegas porque uno nunca sabe a qué puertas se puede ver obligado a llamar. O quizás, simplemente, porque los periodistas no debemos dedicarnos a hablar de nosotros. Una de las cuestiones que primero se aprenden en este oficio es que no hay buenos profesionales éticamente reprochables y que el grado de invisibilidad que se alcanza es directamente proporcional a la calidad de lo que se hace. A raíz del comunicado de la Asociación de la Prensa de Madrid, se habla mucho de los periodistas, del grado de libertad con que trabajan y de las presiones que sufren. Y si bien no es buena noticia que se hable de los periodistas, mucho menos que se pretenda transmitir que las presiones son una situación anómala. Trabajar bajo presión, de cargos públicos, de cualquier entidad implicada en una información o de estúpidos que se escudan en el anonimato de las redes forma parte de la rutina de cualquiera que haga medianamente bien su trabajo. Las peores presiones no son las que se denuncian, sino las que surten efecto.
El periodismo está en peligro. Pero no por las presiones, sino por la mala praxis, por las condiciones en las que trabaja la mayoría y por el desprecio por la verdad de quienes ejercen el poder público y el privado. En un país donde los medios se achican cada día y donde dos titiriteros han dormido en prisión, que tiene a un rapero en la cárcel y en el que el fiscal acaba de denunciar a una drag queen, escuchar que la libertad de expresión peligra porque los de Podemos presionan a periodistas sería para partirse de risa si no fuese para llorar.

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Una vida con sentido
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Héctor Barbotta | 28-02-2017 | 17:24| 0

 

Dice el escritor Ernesto Semán que se escribe para darle sentido a la experiencia, y ese principio, que expuso al acabar una durísima novela inspirada en el secuestro, desaparición y posible asesinato de su padre cuando él sólo tenía nueve años, seguramente vale para toda creación artística.

Pablo Ráez no llegó a ser autor de ninguna obra literaria, la vida no le dio tiempo para ello, pero la forma en que decidió abordar su enfermedad deja un legado que bien podría inspirar no uno, sino decenas de ensayos, novelas, poesías o guiones.

Seguramente no exista sinsentido mayor que perder la vida cuando apenas se ha comenzado a vivirla. Sin embargo, este joven consiguió darle sentido a ese absurdo. Lo hizo haciendo pública su enfermedad, no con el afán de  exhibicionismo narcisista que tanto abunda y hastía en esta sociedad en la que las redes dan aun a los más insustanciales la posibilidad de acceder a sus 15 minutos de celebridad, sino concediéndole a sus conciudadanos la posibilidad de ser un poco mejores.

Porque cuando Pablo hablaba de su enfermedad no se refería a sí mismo, sino a todas las personas que se enfrentan a ese enemigo invisible e impiadoso; cuando consiguió que todo el mundo se planteara convertirse en donante de médula no lo hacía sólo con la esperanza de conseguir una donación compatible que lo curara a él, sino con la certeza de que su acción estaba permitiendo salvar a muchos otros; cuando nos hacía partícipes de sus avances y retrocesos en lucha contra la enfermedad no era para vanagloriarse de su valentía y de su fortaleza admirables, sino para transmitir esa valentía y fortaleza a otros enfermos que seguramente encontraron en su ejemplo la templanza y el ánimo que necesitaban.

Que con sólo 20 años haya sido capaz de convertirse en semejante ejemplo mientras atravesaba el trance de luchar por su vida y lo haya hecho recurriendo a instrumentos que muchos utilizan para exhibir sus miserias nos revela que hemos estado ante un personaje extraordinario que seguramente representa a miles de héroes anónimos cuyos nombres nunca llegaremos a conocer.

Pablo Ráez, como los grandes autores de la historia, ha conseguido darle sentido al absurdo de un drama terrible y el legado que deja seguramente nos sobrevivirá a todos quienes hemos tenido la suerte de ser sus contemporáneos.

Su familia está lógicamente desconsolada, aunque tiene motivos más que fundados para el orgullo. Sólo unos padres extraordinarios pudieron educar a un hijo con esos valores. Ellos también son un ejemplo.

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Pelea por el mango de la sartén
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Héctor Barbotta | 26-02-2017 | 21:10| 0

 

Los dirigentes locales de Podemos ya no son aquellos bisoños negociadores que en junio de 2015, apenas el Partido Popular perdió la mayoría absoluta, adelantaron que en ningún caso permitirían que Ángeles Muñoz conservara el bastón de mando. Ese posicionamiento público previo al comienzo de las negociaciones con quienes acabaron conformando el gobierno tripartito permitió advertir que aquella caracterización global de ‘casta’ que por aquel entonces utilizaban para definir por igual a todos los partidos tradicionales albergaba fuertes matices, pero también los quitó del centro del poder de decisión. Tanto el PSOE como Izquierda Unida comprendieron que a partir de ese momento de lo que se trataba era de convencer a Opción Sampedreña y hacia allí se dirigieron todos los esfuerzos. Los dirigentes de OSP vivieron sus días de gloria, saborearon las mieles de quien está en situación de dirigir el pulgar hacia arriba o hacia abajo y hasta se tomaron revancha permitiéndose poner en una situación humillante a quien consideraban que los había maltratado durante los cuatro años anteriores gracias a una mayoría absoluta que acababa de perder, invitándo a Ángeles Muñoz a una negociación que sabían desde el comienzo que no tenía ninguna posibilidad de prosperar.
Los dirigentes de OSP se permitieron incluso acotar su compromiso a dos años con la secreta esperanza de volver a repetir escenario a mitad de mandato y hasta obtuvieron de la Junta de Andalucía no sólo la promesa de obras pendientes, sino también la de allanarse en el proceso judicial que debía decidir sobre el expediente de segregación de San Pedro.
Pero los surfistas sólo están en la cresta de la ola el tiempo que la ola tarda en convertirse en espuma. Firmado el pacto, asumidas las tareas de gobierno y colocado el personal en los puestos que otorga el poder, se trata de gobernar, gestionar las miserias del día a día y comprobar que la inercia burocrática es el peor enemigo a la hora de convertir proyectos en realidades.
Es posible que en el tripartito existiera el convencimiento de que sólo era cuestión de tiempo que Podemos y su marca municipal se integraran en un gobierno cuatripartito, pero esas expectativas se vieron frustradas con una purga interna con la que se sofocó una rebelión que aparentemente tenía por objetivo apartar al actual portavoz y entrar con armas y bagajes al equipo de gobierno.
Los díscolos fueron apartados, quedaron sólo quienes se han creído en serio que el suyo es un partido diferente a los demás y Podemos confirmó su estrategia de mantenerse al margen del gobierno y condicionar su apoyo a una negociación permanente a la que el tripartito está obligado pero que pone a prueba la paciencia de sus miembros.
Quienes antes han mostrado públicamente su hartazgo son los dirigentes de Opción Sampedreña. Han comprobado que lo que ellos hicieron durante las semanas que separaron las elecciones de 2015 de la investidura como alcalde de José Bernal –empuñar la sartén por el mango–, los dirigentes de Podemos están en condiciones de hacerlo cada vez que hay algo importante por decidir o simplemente cuando necesitan mostrar distancias con el tripartito. Cuando les ha venido bien, los ediles del partido morado han demostrado incluso que no se cargan con problemas de conciencia si, pese al abismo ideológico que los separa, tienen que coincidir puntualmente en una votación con el PP. En más de una ocasión, desde el propio PP se ha intentado influir de manera indirecta, y sin que se notara demasiado, en las asambleas que los morados celebran antes de cada pleno para de esa manera bloquear decisiones municipales.
El hartazgo es compartido por los tres grupos del gobierno municipal, pero de momento los únicos que han decidido mostrarlo en público son los concejales del partido sampedreño. Primero porque con Podemos fuera del gobierno el poder de decisión que OSP tuvo durante las semanas de la negociación de la investidura no es más que un bonito recuerdo y a veces parece invadirles la nostalgia; y también porque uno de sus concejales, Manuel Osorio, está al frente del área más sensible del Ayuntamiento, la de Hacienda, desde donde se elaboran los presupuestos que marcan la política para todo el año.
Presumiendo, como la hacen, de ser un partido sin ideología –en el caso de que tal cosa fuese posible– y con el recuerdo de la posición que el Partido Popular mantuvo el año pasado, al permitir con su abstención que los presupuestos salieran adelante, los sampedreños intentaron este año un acercamiento similar. No con Ángeles Muñoz, de quien los siguen separando una infranqueable falta de química, sino con la dirección provincial del partido. Pero aquí cada uno juega sus cartas, y la respuesta fue inequívoca. Opción Sampedreña podía contar con el voto del PP a los presupuestos elaborados por Osorio el día antes de firmar la moción de censura para quitar a Bernal del sillón de la Alcaldía. Si no, que buscara el apoyo de Podemos, y ya el PP se encargaría de desgastar a OSP ante su parroquia como un partido sometido a las exigencias del partido morado.
Por eso no llama en absoluto la atención que en los últimos días ambos partidos, OSP y Podemos, hayan exhibido sus diferencias en unos cruces de declaraciones destempladas que alcanzaron su culmen en el duro enfrentamiento entre sus portavoces, Rafael Piña y ‘Kata’ Núñez durante el último pleno.
Este desencuentro se produce además en un momento en el que el Partido Popular está adquiriendo el papel más duro desde que perdiera la Alcaldía. Primero, porque ya ha pasado el tiempo de dejar hacer al equipo de gobierno para que su voto negativo en cuestiones clave no se interprete como una rabieta por haber perdido los sillones. Pero también porque el último congreso nacional del partido, en el que Ángeles Muñoz ha salido reforzada con la permanencia de Arenas en el núcleo duro de la dirección y su propia renovación con una silla en el Comité Nacional, parece haber despejado las dudas que podían haber sobre el liderazgo del PP de Marbella para el futuro proximo, a pesar de que faltan aún dos años para las elecciones municipales y dos años en política es mucho tiempo.
En el PP han advertido que la búsqueda de mayorías para ganar las votaciones desgasta al equipo de gobierno y no parecen dispuestos a facilitarle la vida al tripartito.
El último ejemplo se vio el viernes, cuando tras llevar al pleno la aprobación del texto refundido del PGOU, la concejala de Urbanismo se vio obligada a retirarlo.
El PSOE utilizó el comodín de las lindes con Benahavís para justificar su decisión, posiblemente porque haya llegado a la conclusión de que usando ese argumento en cualquier ocasión consigue desgastar a Ángeles Muñoz. Pero la utilización una vez de ese argumento no puede esconder que la retirada no es cuestión de límites geográficos entre municipios, sino un problema aritmético de primero de Primaria. Ni PP ni Podemos iban a apoyar la aprobación del texto y la cuentas no daban para la mayoría absoluta necesaria. Y perder una votación es poner en evidencia la propia debilidad. Toda una premonición de lo que puede esperarse de próximas votaciones
Vienen olas, y lejos de buscar aguas más calmas la pelea va estar por ver quién consigue subirse a la cresta.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella