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El ineludible destino de los prófugos
Héctor Barbotta 25-10-2017 | 1:41 | 0

SUR 78 TRI.cdr

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Pan para hoy, hambre para mañana e incertidumbre mientras tanto. No es fácil ponerse en la piel de quienes cercados por una investigación judicial y conscientes de lo que habían hecho mientras se creían impunes decidieron poner tierra de por medio para no dar cuenta por su participación en la corrupción que saqueó a Marbella durante los años del gilismo. Más allá de las consideraciones morales, la experiencia ha terminado por demostrar que quienes decidieron escapar no han corrido, en general, mejor suerte que la de aquellos que se quedaron. Mientras que los condenados empiezan a salir de la cárcel o a disfrutar de permisos, quienes se fueron están comenzando ahora con su particular calvario judicial. Y con sus antecedentes como prófugos es muy improbable que en un corto plazo puedan disfrutar de permisos y beneficios penitenciarios.
Posiblemente las huidas hayan sido producto de un impulso primario, pero a estas alturas ya podemos concluir que convertirse en prófugo no ha sido la decisión más acertada para la mayoría de quienes eligieron la opción de largarse. El exconcejal Javier Lendínez huyó, se refugió en Bali y permaneció prófugo durante cerca de cinco años, el tiempo que posiblemente le haya durado el dinero. Al cabo de ese periodo tuvo que regresar para enfrentarse a su nutrida agenda judicial. Todavía sigue en la cárcel, sin posibilidad de permisos y con algunos juicios en agenda. Carlos Fernández, el prófugo paradigmático, consiguió permanecer escondido en Argentina durante 11 años, pero finalmente ha terminado saliendo a la luz. Aunque su defensa confía en que todos sus casos hayan prescrito, lo cierto es que un juzgado de Marbella en dos ocasiones y la Audiencia Nacional en otra han solicitado al Gobierno que pida su extradición al país sudamericano, trámite que todavía no se ha cumplimentado. Aunque llama la atención que el Gobierno todavía no haya aprobado el expediente, estando la Audiencia Nacional por medio lo lógico es esperar que se acabe pidiendo la extradición a las autoridades argentinas y que el exconcejal se siente en el banquillo.
Con más celeridad se resolvió en su día la extradición del empresario Andrés Liétor, condenado en el ‘caso Malaya’, que había puesto tierra de por medio tras conocerse la sentencia que lo condenaba a a cuatro años de cárcel y a pagar cuatro millones de euros. Líétor huyó a Venezuela, donde fue localizado gracias a la información facilitada por uno de sus antiguos cómplices. Ya cumple condena en una prisión de Madrid.
Esta semana se ha conocido otro caso, el del exconcejal del GIL entre 1995 y 1999 Esteban Guzmán Lanzat, que se encuentra ingresado en la prisión de Algeciras desde el pasado verano, cuando fue detenido apenas pisó suelo español tras regresar de Cuba. Guzmán Lanzat había permanecido prófugo en la isla caribeña, donde vive su hija, durante cinco años. El exedil se enfrenta a una condena firme de cuatro años y ocho meses por el ‘caso Minutas’, a varias condenas de alcance contable y a una acusación por el ‘caso Saqueo 2’, en la que el fiscal le pide 12 años y medio de prisión.
Guzmán podría constituir un caso emblemático entre quienes ocuparon posiciones de soldado raso en la estructura delictiva del GIL. Su firma aparece al pie de numerosas operaciones por las que tendrá que dar cuenta, pese a que, según afirman quienes le conocieron, apenas leía y escribía con dificultad cuando sus superiores lo colocaron al frente de las empresas municipales pantalla desde la que se organizó el saqueo de la ciudad. Ahora tendrá que dar cuenta por operaciones cuya comprensión seguramente escapaban a sus capacidades intelectuales pero a las que en su día avaló con su firma.
Este exconcejal es seguramente el caso opuesto al de otros dos prófugos de los procesos contra la corrupción en Marbella: Carlos Llorca y Juan Hoffmann. El primero, considerado el cerebro de una de las mayores estafas de la historia delictiva española, la de Fórum Filatélico, huyó cuando se lo perseguía por ‘Malaya’ y todavía no ha aparecido. El segundo no se presentó para cumplir la pena a la que fue condenado por ese caso y se refugió en Alemania, país del que es nacional y que se ha negado a devolverlo a España.
¿Por qué algunos pueden permitirse vivir toda la vida como prófugos y otros más tarde o más temprano acaban por volver? Posiblemente la diferencia radique en las posibilidades económicas y también en los pertrechos culturales que permiten adaptarse a una situación tan traumática como vivir escondido en otro país. La experiencia de estos personajes permite concluir que lo difícil no es escaparse, sino construir una vida desde la clandestinidad, algo para lo que son necesarios montañas de dinero o un talento especial que no todo el mundo tiene.
En Marbella se robó mucho y durante mucho tiempo, pero es difícil aventurar que todos quienes participaron en el saqueo de la ciudad hayan conseguido enriquecerse. La estructura del GIL, como todas las organizaciones mafiosas, era rigurosamente piramidal, con jefes y soldados. Los de arriba construyeron imperios, a los de abajo sólo les dio para vivir, mientras duró la fiesta, por encima de las posibilidades que su formación y sus talentos les hubieran permitido. Esa diferencia también se ha visto entre quienes llegado el momento decidieron huir. Unos y otros fueron necesarios para el saqueo. Está bien que la justicia ahora no haga distingos.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella