Las olas negras del Pacífico morían en la costa nipona como un mal presagio para ese día 11 de marzo del 2011; el once: ese número maldito de aquel septiembre también negro en el que desaparecieron las dos gigantes gemelas y de aquel funesto día de marzo en la estación de Atocha donde murieron 191 personas.
Los mayas anunciaban el fin del mundo en el 2012, pero ante tanta destrucción y convulsión en nuestra sociedad, me pregunto si es que no estarían errados en el cálculo.

Nuestra aldea global cambió desde que aquella “avioneta”, mal llamada así por un excitado Matías Prats, atravesó el primer rascacielos. Desde entonces, ya no estoy tan segura del mañana, y las noticias apocalípticas que nos asaltan continuamente no ayudan a tener confianza.
Primero, fueron las famosas armas de destrucción masiva que un agónico Bush se sacó de la manga, y que junto a nuestro presidente Aznar, convertido en su pupilo hasta en el acento tejano y a su homólogo británico, Blair, nos arrastraron a una guerra originada en el ego del americano por ganar a un tirano y de paso controlar uno de los mayores territorios del oro negro. Más tarde, la crisis internacional que nos llevó a España a una doble crisis: la que todos los países tenían, junto a la provocada por la gestión paupérrima de “super ZP”; aquel que prometía paro “zero” y ahora en sus coletazos postreros, ha conseguido batir todos los records.
Dicen que ETA ya no mata por falta de medios, y por carencia de cúpula. Y yo me pregunto: ¿No será que los terroristas no pueden sembrar más terror que el que ya tiene la población? Como las cientos de familias en las que todos los miembros están en paro, y que para poder continuar con la aventura de llegar a fin de mes, tienen que empeñar o malvender sus pocas joyas en los COMPRO ORO.
Pero es que todavía me quedaba ver lo peor: un terremoto unido a un tsunami, la erupción de un volcán dormido durante más de cincuenta años y por último el desastre nuclear. Decían al principio que no tenía nada que ver con Chernobil, pero poco a poco creo que la situación se va semejando más. Todos dicen que no; que lo de Japón es diferente, pero no se engañen no se sabrá hasta que pasen años. Recuerdo un reportaje de Documentos TV en el que aparecía un niño de Chernobil que había nacido sin ojos; parecía que su rostro era un dibujo mal hecho, pues su faz tenía el horripilante aspecto de un borrón de color carne. Y todo… ¡por la mierda de la energía nuclear!


Aquí los políticos dicen que es segura, que nada de esto nos va a ocurrir porque no hay riesgo de tsumanis. Pero, ¿es que no saben que no solo ocurren desastres nucleares por tsunamis? La noticia de Japón y la radioactividad no ha llegado en el momento oportuno, ya que no será tan popular hablar de centrales, y los pueblos dejarán de estar tan dispuestos a albergarlas, a pesar de las interesadas promesas de pleno empleo.
¡Ah! Y me olvidaba del tal Gadafi. Ese al que los políticos le bailaban el agua por el petróleo; sabiendo que es un dictador repugnante que ha cometido reiteradamente crímenes contra la humanidad. Ahora parece que le temen, pues Obama que me convenció con su “Yes we can”, piensa que “ya no puedeer, no puedeeer” y no quiere señalarse como fuerza principal en la intervención del país. Quizás como en el cuento de Augusto Monterosso los gobernantes teman que al despertar de la guerra, el dinosaurio siga allí.

¿Será que los mayas se equivocaron en un año? ¿Que el final está cercano? Egipto, Túnez, Libia… ¿Marruecos será el próximo?
No, ladies & gentleman; no creo en las profecías. Los hombres no conocemos nuestro destino, sólo nuestro presente y por tanto aquellos mayas no pudieron profetizar los que nos iba a pasar hoy: Torres gemelas; Bush, Aznar y Blair; atentado en el metro de Madrid; crisis y crisis; ZP-paro; “Yes we can” y Gadafi; el desastre japonés.
Creo que nosotros somos dueños del presente, y en el presente si tenemos dos dedos de frente construiremos bien nuestro mundo venidero; pues a pesar de los desastres naturales, y a pesar de los políticos, (“personajes” que no van a ostentar el poder a perpetuidad), los que quedamos y nuestros deudos intentaremos salir adelante sin pensar en las nefasticas estadísticas y previsiones, sin pensar en triviales profecías; pues mientras haya vida siempre debe de haber esperanza.
Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano