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El gran duelo final de Masterchef
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Txema Martin | 01-07-2015 | 00:07

Aspirantes:

MasterChef ha terminado. Se acabaron los martes cuquis plagadas de frases como “he vomitado cosas con mejor pinta que este plato”, los concursantes haciendo espumas cocinando como en Breaking Bad, los fallos de dicción, la ‘vas culinary senter’, acentos de todo género, broncas sobreactuadas, los ingredientes en diminutivo, llantos y técnicas que oscilaban entre lo culinario y la ingeniería emocional, todo bien servido de product placement hasta el punto de que en cualquier esquina aparecía un Chef venderte un libro por fascículos o a tirar una lata. La temporada más pija de MasterChef ha resultado ser otra extraordinaria muestra de frikismo moderado y un crisol de estereotipos y distintas moralidades. Todo para llevarse una batería de productos, 100.000 eurazos, un master y la publicación de un libro. Nuestro predictor sale verde: nos veremos en la cuarta edición.


La primera prueba de eliminación de este final de temporada ha sido un escenario ideal para promocionar una película. Eva ha aparecido totalmente pixelada en un último intento del equipo de realización de MasterChef de demostrar su poderío. Luego, lo de siempre. Sally llorando y teniendo envidia de todo lo que se mueve, especialmente de Carlos, hasta el punto de que media España sospecha que se alegraría de su muerte. El sevillano ha llegado a un punto de extremar su rol de tal manera que se nos hace sobreactuado, siempre hablando con esa honradez de charcutero. De la Cuqui mejor ni hablar. Tenían que hacer uno de esos postres imposibles que suelen salir en este programa. Una Flower bomb para más señas. Para hacer un algodón de azúcar había que utilizar lámparas, ventiladores y otros utensilios que se podrían compartir con programas como Bricomanía. Ha salido Jordi Roca, el repostero que aparece en tu vida cada cierto tiempo sin que sepas muy bien por qué. Su postura nos ha vuelto a dejar bizcos; ya no sabíamos si era un vacile o es que se había tragado un sable, si tiene algún tipo de tara o algo peor. Hasta la cámara le evitaba. Al final, provocando una desgracia generalizada en todo el país, Sally, la MALA, ha resultado ganadora, aunque tenemos que reconocer que todos los platos tenían buena pinta. O al menos una pinta muy parecida al original.

Del sable de Jordi Roca hemos pasado al sablazo. Les han llevado a Ibiza, a visitar un hotel “con unos platos de miles de sabores”. El menú del restaurante costaba 1.700 euros. Como todo el mundo sabe, lo caro sabe bien. MasterChef insiste en una visión del país absolutamente despegada de la realidad. Para próximas ediciones, más cocina de aprovechamiento, platos de crisis con patatas y cebolla y menú de rescate, que estamos en España. Mientras estábamos con estas interesantísimas reflexiones, hemos oído a la Cuqui elegir cocinar el plato de fresas con nata porque es el su postre favorito, y de su novio, claro. Seguimos sin saber de qué iba disfrazada. A los invitados, gente tipo Kike Sarasola, Ángel Nieto (que “ya no trabaja, sólo se pega homenajes”), Arantxa de Benito o el hijo de Abe Matutes que es propietario de toda la isla. Gente, en definitiva, que hace tiempo que no tiene que preocuparse por mirar el precio de los platos. Pues les han metido en una mesa rodeados de imágenes como de realidad virtual, muy ‘high tech’, y algunos han tenido que disimular su sorpresa por snobismo. Cuando han llegado los platos, Marta Robles ha reconocido que le parecían “demasiado sofisticados”. Chica, por 1.700 euros no te esperes un sándwich mixto.  ¡Que estás en Ibiza, nena!

La selección de finalistas estaba cantada. Les han llevado a una playa ibicenca  parecía que los eliminados se iban a ir nadando a la península. Antonio Rigodón (ya, sabemos que es Tico pero nos gusta llamarle Rigodón) ha sido el primero en salir de la criba porque ha hecho un plato horrible, hortera y con mucho ‘brilli brilli’. Andrea ha quedado segunda en esta competición tan pija y ha ganado un curso en la prestigiosa ‘vas culinary senter’, además por supuesto de la cocina de un mes durante un año del supermercado surtidor de alimentos, el curso online, los cuchillos, los libros, y todas esas cosas que ahora sabes que necesitas porque te las llevan anunciando tres meses. Los dos finalistas, como también parecía estar cantado desde el principio, han sido Carlos y Sally, el campechanismo contra la maldad absoluta, la generosidad contra la envidia, la virtud contra el vicio. Después de habernos puesto los mejores y peores momentos de su paso por el programa, poniendo vídeos resumen hasta la náusea, hemos visto la prueba con los finalistas fuera de sus casillas, nerviosos como dos flanes. Sally ha dicho que tenía que ganar el programa porque se lo merecía. Carlos, porque le hacía mucha ilusión. Ya nos diréis quién tiene mejor fondo.

Para la traca final hemos visto un desfile los exconcursantes. Todos, incluso el creador del León Comegamba y alma máter de este blog. También Mila, la hija pródiga que ha ido ganando en cada programa, incluso después de haber sido expulsada. O Víctor el empresario de ambientadores malagueño, ya a punto de ser padre, como si el programa hubiera durado una eternidad. Para la traca final, han aparecido los chefs de los mejores restaurantes del mundo: Joan Roca, Andoni Aduriz y por supuesto Ferrán Adriá, qué hombre más imaginativo. Y para el último menú del concurso, nos ha encantado que Carlos se haya inclinado por hacer un bocadillo de calamares, lo decimos de corazón. Eso sí, muy sofisticado. Tanto que Adriá lo ha descrito como “una maravilla”. Sally ha tirado por lo tradicional con un menú conservador, poco original y que te daba la sensación de haberlo probado antes. Samantha se ha puesto tibia, señal de que le ha gustado. La revisión del mon chéri de Sally tenía buenísima pinta, todo hay que decirlo. A Carlos le ha fallado el postre y un exceso de honradez al presentar el plato diciendo sus errores, lo cual le honra como persona pero le perjudica como concursante. Estamos agradecidos de que al final, después de varios meses, tengamos la satisfacción de un final feliz. Carlos, el vendedor ambulante, honrado como él solo y un cocinero mucho más sofisticado de lo que parece. Ya tenemos ganas de probar sus hamburguesas. Ha sido el justo ganador de la tercera edición con un final que ha subido el nivel culinario de una temporada un flojita en técnica y sobrada en rarezas gastronómicas. Dejamos la música épica. Nos vemos en la siguiente edición.

Los Comegambas

 

 

Sobre el autor Ivan Gelibter
Soy un ingenuo y creo en el periodismo. Política, música, #MalagaTrend y Guadalhorce. Redactor en @DiarioSur. Dostoievsky me enseñó a caminar sin apartarme