No es broma, tampoco es, para qué nos vamos a engañar, un indicador económico, pero ayer por la mañana me levanté y pude observar cómo al pequeño arbolito seco que hay en mi terraza (tan tan tan seco, que ya no lo regaba y sólo estaba allí por pura pereza mía de tirarlo a la basura) le habían salido no uno, sino dos brotes verdes. ¿Premonitorio? Quién sabe, conozco a gente que con menos te trazan un gráfico y te sacan una fórmula matemática y, lo que es peor, te la argumentan.
La conclusión botánica indudable es que había vida donde yo creía que no. Quizá le esté ocurriendo lo mismo a la economía. Los datos del paro de mayo, aciagos durante más de un año con picos de crecimiento mensuales que llegaron a ser cercanos a las diez mil personas, dieron un respiro y un motivo (¿pequeño?) para la esperanza: 1.160 parados menos.
Desde las redacciones de los periódicos se perciben muchas cosas, algunas, incluso antes de que ocurran. De hecho, fueron los medios de comunicación los primeros en advertir de que había crisis antes de que se confirmara. Había datos para hacerlo: desde los relevantes y rimbombantes como el frenazo en los visados de vivienda, hasta otros más de andar por casa -y que no les interesa a los políticos de puro banales, pero sí a la gente a pie de calle- como la compra creciente de productos de marca blanca o la caída en el precio de los menús. Al final, había crisis.
No quiero echar las campanas al vuelo, pero (y ahora hablaré en primera persona aún a riesgo de pegarme el batacazo) empiezo a percibir algunos indicadores que indican una muy lejana y tenue luz al final del túnel. Ya no solamente son los datos del paro, también los promotores empiezan a reconocer que se venden más viviendas (previamente rebajadas y reajustado su precio) y hoy se ha conocido que el nivel de confianza del consumidor se ha colocado en el mejor nivel en doce meses. ¿Serán las brotes verdes?



