TENGO UN BROTE VERDE EN MI TERRAZA

No es broma, tampoco es, para qué nos vamos a engañar, un indicador económico, pero ayer por la mañana me levanté y pude observar cómo al pequeño arbolito seco que hay en mi terraza (tan tan tan seco, que ya no lo regaba y sólo estaba allí por pura pereza mía de tirarlo a la basura) le habían salido no uno, sino dos brotes verdes. ¿Premonitorio? Quién sabe, conozco a gente que con menos te trazan un gráfico y te sacan una fórmula matemática y, lo que es peor, te la argumentan.

La conclusión botánica indudable es que había vida donde yo creía que no. Quizá le esté ocurriendo lo mismo a la economía. Los datos del paro de mayo, aciagos durante más de un año con picos de crecimiento mensuales que llegaron a ser cercanos a las diez mil personas, dieron un respiro y un motivo (¿pequeño?) para la esperanza: 1.160 parados menos.

Desde las redacciones de los periódicos se perciben muchas cosas, algunas, incluso antes de que ocurran. De hecho, fueron los medios de comunicación los primeros en advertir de que había crisis antes de que se confirmara. Había datos para hacerlo: desde los relevantes y rimbombantes como el frenazo en los visados de vivienda, hasta otros más de andar por casa -y que no les interesa a los políticos de puro banales, pero sí a la gente a pie de calle- como la compra creciente de productos de marca blanca o la caída en el precio de los menús. Al final, había crisis.

No quiero echar las campanas al vuelo, pero (y ahora hablaré en primera persona aún a riesgo de pegarme el batacazo) empiezo a percibir algunos indicadores que indican una muy lejana y tenue luz al final del túnel. Ya no solamente son los datos del paro, también los promotores empiezan a reconocer que se venden más viviendas (previamente rebajadas y reajustado su precio) y hoy se ha conocido que el nivel de confianza del consumidor se ha colocado en el mejor nivel en doce meses. ¿Serán las brotes verdes?

El vecino de al lado ronca (los problemas de aislamiento acústico)

Pues sí, el otro día, en casa de unos amigos no daba crédito. “Ven, ven y escucha”. Me llevaron hasta la habitación de matrimonio y allí pude ser testigo de toda una sinfonía de ronquidos ¡¡¡del vecino de al lado!!!. “Lo peor de todo es que es un hombre mayor y se pasa buena parte del día durmiendo”, me comentaba uno de los propietarios de la vivienda.

Desgraciadamente no son los únicos. El aislamiento de las viviendas deja mucho que desear. En los últimos años las paredes han dejado de ser muros para ser algo parecido a esos paneles japoneses que separan las habitaciones. El recorte de costes (con el inefable pladur de por medio) ha llevado a que las viviendas sean ya como castillitos de naipes donde la intimidad es casi imposible. Ronquidos, grifos que se abren, taconeos, aires acondicionados o sencillamente la televisión un poco más alta no se quedan ya entre cuatro paredes y pasan a ser vox populi de toda la urbanización.

El próximo jueves 23 de abril entra en vigor la normativa que obliga a triplicar el aislamiento acústico en las viviendas. Como casi todo, llega tarde, pero al menos llega. Parece que este esfuerzo de los constructores nos costará una media de nueve euros más por metro cuadrado. No parece mucho. Quizá así dejemos de escuchar aquello que no queremos.

HASTA AQUÍ BAJA TU HIPOTECA… MÁS, NO

¿Alguien se leyó la escritura de hipoteca de cabo a rabo antes de firmarla? La mayoría, no. Luego surgen las sorpresas. Ahora, cuando el euríbor anda bajando muchos se quedan boquiabiertos porque el documento incluía una cláusula que limitaba la bajada de la cuota. En el 90% de las hipotecas firmadas en los últimos cinco años se contempla este matiz que, oh cielos, a los del banco se les olvidó advertir a sus clientes. Mientras las hipotecas subían nadie se dio cuenta, pero ahora, cuando la cosa pinta bien para los propietarios de viviendas (que han soportado la subida de la cuota mensual durante dos años), la cláusula es una china en el zapato. En temas tan complejos, resultan básicas esa aclaraciones, no todo se puede limitar a ‘lea usted este papelito’ lleno de términos que para muchas personas resultan complejos. Pero, claro, a algunos les puede interesar esa desinformación.

El euribor se hace más ‘mini’

Desde que el Euribor se está haciendo pequeñito lo miro con otros ojos. En apenas unos meses ha pasado de grosero pellizco al sueldo a un desembolso más llevadero.Es bajar del 3% y es otra cosa. Mi revisión ha sido en enero y hacía tiempo que no me alegraba de que me renovaran la cuota. Pero habrá más bajadas. De hecho, este febrero a punto de terminar el Euribor va a cerrarlo rondando el 2%, ahora mismo está en el 2,054%, su nivel más bajo en cinco años. Ha corrido más de lo previsto el índice de referencia, ya que no se esperaba que llegara tan bajo hasta mediados de año. Y voilá, ya está aquí para alegrarnos los bolsillos y reactivar algo el gasto (siempre que los bancos concedan créditos, que esa es otra historia). Y aún hay más, todo hace indicar que el 5 de marzo el Banco Central Europeo baje más aún el precio del dinero (2%). Felicidades a quienes renueven.

LA CRISIS COMO RECLAMO

Anuncio de una tienda de camisetas (es más, vende las camisetas con este lema)


Los publicistas son rápidos como el rayo. ¿Que estamos en crisis? Saquemos provecho. Inmobiliarias, supermercados, empresas de zumos de frutas, tiendas de todo tipo recurren a la palabra crisis para atraer la atención y de paso hipnotizar al cliente y transmitirle que, cual ángeles benefactores, hacen un esfuerzo ímprobo para tirar los precios y sacrificarse… todo sea por el bien de la economía doméstica. Ejemplo: Entro en una cafetería donde un cartel anuncia a bombo y platillo: ‘El menú de la crisis’. Interesante reclamo… pero, ¿es así? La oferta incluye bocadillo, refresco y un trozo de tarta por 8,5 euros. ¿Barato? Ah, se me olvidaba, de regalo dan un mantel de bambú de esos que no cuestan ni 0,50 en una tienda de chinos. Así que cuando oigo o leo que se utiliza la palabra crisis como gancho… me paro en seco y pienso acto seguido,¿dónde está el truco?

La envidia de Solbes

Los políticos no dejan de sorprender. Hoy lo ha hecho Solbes, el ministro de las dos crisis, cuando le preguntaban por la dimisión del ministro de Justicia Bermejo. La respuesta no podía ser más desconcertante: “Le envidio porque ya es un ex ministro“. ¿Frase ocurrente? ¿Juego de palabras? O sencillamente una declaración de intenciones. Da la impresión de que algunos políticos se dejan la prudencia en casa cuando toca ponerse delante de un micrófono o que sencillamente no miden las palabras, sus verdaderas repercusiones. Quizá olviden quiénes son y su responsabilidad. Porque, ¿qué quiere decir el Sr. Solbes? ¿Que le gustaría volver a ser un ciudadano anónimo? ¿Que está cansado de su complicada cartera y le gustaría no llevar esa pesada carga sobre sus hombros? O, lo más preocupante, ¿que la situación económica está como para tirar la toalla y anhela verse fuera de tamaña papeleta? Curiosa respuesta la del ministro (el que aún no ha dimitido). Quizá fuera una gracieta, un guiño, un juego de palabras o una palmadita en la espalda al que se marcha. Sea como fuere, hay respuestas imprudentes.

LA DEFLACIÓN. ¿REALMENTE ES TAN NEGATIVA?

¿A que han escuchado reciente e insistentemente este ‘palabro’? Sí, no me lo nieguen, no hay nada que le guste más al presentador de un telediario que utilizar términos nuevos, lo de explicarlos es otra cosa, allá cada cual con lo que entienda.

La deflación (que no deflacción, que es como todo el mundo, incluida la ministra De la Vega, lo pronuncian) no es algo nuevo. Los japoneses conocen bien el temido fantasma, pero el resto del mundo no le ve el pelo desde la Gran Depresión (sí, lo sé, resulta muy deprimente que en esta crisis nos tengamos que retrotraer siempre al batacazo del 29).

La deflación es lo contrario de la inflación, pero sus consecuencias pueden ser aún más letales. En un primer momento, una bajada de precios resulta hasta positiva: todo está más barato y las familias más desahogadas y con más capacidad para gastar. Sin embargo, ese abaratamiento puede tener consecuencias insospechadas. Ante una caída de precios y una situación de inestabilidad económica, los compradores pueden tomar la decisión de posponer aún más su compra: por si dentro de un tiempecito está aún más barato. Y ahí viene el bucle mortífero. Si todos retrasamos las compras creyendo que todo estará más barato en un futuro, las empresas se verán obligadas a reducir la producción y por tanto a despedir a gente. El paro, ése es el lado más oscuro de la deflación, que casualmente también lo es de la inflación… ya saben lo que dicen de los polos opuestos.

2009: un año apocalíptico

El pasado año, el Gobierno se esforzaba una y otra vez en matizar, dulcificar o rebajar lo que ya parecía una evidencia: la crisis: Ahora, por contra, no hay día en el que no salga alguno de sus miembros -hace tres días Solbes; casi todos los días Zapatero-recordándonos que 2009 va a ser apocalíptico. Sinceramente, no sé qué me desasosiega más.

LAS PYMES NO CONSIGUEN QUE LOS BANCOS LES PRESTEN DINERO

El Banco Central Europeo volvió ayer a bajar el precio del dinero hasta el 2%. Una ganga. Las tornas han cambiado. Hace un año y medio, la inflación campaba a sus anchas y, como dictan los manuales económicos, nada mejor para frenar el consumo que subir los tipos de interés. Pero, ¿qué ocurre cuando el consumo no se anima ni con tipos por los suelos ni con precios en caída libre? Hay variables que la economía no puede controlar, que son imposibles de plasmar en unas coordenadas. En una crisis como la actual, con una fuerte vertiente psicológica, hacen falta más que las medidas tradicionales para crear confianza. Y sobre todo urge que el dinero circule y si no lo hace el procedente de los bolsillos de los particulares, que han entrado en shock desde hace bastante meses, debe hacerlo el dinero de las cajas y bancos, que para ello han recibido una aportación importante de dinero. Aquí está el verdadero problema. El otro día hablaba con un empresario, agobiado. Quiere optar a una obra vital para mantener su actividad y pagar las nóminas pero no puede hacerlo porque no terminan de aprobarle un crédito. Desconfían los usuarios, pero muchos bancos desconfían aún más. De hecho, los tipos de los créditos concedidos a empresas (no nos olvidemos que el 90% son pequeñas y medianas -pymes-) son más elevados de lo que tendrían que ser teniendo en cuenta el precio del dinero actual. Sin duda, preocupante. Vale que son acertadas las medidas para promover las obras públicas (Plan ZP, Plan Proteja de la Junta) o la rápida decisión de inyectar dinero en el sistema financiero, pero ahora hacen falta iniciativas más concretas dirigidas a las pequeñas empresas, a las que realmente integran el tejido productivo y las que, pese a tener plantillas de menos de cinco personas, son en su conjunto las que generan más empleo.

Noticias chorras para olvidar el mal momento económico

Leo una noticia: Un elefante adicto a comer plátanos con heroína consigue desengancharse. Un elefante adicto a comer plátanos con heroína consigue desengancharse. Boquiabierta, epatada (como dirían los más barrocos con el lenguaje). Con noticiones así uno se olvida de todo lo malo que nos rodea, crisis incluida. Cuentan que proliferan las chorra-noticias, precisamente para eso, para hacernos olvidar el nubarrón sobre nuestras cabezas. Es como la pastilla de chocolate después de tomarse el jarabe amargo. Qué cosas.

Por eso quizá se me ha olvidado que por más que baja el barril de petróleo (llegó a estar por encima de 140 y ahora anda por los 100), la gasolina se resiste a seguir la misma senda. Vale, que sí, que se ha abaratado, pero anda a los mismos niveles de enero cuando ahora mismo el crudo es un 30% más barato. Unos precios bajan por el ascensor y otros por la escalera, como dicen algunos.

Y encima sale hoy el ministro Sebastián y nos dice que para final de año los carburantes estarán por debajo del euro. Tomo nota; me voy a poner un postit en la cabecera de la cama para que no se me olvide y ver si se cumple el pronóstico. No, mejor no, vaya que al final termine teniendo pesadillas y soñando como un surtidor gigante que me persigue por una autovía eterna. Qué mal rato. De momento, lo único que sé es que mi coche tiene seis años y que empecé echándole 20 euros en cada repostaje; que luego pasé a 30 y que ahora (desde hace poco) ya voy por los 40. A este ritmo, me apunto a la bicicleta… que ahora se va a poder ir por la acera. Qué peligro. Bueno, eso si no me la roban como a mi compañero Lillo… Ya empiezo a deprimirme… ¡¡¡quiero otra noticia chorra!!!

Diario SUR

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