En Suiza es imposible que ocurra un “ladrillazo” como el que ha pasado en España.
Y no hago esta afirmación porque en Suiza no haya especulación inmobiliaria, que la hay como en cualquier otro sitio más o menos, sobre todo en la superpoblada Ginebra –no es que Ginebra sea una ciudad tan grande, es que es tiene un terreno minúsculo encajonado en las montañas.
Pero es que en Suiza hasta hace poco casi no se ha construido con ladrillo.
Efectivamente, el ladrillo, material de construcción poco sólido y no muy fiable a los ojos de los locales, no merece su confianza para albergar sus familias y sus vidas bajo un techo.
Aquí, el material de predilección para construir es el cemento, sobre todo en la variedad hormigón y si es posible hormigón armado, de preferencia con barras de acero como puños. Eso es algo sólido y fiable a los ojos de esta gente.
Yo creo que tienen una gran relación emocional con la piedra -nada mejor que una buena piedra-, eso si que es sólido. Durante siglos las usaron para (a) tirárselas en la cabeza a los austriacos -ya desde los tiempos de Guillermo Tell- con muy buenos resultados, o (b) construir las muy amenazadoras fortalezas medievales que pululan por todas partes, como las de Bellinzona que protegen los pasos del San Gotardo, Lukmanier, San Bernardino y Nufenen. Por cierto, esas fortalezas se las “regalaron” los confederados al Cantón del Ticino cuando este se unió a la Confederación Helvética. De esa forma, ese “regalo” les aseguró que los Ticineses les defenderían las espaldas, ya que Belinzona es el camino obligatorio para el paso de San Gotardo que comunica con el corazón de Suiza. Siempre tan prácticos, qué pillos…

Los Suizos han pasado casi directamente de la piedra al hormigón, con el que parece ser que mantienen una relación muy intensa ya que a base de túneles y búnkeres de hormigón, que cementaron los Alpes durante la segunda guerra mundial, hicieron el queso de Gruyere que va de frontera a frontera siguiendo las montañas en lo que el imaginario local llamó “el reducto” que iba a impedir la invasión alemana. Después de la guerra siguieron “hormigonando” porque una vez que el bajito con bigotito despareció, el nuevo malo era otro gordinflón más al norte con un bigote más grande. Venga a hacer túneles.
Los años 50, 60 y 70 marcan el apogeo del hormigón armado con la imposición obligatoria en cada nueva construcción del simpático e inútil refugio antiatómico que al menos nos permite guardar vino a la temperatura ideal –única utilización real de esas construcciones en este país de borrachuelos-. He visto hasta inmuebles de pisos enteros de cemento incluidas las paredes y el techo -un horror para vivir-. Se lanzaron a poner hormigón por todas partes, en la construcción de parques y edificios públicos, en obras de urbanismo ciudadanas -como el Valle de la Juventud en Lausana que es un bodrio hormigonero pero que tiene en el jardín la más maravillosa colección de rosas que he visto nunca.
Desgraciadamente, muchos de esos horrores que jalonan el país estarán ahí todavía por varias generaciones dada la naturaleza de este tipo de construcciones y el empeño de los Suizos por construir para la eternidad.
El clímax hormigonero esta marcado por la construcción de la presa de la Grande Dixence, verdadero monte Olimpo de la construcción civil Suiza y tarjeta de visita de sus empresas de ingeniería civil para enseñar lo que son capaces de hacer cuando se les pone algo entre ceja y ceja. Con sus 285 metros de alto, esta presa es capaz de sumergir la torre Eifel bajo sus aguas –menos la antena-. Ha sido construida con la burrada de seis millones de metros cúbicos de hormigón y tiene un peso tan grande (millones de toneladas) que deben continuamente medir sus desplazamientos, dilataciones, etc. Como no hay quien se la imagine, pongo una foto. Se la ve al principio de una película de 007 en la que evidentemente, un malo se cae (haciendo aaaaahhhh!!!…durante un buen ratito). Para el que le interese la técnica, produce casi 2 GigaWatios (como una central nuclear) con una caída de agua de 1,880 metros de altura directo sobre turbinas Pelton de más de 420 MW. Es toda una lista de records en un solo sitio. La capacidad de retención es de 400 millones de metros cúbicos, es decir, el día que se rompa la presa salimos todos en los papeles, primera página.

Evidentemente, después de hacer esto, o bien se quedaron exhaustos (necesitaron unos 15 años para hacer la presa) o bien se les acabo el hormigón. Creo que esta construcción marca el fin de la manía hormigonera, ya que aunque todavía siguen usándolo ya nada podrá hacerle sombra al monstruo que marca el apogeo de la construcción civil -a lo bestia- en Suiza. Ahora han descubierto por fin los ladrillos, pero no los normales de toda la vida, sino los ladrillos aislantes térmicos high-tech ecológicos. Faltaría más.
Con respecto a la construcción privada, es primero importante subrayar que los suizos viven, en gran mayoría (casi 80%), de alquiler. El mercado está por lo tanto adaptado y existen múltiples sociedades de gestión que se encargan de los cobros, los seguros, las renovaciones y el manejo de las cuentas y contratos entres los propietarios (cajas de pensiones la mayor parte) que no tienen que hacer más que pagar una comisión a estas compañías que lo hacen todo, verdaderas instituciones de poder además de ser un muy buen negocio.
Las razones de tanto alquiler son múltiples, desde su sentido practico –movilidad en función del sitio de trabajo, ajuste de la talla del apartamento en función de los hijos, ausencia de gastos de reparación sino un coste fijo, etc.- hasta el coste de la construcción aquí, que impide a muchos acceder a la propiedad.
Efectivamente, la ley no anima a ser propietario ya que por un lado en Suiza además del impuesto de la renta se paga un impuesto a la fortuna, y evidentemente, una propiedad inmobiliaria es un elemento de fortuna importante. Además, para “igualar” las condiciones con los que viven de alquiler en el impuesto de la renta, a los propietarios se les aumenta la renta de un valor teórico calculado en función de la superficie y año de construcción del inmueble llamado “valor de alquiler”; es decir, lo que teóricamente debería pagar si estuviera en esa casa de alquiler y no la poseyese.
Conclusión, no vale la pena construir para no pagar alquiler porque te lo cargan de todas formas en los impuestos. O construyes pero nunca acabas de pagar tu casa para que puedas deducir por lo menos los intereses de la deuda a un nivel que contrarreste el valor de alquiler.
El coste de la construcción en Suiza es elevado, en parte debido al clima (aislamiento térmico) pero sobre todo por la calidad de los materiales empleados: como dije antes, el suizo construye para la eternidad. Aunque no es tan caro como Málaga donde en vista de los precios yo diría que las casa las hacen de oro. Otro día me lo explicais, porfa, porque no comprendo como una casa en Málaga con el tipo de construcción que hace falta en un sitio cálido vale igual o más que en Suiza donde hace un pimporrón bajo cero en invierno.
El suizo construye pensando que la casa la hace él, que su hijo la acabara de pagar, que su nieto vivirá en ella sin problemas y que el biznieto tendrá que empezar a ahorrar para darle una primera manita de pintura y darle unos retoques. Donde cualquier alemán o francés pondría canalones de recogida de agua de la lluvia de PVC, el suizo los pondrá de cobre, y aun con mala conciencia porque dentro de cien años habrá que quitarles la pátina verde, etc, etc…
Es un caso aparte y que merece discusión lo del agua caliente. En mi niñez en Málaga, el agua caliente era un termo eléctrico que se instaló para acabar con los baños en los barreños, y que había que calcular bien para que el último se pudiera duchar con agua tibia por lo menos.
Los suizos tienen ataques de ansiedad e hiperventilan pensando que no haya bastante agua caliente y ponen en practica sistemas que aseguran el flujo continuo y eterno, desde el simple calentador -a gas ciudad, no bombonas- hasta sofisticados sistemas geo-termales, pasando por sistemas de distribución de agua caliente generada por la comuna o el barrio, por ejemplo quemando madera pulverizada de los sobrantes del mantenimiento de los bosques.
En Inglaterra, país al que voy por mi trabajo desde hace muchos años, si abres el grifo de agua caliente, o bien no pasa nada o bien se oyen unos rumores de ultratumba que recuerdan a la sala de máquinas del Titanic en el momento de darse el morrón, y unos minutos después, un tímido hilo de agua tibia sale –si sale- del grifo de agua caliente –diferenciado del de agua fría todavía en pleno siglo XXI-. En todo este tiempo no he encontrado todavía un cuarto de baño en condiciones, ni en hoteles del lujo –por cierto, tampoco uno sin moqueta-.
En Suiza, a los dos segundos de abrir el grifo, sale un chorrazo de agua a presión a la temperatura ideal para desplumar pollos. Cuántas veces no me habré achicharrado las manos hasta el tuétano con el $!#&% grifo de la $!&@ agua caliente de los ¢ç@+£#€$! en un cine o un restaurante en el que el gracioso de turno dejó el grifo con la caliente puesta al máximo. (Por cierto, aquí un pensamiento emocionado dedicado a sus mamás, que espero que se duchen después de que lo hagan sus sádicos hijos).
Para mi es condición suficiente para apoyar las convicciones personales de que (a) el apogeo de la ingeniería británica acabo con la reina Victoria y que (b) el pasado campesino de los suizos los hace prever la posibilidad de tener que desplumar gallinas en cualquier momento.
En la construcción moderna, toda la artillería de la tecnología actual se usa en ventanas triples con aislamiento de vacío o gases que transmiten poco el calor, ladrillos aislantes, calefacción a baja temperatura a través del suelo, recogida de aguas de lluvia para riego, normas draconianas de aislamiento (ver Minergie http://www.minergie.ch/minergie_fr.html ), sistemas de calefacción por bombas de calor aire-agua (que te calientan las casas extrayendo el calor del aire circundante – creerlo, al parecer funciona hasta temperaturas exteriores de 20 bajo cero) o a través de circulación forzada de aire de chimeneas tradicionales por toda la casa, en fin….
Tengo amigos cerca de la frontera con Alemania -en un sitio bien fresquito en invierno-, que han hecho una casa con las normas Minergie que se calienta entera con una chimenea tradicional. El aire caliente no va fuera sino que es filtrado y enviado por toda la casa con un sistema de tiro forzado que renueva el aire –gracias a Dios porque si no, con tanto aislamiento se asfixiarían como en un submarino (Los Suizos odian las corrientes de aire). Estuve una vez por Navidad en su casa y la verdad, no estaba mal pero era un poco fresco para mi…A muchos al parecer les atrae construir para vivir así por pura convicción ecológica –sobre todo los suizos alemanes.
Yo siempre he creído que observar como son las casa en un país da una muy buena idea de como fue su pasado y como es su forma de pensar. El clima influye pero también la cultura, por ejemplo, con el mismo tipo de clima en Canadá y en Suecia, las respuestas a las exigencias de la naturaleza son muy diferentes.
En el caso de los suizos, la mezcla de sus gustos por la perfección, amor a la técnica y ecología militante (ver el artículo sobre las basuras) da una mezcla explosiva que tiene en su modo de construcción su mejor expresión. Su sueño es que el día en que el Universo se contraiga hacia otro posible Big-bang, solo quedarán en pié las casas de los suizos.