Vaya día lo de este sábado pasado.
Yo tenía que tomar el vuelo AA4707 de San Luís a Nueva York que sale hacia las ocho y media. Para eso, tengo que calcular el estar en el aeropuerto de Lambert a las siete, para lo que tengo que salir del hotel a las seis y media y por lo tanto me tengo que levantar a las cinco y media: afeitarme, ducharme, acabar la maleta, bajar, desayunar, pagar el hotel, subir, lavarse los dientes, poner la maleta en un taxi y hop al aeropuerto como una rosa. Todo está bajo control. O al menos eso creía yo el viernes por la noche cuando puse el despertador y me metí en la cama, hecho polvo después de una dura semana de trabajo.
Me desperté y miré el despertador. Las seis y veinte. Mecachientó. El despertador había sonado, chillado, saltado, implorado de rodillas y al final se había rendido y vuelto a un discreto mutismo al tomar nota de mi falta de entusiasmo por despertarme. Frustrado. Refunfuñando, seguramente.
Afeitarme, tres minutos, ducharme, cuatro minutos -como los gatos-, vestirme, otros tres; Dios mío que todavía hay que hacer la maleta -como tengo ya un vicio total con el trajín que me llevo, pues cinco minutos-, bajar, pagar, cinco minutos, saltar a un taxi, alaeropuertoporfavóquemelacargo. Vamos bien.
En el Aeropuerto, haz la cola, enseña el pasaporte, controla el billete, dile adiós a la maleta por si es la última vez que la ves en tu vida –lo que es probable-, dile “Yes, Sir” a todo lo que te pregunte el del control de seguridad menos a la pregunta “¿Es usted un peligroso terrorista?” o “¿Lleva usted una bomba en su equipaje de mano?” y pasa medio en pelotas el pórtico de seguridad –te piden que te quites los zapatos, la correa, la chaqueta, el reloj, el monedero, el escapulario de la Virgen del Carmen y de aquí a poco te pedirán que te quites cualquier implante metálico que lleves en el cuerpo, si es el cuello del fémur de titanio pues ya ves lo que hay-. Deja que te irradien el macuto con el ordenador, y si no suena, a veces te quedan unos minutos antes de embarcar –cada vez menos. A ver, café con una magdalena en el inevitable Starbucks de al lado de la puerta de embarque. Señor, que carreras.
Me di cuenta en ese momento de que con tanto correr se me olvidó coger una chaqueta o algo así e iba solo con unos vaqueros y una camisa. Bueno, me dije, no pasa nada, con el calor que ha hecho estos días en San Luis, que no he visto una nube en la semana…
Subo al avión, vuelo AA4707 para Nueva York. “Bienvenidos al vuelo AA4707 de American Eagle”, dice la azafata al micrófono, “con destino a Raleigh, Carolina del Norte”. Pausa. Mecachientódeltó. Veo rojo. Me levanto. La azafata habla dos palabras con alguien al lado y sigue: “Y continuación hasta Nueva York…”. Me siento. El señor de al lado me mira y leo en su mirada que se pregunta si a fin de cuentas no seré yo el peligroso terrorista que buscaba el paranoico del control de seguridad. Hoy no gano para sustos.
El avión despega y el piloto nos cuenta que después del huracán Bill -que me dejó tirado el sábado pasado cinco horas en Nueva York- se aproxima desde Florida el huracán Danny por lo que el vuelo va a ser “movido” y que no sabe si habrá retrasos en Raleigh o para aterrizar en Nueva York. Lo de que iba a ser “movido” fue un eufemismo. Me bebí la mitad del agua que me dieron, la otra mitad se la llevó encima la señora de al lado que a su vez compartió la suya con mi camisa. Esto parecía EuroDisney el día del masoquista.
Raleigh, parada y fonda. “Pedimos a los señores pasajeros en continuación de este vuelo para Nueva York salgan también del avión y lleven consigo todos sus efectos personales. Reembarcarán con el ticket del vuelo precedente en los mismos asientos”. Vale.
Corriendo al baño -tampoco se para qué porque ni me bebí la mitad del agua de mi vaso. Vuelvo a la puerta de embarque por la que salí. Dice ahora: Vuelo AA no-se-cuantos para Washington. Me restriego los ojos. Me empieza a dar la espina de que alguien me ha “echao un mal fario”. Pero vaya, vaya, vaaaya como estamos hoy…… Miro a derecha e izquierda y de casualidad veo en otra puerta dos mas para allá: “AA4707 Nueva York. Embarcando”. Han puesto otro avión para seguir el mismo vuelo. La remadrequelosparió. Ya nos lo podría haber dicho la especie de elefante con una peluca rubia, nada entre las orejas y un uniforme azul del otro avión.
Cambio de avión en cinco minutos, ya le puedo decir adiós a mi maleta, fijo.
Salto al avión y de nuevo le echo por encima el inevitable vaso de agua al peazo negro que me toca al lado — y uno de los dos cacahuetes que te da la generosa American Airlines. Entre bote y bote le pido disculpas educadamente porque es de los que si te dan una torta no queda sitio para la segunda. Como el también me ha duchado, no pasa nada. El de la fila de delante en vez de agua pidió jugo de tomate… Novato…
Llegamos a Nueva York. No llueve, diluvia. Aterrizamos, o mejor, nos zambullimos en la pista. El avión se para. Se para porque mi ángel de la guardia tiene que tener influencia y relaciones, porque no había ninguna ley física conocida que pueda explicar porqué se paró el avión tal como estaba la pista. Jesusitodemivida. Arzúmariiorzé.
A todo esto, las trece horas, mediodía en Canarias. A ver: me pateo el largísimo e interminable terminal de American hasta el AirTrain y de pura chorra me meto en el tren que es. Por una vez. A la primera. Queeee tío. Luego miro el mapa del Airtrain y veo que los dos trenes que pasan por esa estación van al mismo sitio, luego no tiene ningún merito. Vayapordios.
Saco las instrucciones de Carola, a ver como se va a su casa. Dice: “Tomas el Airtain y luego el metro A y te pones en cabecera de metro hasta la parada de tal y cual y luego cambias de línea a la de…” jozúúú, que difisi….y cinco líneas más de texto explicando como llegar a la casa desde la salida del metro. Me la voy a cargar, fijo. Veras tú que vamos a acabar llorando. Acabaré en Queens destripado por un macarra local. La llamo: “que voy payá” y pienso “si Dios quiere”.
Por una razón que nunca sabré, el tren se para en medio de nada un buen rato. Avanza diez metros. Se para. Avanza. Se para. Bueno, a este ritmo, llegaré justo a tiempo de volver al aeropuerto: Holacommotá-muá-muá-joélquetardesemehahechoadiós. Salgo en la parada y –¡oh, milagro!- ha dejado de llover. Otra vez de chorra he salido en la parada que debía por la puerta que debía y al llamar a Carola tal como quedamos, y cuando ya me veía perdido para siempre en las calles de Brooklyn, pidiendo limosna en las esquinas, me dice que viene a la salida del Metro a recogerme, que se le durmió la chiquilla y la saca. Ouf. Me salvó la vida.
Mientras viene, algo se mueve en la esquina donde estoy esperando. Que raro, una ardilla de ciudad. Pues se comerá las bombillas de los semáforos, porque otra cosa…


Me doy la vuelta y aquí está Carola con una gran sonrisa y una chiquitilla muy mona dormidita en su carrito. Como estoy en su terreno, ella lo cuenta mejor que yo – ver aquí. Me lleva a un restaurante Thai de su Brooklin de adopción donde todo está riquísimo y hablamos, como no, de nuestra Málaga y de la vida de exiliados que llevamos, de nuestras familias. Ya en los cafés, en otro sitio estilo pastelería de la abuela de las de cajas de cartón con pasteles y golosinas de las que ya creía que no quedaban, nos despedimos prometiendo escribir este artículo y me deja unos minutos después en la entrada del metro sin que nos haya caído una gota tras un agradable paseo entre soles y sombras. Que rato más agradable y que corto se me ha hecho…
Vuelta al Metro, me repito las instrucciones de Carola. A ver: La línea A dirección Queens pero cuidado porque hay dos ramales de trenes distintos en la línea A que va a Queens y uno no va al Aeropuerto y…etc… ¿Estaré en el buen arcén?… le pregunto a una señora, porque al parecer en el metro de Nueva York es de mal gusto poner un mapa o dar cualquier indicación práctica al turista (será que como no hay turistas en nueva York…). Que este no, que del otro lado. Ya estamos. Salgo pitando para el otro lado. Al subir las escaleras me para una policía, uniforme azul, pistolón, raza oscura, un metro sesenta siendo optimista, ciento veinte kilos en canal siendo muy muy optimista. Y me dice (en guiri, pero me dice): “Mahara, ¿donde vá tú con esa bulla?”. Y yo: “pos pal liropuelto”. Y me manda de vuelta a donde estaba, que por allá, si hombre, por allá. Cinco minutos más tarde, cuando veo pasar por el arcén contrario el tren que debería haber tomado yo, y después de acordarme de los honorables ancestros de la señora, me escabullo delante de sus narices sin que me vea y me meto en el tren siguiente en el otro arcén. Pero que día, oiga…
Ya en el tren, se pone a llover a cántaros y me digo que bueno, ya no me pilla la lluvia porque del tren voy directo a la terminal del aeropuerto.
Pues no.
Al llegar a mi parada y salir del tren bajo un chorro de agua como las cataratas del Niagara, me doy cuenta que no toda la estación esta bajo techo y mi vagón está bastante atrás.
Cincuenta metros en seis segundos, todavía estoy en forma. Lo que no hace que me haya mojado menos. Tengo que parecer el monstruo del lago Ness después de la ducha.
Me voy chapoteando hasta mi terminal pero me paran antes de la puerta de embarque: que el billete que tiene usted lo ha hecho American y como usted vuela con Swiss no lo lee la máquina, así que vuelva atrás –todo, todito atrás- hasta el área de registro de equipajes a que le reimpriman el billete y vuelva usted a pasar el control de seguridad…
…
(taparos las orejas)
…
Pero una vez que por fin todo está arreglado, tomando algo sentado en la sala de espera –algo bueno tiene que tener viajar tanto- viendo caer fuera la lluvia a cántaros me pregunto si todo esto no lo he soñado yo entre dos vuelos o bien es verdad, y Carola es la sonrisa y el sol de Brooklyn.

