Todo un espectáculo
Antonio Romero, azote del tardofelipismo, guardián de antiguas ortodoxias, ha vuelto de su retiro en el Aventino con el libro ‘Costa Nostra’, alegato contra el olvido de las mafias en
Otra vez Garzón. Siempre es Garzón, ya sea con Gürtel, las fosas franquistas, los piratas del Índico, el entorno de ETA, los viejos dictadores del cono sur… La sensación de estar en manos de un solo juez resulta, por fas o por nefas, desastrosa.
Aunque en Cataluña se formulara el ‘oasis catalán’, no hay excepciones en el desierto de la política corrompida. El mapa de la venalidad carece de fronteras físicas o ideológicas; sólo quedan las fronteras morales. El PSOE, con un memorial siniestro, al menos ya expulsa a sus imputados; en Santa Coloma señalan “las manzanas podridas”. Rajoy anuncia un código de buenas conductas, pero de momento el PP no dicta expulsiones, salvo figuras terminales como Ric Costa. La vieja escuela de mirar para otro lado aún tiene maestros en activo como el alcalde de Málaga –toda denuncia es un invento- y a los imputados incluso se les ampara con honores, caso del alcalde de Alhaurín, bendecido bajo fianza por Arenas entre la prevaricación y el blanqueo.
O quizá la corrupción sobre todo es un buen espectáculo; sometido a las leyes del espectáculo. Los días de fútbol corre el protagonismo de la ética democrática.

