La Copa Davis empieza a parecer un reto sencillo. Este fin de semana se ha repetido triunfo sin apenas dramatismo, sin la carga emotiva de energía que mueve los desafíos impensables sólo conquistados por la fuerza heroica de los sueños. Esta ha sido la cuarta, sin más. La costumbre devalúa todo. Algunos adolescentes apenas han visto ganar más que a los españoles. Y sin embargo no es fácil; de hecho España no fue capaz de ganar durante todo el siglo XX hasta el calendario de salida del milenio. Es, eso sí, el equipo del siglo XXI. Está marcando una época, como Suecia en los ochenta, Francia en la Belle Epoque con los Mosqueteros o Reino Unido en la década eduardiana. El primer tercio del siglo fue yanqui; después, australiano; al final la democratización, ya que hasta los setenta sólo habían ganado cuatro países y desde entonces hay otros ocho inscritos en la peana de la ensaladera. España es la sexta en el palmarés histórico. Quizá alcanzará los siete triunfos de Suecia, incluso los nueve de Francia y Reino Unido, pero eso queda lejos.
La Copa Davis, contra la creencia común, no es el éxito de Nadal. El torneo no lo gana un campeón, sino un equipo. Una individualidad no basta y de hecho el gran Roger Federer se quedará sin ese heraldo sentimental en su palmarés. Ni siquiera es suficiente otro suizo top ten como Stanislas Wawrinka; hace falta un equipo, incluso sin genios como en la Suecia de Bjorkman y Gustafsson, pero un equipo. España no es Nadal, sino la generación de la Armada sin complejos ante las superficies adversas y las encerronas hostiles. Las ‘ratas de tierra’, como se bautizó en Francia a los españoles de arcilla como biotopo único, ahora tienen el repertorio más completo. Superan los treinta mil puntos; EEUU le sigue con apenas veinte mil. Por supuesto Nadal es un jugador de época en la Davis –quizá como Fred Perry, René Lacoste, John Newcombe, Stan Smith, Nicola Pietrangeli, Stefan Edberg…- pero ésta es la competición del espíritu de equipo.
El deporte en España tiene un valor excepcional porque es la última frontera de la ‘conciencia nacional’, tan trasteada por los estrategas del nacionalismo y la política de laboratorio. La selección de fútbol o el equipo de tenis son la seña de identidad más potente en la que se reconoce cualquiera desde San Sadurní a Punta Umbría, desde Hondarribia a La Toja. Y además son el espejo del país. Como recordaban días atrás Rosa María Calaf y Mikel Ayestarán en Málaga, ser español no significa nada en un mercado de Kabul o de Timor, en Sumatra o Namibia, pero sí ser compatriota de Xavi o de Nadal. Quizá no está mal que ése sea el espejo en el que mirar el país.