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Lección Camps

2009 agosto 5
por TeodoroLeonGross

Naturalmente Camps ha debido sentirse machacado bajo el plomo del escándalo –‘el castigo es muy superior al regalo’, como sintetizó Rajoy semanas atrás- persuadido de que unos trajes no justifican la jauría a su caza, el acoso mediático implacable y la sombra espesa del deshonor. Quizá haya temido verse como esos políticos anglosajones prometedores, caso del presidenciable Gary Hart o el thatcherista Mellor, cuyas carreras naufragaron en la cama de una amante; o aquel ministro que perdió el cargo por mangar en una tienda. A veces los grandes sinvergüenzas se asoman al abismo crepuscular por asuntos menores –de Al Capone a la ‘tangentopolis’ de Gil- pero también una anécdota puede ser la espoleta que dinamite carreras sin fisuras como la de Camps. Al cabo, la primera dimisión del Estado autonómico evoca a Demetrio Madrid, presidente de Castilla y León en los ochenta, por un conflicto laboral ajeno a su cargo. Era un asunto menor por el que fue absuelto; pero Aznar le espetó aquella frase de western tan recordada: “Le doy 24 horas para dimitir”. Y de hecho ya había dimitido. Desde entonces ciertamente la manga de la política ha ensanchado la aceptabilidad de la mentira y la venalidad, bajo un desahogado instinto de supervivencia y un claudicante sentido del pudor personal con tragaderas para todo por mantenerse en el machito.

El asunto de Camps es menor, sin duda, pero con matices: Camps ha mentido, Camps ha recibido regalos con sobrepeso para la cortesía institucional; y Camps preside una institución que contrataba con quienes le hacían esos regalos. Ayer su diario de cabecera le recordaba diez lecciones básicas ante sus errores, sobre todo su círculo de amistades, los contratos en monopolio, la mixtificación con el partido, las amistades oscuras con los jueces y la táctica del avestruz. Todo eso ha colado muchas veces; pero ahora el PP le está dando además patente de normalidad. Tras este episodio, la manga ancha de la política española ha cedido otro tanto más. Lejos de los usos de la cultura democrática europea, la clase política sigue consagrando aquí el todo vale.