Hay que volver a la realidad
La primera semana de la campaña electoral ha confirmado lo que se podía sospechar: no ha cambiado nada. Y presumiblemente eso ocurrirá con la segunda semana: no va a cambiar nada. Definitivamente esta era una campaña casi para habérsela ahorrado, reduciendo los costes de la factura mareante del ritual, que va a pasar de sesenta millones de euros, y sobre todo porque la clase política, con un serio problema de erosión de confianza, necesita ser urgentemente reseteada para regresar a la realidad.
Para el Partido Socialista estas dos semanas se han convertido en un sprint agónico tras su desfondamiento en la legislatura sin dar nunca caza a la liebre de la crisis. Cada promesa fetiche cortada a medida, cada mitin efectista con o sin los figurantes legendarios del felipismo, cada videokitsch del laboratorio de ideas, cada cosa que intentan al final sólo parecen trucos contra el lastre de los cinco millones de parados. Su campaña no puede huir de esa sombra; y la sensación es que ya sólo cumplen el papelón de figurantes del cambio. Su batalla parece un ejercicio de melancolía inútil contra la realidad, las encuestas, el desánimo y la fatiga de materiales.
Rajoy de hecho le anuncia al Partido Socialista una larga travesía del desierto; y eso es seguro. Probablemente no menos de ocho años; unidad básica de castigo que Rajoy conoce bien tras experimentarla desde 2004. Ahora, en cambio, recorre España ‘en presidente’ recibiendo loas y bendiciones, incluso alabanzas que, como en el mitin de Málaga, a cualquier adulto le avergonzaría pronunciar en público retratándose como un lametraseros sin pudor. Así es la política; y en definitiva Rajoy disfruta de la espuma del éxito. ¿Quién se acuerda ya cuando Zapatero, al que ahora ni se menciona en los mítines, era el rey del mambo al que veneraban los suyos y hasta aparecía como adalid de la nueva izquierda en la prensa internacional? Así va esto.
La campaña sigue su curso previsible. Resuelta, como el debate, antes de empezar. Es un ejercicio inútil tratar de sacar conclusiones reveladoras. No es que Rajoy sea mejor que Rubalcaba –o que Zapatero fuese mejor que Rajoy, cuando le derrotó en 2008- sino que los debates se ven mayoritariamente para reforzar el voto. La clientela no hace un análisis , sino un ejercicio de empatía. A quince puntos en las encuestas no había duelo en realidad; y la derrota mínima de Rubalcaba indica que estuvo bien pero finalmente él mismo no peleaba por ganar sino salvar su papel de figurante del cambio. Eso ya no importa. Lo que urge, tras esta larga escenificación irreal de la campaña, es regresar a la realidad a gestionar la crisis.
Ya es difícil recordar este país sin estar en campaña.

