Y el dique andaluz
Aunque a la marea azul se le resista Euskadi y aún Cataluña, una de las claves del 20N es Andalucía, la pérdida del feudo simbólico del PSOE, ese granero que parecía como Baviera para la Unión Social Cristiana que ha ganado allí todas las elecciones, como la izquierda en su territorio sentimental al sur de Despeñaperros. Desde hace dos años, sin embargo, el impulso del cambio estaba en los sondeos; y ya no se trata de una encuesta virtual, sino de votos contantes y sonantes como campanas tocando a difunto para los socialistas: el PP se ha convertido en la fuerza mayoritaria, confirmando un semestre después el ‘sorpasso’ en las municipales, y ahora al PP ya le sobra el invierno para la mayoría absoluta.
Andalucía era el dique de reserva para el PSOE. En las elecciones de 2008, todavía había proporcionado un margen holgado de medio millón de votos, casi seiscientos mil. Aunque sin la desigualdad de Cataluña, donde el PSOE aventajaba al PP en un millón de papeletas, Andalucía parecía un baluarte indesmayable. En cuatro años todo se ha volteado por completo, en un proceso asombroso e inesperado después de tres décadas de rocosa hegemonía. Entonces, de sesenta y un escaños en juego, el PSOE obtuvo 36 frente a 25 del PP; ahora el PSOE baja a los 25 del PP entonces y este se eleva sobre la treintena. El vuelco es un hecho.
Ese dique no ha cedido a la presión de Javier Arenas, con una larga trayectoria de fracasos en su ambición del virreinato del Palacio de San Telmo, sino al paro en la comunidad con cifras devastadoras: más de un millón de desempleados, una tasa delirante que ya frisa el treinta por ciento, decenas de miles de familias con la totalidad de los miembros al raso, un horizonte de desesperanza entre los jóvenes con comarcas donde desbordan holgadamente el cincuenta por ciento. Ante eso no hay contrafuertes.
Pero al PSOE no sólo le derrota la crisis, sino la mediocridad, la soberbia, los eres y el autismo. Desde que los efectos de la economía en barrena empezaron a abrir heridas serias en el tejido social, el Gobierno andaluz nunca ha dado señales de tener respestas. La operación de relevo de Chaves, como si la aluminosis estuviera en el avejentamiento generacional, solo ha empeorado las cosas. La apuesta de Griñán, desprovisto de magnetismo carismático y sin el feroz instinto político de sus antecesores apoyados con la maquinaria de propaganda de Gaspar Zarrías, ha agotado la resistencia del socialismo andaluz. Con él enfilan el crepúsculo de una larga época en el sur, donde la marea azul ya ha penetrado ensanchando los límites de una mayoría absoluta del PP una vez derrribado el dique del feudo simbólico.

