Domingo de Pasión
Andalucía convoca elecciones, tras la calamitosa VIII Legislatura, convertida en el centro del escenario político: los dos aspirantes socialistas se disputan la comunidad que representa la cuarta parte de la organización; y los dos grandes partidos pugnan por una autonomía de gran tamaño pero sobre todo de gran valor simbólico. Todos los caminos conducirán, durante las próximas semanas, al paso de Despeñaperros. Andalucía no va a ser el pimpampún habitual de topicazos y prejuicios sino ese claro objeto del deseo. Van a cortejarla por babor y estribor. Mañana mismo comienza el carrusel con otra convención nacional del PP en Málaga bajo el lema ‘El cambio andaluz’ sin desanimarse a seguir vendiendo la promesa de bajar impuestos o un programa sin improvisaciones. O quizá el carrusel ya ha comenzado al presentarse en Almería la candidatura de Chacón, con todo el travestismo impúdico para transfigurarse en el rol de Carmen de Olula.
Estas elecciones son extraordinarias, porque, por primera vez, el favorito no es el Partido Socialista. Tras ocho campañas con el maillot amarillo, su hegemonía de tres décadas se tambalea, literalmente amenazada con un desmoronamiento total, como en los viejos los grabados de ruinas de Piranesi. Y de perder Andalucía, el mayor poder institucional del PSOE sería cogobernar Euskadi y Canarias como segundón. Ahí queda la cota del desastre.
Esto le confiere un fuerte valor simbólico: para el PP, noquear al PSOE en su ring acaparando todo (de ahí su estrategia de postergar los Presupuestos hasta esas elecciones, sacrificando un tiempo valioso por estricto ventajismo electoral); para el PSOE, conservar un gran feudo sentimental. De momento todo apunta a un ‘sorpasso’ sin precedentes. En 2008 aún tenían mayoría absoluta; pero en las urnas del 20N, ya no una encuesta sino un ensayo general con todo, el PP los dejaba en minoría absoluta sin margen para gobernar. Y no será precisamente tranquilizador que la tendencia del PSOE sea a empeorar en las autonómicas respecto a las generales.
Los socialistas han rehuido la autocrítica, ya resignados al error Griñán, asumiendo que no es un caballo ganador. Al sustituir a Chaves, la hegemonía parecía intocable; ahora, con la carrera lanzada, es tarde. Su debilidad ha favorecido que el dique ceda, empujado por el paro dramático de un millón de almas en números redondos; el escándalo pegajoso de los ERE, cada vez más enlodado; y la rebelión incendiaria de los funcionarios ante la reforma para colar de matute a veinte mil contratados de confianza. Y las grietas del dique parecen irreversibles ante la cita simbólica de ese Domingo de Pasión, día tradicional de traslados, mientras se monta la de Dios es Cristo.

