El despilfarro de la museitis
La fiebre de los museos es otra herencia envenenada de los años del despilfarro. Cada alcalde o cada virrey autonómico ha promovido sus museos, a menudo megalómanos, sin valorar su rentabilidad social y por supuesto despreciando su repercusión económica. Sólo este año, en el ojo del huracán de la crisis, se han inaugurado otros quince de gran tamaño, y en los meses anteriores, megaproyectos de cientos de millones como la Cidade de Cultura de Galicia o el Centro Niemeyer en Asturias. No parece que a nadie le impresione ver cerrar museos estelares como el Chillida Leku o el Niemeyer a pocos meses de la inauguración o la Ciudad de la Luz de trescientos millones. El país es de chacota. Esta fiebre de los museos ya ha deparado cifras asombrosas, más de mil quinientos, en su mayoría dependientes de las administraciones públicas y casi siempre gratuitos. No es raro. Si España dobla el número de aeropuertos comerciales de Alemania –varios sin uso por carencia de vuelos- por qué no los museos. En Málaga, el alcalde ha incluido en su programa nuevos proyectos a pesar de la inversión de cincuenta millones en el Astoria y en Tabacalera para museos inexistentes como aquello de las gemas, un escándalo que ya debería haber hecho rodar cabezas. Pero sólo rueda la pasta.
Los políticos no aspiran a buenos museos, sino a inaugurar museos inmortalizando su nombre en una placa dorada, el día tal Fulanito inauguró bla bla bla. En lugar de invertir en hacer crecer los museos existentes, con fondos y programaciones de calidad, sólo piensan en el minuto de gloria de la inauguración, la placa y el titular del periódico. Cada vez hay más, pero van a menos. El Museo Thyssen de Málaga mantiene una bochornosa exposición cortijera de retratos de la baronesa pintados por una amiga suya; y eso que la ciudad ha invertido ahí treinta millones. Da una idea. Esta semana el Ayuntamiento ha sembrado tótems para identificar los museos de la ciudad, una iniciativa razonable que asombrosamente hasta ahora no se había hecho, como tampoco una ‘tarjeta de museos’ pública. Eso retrata la realidad: no hay una política de museos, salvo la política de inaugurar. La lógica de la cantidad manda sobre la lógica de la calidad. De hecho, la presentación de los tótems ha servido para cuantificar 29 museos sólo en la ciudad, que ya parecen demasiados. Algunos son museítos de nada. A pesar de todo, la obsesión es hacer crecer el número aunque decrezca la categoría. Eso sí, en esa relación ya nunca estará el Museo de las Gemas, tras malgastar una millonada, y previsiblemente tampoco el Museo de Museos en el Astoria, que aún nadie ha sabido explicar siquiera qué es. Total, qué más da cincuenta millones más o menos.

