Turismo político
Las convenciones de los partidos son muy simpáticas: se reúnen muchos conmilitones ante un gran escenario, se lanzan mensajes eufóricos, se vitorean incansablemente, pronuncian discursos sobrados de imaginación, se piropean unos a otros sin pudor, desenchufan sus inteligencias para evitar cualquier tentación de autocrítica, y en definitiva hacen el papel de extras en la función destinada a captar los focos de los medios para proyectar a la sociedad algunos titulares electoralistas. El ritual se repite una y otra vez con el mismo guión. Cuando las cosas van viento en popa, las convenciones son celebraciones exultantes, como le sucede ahora al PP, que ha traspasado el vértigo de la incertidumbre a los socialistas en el peregrinaje de su batalla interna.
Estos días todos han pasado por Málaga, destino líder del turismo político: Griñán poniendo fecha a las elecciones, la convención del PP con Rajoy y Arenas, Rubalcaba en la campaña fratricida del congreso, finalmente hoy Chacón. Todo este trajín –según los dirigentes locales- demuestra la importancia de la ciudad. Puede ser cierto, pero constituye una trampa dialéctica. En definitiva, lo importante no es elegir Málaga para el fin de semana, como millones de turistas, sino saber qué se proponen hacer con el corredor ferroviario o con el saneamiento; lo importante no es anunciar aquí las elecciones autonómicas, sino las medidas contra el centralismo regional sin corregir desde hace tres décadas; lo importante no es la palabrería, sino bajar la fiscalidad al turismo como se había prometido… Pero los líderes locales parecen encantados sólo con la visita, con la palmadita en el hombro, con la propina como el botones del hotel, aunque los discursos estén vacíos de cualquier compromiso real con Málaga. Evidentemente su prioridad no es Málaga, sino su carrera política.
Esos dirigentes locales deben de tener una idea muy rudimentaria de los ciudadanos para venderles estas visitas como un éxito para ellos, como si la mera presencia de los políticos de la corte bastara para redimir los problemas de Málaga. Todo esto está más que inventado, se llama idolatría y es más antiguo que la política. Atraviesa la historia del mundo. Siempre fue más fácil creer en el ídolo visto de cerca para reforzar la fe y la fuerza su mensaje: “No os preocupéis más, con nosotros se acabarán todos los problemas”. Se agradecería algo más sustancial. Con doscientos mil parados en una economía atascada y deudas históricas como el saneamiento o el tren litoral, a estas alturas lo del muñequito no debería colar como si la presencia del ídolo o los ídolos en la ciudad bastara para sentirse protegidos y a la vez esperanzados en que todo será mejor. Pero parece que cuela.

